La puja por Deoleo no va de banderas: va del margen del aceite
La italiana Coricelli ha elevado a 500 millones de euros su oferta para quedarse con Deoleo, el mayor embotellador de aceite de oliva del mundo y dueño de marcas como Carbonell, Koipe, Hojiblanca o Bertolli. Su contraoferta, presentada el 15 de agosto, supera los 470 millones de la cooperativa española Dcoop y los 460 de Acesur, y llega con una exigencia: negociar en exclusiva hasta cerrar. La lectura fácil es de bandera —Italia se lleva “nuestro oro líquido”—. La lectura que importa es otra: quién vende, cómo compró y quién controla el margen que va del olivar al lineal del supermercado.
Empecemos por separar el hecho del relato, que en una operación corporativa es donde se cuela casi todo.
Los números, sin adornos
Los importes están confirmados por varios medios económicos que cubren la puja: Coricelli, 500 millones; Dcoop, 470; Acesur, 460. Las tres son ofertas por el control de Deoleo, y la italiana pide exclusividad para cerrar sin que nadie mejore su número por el camino.
Hay un dato que, a día de hoy, no consta con claridad y conviene decirlo en vez de rellenarlo: no está publicado si esos 500 millones son el valor del capital (equity) o el valor total de la empresa incluyendo su deuda. La diferencia no es cosmética: Deoleo arrastra todavía unos 242 millones de deuda financiera heredada de su reestructuración. Que la cifra sea “con deuda” o “sin deuda” cambia cuánto acaba embolsando de verdad el vendedor. Sin ese detalle, cualquier cálculo de plusvalía es una estimación, no un hecho.
Y el vendedor es la clave que el titular patriótico se salta. Deoleo no está hoy en manos de agricultores ni de una vieja saga aceitera española: la controlan dos fondos financieros. El británico CVC posee en torno al 50,9% y el fondo Alchemy ronda el 40,3%. Entre los dos suman más del 90%. Quien decide si Deoleo se vende, y a quién, no es el campo español: es el capital riesgo.
Cómo una marca centenaria acabó siendo un activo de fondo
Para entender la operación hay que recordar cómo llegó Deoleo hasta aquí, porque explica el “cui bono” mejor que ningún comunicado.
Entre 2019 y 2020, la compañía ejecutó una reestructuración dura sobre 575 millones de deuda. Se hizo una operación acordeón: se redujo el capital a cero para absorber pérdidas —lo que en la práctica barrió a los antiguos accionistas— y se capitalizó deuda, de modo que los acreedores se quedaron con el 49% de la nueva compañía. La deuda bajó en más de 330 millones y quedaron unos 242 millones a largo plazo. CVC, que ya mandaba, sostuvo la operación y mantuvo el control.
Traducido a román paladino: un fondo se hizo con una empresa muy endeudada y con su valor en Bolsa pulverizado, la saneó a costa de quienes habían puesto el dinero antes, y se quedó al mando de las marcas. Esto no es una acusación; es cómo funciona el capital riesgo con compañías en apuros: comprar barato lo roto, arreglarlo y vender caro lo arreglado. Legal y previsible. El detalle relevante es cuándo llega ahora la venta.
El aceite vivió una montaña rusa —y revalorizó el activo
Aquí entra el contexto que casi nadie pone al lado de la puja, y sin él no se entiende el momento. El precio del aceite de oliva ha protagonizado una escalada histórica: de rondar los 3 euros el litro en origen en 2020 se disparó hasta cerca de 9 euros en abril de 2024, con el virgen extra por encima de los 12 euros en el lineal en los peores meses. La sequía y el calor hundieron la cosecha y el precio se desbocó.
En 2025 la historia se dio la vuelta: con una campaña mucho mejor, el precio en origen cayó alrededor de un 50%, hasta unos 4,4 euros el litro. Es decir, Deoleo sale al mercado justo después de que su producto haya vivido el mayor boom de su historia reciente y cuando la compañía, ya saneada, vuelve a interesar a los compradores. Para quien vende, no es mal momento. Y ahí va, marcado como análisis y no como hecho: la lógica financiera de la operación encaja mejor con “cerrar el ciclo del fondo” que con cualquier relato de invasión extranjera.
¿A quién beneficia?
Es la pregunta de siempre en este periódico, y aquí tiene tres respuestas que conviene no mezclar.
A CVC (y a Alchemy). Si venden a 500 millones lo que tomaron control en plena crisis de deuda, materializan una plusvalía financiera. Es su oficio y su objetivo declarado. Ni héroes ni villanos: son un fondo haciendo caja.
A Coricelli. Se haría con marcas líderes, canales de distribución globales y una posición dominante en un producto estratégico. No compra almazaras: compra marcas. Y ahí está el quid.
Al agricultor y al cooperativismo, la parte que suele perder el foco. Dcoop agrupa a miles de olivareros; que el embotellador quede en manos de una cooperativa española o de una multinacional italiana no cambia la bandera del tarro, cambia quién capta el margen entre lo que cobra el agricultor por su aceite y lo que paga usted en el supermercado. Porque el dinero de verdad, en esta cadena, no está en el olivo: está en la marca y en el poder de fijar precios en el lineal. Quien controla Carbonell o Koipe controla ese margen, sea de donde sea.
Y por eso el marco del “nacionalismo económico” despista más que aclara. La pregunta no es si el dueño habla español o italiano. Es si el agricultor que produce el aceite y el ciudadano que lo compra pintan algo en el reparto del margen, o si ese margen seguirá viéndose desde la barrera se llame el dueño CVC, Coricelli o Dcoop. Un dueño cooperativo podría devolver más valor al campo —esa es su razón de ser—, pero eso hay que verlo en los contratos, no darlo por hecho por la nacionalidad.
A qué estar atentos
La operación podría cerrarse en semanas si prospera la exclusividad que pide Coricelli. Merece la pena vigilar tres cosas por encima de la bandera: si la cifra final es con deuda o sin deuda (dirá la plusvalía real del fondo), qué pasa con los contratos de suministro a los olivareros tras el cambio de dueño, y si alguna autoridad de competencia mira una concentración de marcas de este tamaño en un mercado estratégico.
Porque al final, cuando el ruido de banderas se apague, quedará la única pregunta que importa en el bolsillo: del euro que usted paga por una botella de aceite, ¿cuánto llega al que plantó el olivo y cuánto se queda quien controla la marca? Ese reparto no lo decide el pasaporte del dueño. Lo decide quién manda en el lineal.
Pablo Reina | Economía