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Internacional
domingo, 2 de agosto de 2026

Nostalgia de las alcantarillas

Encontré su voz, por casualidad, en la radio; el tono era excepcional, hipnótico, con una mezcla de temas delirante. Para mí era únicamente una «referencia histórica» y ni siquiera sabía que estaba vi

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

El crítico deambulante Nostalgia de las alcantarillas Sobre los devaneos de crítico de arte desubicado necesitado de inspiraciones centenarias Regala esta noticia Añádenos en Google Para inspectores de alcantarillas, la Policía. (EFE) Fernando Castro Flórez 03/08/2026 a las 01:02h. Encontré su voz, por casualidad, en la radio; el tono era excepcional, hipnótico, con una mezcla de temas delirante. Para mí era únicamente una «referencia histórica» y ni siquiera sabía que estaba vivo.

Ernesto Giménez Caballero encadenó frases memorables como un mago sacando pañuelos ... del puño. Ahora no recuerdo cómo pude conseguir su teléfono que hizo posible que me encontrara con ese genio extemporáneo. Había decidido, con un heroísmo encriptado, que dedicaría mi Tesis Doctoral a 'Yo inspector de alcantarillas', cuando todavía ni tenía ese libro de título formidable.

El artífice de la 'Gaceta Literia' apenas me dejó decir ni media frase: rápidamente propuso que mi «regia indagación» (así calificó al proyectado mamotreto académico) debería dedicarse programáticamente al «sacro imperio romano-germánico». Con un acento cantarín trufado de musicalidad italianizante, añadió que tenía la «obligación estructural» de «enrolarme en la brigada futurista». Tal vez fue mi atolondrada perplejidad la que hizo que tuviera que apostillar: «Joven, nosotros siempre del brazo de Marinetti».

Tuve, de verdad, la experiencia de estar montado en ese automóvil a toda velocidad que es más bello que la Victoria de Samotracia. Han pasado décadas desde aquella epifanía con el apologeta de las verbenas como quintaesencia madrileña de la vanguardia y, aunque no tuve el coraje para asumir la «guerra como higiene del mundo», sigo fantaseando con aquella vanguardia aurática que, en los ochenta de la Movida, estaba asimilándose, de forma cínica, con el mercado. Cada vez que recibía una llamada telefónica de don Ernesto, me sentía como un traidor a la 'causa', especialmente cuando tomé la decisión de abandonar las alcantarillas surrealizantes por el Camino de Galta de Octavio Paz.

Ni siquiera me atreví a hacerle saber que estaba hasta leyendo cosas del tantrismo, renunciando a la 'lectio' romana. Noticia relacionada El crítico deambulante Los gondoleros son los curadores del futuro Fernando Castro Flórez Mis devaneos de crítico de arte desubicado necesitaban de un centenario para engrandecer la cosa. Resulta que en 1926 se publicó 'El campesino de París' de Aragon, motivo más que suficiente para izar las velas y poner rumbo al «mercado de las pulgas».

No estoy evocando aquel ser repulsivo que deja un rastro de picaduras peregrinas, sino lo que nosotros conocemos como El Rastro. Viví durante bastantes años al lado de empinadas calles donde se vende de todo: allí compramos mi hermano Ernesto y yo unos abrigos negros hasta las rodillas para camuflarnos como rockabillies antes de que la alopecia impidiera formar parte de otra tribu urbana que la de los patéticos involuntarios. Incluso el ropavejero nos advirtió: «Dadle una buena lavada porque ahí puede encontrarse de todo».

Aquellas prendas negras como noche sin luna, superlativamente hediondas, fueron desinfectadas súbitamente. 'Macarradas' argentinas Encendían y apagaban las luces, pusieron el «Rascayú cuando mueras que harás tú» para intentar desalojar a los recalcitrantes de la discoteca «Voltereta». Hurgando en los bolsillos de mi viejuno gabán, desgarré el fondo y, haciendo «espeleología intra-textil», toqué uno papeles. La mortenica luz del amanecer en la Plaza de los Cubos me permitió leer aquel anómalo hallazgo paleográfico; resulta que eran las fichas de un enfermo mental y una carta prácticamente ilegible que enviaba (eso se podía leer con toda certeza) a su madrina.

Me despojé histéricamente de esa prenda que asimilé con una camisa de fuerza: sentía que la locura impregnaba mi piel. La soñada «inspección de alcantarillas» regresaba como lo reprimido en forma «siniestra». Recogí tres tapones de cerveza y uno de cava de la playa casi desierta, mientras mi mente pantanosa seguía atrapada en un bucle escatológico.

Durante unas cinco horas, como un hámster en la rueda, demoré el plácido sueño para ver las 'macarradas' de los argentinos cuando fueron derrotados por 'la Roja'. Lo fácil era invitar a que tatuaran aquella fórmula beckettiana del «fracasa otra vez, fracasa mejor. Luego impuso su ley un gusano del oído: no podía dejar de canturrear tango 'Cambalache'.

Escribí, si tal cosa puede decirse, una crítica de una exposición en 2004 que solamente consistía en un corta y pega de la letra de esa canción con mínimas glosas. En mi invocación de aquella adolescente fascinación por las «alcantarillas» no puede faltar ese pasaje según el cual «¡todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!». Ni siquiera mi afán de convertirme en neófito en la estética de los desperdicios hizo que abandonara mi furor de 'cultureta' En una conversación con Quico Rivas, afirmó Ernesto Giménez Caballero que el «inspector de alcantarillas» era «yo en yo», en un fulgurante desplazamiento de la arqueología freudiana a la mística de Santa Teresa.

Resulta que lo que para mis cortas entendederas era escatología futurista, en realidad funcionaba como un «trampolín esencial» para transformar el mundo. Aquel vanguardista que, según contaba, había propiciado el encuentro en 1934 entre Picasso y José Antonio Primo de Rivera en el Náutico de San Sebastían, me conminó a «la entrega atlética». Como mi actitud fue la de darme mus, afirmó con rotundidad marcial: «Usted va camino de convertirse en un deplorable ratón de biblioteca, tonifique los músculos antes de que todo esté perdido».

Ni siquiera mi afán de convertirme en neófito en la estética de los desperdicios hizo que abandonara mi furor de 'cultureta'. Dejé atrás el abrigo de la locura y los furores futuristas: aprendí a fracasar mejor. Temas Arte comentarios Reportar un error El crítico deambulante Nostalgia de las alcantarillas Sobre los devaneos de crítico de arte desubicado necesitado de inspiraciones centenarias Regala esta noticia Añádenos en Google Para inspectores de alcantarillas, la Policía. (EFE) Fernando Castro Flórez 03/08/2026 a las 01:02h.

Encontré su voz, por casualidad, en la radio; el tono era excepcional, hipnótico, con una mezcla de temas delirante. Para mí era únicamente una «referencia histórica» y ni siquiera sabía que estaba vivo. Ernesto Giménez Caballero encadenó frases memorables como un mago sacando pañuelos ... del puño.

Ahora no recuerdo cómo pude conseguir su teléfono que hizo posible que me encontrara con ese genio extemporáneo. Había decidido, con un heroísmo encriptado, que dedicaría mi Tesis Doctoral a 'Yo inspector de alcantarillas', cuando todavía ni tenía ese libro de título formidable. El artífice de la 'Gaceta Literia' apenas me dejó decir ni media frase: rápidamente propuso que mi «regia indagación» (así calificó al proyectado mamotreto académico) debería dedicarse programáticamente al «sacro imperio romano-germánico».

Con un acento cantarín trufado de musicalidad italianizante, añadió que tenía la «obligación estructural» de «enrolarme en la brigada futurista». Tal vez fue mi atolondrada perplejidad la que hizo que tuviera que apostillar: «Joven, nosotros siempre del brazo de Marinetti». Tuve, de verdad, la experiencia de estar montado en ese automóvil a toda velocidad que es más bello que la Victoria de Samotracia.

Han pasado décadas desde aquella epifanía con el apologeta de las verbenas como quintaesencia madrileña de la vanguardia y, aunque no tuve el coraje para asumir la «guerra como higiene del mundo», sigo fantaseando con aquella vanguardia aurática que, en los ochenta de la Movida, estaba asimilándose, de forma cínica, con el mercado. Cada vez que recibía una llamada telefónica de don Ernesto, me sentía como un traidor a la 'causa', especialmente cuando tomé la decisión de abandonar las alcantarillas surrealizantes por el Camino de Galta de Octavio Paz. Ni siquiera me atreví a hacerle saber que estaba hasta leyendo cosas del tantrismo, renunciando a la 'lectio' romana.

Noticia relacionada El crítico deambulante Los gondoleros son los curadores del futuro Fernando Castro Flórez Mis devaneos de crítico de arte desubicado necesitaban de un centenario para engrandecer la cosa. Resulta que en 1926 se publicó 'El campesino de París' de Aragon, motivo más que suficiente para izar las velas y poner rumbo al «mercado de las pulgas». No estoy evocando aquel ser repulsivo que deja un rastro de picaduras peregrinas, sino lo que nosotros conocemos como El Rastro.

Viví durante bastantes años al lado de empinadas calles donde se vende de todo: allí compramos mi hermano Ernesto y yo unos abrigos negros hasta las rodillas para camuflarnos como rockabillies antes de que la alopecia impidiera formar parte de otra tribu urbana que la de los patéticos involuntarios. Incluso el ropavejero nos advirtió: «Dadle una buena lavada porque ahí puede encontrarse de todo». Aquellas prendas negras como noche sin luna, superlativamente hediondas, fueron desinfectadas súbitamente. 'Macarradas' argentinas Encendían y apagaban las luces, pusieron el «Rascayú cuando mueras que harás tú» para intentar desalojar a los recalcitrantes de la discoteca «Voltereta».

Hurgando en los bolsillos de mi viejuno gabán, desgarré el fondo y, haciendo «espeleología intra-textil», toqué uno papeles. La mortenica luz del amanecer en la Plaza de los Cubos me permitió leer aquel anómalo hallazgo paleográfico; resulta que eran las fichas de un enfermo mental y una carta prácticamente ilegible que enviaba (eso se podía leer con toda certeza) a su madrina. Me despojé histéricamente de esa prenda que asimilé con una camisa de fuerza: sentía que la locura impregnaba mi piel.

La soñada «inspección de alcantarillas» regresaba como lo reprimido en forma «siniestra». Recogí tres tapones de cerveza y uno de cava de la playa casi desierta, mientras mi mente pantanosa seguía atrapada en un bucle escatológico. Durante unas cinco horas, como un hámster en la rueda, demoré el plácido sueño para ver las 'macarradas' de los argentinos cuando fueron derrotados por 'la Roja'.

Lo fácil era invitar a que tatuaran aquella fórmula beckettiana del «fracasa otra vez, fracasa mejor. Luego impuso su ley un gusano del oído: no podía dejar de canturrear tango 'Cambalache'. Escribí, si tal cosa puede decirse, una crítica de una exposición en 2004 que solamente consistía en un corta y pega de la letra de esa canción con mínimas glosas.

En mi invocación de aquella adolescente fascinación por las «alcantarillas» no puede faltar ese pasaje según el cual «¡todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!». Ni siquiera mi afán de convertirme en neófito en la estética de los desperdicios hizo que abandonara mi furor de 'cultureta' En una conversación con Quico Rivas, afirmó Ernesto Giménez Caballero que el «inspector de alcantarillas» era «yo en yo», en un fulgurante desplazamiento de la arqueología freudiana a la mística de Santa Teresa. Resulta que lo que para mis cortas entendederas era escatología futurista, en realidad funcionaba como un «trampolín esencial» para transformar el mundo.

Aquel vanguardista que, según contaba, había propiciado el encuentro en 1934 entre Picasso y José Antonio Primo de Rivera en el Náutico de San Sebastían, me conminó a «la entrega atlética». Como mi actitud fue la de darme mus, afirmó con rotundidad marcial: «Usted va camino de convertirse en un deplorable ratón de biblioteca, tonifique los músculos antes de que todo esté perdido». Ni siquiera mi afán de convertirme en neófito en la estética de los desperdicios hizo que abandonara mi furor de 'cultureta'.

Dejé atrás el abrigo de la locura y los furores futuristas: aprendí a fracasar mejor. Temas Arte comentarios Reportar un error El crítico deambulante Los gondoleros son los curadores del futuro Fernando Castro Flórez Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola»

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Publicado por Redacción · domingo, 2 de agosto de 2026

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