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Internacional
martes, 4 de agosto de 2026

Castilla y León se quema y con ella parte de nuestro futuro

Cada verano asistimos al mismo ritual. Las llamas vuelven a devorar los montes, los pueblos y los campos de Castilla y León mientras las imágenes de humo ocupan durante unos días los informativos. Des

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

UN TIEMPO PROPIO Castilla y León se quema y con ella parte de nuestro futuro No podemos resignarnos a considerar los grandes incendios como una consecuencia inevitable del verano. Son también el resultado de decisiones, de prioridades y de la forma en que cuidamos nuestro territorio Regala esta noticia Añádenos en Google (iCAL) Salvador Rus Rufino 04/08/2026 a las 19:09h. Cada verano asistimos al mismo ritual.

Las llamas vuelven a devorar los montes, los pueblos y los campos de Castilla y León mientras las imágenes de humo ocupan durante unos días los informativos. Después llega el silencio. El fuego se apaga, la atención desaparece y ... todo parece quedar reducido a un balance de hectáreas calcinadas.

Sin embargo, un incendio forestal nunca termina cuando se extinguen las últimas llamas. Detrás de cada bosque quemado hay una tragedia humana que rara vez ocupa los titulares. Familias que ven amenazadas sus viviendas, agricultores que pierden años de trabajo, ganaderos que contemplan cómo desaparecen los pastos de los que depende su sustento y vecinos obligados a abandonar sus hogares con la incertidumbre de no saber si encontrarán algo en pie al regresar.

También están quienes arriesgan su vida para proteger a los demás: brigadas forestales, bomberos, miembros de las fuerzas armadas y de la seguridad y voluntarios que luchan contra un enemigo imprevisible. Pero el daño no termina ahí. La repercusión económica es inmensa y, con frecuencia, infravalorada.

Cada hectárea arrasada supone décadas de crecimiento forestal perdidas, una reducción del atractivo turístico de muchas comarcas y un duro golpe para sectores como la madera, la apicultura, la ganadería extensiva o la recolección de productos del monte. A ello se suma el elevado coste de los dispositivos de extinción y, posteriormente, el de la restauración ambiental, que puede prolongarse durante décadas sin garantizar que el ecosistema recupere su estado original. Noticia relacionada UN TIEMPO PROPIO Opinión La alegría y las cenizas Salvador Rus Rufino En el plano político, los incendios vuelven a abrir un debate que parece repetirse cada verano.

Se anuncian investigaciones, nuevas inversiones y planes de prevención. Sin embargo, cuando llegan las lluvias, el problema desaparece de la agenda pública hasta la siguiente temporada de calor. La prevención sigue siendo la gran asignatura pendiente.

Mantener el monte limpio, favorecer una gestión forestal activa y combatir la despoblación rural no generan fotografías espectaculares, pero sí reducen el riesgo de que el fuego encuentre el combustible suficiente para convertirse en una catástrofe. Castilla y León posee uno de los mayores patrimonios naturales de Europa. Perderlo significa perder biodiversidad, riqueza, empleo y oportunidades para fijar población en un territorio que ya sufre un acusado envejecimiento.

Cada incendio acelera un poco más ese proceso de abandono. No podemos resignarnos a considerar los grandes incendios como una consecuencia inevitable del verano. Son también el resultado de decisiones, de prioridades y de la forma en que cuidamos nuestro territorio durante todo el año.

Cuando Castilla y León se quema, no solo arden sus árboles. Se quema una parte de nuestra economía, de nuestra historia y, sobre todo, del futuro de quienes todavía creen que merece la pena vivir en el mundo rural. Temas Incendios Verano Castilla y León comentarios Reportar un error UN TIEMPO PROPIO Castilla y León se quema y con ella parte de nuestro futuro No podemos resignarnos a considerar los grandes incendios como una consecuencia inevitable del verano.

Son también el resultado de decisiones, de prioridades y de la forma en que cuidamos nuestro territorio Regala esta noticia Añádenos en Google (iCAL) Salvador Rus Rufino 04/08/2026 a las 19:09h. Cada verano asistimos al mismo ritual. Las llamas vuelven a devorar los montes, los pueblos y los campos de Castilla y León mientras las imágenes de humo ocupan durante unos días los informativos.

Después llega el silencio. El fuego se apaga, la atención desaparece y ... todo parece quedar reducido a un balance de hectáreas calcinadas. Sin embargo, un incendio forestal nunca termina cuando se extinguen las últimas llamas.

Detrás de cada bosque quemado hay una tragedia humana que rara vez ocupa los titulares. Familias que ven amenazadas sus viviendas, agricultores que pierden años de trabajo, ganaderos que contemplan cómo desaparecen los pastos de los que depende su sustento y vecinos obligados a abandonar sus hogares con la incertidumbre de no saber si encontrarán algo en pie al regresar. También están quienes arriesgan su vida para proteger a los demás: brigadas forestales, bomberos, miembros de las fuerzas armadas y de la seguridad y voluntarios que luchan contra un enemigo imprevisible.

Pero el daño no termina ahí. La repercusión económica es inmensa y, con frecuencia, infravalorada. Cada hectárea arrasada supone décadas de crecimiento forestal perdidas, una reducción del atractivo turístico de muchas comarcas y un duro golpe para sectores como la madera, la apicultura, la ganadería extensiva o la recolección de productos del monte.

A ello se suma el elevado coste de los dispositivos de extinción y, posteriormente, el de la restauración ambiental, que puede prolongarse durante décadas sin garantizar que el ecosistema recupere su estado original. Noticia relacionada UN TIEMPO PROPIO Opinión La alegría y las cenizas Salvador Rus Rufino En el plano político, los incendios vuelven a abrir un debate que parece repetirse cada verano. Se anuncian investigaciones, nuevas inversiones y planes de prevención.

Sin embargo, cuando llegan las lluvias, el problema desaparece de la agenda pública hasta la siguiente temporada de calor. La prevención sigue siendo la gran asignatura pendiente. Mantener el monte limpio, favorecer una gestión forestal activa y combatir la despoblación rural no generan fotografías espectaculares, pero sí reducen el riesgo de que el fuego encuentre el combustible suficiente para convertirse en una catástrofe.

Castilla y León posee uno de los mayores patrimonios naturales de Europa. Perderlo significa perder biodiversidad, riqueza, empleo y oportunidades para fijar población en un territorio que ya sufre un acusado envejecimiento. Cada incendio acelera un poco más ese proceso de abandono.

No podemos resignarnos a considerar los grandes incendios como una consecuencia inevitable del verano. Son también el resultado de decisiones, de prioridades y de la forma en que cuidamos nuestro territorio durante todo el año. Cuando Castilla y León se quema, no solo arden sus árboles.

Se quema una parte de nuestra economía, de nuestra historia y, sobre todo, del futuro de quienes todavía creen que merece la pena vivir en el mundo rural. Temas Incendios Verano Castilla y León comentarios Reportar un error UN TIEMPO PROPIO Opinión La alegría y las cenizas Salvador Rus Rufino 4 almohadas cervicales que mantienen la forma después de un año y evitan el dolor de cuello Teresa Rodríguez García Edu Saz: «Si quieres enfriar tu piso sin poner aire acondicionado, usa plantas de interior» Borja Sánchez Antonio Orozco, sobre sus dos hijos: «Crie a Jan por videollamada, pero con Antonella intento hacer lo contrario»

Francisco J. Jurado

Publicado por Redacción · martes, 4 de agosto de 2026

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