Eduardo Infante, filósofo: «Nos cuesta soportar el aburrimiento y la frustración, queremos satisfacción inmediata»
Vivimos en una época paradójica. Al menos así lo considera Eduardo Infante, filósofo y autor de 'Salvar a Sócrates'. Apunta que nunca habíamos tenido tantas respuestas disponibles y, al mismo tiempo,
Eduardo Infante, filósofo: «Nos cuesta soportar el aburrimiento y la frustración, queremos satisfacción inmediata» Defiende la filosofía como una cuestión de resistencia. Filosofar, asegura, es defender las entrañas de la libertad, atreverse a pensar por uno mismo y plantar cara al algoritmo Regala esta noticia Añádenos en Google Según Infante, detenerse a pensar no significa paralizarse, significa recuperar la dirección. (ABC) Laura Peraita Madrid 18/08/2026 a las 02:44h.
Vivimos en una época paradójica. Al menos así lo considera Eduardo Infante, filósofo y autor de 'Salvar a Sócrates'. Apunta que nunca habíamos tenido tantas respuestas disponibles y, al mismo tiempo, tantas dificultades para hacernos preguntas.
«Filosofar hoy consiste precisamente en recuperar esa capacidad - ... puntualiza a ABC-. La filosofía nació en plazas públicas y en conversaciones incómodas. Sócrates no daba conferencias motivacionales, molestaba a la gente haciéndole preguntas.
Necesitamos recuperar ese espíritu frente a una cultura que nos empuja a opinar, indignarnos y olvidar rápido». Para este autor, filosofar significa detenerse en mitad del ruido y cuestionarse: «¿Por qué pienso lo que pienso?», «¿qué tipo de vida merece la pena?»... Además, considera que la filosofía tiene hoy una función casi de resistencia.
«Vivimos rodeados de algoritmos diseñados para captar nuestra atención, mercados que convierten nuestras emociones en productos y discursos públicos donde importa más el impacto emocional que la verdad. En ese contexto, filosofar es defender las entrañas mismas de libertad, atreverse a pensar por uno mismo». —¿Qué puede enseñarnos hoy Sócrates, al que ha mencionado, sobre la construcción de una vida más consciente y plena? —Que una vida en piloto automático quizá sea cómoda, pero difícilmente puede ser plenamente humana. Cuando afirma que «una vida sin examen no merece ser vivida», no propone que vivamos angustiados analizándolo todo, sino que nos atrevamos a interrogarnos de verdad sobre quiénes somos, qué deseamos y en qué tipo de personas nos estamos convirtiendo.
Vivimos guiados por inercias que jamás hemos elegido conscientemente y que aceptamos simplemente porque todo el mundo corre en la misma dirección. Hoy mucha gente sabe qué quiere comprar, qué serie quiere ver o qué filtro usar en Instagram, pero no sabe responder quién quiere ser. Sócrates obliga a desplazar la mirada desde la foto de perfil hacia el interior del alma.
Noticia relacionada Tony Rham, experto en meditación: «Nos están robando la atención... y no nos estamos dando cuenta» Laura Peraita Y hay otra enseñanza muy actual, ya que este filósofo entendía que el conocimiento no consistía en acumular información, sino en transformarse. Podemos consumir cien 'reels' sobre felicidad mientras somos incapaces de soportar diez minutos de silencio con nosotros mismos.
Sócrates también nos enseña a convivir con la incertidumbre. Su célebre «solo sé que no sé nada» no es una renuncia al conocimiento, sino una vacuna contra el fanatismo. Y quizá eso sea más necesario que nunca en una época llena de gente absolutamente convencida de todo.
«Cuando uno no tiene criterios propios acaba dependiendo constantemente de la aprobación externa» —¿Estamos dejando de pensar por nosotros mismos? ¿Qué consecuencias tiene? Newsletter —Sí, existe una cierta externalización del pensamiento.
Delegamos más decisiones, opiniones y hasta emociones en dinámicas colectivas, algoritmos o corrientes de opinión. Mucha gente ya no piensa, reacciona. Las consecuencias son enormes.
Una sociedad que deja de pensar se vuelve más manipulable y emocionalmente frágil. Cuando uno no tiene criterios propios acaba dependiendo de la aprobación externa. Pensar por uno mismo exige valentía.
Sócrates lo sabía bien. Pensar de verdad tiene un precio: a veces incomoda, a veces te deja solo y, en el caso de Sócrates, incluso te condena a muerte. Pero la alternativa es peor: vivir una vida indigna.
Mirarse al espejo todas las mañanas y que se te caiga la cara de vergüenza. —¿Por qué cuesta más pensar hoy? ¿Cuáles son nuestros principales enemigos? —Porque el entorno está diseñado para impedirlo. Pensar requiere tiempo, silencio, atención y cierta capacidad de soportar la incomodidad.
Vivimos en una cultura organizada contra esos cuatro propósitos. Nuestros grandes enemigos son la distracción permanente, la aceleración, el hedonismo infantil y la hiperestimulación. Vivimos rodeados de mecanismos diseñados para impedir cualquier experiencia prolongada de atención.
Todo compite por capturar unos segundos de nuestra mirada. Hemos desarrollado una relación muy inmadura con el malestar. Nos cuesta soportar el aburrimiento, el silencio o la frustración.
Queremos satisfacción inmediata. El exceso de estímulos termina agotándonos. Y un cerebro agotado no reflexiona, consume.
«Pensar en uno mismo incomoda, requiere valentía, pero la alternativa es tener una vida indigna» —¿De qué manera influyen las redes sociales en nuestra forma de reflexionar? —Las redes sociales han transformado nuestra relación con el pensamiento. Premian la reacción inmediata, no la reflexión lenta. El algoritmo no suele favorecer al más razonable, sino al más estridente.
Y eso acaba moldeando la manera de pensar. Sócrates defendía el diálogo cara a cara porque sabía que mirar al otro humaniza la conversación. Hoy no discutimos con personas, sino con perfiles.
El otro deja de aparecer como alguien para convertirse en una pantalla sobre la que proyectamos frustraciones o miedos. Y cuando el otro se despersonaliza, también se debilitan los frenos éticos y damos rienda suelta a lo que Freud llamaba pulsión de muerte: una tendencia humana hacia la agresividad, la destrucción y la descarga violenta de tensiones. —¿Cree que el pensamiento crítico es una herramienta de bienestar emocional? —Absolutamente. Una persona incapaz de analizar lo que consume vive a merced de cualquier discurso, tendencia o estímulo.
Hay industrias enteras dedicadas a captar nuestra atención explotando nuestros miedos, deseos e inseguridades. El pensamiento crítico funciona como una especie de sistema inmunológico mental. Nos ayuda a distinguir entre información y manipulación, entre deseo propio y deseo inducido.
Filosofar ayuda a poner nombre a lo que nos ocurre. El sufrimiento contemporáneo tiene que ver con experiencias profundamente humanas —el miedo a la muerte, a la incertidumbre, al vacío— que la filosofía lleva siglos pensando. Los clásicos son útiles porque, aunque avancen las tecnologías, el corazón humano cambia mucho menos de lo que creemos. —¿Y cómo aborda el malestar? —La filosofía nos enseña a comprender que no todo malestar tiene una solución individual, porque no todo sufrimiento tiene un origen exclusivamente personal.
Vivimos en una época que tiende a 'psicologizarlo' todo. Si uno está agotado, ansioso o vacío, enseguida se le invita a «gestionarse mejor». Pero la filosofía recuerda que el malestar también tiene causas estructurales.
No es extraño sentirse insuficiente en un ecosistema diseñado para que nos comparemos constantemente con vidas idealizadas. «Los clásicos son útiles porque, aunque avancen las tecnologías, el corazón humano cambia mucho menos de lo que creemos» —Sócrates defendía el arte de hacer preguntas. ¿Qué deberíamos cuestionarnos para vivir mejor? —Hay preguntas aparentemente sencillas pero profundamente revolucionarias.
Por ejemplo: «¿Estoy viviendo la vida que realmente quiero o la que se espera de mí?». Esa pregunta puede desordenarle a uno la existencia, para bien. Creo que Sócrates hoy nos preguntaría por qué hemos aceptado vivir agotados, permanentemente disponibles y midiendo nuestro valor en términos de productividad.
Nos preguntaría por qué dedicamos más tiempo a construir una imagen pública que una vida interior. O por qué hemos convertido el descanso, el amor o la amistad en espacios sometidos a la lógica económica. Tal vez lanzaría preguntas mucho más perturbadoras de lo que imaginamos: «¿Cuántas de las cosas que consumes intentan llenar vacíos que no son materiales?», «¿por qué una sociedad con tantas comodidades produce tanta ansiedad?», «¿cuándo fue la última vez que estuviste realmente a solas contigo mismo sin necesidad de distraerte?». —En una sociedad cada vez más acelerada, ¿qué valor tiene reflexionar antes de actuar, tal y como propone la filosofía socrática? —Detenerse hoy es casi un acto de rebeldía.
Sócrates entendía que muchas miserias nacen de actuar sin examinarnos. El problema es que la aceleración constante reduce nuestra capacidad de juicio. Cuando uno vive tan estimulado funciona por impulsos.
Detenerse a pensar no significa paralizarse; significa recuperar la dirección. comentarios Reportar un error Eduardo Infante, filósofo: «Nos cuesta soportar el aburrimiento y la frustración, queremos satisfacción inmediata» Defiende la filosofía como una cuestión de resistencia. Filosofar, asegura, es defender las entrañas de la libertad, atreverse a pensar por uno mismo y plantar cara al algoritmo Regala esta noticia Añádenos en Google Según Infante, detenerse a pensar no significa paralizarse, significa recuperar la dirección. (ABC) Laura Peraita Madrid 18/08/2026 a las 02:44h.
Vivimos en una época paradójica. Al menos así lo considera Eduardo Infante, filósofo y autor de 'Salvar a Sócrates'. Apunta que nunca habíamos tenido tantas respuestas disponibles y, al mismo tiempo, tantas dificultades para hacernos preguntas.
«Filosofar hoy consiste precisamente en recuperar esa capacidad - ... puntualiza a ABC-. La filosofía nació en plazas públicas y en conversaciones incómodas. Sócrates no daba conferencias motivacionales, molestaba a la gente haciéndole preguntas.
Necesitamos recuperar ese espíritu frente a una cultura que nos empuja a opinar, indignarnos y olvidar rápido». Para este autor, filosofar significa detenerse en mitad del ruido y cuestionarse: «¿Por qué pienso lo que pienso?», «¿qué tipo de vida merece la pena?»... Además, considera que la filosofía tiene hoy una función casi de resistencia.
«Vivimos rodeados de algoritmos diseñados para captar nuestra atención, mercados que convierten nuestras emociones en productos y discursos públicos donde importa más el impacto emocional que la verdad. En ese contexto, filosofar es defender las entrañas mismas de libertad, atreverse a pensar por uno mismo». —¿Qué puede enseñarnos hoy Sócrates, al que ha mencionado, sobre la construcción de una vida más consciente y plena? —Que una vida en piloto automático quizá sea cómoda, pero difícilmente puede ser plenamente humana. Cuando afirma que «una vida sin examen no merece ser vivida», no propone que vivamos angustiados analizándolo todo, sino que nos atrevamos a interrogarnos de verdad sobre quiénes somos, qué deseamos y en qué tipo de personas nos estamos convirtiendo.
Vivimos guiados por inercias que jamás hemos elegido conscientemente y que aceptamos simplemente porque todo el mundo corre en la misma dirección. Hoy mucha gente sabe qué quiere comprar, qué serie quiere ver o qué filtro usar en Instagram, pero no sabe responder quién quiere ser. Sócrates obliga a desplazar la mirada desde la foto de perfil hacia el interior del alma.
Noticia relacionada Tony Rham, experto en meditación: «Nos están robando la atención... y no nos estamos dando cuenta» Laura Peraita Y hay otra enseñanza muy actual, ya que este filósofo entendía que el conocimiento no consistía en acumular información, sino en transformarse. Podemos consumir cien 'reels' sobre felicidad mientras somos incapaces de soportar diez minutos de silencio con nosotros mismos.
Sócrates también nos enseña a convivir con la incertidumbre. Su célebre «solo sé que no sé nada» no es una renuncia al conocimiento, sino una vacuna contra el fanatismo. Y quizá eso sea más necesario que nunca en una época llena de gente absolutamente convencida de todo.
«Cuando uno no tiene criterios propios acaba dependiendo constantemente de la aprobación externa» —¿Estamos dejando de pensar por nosotros mismos? ¿Qué consecuencias tiene? Newsletter —Sí, existe una cierta externalización del pensamiento.
Delegamos más decisiones, opiniones y hasta emociones en dinámicas colectivas, algoritmos o corrientes de opinión. Mucha gente ya no piensa, reacciona. Las consecuencias son enormes.
Una sociedad que deja de pensar se vuelve más manipulable y emocionalmente frágil. Cuando uno no tiene criterios propios acaba dependiendo de la aprobación externa. Pensar por uno mismo exige valentía.
Sócrates lo sabía bien. Pensar de verdad tiene un precio: a veces incomoda, a veces te deja solo y, en el caso de Sócrates, incluso te condena a muerte. Pero la alternativa es peor: vivir una vida indigna.
Mirarse al espejo todas las mañanas y que se te caiga la cara de vergüenza. —¿Por qué cuesta más pensar hoy? ¿Cuáles son nuestros principales enemigos? —Porque el entorno está diseñado para impedirlo. Pensar requiere tiempo, silencio, atención y cierta capacidad de soportar la incomodidad.
Vivimos en una cultura organizada contra esos cuatro propósitos. Nuestros grandes enemigos son la distracción permanente, la aceleración, el hedonismo infantil y la hiperestimulación. Vivimos rodeados de mecanismos diseñados para impedir cualquier experiencia prolongada de atención.
Todo compite por capturar unos segundos de nuestra mirada. Hemos desarrollado una relación muy inmadura con el malestar. Nos cuesta soportar el aburrimiento, el silencio o la frustración.
Queremos satisfacción inmediata. El exceso de estímulos termina agotándonos. Y un cerebro agotado no reflexiona, consume.
«Pensar en uno mismo incomoda, requiere valentía, pero la alternativa es tener una vida indigna» —¿De qué manera influyen las redes sociales en nuestra forma de reflexionar? —Las redes sociales han transformado nuestra relación con el pensamiento. Premian la reacción inmediata, no la reflexión lenta. El algoritmo no suele favorecer al más razonable, sino al más estridente.
Y eso acaba moldeando la manera de pensar. Sócrates defendía el diálogo cara a cara porque sabía que mirar al otro humaniza la conversación. Hoy no discutimos con personas, sino con perfiles.
El otro deja de aparecer como alguien para convertirse en una pantalla sobre la que proyectamos frustraciones o miedos. Y cuando el otro se despersonaliza, también se debilitan los frenos éticos y damos rienda suelta a lo que Freud llamaba pulsión de muerte: una tendencia humana hacia la agresividad, la destrucción y la descarga violenta de tensiones. —¿Cree que el pensamiento crítico es una herramienta de bienestar emocional? —Absolutamente. Una persona incapaz de analizar lo que consume vive a merced de cualquier discurso, tendencia o estímulo.
Hay industrias enteras dedicadas a captar nuestra atención explotando nuestros miedos, deseos e inseguridades. El pensamiento crítico funciona como una especie de sistema inmunológico mental. Nos ayuda a distinguir entre información y manipulación, entre deseo propio y deseo inducido.
Filosofar ayuda a poner nombre a lo que nos ocurre. El sufrimiento contemporáneo tiene que ver con experiencias profundamente humanas —el miedo a la muerte, a la incertidumbre, al vacío— que la filosofía lleva siglos pensando. Los clásicos son útiles porque, aunque avancen las tecnologías, el corazón humano cambia mucho menos de lo que creemos. —¿Y cómo aborda el malestar? —La filosofía nos enseña a comprender que no todo malestar tiene una solución individual, porque no todo sufrimiento tiene un origen exclusivamente personal.
Vivimos en una época que tiende a 'psicologizarlo' todo. Si uno está agotado, ansioso o vacío, enseguida se le invita a «gestionarse mejor». Pero la filosofía recuerda que el malestar también tiene causas estructurales.
No es extraño sentirse insuficiente en un ecosistema diseñado para que nos comparemos constantemente con vidas idealizadas. «Los clásicos son útiles porque, aunque avancen las tecnologías, el corazón humano cambia mucho menos de lo que creemos» —Sócrates defendía el arte de hacer preguntas. ¿Qué deberíamos cuestionarnos para vivir mejor? —Hay preguntas aparentemente sencillas pero profundamente revolucionarias.
Por ejemplo: «¿Estoy viviendo la vida que realmente quiero o la que se espera de mí?». Esa pregunta puede desordenarle a uno la existencia, para bien. Creo que Sócrates hoy nos preguntaría por qué hemos aceptado vivir agotados, permanentemente disponibles y midiendo nuestro valor en términos de productividad.
Nos preguntaría por qué dedicamos más tiempo a construir una imagen pública que una vida interior. O por qué hemos convertido el descanso, el amor o la amistad en espacios sometidos a la lógica económica. Tal vez lanzaría preguntas mucho más perturbadoras de lo que imaginamos: «¿Cuántas de las cosas que consumes intentan llenar vacíos que no son materiales?», «¿por qué una sociedad con tantas comodidades produce tanta ansiedad?», «¿cuándo fue la última vez que estuviste realmente a solas contigo mismo sin necesidad de distraerte?». —En una sociedad cada vez más acelerada, ¿qué valor tiene reflexionar antes de actuar, tal y como propone la filosofía socrática? —Detenerse hoy es casi un acto de rebeldía.
Sócrates entendía que muchas miserias nacen de actuar sin examinarnos. El problema es que la aceleración constante reduce nuestra capacidad de juicio. Cuando uno vive tan estimulado funciona por impulsos.
Detenerse a pensar no significa paralizarse; significa recuperar la dirección. comentarios Reportar un error Tony Rham, experto en meditación: «Nos están robando la atención... y no nos estamos dando cuenta» Laura Peraita Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Eugenia Martínez de Irujo: «El desayuno más sabroso es el que tomo en mi casa, tostada integral con aceite de oliva y un café con hielo» Ana Beatriz Micó Pilar Rubio, sobre la crianza de sus hijos con Sergio Ramos: «No tienen móvil y mientras estén en mi casa tampoco redes sociales»
Marina Ortiz