La misteriosa muerte de Elcano en la expedición maldita de Carlos I
Murió el titán en su elemento, ese al que había dedicado todos sus esfuerzos y desvelos. Fue hace cinco siglos, el 4 de agosto de 1526, cuando Juan Sebastián Elcano expiró en una de las cámaras de la
La misteriosa muerte de Elcano en la expedición maldita de Carlos I El marino vasco falleció el 4 de agosto de 1526, hace 500 años, mientras intentaba llegar a las Molucas con una nueva armada Regala esta noticia Añádenos en Google Regreso de Elcano a la península, de Augusto Ferrer-Dalmau. (AUGUSTO FERRER-DALMAU) Manuel P. Villatoro 30/07/2026 a las 01:35h. Murió el titán en su elemento, ese al que había dedicado todos sus esfuerzos y desvelos.
Fue hace cinco siglos, el 4 de agosto de 1526, cuando Juan Sebastián Elcano expiró en una de las cámaras de la nao Victoria mientras conducía una armada hasta ... las islas Molucas con un objetivo: asegurar el comercio de las especias frente a Portugal. Se marchó presa de un misterioso mal –quizá escorbuto, quizá ciguatera–, agotado tras superar en el estrecho de Magallanes una odisea que habría estremecido al mismo Ulises y después de ver fallecer a cientos de sus compañeros. Durante mucho tiempo, aquella expedición ha pasado casi desapercibida, eclipsada por la primera circunnavegación del orbe.
Sin embargo, para los expertos consultados por ABC no fue un fracaso, sino una de las grandes gestas navales de la Monarquía Hispánica. «Yo no la tildaría de maldita, como se ha dicho, fue una expedición muy complicada que, además, sufrió una climatología adversa, con tormentas, un frío helador y calores extremos. En aquellos años era una gesta enviar una expedición al Pacífico, y aun así no olvidemos que cumplió su objetivo: un grupo de supervivientes alcanzaron Tidore, una de las islas Molucas, y resistieron ocho años los envites de los indígenas y de los portugueses», explica a este diario el doctor en Historia de América Esteban Mira Caballos, autor de ensayos como 'El descubrimiento de Europa' (Crítica).
María Saavedra Inaraja, directora de la 'Cátedra Internacional CEU Elcano: Primera Vuelta al Mundo' y doctora también en Historia de América es de la misma opinión: «Se atravesó el Pacífico por segunda vez, una gesta exclusiva de los españoles». Volver al mar El origen de la expedición se halla en la guerra comercial que protagonizaban desde el siglo XV la Monarquía Hispánica y Portugal. El Tratado de Tordesillas había dividido en 1494 el Atlántico en dos áreas de influencia a golpe de meridiano y repartido los nuevos territorios ultramarinos entre los dos imperios.
Sin embargo, una disputa diplomática quedó sin resolver: a quién diantres pertenecían las Molucas, las ricas islas de las especias. Fueron muchos los intentos de llegar a un acuerdo, pero ninguno se materializó. Por ello, Carlos I pasó a la acción en 1524.
«Organizó una expedición cuya finalidad era establecer un enclave en las Molucas. De hecho, tenían órdenes de dejar allí dos de sus barcos, con sus correspondientes tripulaciones. El comercio del clavo, del jengibre, de la canela, de la nuez moscada o de la pimienta era muy lucrativo», explica Mira.
Noticia relacionada Los ejércitos malditos: la leyenda negra que persigue a los soldados españoles del XVIII Manuel P. Villatoro Había que buscar marinos avezados para aquella gesta, y por la cabeza de don Carlos no tardó en aparecer el nombre de Elcano, un marino que había completado la primera vuelta al mundo en 1522. «¿Que por qué se volvió a embarcar tan rápido?
Su gesta había sido reconocida por la Corona, pero la remuneración que consiguió fue muy modesta. Además de un escudo de armas, se le concedió una pensión de 500 ducados anuales que nunca cobró con regularidad», desvela Mira. El marino de Guetaria gozaba de fama en la corte, pero necesitaba liquidez.
«No tenía dinero, por lo que debía seguir trabajando para afianzar ese reconocimiento social y, además obtener un nuevo salario con el que mantener a su familia», sentencia. Eso, y la sed marinera que padecía desde siempre el vasco. Pero Elcano no embarcó como capitán general de la armada –ese cargo recayó sobre García Jofre de Loaísa por su abolengo y sus influencias–; el vasco fue nombrado piloto mayor.
Con todo, Mira recuerda que su labor resultaba clave en una época en la que los mapas estaban todavía en pañales: «Había un alto grado de improvisación porque no había cartografía. Se movían siguiendo la intuición de grandes marinos y los consejos de algunos de los que habían estado en la jornada de la primera vuelta al mundo». Con todo, Loaísa no era un cualquiera.
Su vida había estado marcada por su largo servicio a la Corona en tierra y mar. Y, aunque no contaba con la experiencia de Elcano, sí conocía las rutas oceánicas y había participado en todo tipo de empresas relacionadas con la expansión española. Es, en definitiva, otro de los grandes olvidados de la historia.
Cielo e infierno La expedición salió de La Coruña el 24 de julio de 1525: siete navíos y 450 hombres. Arrancó sin contratiempos la travesía; dulce preludio antes de la tempestad. Viento en popa, hicieron escala en Canarias, alcanzaron las costas de Brasil a finales de octubre y pusieron rumbo al sur en busca del estrecho de Magallanes.
Fue entonces cuando la fortuna dio la espalda a los marinos. El 28 de diciembre, un violento temporal dispersó la flota a la altura del río Santa Cruz. La Sancti Spiritus se hundió, la Anunciada desertó y la capitana –la Santa María de la Victoria– quedó separada del resto durante algunas jornadas.
En este período, Elcano lideró la armada de forma provisional en varias ocasiones. «¿Que por qué se volvió a embarcar tan rápido? Su gesta había sido reconocida por la Corona, pero la remuneración que consiguió fue muy modesta»
Esteban Mira Doctor en Historia de América El 26 de mayo de 1526, tras 48 días de travesía por el estrecho de Magallanes, la expedición salió a mar abierto. Pero el Pacífico no hizo honor a su nombre y les recibió con un temporal que dispersó a las naves. Las peor paradas fueron el patache Santiago, que naufragó mientras se dirigía hacia Nueva España, y la San Lesmes, que desapareció sin dejar rastro.
La Santa María del Parral no tuvo un destino mucho más halagüeño: logró, tras superar unas durísimas penalidades, arribar a las Célebes, muy cerca de las Molucas. Sin embargo, embarrancó en las islas Sangir y la tripulación fue esclavizada por los indígenas. Un desastre.
El estrecho de Magallanes, en una representación del siglo XVII de García de Nodal. (ABC) La capitana escapó al desastre inicial, aunque a sus tripulantes todavía les quedaba un largo camino que recorrer. Al poco tiempo el agua se pudrió y la comida se llenó de gusanos. Andrés de Urdaneta, presente en la expedición, escribió que, «por trabajar mucho e por comer mal, pasábamos mucha miseria y algunos perecían».
Se quedó corto: unos cuarenta marineros fallecieron aquejados de un mal que hacía que les creciesen las encías «en tanta cantidad que no podía comerse ninguna cosa». El mismo Elcano se contagió y, postrado en el lecho, dictó su testamento el 26 de julio de 1526. Un documento que «nos dice mucho de su lado más íntimo», según desvela a ABC Saavedra.
La cara más íntima La experta defiende que «el testamento es uno de los documentos más sinceros que podía hacer una persona antes de morir» y sentencia que, en el caso de Elcano, dibuja a un hombre «sobrio, valiente y consciente de la grandeza de su gesta marinera». Para empezar, el texto deja entrever la gran religiosidad de su familia. «Esta se pone de manifiesto en las limosnas que dejó encargadas para la atención de 19 iglesias y monasterios, la mayoría de Guetaria.
Igualmente, estableció que fueran dichas por su alma innumerables misas, y pidió que las primeras fueran celebradas por dos de sus hermanos y por un sobrino», señala. Mapa de las Molucas, que salió a luz por primera vez en 1630 en el Atlantis Appendix (arriba). Debajo: dos retratos de Elcano. (ABC) Saavedra afirma que este es uno de los pocos documentos que ponen luz sobre la vida privada del marino; y es que no dejó ni correspondencia ni memorias.
El texto nos desvela por ejemplo que, a pesar de no haber contraído matrimonio, alumbró dos retoños. «El mayor, Domingo, era hijo de una chica del pueblo; por tanto, debía de ser conocido. Lo que es muy interesante es la referencia que hizo a su hija, de la que casi nadie tenía noticia.
No mencionó el nombre de la niña: quizá ni lo sabía», apostilla. El vasco quiso dejar también a la madre de la chiquilla 40 ducados. «Esa necesidad de tranquilizar su conciencia puede indicar una relación forzada, o bien un sentimiento de culpabilidad por abandonarla a su suerte», finaliza la doctora.
«El testamento nos muestra a un Elcano sobrio, valiente y consciente de la grandeza de su gesta marinera» María Saavedra Doctora en Historia de América Hizo bien el marino en dictar testamento porque el 30 de julio arreció un desastre que nadie esperaba: el fallecimiento de Loaísa. Tras su muerte, y gracias a una orden secreta que Su Majestad había firmado antes de que la expedición saliera de puerto, tomó el mando Elcano.
Por desgracia, no pasó ni una semana antes de que aquel mal que asolaba a la nave le llevara a la tumba. Fue un 4 de agosto cuando expiró el buen marino y mejor explorador. Una jornada después, su cadáver fue envuelto en un sudario y sujeto a una tabla con cuerdas antes de ser arrojado al mar con un peso.
Misterios y alegrías Todavía se desconoce cuál fue la enfermedad que diezmó la Victoria, aunque todo apunta en dos direcciones. «Durante mucho tiempo, las muertes se han atribuido al escorbuto, el gran enemigo de los navegantes. Aunque es posible que expiraran como consecuencia de consumir un pescado venenoso, portador de la letal ciguatera, una toxina que provoca una reacción muy concreta en los seres humanos», explica Saavedra.
Esta segunda posibilidad es otra de las más barajadas y, en palabras de la experta, se infiere al leer la crónica de Urdaneta: «En la relación posterior que hizo, dejó escrito que Loaísa había invitado a comer a su mesa a varios oficiales, entre los que estaba Elcano, y que pronto se dejaron sentir los síntomas». Pero ni el escorbuto ni las tempestades detuvieron a la Victoria. Bajo el mando de Toribio Alonso de Salazar primero, y de Martín Íñiguez después, la nave tocó tierra en las Molucas el 29 de octubre de 1526.
De todos los hombres que habían partido de La Coruña llegaron apenas un centenar; y lo hicieron hambrientos y enfermos. Pero materializaron un sueño que Elcano no pudo completar. Temas Juan Sebastián Elcano Historia de España comentarios Reportar un error La misteriosa muerte de Elcano en la expedición maldita de Carlos I El marino vasco falleció el 4 de agosto de 1526, hace 500 años, mientras intentaba llegar a las Molucas con una nueva armada Regala esta noticia Añádenos en Google Regreso de Elcano a la península, de Augusto Ferrer-Dalmau. (AUGUSTO FERRER-DALMAU) Manuel P.
Villatoro 30/07/2026 a las 01:35h. Murió el titán en su elemento, ese al que había dedicado todos sus esfuerzos y desvelos. Fue hace cinco siglos, el 4 de agosto de 1526, cuando Juan Sebastián Elcano expiró en una de las cámaras de la nao Victoria mientras conducía una armada hasta ... las islas Molucas con un objetivo: asegurar el comercio de las especias frente a Portugal.
Se marchó presa de un misterioso mal –quizá escorbuto, quizá ciguatera–, agotado tras superar en el estrecho de Magallanes una odisea que habría estremecido al mismo Ulises y después de ver fallecer a cientos de sus compañeros. Durante mucho tiempo, aquella expedición ha pasado casi desapercibida, eclipsada por la primera circunnavegación del orbe. Sin embargo, para los expertos consultados por ABC no fue un fracaso, sino una de las grandes gestas navales de la Monarquía Hispánica.
«Yo no la tildaría de maldita, como se ha dicho, fue una expedición muy complicada que, además, sufrió una climatología adversa, con tormentas, un frío helador y calores extremos. En aquellos años era una gesta enviar una expedición al Pacífico, y aun así no olvidemos que cumplió su objetivo: un grupo de supervivientes alcanzaron Tidore, una de las islas Molucas, y resistieron ocho años los envites de los indígenas y de los portugueses», explica a este diario el doctor en Historia de América Esteban Mira Caballos, autor de ensayos como 'El descubrimiento de Europa' (Crítica). María Saavedra Inaraja, directora de la 'Cátedra Internacional CEU Elcano: Primera Vuelta al Mundo' y doctora también en Historia de América es de la misma opinión: «Se atravesó el Pacífico por segunda vez, una gesta exclusiva de los españoles».
Volver al mar El origen de la expedición se halla en la guerra comercial que protagonizaban desde el siglo XV la Monarquía Hispánica y Portugal. El Tratado de Tordesillas había dividido en 1494 el Atlántico en dos áreas de influencia a golpe de meridiano y repartido los nuevos territorios ultramarinos entre los dos imperios. Sin embargo, una disputa diplomática quedó sin resolver: a quién diantres pertenecían las Molucas, las ricas islas de las especias.
Fueron muchos los intentos de llegar a un acuerdo, pero ninguno se materializó. Por ello, Carlos I pasó a la acción en 1524. «Organizó una expedición cuya finalidad era establecer un enclave en las Molucas.
De hecho, tenían órdenes de dejar allí dos de sus barcos, con sus correspondientes tripulaciones. El comercio del clavo, del jengibre, de la canela, de la nuez moscada o de la pimienta era muy lucrativo», explica Mira. Noticia relacionada Los ejércitos malditos: la leyenda negra que persigue a los soldados españoles del XVIII Manuel P.
Villatoro Había que buscar marinos avezados para aquella gesta, y por la cabeza de don Carlos no tardó en aparecer el nombre de Elcano, un marino que había completado la primera vuelta al mundo en 1522. «¿Que por qué se volvió a embarcar tan rápido? Su gesta había sido reconocida por la Corona, pero la remuneración que consiguió fue muy modesta.
Además de un escudo de armas, se le concedió una pensión de 500 ducados anuales que nunca cobró con regularidad», desvela Mira. El marino de Guetaria gozaba de fama en la corte, pero necesitaba liquidez. «No tenía dinero, por lo que debía seguir trabajando para afianzar ese reconocimiento social y, además obtener un nuevo salario con el que mantener a su familia», sentencia.
Eso, y la sed marinera que padecía desde siempre el vasco. Pero Elcano no embarcó como capitán general de la armada –ese cargo recayó sobre García Jofre de Loaísa por su abolengo y sus influencias–; el vasco fue nombrado piloto mayor. Con todo, Mira recuerda que su labor resultaba clave en una época en la que los mapas estaban todavía en pañales: «Había un alto grado de improvisación porque no había cartografía.
Se movían siguiendo la intuición de grandes marinos y los consejos de algunos de los que habían estado en la jornada de la primera vuelta al mundo». Con todo, Loaísa no era un cualquiera. Su vida había estado marcada por su largo servicio a la Corona en tierra y mar.
Y, aunque no contaba con la experiencia de Elcano, sí conocía las rutas oceánicas y había participado en todo tipo de empresas relacionadas con la expansión española. Es, en definitiva, otro de los grandes olvidados de la historia. Cielo e infierno La expedición salió de La Coruña el 24 de julio de 1525: siete navíos y 450 hombres.
Arrancó sin contratiempos la travesía; dulce preludio antes de la tempestad. Viento en popa, hicieron escala en Canarias, alcanzaron las costas de Brasil a finales de octubre y pusieron rumbo al sur en busca del estrecho de Magallanes. Fue entonces cuando la fortuna dio la espalda a los marinos.
El 28 de diciembre, un violento temporal dispersó la flota a la altura del río Santa Cruz. La Sancti Spiritus se hundió, la Anunciada desertó y la capitana –la Santa María de la Victoria– quedó separada del resto durante algunas jornadas. En este período, Elcano lideró la armada de forma provisional en varias ocasiones.
«¿Que por qué se volvió a embarcar tan rápido? Su gesta había sido reconocida por la Corona, pero la remuneración que consiguió fue muy modesta» Esteban Mira Doctor en Historia de América El 26 de mayo de 1526, tras 48 días de travesía por el estrecho de Magallanes, la expedición salió a mar abierto.
Pero el Pacífico no hizo honor a su nombre y les recibió con un temporal que dispersó a las naves. Las peor paradas fueron el patache Santiago, que naufragó mientras se dirigía hacia Nueva España, y la San Lesmes, que desapareció sin dejar rastro. La Santa María del Parral no tuvo un destino mucho más halagüeño: logró, tras superar unas durísimas penalidades, arribar a las Célebes, muy cerca de las Molucas.
Sin embargo, embarrancó en las islas Sangir y la tripulación fue esclavizada por los indígenas. Un desastre. El estrecho de Magallanes, en una representación del siglo XVII de García de Nodal. (ABC) La capitana escapó al desastre inicial, aunque a sus tripulantes todavía les quedaba un largo camino que recorrer.
Al poco tiempo el agua se pudrió y la comida se llenó de gusanos. Andrés de Urdaneta, presente en la expedición, escribió que, «por trabajar mucho e por comer mal, pasábamos mucha miseria y algunos perecían». Se quedó corto: unos cuarenta marineros fallecieron aquejados de un mal que hacía que les creciesen las encías «en tanta cantidad que no podía comerse ninguna cosa».
El mismo Elcano se contagió y, postrado en el lecho, dictó su testamento el 26 de julio de 1526. Un documento que «nos dice mucho de su lado más íntimo», según desvela a ABC Saavedra. La cara más íntima La experta defiende que «el testamento es uno de los documentos más sinceros que podía hacer una persona antes de morir» y sentencia que, en el caso de Elcano, dibuja a un hombre «sobrio, valiente y consciente de la grandeza de su gesta marinera».
Para empezar, el texto deja entrever la gran religiosidad de su familia. «Esta se pone de manifiesto en las limosnas que dejó encargadas para la atención de 19 iglesias y monasterios, la mayoría de Guetaria. Igualmente, estableció que fueran dichas por su alma innumerables misas, y pidió que las primeras fueran celebradas por dos de sus hermanos y por un sobrino», señala.
Mapa de las Molucas, que salió a luz por primera vez en 1630 en el Atlantis Appendix (arriba). Debajo: dos retratos de Elcano. (ABC) Saavedra afirma que este es uno de los pocos documentos que ponen luz sobre la vida privada del marino; y es que no dejó ni correspondencia ni memorias. El texto nos desvela por ejemplo que, a pesar de no haber contraído matrimonio, alumbró dos retoños.
«El mayor, Domingo, era hijo de una chica del pueblo; por tanto, debía de ser conocido. Lo que es muy interesante es la referencia que hizo a su hija, de la que casi nadie tenía noticia. No mencionó el nombre de la niña: quizá ni lo sabía», apostilla.
El vasco quiso dejar también a la madre de la chiquilla 40 ducados. «Esa necesidad de tranquilizar su conciencia puede indicar una relación forzada, o bien un sentimiento de culpabilidad por abandonarla a su suerte», finaliza la doctora. «El testamento nos muestra a un Elcano sobrio, valiente y consciente de la grandeza de su gesta marinera»
María Saavedra Doctora en Historia de América Hizo bien el marino en dictar testamento porque el 30 de julio arreció un desastre que nadie esperaba: el fallecimiento de Loaísa. Tras su muerte, y gracias a una orden secreta que Su Majestad había firmado antes de que la expedición saliera de puerto, tomó el mando Elcano. Por desgracia, no pasó ni una semana antes de que aquel mal que asolaba a la nave le llevara a la tumba.
Fue un 4 de agosto cuando expiró el buen marino y mejor explorador. Una jornada después, su cadáver fue envuelto en un sudario y sujeto a una tabla con cuerdas antes de ser arrojado al mar con un peso. Misterios y alegrías Todavía se desconoce cuál fue la enfermedad que diezmó la Victoria, aunque todo apunta en dos direcciones.
«Durante mucho tiempo, las muertes se han atribuido al escorbuto, el gran enemigo de los navegantes. Aunque es posible que expiraran como consecuencia de consumir un pescado venenoso, portador de la letal ciguatera, una toxina que provoca una reacción muy concreta en los seres humanos», explica Saavedra. Esta segunda posibilidad es otra de las más barajadas y, en palabras de la experta, se infiere al leer la crónica de Urdaneta: «En la relación posterior que hizo, dejó escrito que Loaísa había invitado a comer a su mesa a varios oficiales, entre los que estaba Elcano, y que pronto se dejaron sentir los síntomas».
Pero ni el escorbuto ni las tempestades detuvieron a la Victoria. Bajo el mando de Toribio Alonso de Salazar primero, y de Martín Íñiguez después, la nave tocó tierra en las Molucas el 29 de octubre de 1526. De todos los hombres que habían partido de La Coruña llegaron apenas un centenar; y lo hicieron hambrientos y enfermos.
Pero materializaron un sueño que Elcano no pudo completar. Temas Juan Sebastián Elcano Historia de España comentarios Reportar un error Los ejércitos malditos: la leyenda negra que persigue a los soldados españoles del XVIII Manuel P. Villatoro Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Javier Ruiz, sobre sus orígenes humildes: «Mi abuelo era minero y la familia de mi madre viene de un camionero que montó una yesería y trabajaba el olivar»
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