Los veranos robados del pantano de San Juan
El mío era un Kas limón, una bolsa de pipas Facundo y un jersey para cuando la noche apretaba. Mirábamos de reojo si se encendía la luz del salón y cuando la silueta de la abuela asomaba por la terraz
CASA DE FIERAS Los veranos robados del pantano de San Juan El fuego no ha podido distinguir esa felicidad. La ha cubierto de ceniza y ahora toca esperar que vuelvan las risas, las noches eternas y los sonidos de los motores sobre el agua Regala esta noticia Añádenos en Google El pantano de San Juan en 2023. (Jaime García) Alfonso J. Ussía 28/07/2026 a las 19:02h.
El mío era un Kas limón, una bolsa de pipas Facundo y un jersey para cuando la noche apretaba. Mirábamos de reojo si se encendía la luz del salón y cuando la silueta de la abuela asomaba por la terraza llegaba el toque de queda. ... Todos los primos teníamos derecho a un helado después de cenar.
Siempre le duraba más a Ignacio, que comenzaba a saborearlo mientras yo me limpiaba la boca con esas servilletas medio transparentes de papel que ni quitaban las manchas ni servían para sonarse. Jugábamos al fútbol en el corro, montábamos en bici, íbamos a casa de un amigo del pueblo e incluso alguna vez nos escapamos hasta la playa, aunque sin bañarnos en el mar. Si llegábamos mojados y con arena se nos caía el pelo.
Teníamos enemigos irreconciliables, generalmente, los hijos de los de nuestros tíos, pero también algunos amigos nuevos que llegaban de primeras y debíamos ocuparnos de ellos. También los de Barcelona, a los que veíamos de año en año y siempre nos daban un poco de envidia porque parecían más libres. En el Samovy rascábamos alguna propina y siempre que disparábamos con la escopeta de feria, gastábamos los dos primeros disparos poniéndola a tiro con una moneda de cinco pesetas mientras otro primo distraía al feriante.
En el pantano de San Juan los veranos eran igual de únicos que los míos. El Real Club Náutico funcionaba desde 1961 e incluso tenían un cine de verano para esas noches en las que la temperatura refrescaba, haciendo que la vida comenzara después de cenar. Por el día jugaban en el agua.
Pedalós, barquitos de vela, patines, piraguas o esquí acuático. Piscinas, barbacoas, toboganes y todas esas cosas que nos contaban en septiembre al volver al colegio y que, a nosotros, del norte, nos parecían inalcanzables. Ellos iban de casa en casa, porque sus padres cenaban cada noche en una distinta.
Cuando nos hablaban de la playa de Muro o de la de Virgen de la Nueva, nosotros les decíamos que no tenían olas, pero ellos se reían porque llegaban a su paraíso en una hora en coche mientras nuestro viaje era una odisea de al menos seis. Noticia relacionada El fuego se concentra en el entorno del pantano de San Juan y del Alberche Belén Sarriá En las urbanizaciones Ciudad de San Ramón y Calas de Guisando buscaban anonimato y tranquilidad familias que hicieron de esta zona una Marbella discreta que encontró en la sierra de Madrid su milla de oro. Carlos Sainz, Enrique Cerezo, la familia Real de Bulgaria o los Fuster llegaban los fines de semana huyendo de la ciudad para vivir sin mirones.
Aquí se les respetaba y se cuidaba en silencio su presencia porque el verdadero lujo era que nadie les molestara mientras comían en el Náutico o se dejaban ver en el viejo muelle. Aún con todo, el pantano de San Juan era una exclusividad al alcance de todos, pues lo mismo se comía sobre un mantel entre pinares que se reservaba algún privado cuando un empresario quería enseñar su mar en Madrid a tiro de piedra de la puerta del Sol. Sus planes eran la rotación de cenas que comenzaban tarde y se alargaban hasta bien entrada la madrugada.
La casa del médico, del cirujano, del abogado, del empresario, siempre tenían invitados ilustres que se disipaban entre los fijos de allí. Porque como ocurre en todos los lugares verdaderamente especiales, siempre hubo lugar para todos, independientemente de la viruta o el poder bajo la percha. Su mar de agua dulce se construyó uniendo las aguas del río Alberche y del río Cofio.
Enterraron un pasado que sirvió de leyenda en esas primeras urbanizaciones que levantaron los obreros que hicieron la presa. Un puente medieval y una ermita antigua fueron la excusa perfecta para contarles a los niños lo que hubo un día y, a veces, durante el mes de septiembre, se dejaba ver el viejo puente que renacía de las aguas como una atalaya que avistaba ballenas imaginarias mientras los padres se dormían una siesta a la sombra de los pinos. El fuego ha robado los veranos de esas nuevas generaciones que buscaban en la memoria de los suyos construir la suya propia Newsletter Y es que las comidas largas en el viejo Mesón La Playa, con su conejo al ajillo o las brasas para carne que después daban para mucho.
Otros se empanaban filetes, pimientos verdes, tomates aliñados y una buena tortilla de patatas que regaban con gaseosa y vino. En esos picnics se escuchaban loros a pilas que se colocaban sobre mesas plegables y algunos jugaban al mus mientras los niños se tomaban un helado. El tiempo pasaba despacio y un coro de chicharras hacía de banda sonora durante el tiempo en el que se cerraban los ojos para recuperar fuerzas antes del baño de la tarde.
En el norte nos contaban las leyendas de Juanín y Bedoya, de las galernas que mataron a tantos pescadores o del incendio que asoló la zona en los años sesenta. En esta zona de Madrid, la leyenda contaba que cuando la ermita saliera entera a flote, la vieja romería volvería a reunirse para celebrar a la Virgen como se hacía cada lunes de Pascua desde el siglo XI. Ahora el fuego ha robado los veranos de esas nuevas generaciones que buscaban en la memoria de los suyos construir la suya propia.
Del viejo Club Náutico solo quedan los recuerdos, las embarcaciones son esqueletos de ceniza y las leyendas hablarán de este verano cruel que ha pintado de hollín y carbón el verano de Madrid. Vidas enteras que se mantienen en pie mientras su pasado se ha consumido por el drama y la impotencia y que ha arrancado de cuajo ese campo donde sembrar una infancia inocente y eterna. Los bosques tienen una paciencia que los hombres hace tiempo perdimos.
Saben esperar. Algún día volverá la sombra El dinero compra muchas cosas, pero nunca supo comprar un verano. En este paraíso de San Juan, lo mismo se emocionaba quien había levantado una fortuna que quien había levantado una casa ladrillo a ladrillo durante dos décadas.
Todos buscaban lo mismo cuando cruzaban la carretera camino del pantano, tratando que los recuerdos de verano duraran mucho más que las vacaciones. El fuego no ha podido distinguir esa felicidad. La ha cubierto de ceniza y ahora toca esperar que vuelvan las risas, las noches eternas y los sonidos de los motores sobre el agua mientras otros pedaleen en esa misma agua que era para todos.
Los bosques tienen una paciencia que los hombres hace tiempo perdimos. Saben esperar. Igual que esperan las piedras del viejo puente bajo el agua o la ermita cuando el pantano baja.
Algún día volverá la sombra, volverá el olor a resina y alguien abrirá una bolsa de pipas mientras otro niño apura un helado que siempre tardará demasiado poco en terminarse. Entonces nadie habrá derrotado del todo a aquel verano. Porque hay recuerdos que, como los buenos árboles, empiezan a crecer precisamente cuando parece que ya no queda nada.
Temas Felicidad Verano Tiempo Madrid (ciudad) comentarios Reportar un error CASA DE FIERAS Los veranos robados del pantano de San Juan El fuego no ha podido distinguir esa felicidad. La ha cubierto de ceniza y ahora toca esperar que vuelvan las risas, las noches eternas y los sonidos de los motores sobre el agua Regala esta noticia Añádenos en Google El pantano de San Juan en 2023. (Jaime García) Alfonso J. Ussía 28/07/2026 a las 19:02h.
El mío era un Kas limón, una bolsa de pipas Facundo y un jersey para cuando la noche apretaba. Mirábamos de reojo si se encendía la luz del salón y cuando la silueta de la abuela asomaba por la terraza llegaba el toque de queda. ... Todos los primos teníamos derecho a un helado después de cenar.
Siempre le duraba más a Ignacio, que comenzaba a saborearlo mientras yo me limpiaba la boca con esas servilletas medio transparentes de papel que ni quitaban las manchas ni servían para sonarse. Jugábamos al fútbol en el corro, montábamos en bici, íbamos a casa de un amigo del pueblo e incluso alguna vez nos escapamos hasta la playa, aunque sin bañarnos en el mar. Si llegábamos mojados y con arena se nos caía el pelo.
Teníamos enemigos irreconciliables, generalmente, los hijos de los de nuestros tíos, pero también algunos amigos nuevos que llegaban de primeras y debíamos ocuparnos de ellos. También los de Barcelona, a los que veíamos de año en año y siempre nos daban un poco de envidia porque parecían más libres. En el Samovy rascábamos alguna propina y siempre que disparábamos con la escopeta de feria, gastábamos los dos primeros disparos poniéndola a tiro con una moneda de cinco pesetas mientras otro primo distraía al feriante.
En el pantano de San Juan los veranos eran igual de únicos que los míos. El Real Club Náutico funcionaba desde 1961 e incluso tenían un cine de verano para esas noches en las que la temperatura refrescaba, haciendo que la vida comenzara después de cenar. Por el día jugaban en el agua.
Pedalós, barquitos de vela, patines, piraguas o esquí acuático. Piscinas, barbacoas, toboganes y todas esas cosas que nos contaban en septiembre al volver al colegio y que, a nosotros, del norte, nos parecían inalcanzables. Ellos iban de casa en casa, porque sus padres cenaban cada noche en una distinta.
Cuando nos hablaban de la playa de Muro o de la de Virgen de la Nueva, nosotros les decíamos que no tenían olas, pero ellos se reían porque llegaban a su paraíso en una hora en coche mientras nuestro viaje era una odisea de al menos seis. Noticia relacionada El fuego se concentra en el entorno del pantano de San Juan y del Alberche Belén Sarriá En las urbanizaciones Ciudad de San Ramón y Calas de Guisando buscaban anonimato y tranquilidad familias que hicieron de esta zona una Marbella discreta que encontró en la sierra de Madrid su milla de oro. Carlos Sainz, Enrique Cerezo, la familia Real de Bulgaria o los Fuster llegaban los fines de semana huyendo de la ciudad para vivir sin mirones.
Aquí se les respetaba y se cuidaba en silencio su presencia porque el verdadero lujo era que nadie les molestara mientras comían en el Náutico o se dejaban ver en el viejo muelle. Aún con todo, el pantano de San Juan era una exclusividad al alcance de todos, pues lo mismo se comía sobre un mantel entre pinares que se reservaba algún privado cuando un empresario quería enseñar su mar en Madrid a tiro de piedra de la puerta del Sol. Sus planes eran la rotación de cenas que comenzaban tarde y se alargaban hasta bien entrada la madrugada.
La casa del médico, del cirujano, del abogado, del empresario, siempre tenían invitados ilustres que se disipaban entre los fijos de allí. Porque como ocurre en todos los lugares verdaderamente especiales, siempre hubo lugar para todos, independientemente de la viruta o el poder bajo la percha. Su mar de agua dulce se construyó uniendo las aguas del río Alberche y del río Cofio.
Enterraron un pasado que sirvió de leyenda en esas primeras urbanizaciones que levantaron los obreros que hicieron la presa. Un puente medieval y una ermita antigua fueron la excusa perfecta para contarles a los niños lo que hubo un día y, a veces, durante el mes de septiembre, se dejaba ver el viejo puente que renacía de las aguas como una atalaya que avistaba ballenas imaginarias mientras los padres se dormían una siesta a la sombra de los pinos. El fuego ha robado los veranos de esas nuevas generaciones que buscaban en la memoria de los suyos construir la suya propia Newsletter Y es que las comidas largas en el viejo Mesón La Playa, con su conejo al ajillo o las brasas para carne que después daban para mucho.
Otros se empanaban filetes, pimientos verdes, tomates aliñados y una buena tortilla de patatas que regaban con gaseosa y vino. En esos picnics se escuchaban loros a pilas que se colocaban sobre mesas plegables y algunos jugaban al mus mientras los niños se tomaban un helado. El tiempo pasaba despacio y un coro de chicharras hacía de banda sonora durante el tiempo en el que se cerraban los ojos para recuperar fuerzas antes del baño de la tarde.
En el norte nos contaban las leyendas de Juanín y Bedoya, de las galernas que mataron a tantos pescadores o del incendio que asoló la zona en los años sesenta. En esta zona de Madrid, la leyenda contaba que cuando la ermita saliera entera a flote, la vieja romería volvería a reunirse para celebrar a la Virgen como se hacía cada lunes de Pascua desde el siglo XI. Ahora el fuego ha robado los veranos de esas nuevas generaciones que buscaban en la memoria de los suyos construir la suya propia.
Del viejo Club Náutico solo quedan los recuerdos, las embarcaciones son esqueletos de ceniza y las leyendas hablarán de este verano cruel que ha pintado de hollín y carbón el verano de Madrid. Vidas enteras que se mantienen en pie mientras su pasado se ha consumido por el drama y la impotencia y que ha arrancado de cuajo ese campo donde sembrar una infancia inocente y eterna. Los bosques tienen una paciencia que los hombres hace tiempo perdimos.
Saben esperar. Algún día volverá la sombra El dinero compra muchas cosas, pero nunca supo comprar un verano. En este paraíso de San Juan, lo mismo se emocionaba quien había levantado una fortuna que quien había levantado una casa ladrillo a ladrillo durante dos décadas.
Todos buscaban lo mismo cuando cruzaban la carretera camino del pantano, tratando que los recuerdos de verano duraran mucho más que las vacaciones. El fuego no ha podido distinguir esa felicidad. La ha cubierto de ceniza y ahora toca esperar que vuelvan las risas, las noches eternas y los sonidos de los motores sobre el agua mientras otros pedaleen en esa misma agua que era para todos.
Los bosques tienen una paciencia que los hombres hace tiempo perdimos. Saben esperar. Igual que esperan las piedras del viejo puente bajo el agua o la ermita cuando el pantano baja.
Algún día volverá la sombra, volverá el olor a resina y alguien abrirá una bolsa de pipas mientras otro niño apura un helado que siempre tardará demasiado poco en terminarse. Entonces nadie habrá derrotado del todo a aquel verano. Porque hay recuerdos que, como los buenos árboles, empiezan a crecer precisamente cuando parece que ya no queda nada.
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