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Internacional
jueves, 17 de septiembre de 2026

EE.UU., elecciones en el horizonte

Vivimos en una era marcada por los dogmas de la izquierda. Ideales nobles se entremezclan con alianzas contradictorias y creencias autodestructivas. En Estados Unidos resulta paradójico cómo feminista

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA EE.UU., elecciones en el horizonte La ventana de Overton se ha desplazado tanto hacia la izquierda que el sentido común se tilda de fascismo. La política ya no es una pugna entre derecha e izquierda sino entre sentido común e insensatez Regala esta noticia Añádenos en Google Donald Trump pronuncia un discurso en un mitin en el aeropuerto municipal de Gastonia, Carolina del Norte. (AFP) Eric-Clifford Graf 17/09/2026 a las 19:11h. Vivimos en una era marcada por los dogmas de la izquierda.

Ideales nobles se entremezclan con alianzas contradictorias y creencias autodestructivas. En Estados Unidos resulta paradójico cómo feministas, activistas LGTBI+ y líderes de la comunidad negra identifican a la clase media blanca como el principal enemigo, al tiempo que defienden a islamistas en Gaza e Irán o a comunistas en Cuba y China, regímenes que suprimirían las libertades de las que disfrutan en Occidente. De materializarse sus demandas de abolir la policía, abrir las fronteras, desmantelar el gasto militar y permitir a hombres competir en competiciones femeninos, serían las propias mujeres, las minorías, los disidentes y los pobres quienes perderían sus derechos ante el retorno al estado de naturaleza.

Esa mitad de la tribu peca de pueril. No dudo de su pasión, pero no los veo dispuestos a razonar. Poseídos por el victimismo y esclavizados por sus emociones, se quedan a mitad de camino de cualquier buena idea.

Sueñan con un mundo sin cárceles, pero ¿qué harían con los criminales? Eliminar las fronteras suena tierno, pero ¿qué harán con cientos de millones de nuevos vecinos? Quieren prohibir las armas, pero ¿qué ocurrirá cuando otros ataquen sin temor a represalia?

La izquierda actual parece una secta que aguarda extraterrestres. El síntoma institucional de esta histeria son las políticas de diversidad, equidad e inclusión, que imperan en universidades, multinacionales y agencias gubernamentales de EE.UU. y otros países. Han erosionado los principios lógicos y morales de Occidente.

Según el ordenamiento heredado del Renacimiento y la Ilustración, uno era inocente hasta que se demostrara su culpabilidad. Hoy, si alguien es acusado por una mujer o una minoría es culpable hasta que demuestre lo contrario. El odio hacia esas potencias ha unido a extraños compañeros de viaje.

En Nueva York, la ciudad con mayor población judía del universo, se ven pancartas de «Gais por Gaza». ¿Son conscientes de que en Gaza los lanzarían desde una azotea? ¿Saben que deben sus libertades precisamente a la sociedad occidental y proisraelí que tanto detestan?

Quienes buscan abolir la Policía afirman que oprime a las minorías. ¿No saben que los más perjudicados por su ausencia son los negros honestos de los barrios vulnerables? ¿Ignoran que la mayoría de las víctimas de homicidio en EE.UU. son negros asesinados por otros negros?

¿Y las feministas que exigen abrir las fronteras? Parecen desconocer que el respeto a la mujer no es un valor e determinados países del Tercer Mundo, ni se conmueven ante los «árboles de la violación», altares espontáneos con las bragas de las víctimas que pandilleros exhiben en las rutas migratorias. Incluso persiste el empeño por justificar los regímenes comunistas.

¿Son conscientes los manifestantes de que tales dictaduras reprimen la libertad de expresión, asfixian a los emprendedores y mantienen la corrupción y la tortura por parte de narcoterroristas que han dinamitado cualquier cauce democrático? ¿Su comprensión de la ciencia? Nula.

Pretenden que este pilar de la civilización occidental dependa del consenso de comités de expertos. Eso no es ciencia; es sumisión burocrática. Por ello gran parte del pueblo estadounidense venera a Anthony Fauci, aunque hoy sepamos que mintió sobre el origen de la pandemia, las mascarillas y los efectos de las vacunas, y obtuvo rédito económico de todo ello.

El revisionismo histórico sigue el mismo camino. El Instituto Smithsonian se ha transformado en un aparato ideológico que propaga la leyenda negra de EE.UU. y aborrece los valores fundacionales que debería custodiar. El síndrome anti-Trump es el ejemplo supremo de este delirio.

Es tosco, pero se muestra tal cual es, fuera del filtro de la BBC, el NYT o la CNN, un bulo tras otro. Fracasaron en dos intentos de enjuiciar al presidente, financiados con dinero público. En uno de ellos la conclusión fue escalofriante: «Si tuviéramos la certeza de que el presidente no cometió obstrucción a la Justicia, lo diríamos».

Más de dos milenios de jurisprudencia occidental defenestrados. La izquierda insiste en que Trump es racista y antisemita. Obvian que su hija se convirtió al judaísmo, que su mayor aliado en Oriente Próximo es Netanyahu y que aseguró financiación estable a las universidades negras.

Su método predilecto es asegurar que lo han visto con sus propios ojos. Basta el contexto de sus palabras sobre los eventos de Charlottesville en 2017 para desmontar la falacia. Tienen el juicio tan nublado que consideran plausible que un presidente se declare neonazi ante el mundo.

La ventana de Overton se ha desplazado tanto hacia la izquierda que el sentido común se tilda de fascismo. Musk preguntó a la editora fanática de 'The Economist': «¿Cómo puede ser de extrema derecha querer fronteras controladas, ciudades seguras y un gasto público sensato?». La política ya no es una pugna entre derecha e izquierda sino entre sentido común e insensatez.

Con todo, hay motivos para el optimismo. Este delirio es previsible en una hiperdemocracia. La responsabilidad de la libertad genera pánico; de ahí el repliegue identitario en busca de amparo colectivista.

Tucídides advirtió que, al desmoronarse el orden social, el lenguaje se corrompe: la prudencia pasa a significar cobardía y la traición, lealtad. Phobos es un motor político formidable. En este marco se presentan las elecciones de mitad de mandato.

El electorado suele castigar el desgaste del Ejecutivo y la oposición genera entusiasmo. Pero Trump seguirá dos años más y el espectáculo de nuevos juicios políticos y bulos tendrá su efecto pedagógico. Los padres fundadores entendían la naturaleza humana.

La ventaja electoral para 2028 será republicana. Si no lo es, habrá que articular nuevas tácticas. Pero lo crucial es evitar el nihilismo.

El enemigo íntimo suele ser el más implacable, pero hay que sobrellevarlo porque comparte nuestro hogar. Jefferson murió en la bancarrota, atribuyéndola a aranceles que castigaban al Sur, pero él mismo había duplicado el tamaño de la nación con la compra de Luisiana, lo que hundió los precios agrícolas. Solo cuando la convivencia se vuelva intolerable será legítimo plantear la ruptura del pacto constitucional.

La paradoja de nuestra época radica en mantener un diálogo fructífero con quienes sostienen que el libre mercado empobrece o que el islamismo se cura con afecto. Resultan superiores las tradiciones de España o el Reino Unido, donde al menos se preserva (hasta ahora) el debate cara a cara. Percibo en España una juventud desacomplejada y un giro racional en el imaginario político.

Los cambios en Hispanoamérica también invitan a la esperanza; como si la hispanidad se hubiera sacudido de ciertas utopías. En EE.UU., me temo, aún nos queda tocar fondo. En estados como California, Nueva York, Illinois o Minnesota la mayoría sigue sin enterarse de lo antihumano de sus creencias.

Pero con paciencia y diálogo, tarde o temprano, saldrán de su laberinto. Eric-Clifford Graf es filósofo e hispanista Temas Fronteras Estados Unidos Donald Trump La Tercera de ABC Emprendedores comentarios Reportar un error LA TERCERA EE.UU., elecciones en el horizonte La ventana de Overton se ha desplazado tanto hacia la izquierda que el sentido común se tilda de fascismo. La política ya no es una pugna entre derecha e izquierda sino entre sentido común e insensatez Regala esta noticia Añádenos en Google Donald Trump pronuncia un discurso en un mitin en el aeropuerto municipal de Gastonia, Carolina del Norte. (AFP) Eric-Clifford Graf 17/09/2026 a las 19:11h.

Vivimos en una era marcada por los dogmas de la izquierda. Ideales nobles se entremezclan con alianzas contradictorias y creencias autodestructivas. En Estados Unidos resulta paradójico cómo feministas, activistas LGTBI+ y líderes de la comunidad negra identifican a la clase media blanca como el principal enemigo, al tiempo que defienden a islamistas en Gaza e Irán o a comunistas en Cuba y China, regímenes que suprimirían las libertades de las que disfrutan en Occidente.

De materializarse sus demandas de abolir la policía, abrir las fronteras, desmantelar el gasto militar y permitir a hombres competir en competiciones femeninos, serían las propias mujeres, las minorías, los disidentes y los pobres quienes perderían sus derechos ante el retorno al estado de naturaleza. Esa mitad de la tribu peca de pueril. No dudo de su pasión, pero no los veo dispuestos a razonar.

Poseídos por el victimismo y esclavizados por sus emociones, se quedan a mitad de camino de cualquier buena idea. Sueñan con un mundo sin cárceles, pero ¿qué harían con los criminales? Eliminar las fronteras suena tierno, pero ¿qué harán con cientos de millones de nuevos vecinos?

Quieren prohibir las armas, pero ¿qué ocurrirá cuando otros ataquen sin temor a represalia? La izquierda actual parece una secta que aguarda extraterrestres. El síntoma institucional de esta histeria son las políticas de diversidad, equidad e inclusión, que imperan en universidades, multinacionales y agencias gubernamentales de EE.UU. y otros países.

Han erosionado los principios lógicos y morales de Occidente. Según el ordenamiento heredado del Renacimiento y la Ilustración, uno era inocente hasta que se demostrara su culpabilidad. Hoy, si alguien es acusado por una mujer o una minoría es culpable hasta que demuestre lo contrario.

El odio hacia esas potencias ha unido a extraños compañeros de viaje. En Nueva York, la ciudad con mayor población judía del universo, se ven pancartas de «Gais por Gaza». ¿Son conscientes de que en Gaza los lanzarían desde una azotea?

¿Saben que deben sus libertades precisamente a la sociedad occidental y proisraelí que tanto detestan? Quienes buscan abolir la Policía afirman que oprime a las minorías. ¿No saben que los más perjudicados por su ausencia son los negros honestos de los barrios vulnerables?

¿Ignoran que la mayoría de las víctimas de homicidio en EE.UU. son negros asesinados por otros negros? ¿Y las feministas que exigen abrir las fronteras? Parecen desconocer que el respeto a la mujer no es un valor e determinados países del Tercer Mundo, ni se conmueven ante los «árboles de la violación», altares espontáneos con las bragas de las víctimas que pandilleros exhiben en las rutas migratorias.

Incluso persiste el empeño por justificar los regímenes comunistas. ¿Son conscientes los manifestantes de que tales dictaduras reprimen la libertad de expresión, asfixian a los emprendedores y mantienen la corrupción y la tortura por parte de narcoterroristas que han dinamitado cualquier cauce democrático? ¿Su comprensión de la ciencia?

Nula. Pretenden que este pilar de la civilización occidental dependa del consenso de comités de expertos. Eso no es ciencia; es sumisión burocrática.

Por ello gran parte del pueblo estadounidense venera a Anthony Fauci, aunque hoy sepamos que mintió sobre el origen de la pandemia, las mascarillas y los efectos de las vacunas, y obtuvo rédito económico de todo ello. El revisionismo histórico sigue el mismo camino. El Instituto Smithsonian se ha transformado en un aparato ideológico que propaga la leyenda negra de EE.UU. y aborrece los valores fundacionales que debería custodiar.

El síndrome anti-Trump es el ejemplo supremo de este delirio. Es tosco, pero se muestra tal cual es, fuera del filtro de la BBC, el NYT o la CNN, un bulo tras otro. Fracasaron en dos intentos de enjuiciar al presidente, financiados con dinero público.

En uno de ellos la conclusión fue escalofriante: «Si tuviéramos la certeza de que el presidente no cometió obstrucción a la Justicia, lo diríamos». Más de dos milenios de jurisprudencia occidental defenestrados. La izquierda insiste en que Trump es racista y antisemita.

Obvian que su hija se convirtió al judaísmo, que su mayor aliado en Oriente Próximo es Netanyahu y que aseguró financiación estable a las universidades negras. Su método predilecto es asegurar que lo han visto con sus propios ojos. Basta el contexto de sus palabras sobre los eventos de Charlottesville en 2017 para desmontar la falacia.

Tienen el juicio tan nublado que consideran plausible que un presidente se declare neonazi ante el mundo. La ventana de Overton se ha desplazado tanto hacia la izquierda que el sentido común se tilda de fascismo. Musk preguntó a la editora fanática de 'The Economist': «¿Cómo puede ser de extrema derecha querer fronteras controladas, ciudades seguras y un gasto público sensato?».

La política ya no es una pugna entre derecha e izquierda sino entre sentido común e insensatez. Con todo, hay motivos para el optimismo. Este delirio es previsible en una hiperdemocracia.

La responsabilidad de la libertad genera pánico; de ahí el repliegue identitario en busca de amparo colectivista. Tucídides advirtió que, al desmoronarse el orden social, el lenguaje se corrompe: la prudencia pasa a significar cobardía y la traición, lealtad. Phobos es un motor político formidable.

En este marco se presentan las elecciones de mitad de mandato. El electorado suele castigar el desgaste del Ejecutivo y la oposición genera entusiasmo. Pero Trump seguirá dos años más y el espectáculo de nuevos juicios políticos y bulos tendrá su efecto pedagógico.

Los padres fundadores entendían la naturaleza humana. La ventaja electoral para 2028 será republicana. Si no lo es, habrá que articular nuevas tácticas.

Pero lo crucial es evitar el nihilismo. El enemigo íntimo suele ser el más implacable, pero hay que sobrellevarlo porque comparte nuestro hogar. Jefferson murió en la bancarrota, atribuyéndola a aranceles que castigaban al Sur, pero él mismo había duplicado el tamaño de la nación con la compra de Luisiana, lo que hundió los precios agrícolas.

Solo cuando la convivencia se vuelva intolerable será legítimo plantear la ruptura del pacto constitucional. La paradoja de nuestra época radica en mantener un diálogo fructífero con quienes sostienen que el libre mercado empobrece o que el islamismo se cura con afecto. Resultan superiores las tradiciones de España o el Reino Unido, donde al menos se preserva (hasta ahora) el debate cara a cara.

Percibo en España una juventud desacomplejada y un giro racional en el imaginario político. Los cambios en Hispanoamérica también invitan a la esperanza; como si la hispanidad se hubiera sacudido de ciertas utopías. En EE.UU., me temo, aún nos queda tocar fondo.

En estados como California, Nueva York, Illinois o Minnesota la mayoría sigue sin enterarse de lo antihumano de sus creencias. Pero con paciencia y diálogo, tarde o temprano, saldrán de su laberinto. Eric-Clifford Graf es filósofo e hispanista Temas Fronteras Estados Unidos Donald Trump La Tercera de ABC Emprendedores comentarios Reportar un error La caja de herramientas de Cecotec con 380 piezas que querrás tener en casa Teresa Rodríguez García Risto Mejide, 51 años, sobre sus estudios universitarios de ADE: «Nunca me han regalado nada»

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Publicado por Redacción · jueves, 17 de septiembre de 2026

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