Hermanas de la Cruz: «Se ve a las primeras»
Dios escogió a Ángela Guerrero González para fundar un instituto. Era una niña lista y feliz criada en un ambiente muy religioso en el barrio de Santa Lucía. Su padre, Francisco, era el cocinero de lo
Hermanas de la Cruz: «Se ve a las primeras» Ángela Guerrero, una zapatera que quiso hacerse pobre con los pobres para llevarlos a Cristo, junto con tres compañeras más, fundó la Compañía de la Cruz tal día como hoy, 2 de agosto, en 1875 Regala esta noticia Añádenos en Google Retrato de Santa Ángela de la Cruz. (ABC) Gloria Gamito 02/08/2026 a las 07:08h. Dios escogió a Ángela Guerrero González para fundar un instituto.
Era una niña lista y feliz criada en un ambiente muy religioso en el barrio de Santa Lucía. Su padre, Francisco, era el cocinero de los frailes trinitarios que tenían su convento donde ahora están ... los Salesianos de la Trinidad. Josefa, su madre, y su hermana Joaquina lavaban la ropa de los frailes.
Josefa ayudaba a las familias más necesitadas del barrio y era la madrina de muchos de los niños que nacían allí. Ángela aprendió a leer y escribir someramente en una «miga» y pasaba mucho tiempo en la parroquia de Santa Lucía rezándole a la Virgencita de la Salud. Con 12 o 13 años, su madre la llevó al taller de calzado Maldonado para que aprendiese un oficio.
Ángela pronto lo aprendió y destacó en su labor de aparadora del calzado. Los viernes daba su comida a los pobres y de rodillas pedía a la maestra y a sus compañeras mendruguitos de pan duro. También ocultaba un cilicio con forma de corona de espinas.
Un día se dio un golpe y las muchachas vieron que la frente se le llenó de gotitas de sangre. En su casa hacia penitencias echándole ceniza a la comida y utilizando una piedra como almohada. Un día cuando rezaban el rosario en el piso de arriba del taller doña Antonia y sus compañeras, que la querían mucho, oyeron una exclamación de Angelita y notaron una especie de luz.
Al mirarla se la encontraron de rodillas, deslumbrada y suspendida en el aire. Bajaron todas y Ángela se quedó sola en el piso de arriba. Impresionadas, las jóvenes y la maestra aguardaban a que Ángela bajase.
Ella llegó una hora más tarde y dijo «Me dejaron ustedes dormida». Doña Antonia Maldonado contó el hecho a su confesor, el Padre José Torres Padilla, un sacerdote a quien llamaban el Santero de Sevilla por la calidad de sus dirigidas y su fama de santidad, y propició el encuentro entre ambos. La dirección del padre Torres En un confesionario se conocieron la fundadora y el cofundador de las Hermanas de la Cruz.
Ella tenía 16 años y él 51. Era el año 1862. Él era profesor del Seminario, fue consultor del Concilio Vaticano I, por obediencia al prelado fue canónigo de la Catedral de Sevilla y tenía gran fama de santidad por su vida ascética y sus obras de caridad.
El Padre Torres fue el director espiritual de Ángela durante 16 años. Trece años trabajaron juntos para descubrir los planes de Dios. Ya fundada la Compañía de la Cruz, el Padre Torres dirigió los pasos del Instituto y comenzó a redactar las Reglas de la congregación, sin poder acabarlas porque le sorprendió la muerte.
Siempre el Padre Torres actuó como protector de Ángela, antes y después de la fundación del Instituto por el prestigio que tenía en Sevilla. La relación de director y dirigida fue fluida. Ella le consideraba un santo, lo obedecía en todo y pensaba que Dios le hablaba a través de él.
El sacerdote supo calibrar el diamante que era el corazón de Angelita y encauzar su devoción y moldear toda la riqueza que encerraba su alma. Newsletter En 1865 Angela decidió entrar en las carmelitas descalzas del barrio de Santa Cruz, las Teresas. Nadie de su entorno se sorprendió de esa decisión, pero no la admitieron porque no podía ser monja de coro porque no tenía instrucción y era muy menuda para hacer los trabajos de las legas.
Angelita se disgustó mucho pero el Padre Torres no le dio importancia. La joven volvió al taller y siguió con su vida: trabajo y caridad. Cuatro años después, en 1869, Ángela quiso entrar en las Hijas de la Caridad.
Pero tampoco pudo ser aunque las monjas estaban muy contentas con ella y hasta vistió los hábitos, pero se puso enferma del estómago. Para no perderla la mandaron a Cuenca y a Valencia para ver si mejoraba, pero empeoró y no retenía los alimentos y tenía vómitos constantes. Pese al deseo que tenía de ser monja tuvo que abandonar el convento y volver a su casa.
Mientras Ángela estaba con las Hijas de la Caridad el Papa Pío IX nombró al Padre Torres consultor pontificio del Concilio Vaticano I. Mientras, en Sevilla, Ángela unía a su pena por dejar a las Hijas de la Caridad la de no poder contarle al Padre Torres todo lo que había pasado. En su casa continuaron las molestias estomacales, y se curó inexplicablemente con unos «soldaditos de pavía».
Angelita decidió ser monja fuera del convento bajo la dirección del Padre Torres. El primer escrito suyo es de 1871, del 1 de noviembre. Cada año Ángela renovaba sus votos de monja fuera del convento.
En 1874 pidió al Padre hacer esos votos perpetuos y él se lo concedió y la autorizó a usar un nuevo apellido que la acompañaría siempre: De la Cruz. Así firmaba en la intimidad con el Padre al que hizo voto de obediencia y llamaba su superior. El Padre Torres se preguntaba qué planes tendría Dios para la joven.
Y le preguntaba cuando le mostraría su camino. Pobre con los pobres Un día después de su trabajo y de las visitas diarias a los necesitados Angelita acudió a una reunión en su barrio. Allí se habló de una señora de la alta sociedad que se había dedicado a las obras de caridad y socorría a los pobres con dinero, ropas y medicina.
Les decía que tuviesen paciencia, que Dios los compensaría en la otra vida. Esas palabras le acarrearon comentarios negativos de muchos de los socorridos que la criticaban a sus espaldas. En la reunión a la que asistió Ángela hubo quien defendió a la señora y quien la criticó.
Uno de los presentes dijo: «Si yo viera a esa señora pobre, despreciada, desvalida, viviendo en un tugurio, sin tener lo necesario, y con todo tranquila, resignada, sin lamentarse de su suerte… Entonces sí que la tendría por santa». A Angelita la conversación le interesaba mucho. En lo más profundo de su alma tenía una idea, «hacerse pobre con los pobres».
Para ello debía buscar la pobreza, elegirla, vivirla día a día. Dar testimonio de pobreza para hablar el lenguaje de los pobres, entender su realidad y darles a conocer a Cristo. Entonces le surgió la idea de crear un Instituto «que por amor a Dios abrazara la mayor pobreza, para de este modo ganar a los pobres y subirlos hasta Él».
Se atrevió a decirle su idea al Padre Torres. Este escuchándola se preguntaba si sería este el camino que Dios eligió para ella. Como la vio tan ilusionada, por prudencia para evitar una nueva decepción le dijo: «Tú quédate en tu nada.
Dios hará lo que convenga. No estaría mal llevar adelante ese gran pensamiento, hacerse pobre con los pobres…». Angelita estaba decepcionada y aunque quería obedecer, la idea del Instituto pobre con los pobres no dejaba de rondarle la cabeza.
Pasado un tiempo confesó al Padre que por más que lo intentó no se pudo olvidar de la Compañía de religiosas que atienden a los pobres y ya tenía muchas ideas para ella. El Padre Torres se mostró muy interesado y le dijo que escribiera todo lo que había pensado sobre la Compañía y que a la vez anotara todo lo que sentía su alma en una especie de diario espiritual. Durante meses fue escribiendo cómo sería su convento imaginando el ajuar, el dormitorio, las comidas… A finales de junio de 1875 el Padre la autorizó a despedirse del Taller Maldonado para dedicarse por completo a la fundación de la Compañía de la Cruz.
Ángela no tenía dudas de como tenía que ser su Instituto. Era y es una vida dura, con un horario estricto y escaso descanso, comer siempre de vigilia, dormir sobre una tarima de madera, penitencias, mortificaciones… El Padre Torres le dijo: «No se necesita más que espíritu, pídele a Dios que si es su voluntad mueva a las almas que han de seguirte y las de a conocer». Y tres terciarias franciscanas, como Ángela, formaron la primera patrulla de las Hermanas de la Cruz.
Eran Josefa de la Peña, Juana Magadán y Juana María Castro. Las dos Juanas eran muchachas religiosas y pobres como Ángela. Josefa de la Peña tenía casa en propiedad y aunque modesto, su porvenir asegurado y hacía muchas obras de caridad.
Conocía a Angelita desde hacía tiempo y confiaba ciegamente en ella y su proyecto. Por eso vendió su casa para que la Compañía de la Cruz comenzara su andadura. Desoyó los consejos de su familia que consideraba un disparate su decisión.
Josefa siguió adelante por su confianza en Ángela y tenía la certeza de que la Compañía la había inspirado Dios. Desde finales de julio las cuatro monjas sin hábito alquilaron una habitación con derecho a cocina en el corral de vecinos del número 13 de la calle San Luis. Los enseres eran una mesa y seis sillas viejas, un arca como ropero, un Crucifijo pequeño y una estampa de la Virgen de los Dolores.
Las tarimas de madera las sustituyeron por esterillas. El grueso del dinero de Josefa se empleó en ayudar a familias muy pobres. Por las tardes iban a rezar a la iglesia del Monasterio de Santa Paula y el Padre les hablaba.
El sacerdote dijo que Juana María cambiase su nombre por el de Hermana Sacramento para no confundirla con la otra Juana. Nombró a Ángela Hermana Mayor y superiora del convento y les dijo que él asumía la dirección jurídica de la Compañía de la Cruz. El 2 de agosto fue el día de la inauguración al Alba las cuatro muchachas fueron al alba a misa en Santa Paula.
Al llegar a la casa Ángela nombró a la Virgen superiora y Hermana Mayor. Ese día repartieron lo que quedaba del dinero de Josefa a familias necesitadas y como se les olvidó hacer el potaje se quedaron sin comer. Así empezó la andadura del Instituto de la Cruz, que tantos y hermosos frutos ha dado en todas las ciudades y pueblos donde han socorrido a los pobres y enfermos.
En la actualidad el Instituto tiene 53 casas en España, Italia y Argentina. Dios eligió a Ángela Guerrero para fundar un instituto en su Iglesia que aunara en sus monjas la vida contemplativa con la vida activa, que fuesen pobres con los pobres para llevarlos al Señor y que viese al mismo Cristo en los rostros de los necesitados y de los enfermos. Pobreza, limpieza, antigüedad En 1925 se cumplieron las Bodas de Oro de la Compañía de la Cruz.
Sor Ángela preparando la efemérides escribió a sus hijas que la observancia de las Reglas debía incluir que el Instituto conservase su manera de ser: «Es decir nuestra fisonomía espiritual que no se confunde con otras: pobreza, limpieza, antigüedad…». Estas palabras son sinónimos de vida de cruz, de evangelio de parda estameña por las calles y las casas de los pobres y enfermos, de socorro material y espiritual, de fidelidad a las Reglas y al carisma y espíritu del Instituto. Sevilla preparó una gran fiesta por las Bodas de Oro.
Y en la carta de 1925 la fundadora dijo: «Tantas alabanzas. Ahora estamos obligadas a ser como dicen y creen que somos». En otro pasaje de esa carta decía Sor Ángela: «Y que después de los cien años al ver una Hermana de la Cruz pueda decirse: Se ve a las primeras, en el mismo hábito exterior y el mismo interior; el mismo espíritu de abnegación y sacrificio.
Son las mismas: la providencia para los pobres; visitan a los enfermos, los asean, los velan sacrificando su reposo; dan de comer al hambriento, visten al desnudo; son todas para los pobres, a los que miran no solo como hermanos sino como señores…». Hoy se cumplen 151 años de la fundación de las Hermanas de la Cruz y como quería Santa Ángela, «se ve a las primeras». Temas Ordenes religiosas comentarios Reportar un error Hermanas de la Cruz: «Se ve a las primeras»
Ángela Guerrero, una zapatera que quiso hacerse pobre con los pobres para llevarlos a Cristo, junto con tres compañeras más, fundó la Compañía de la Cruz tal día como hoy, 2 de agosto, en 1875 Regala esta noticia Añádenos en Google Retrato de Santa Ángela de la Cruz. (ABC) Gloria Gamito 02/08/2026 a las 07:08h. Dios escogió a Ángela Guerrero González para fundar un instituto. Era una niña lista y feliz criada en un ambiente muy religioso en el barrio de Santa Lucía.
Su padre, Francisco, era el cocinero de los frailes trinitarios que tenían su convento donde ahora están ... los Salesianos de la Trinidad. Josefa, su madre, y su hermana Joaquina lavaban la ropa de los frailes. Josefa ayudaba a las familias más necesitadas del barrio y era la madrina de muchos de los niños que nacían allí.
Ángela aprendió a leer y escribir someramente en una «miga» y pasaba mucho tiempo en la parroquia de Santa Lucía rezándole a la Virgencita de la Salud. Con 12 o 13 años, su madre la llevó al taller de calzado Maldonado para que aprendiese un oficio. Ángela pronto lo aprendió y destacó en su labor de aparadora del calzado.
Los viernes daba su comida a los pobres y de rodillas pedía a la maestra y a sus compañeras mendruguitos de pan duro. También ocultaba un cilicio con forma de corona de espinas. Un día se dio un golpe y las muchachas vieron que la frente se le llenó de gotitas de sangre.
En su casa hacia penitencias echándole ceniza a la comida y utilizando una piedra como almohada. Un día cuando rezaban el rosario en el piso de arriba del taller doña Antonia y sus compañeras, que la querían mucho, oyeron una exclamación de Angelita y notaron una especie de luz. Al mirarla se la encontraron de rodillas, deslumbrada y suspendida en el aire.
Bajaron todas y Ángela se quedó sola en el piso de arriba. Impresionadas, las jóvenes y la maestra aguardaban a que Ángela bajase. Ella llegó una hora más tarde y dijo «Me dejaron ustedes dormida».
Doña Antonia Maldonado contó el hecho a su confesor, el Padre José Torres Padilla, un sacerdote a quien llamaban el Santero de Sevilla por la calidad de sus dirigidas y su fama de santidad, y propició el encuentro entre ambos. La dirección del padre Torres En un confesionario se conocieron la fundadora y el cofundador de las Hermanas de la Cruz. Ella tenía 16 años y él 51.
Era el año 1862. Él era profesor del Seminario, fue consultor del Concilio Vaticano I, por obediencia al prelado fue canónigo de la Catedral de Sevilla y tenía gran fama de santidad por su vida ascética y sus obras de caridad. El Padre Torres fue el director espiritual de Ángela durante 16 años.
Trece años trabajaron juntos para descubrir los planes de Dios. Ya fundada la Compañía de la Cruz, el Padre Torres dirigió los pasos del Instituto y comenzó a redactar las Reglas de la congregación, sin poder acabarlas porque le sorprendió la muerte. Siempre el Padre Torres actuó como protector de Ángela, antes y después de la fundación del Instituto por el prestigio que tenía en Sevilla.
La relación de director y dirigida fue fluida. Ella le consideraba un santo, lo obedecía en todo y pensaba que Dios le hablaba a través de él. El sacerdote supo calibrar el diamante que era el corazón de Angelita y encauzar su devoción y moldear toda la riqueza que encerraba su alma.
Newsletter En 1865 Angela decidió entrar en las carmelitas descalzas del barrio de Santa Cruz, las Teresas. Nadie de su entorno se sorprendió de esa decisión, pero no la admitieron porque no podía ser monja de coro porque no tenía instrucción y era muy menuda para hacer los trabajos de las legas. Angelita se disgustó mucho pero el Padre Torres no le dio importancia.
La joven volvió al taller y siguió con su vida: trabajo y caridad. Cuatro años después, en 1869, Ángela quiso entrar en las Hijas de la Caridad. Pero tampoco pudo ser aunque las monjas estaban muy contentas con ella y hasta vistió los hábitos, pero se puso enferma del estómago.
Para no perderla la mandaron a Cuenca y a Valencia para ver si mejoraba, pero empeoró y no retenía los alimentos y tenía vómitos constantes. Pese al deseo que tenía de ser monja tuvo que abandonar el convento y volver a su casa. Mientras Ángela estaba con las Hijas de la Caridad el Papa Pío IX nombró al Padre Torres consultor pontificio del Concilio Vaticano I.
Mientras, en Sevilla, Ángela unía a su pena por dejar a las Hijas de la Caridad la de no poder contarle al Padre Torres todo lo que había pasado. En su casa continuaron las molestias estomacales, y se curó inexplicablemente con unos «soldaditos de pavía». Angelita decidió ser monja fuera del convento bajo la dirección del Padre Torres.
El primer escrito suyo es de 1871, del 1 de noviembre. Cada año Ángela renovaba sus votos de monja fuera del convento. En 1874 pidió al Padre hacer esos votos perpetuos y él se lo concedió y la autorizó a usar un nuevo apellido que la acompañaría siempre: De la Cruz.
Así firmaba en la intimidad con el Padre al que hizo voto de obediencia y llamaba su superior. El Padre Torres se preguntaba qué planes tendría Dios para la joven. Y le preguntaba cuando le mostraría su camino.
Pobre con los pobres Un día después de su trabajo y de las visitas diarias a los necesitados Angelita acudió a una reunión en su barrio. Allí se habló de una señora de la alta sociedad que se había dedicado a las obras de caridad y socorría a los pobres con dinero, ropas y medicina. Les decía que tuviesen paciencia, que Dios los compensaría en la otra vida.
Esas palabras le acarrearon comentarios negativos de muchos de los socorridos que la criticaban a sus espaldas. En la reunión a la que asistió Ángela hubo quien defendió a la señora y quien la criticó. Uno de los presentes dijo: «Si yo viera a esa señora pobre, despreciada, desvalida, viviendo en un tugurio, sin tener lo necesario, y con todo tranquila, resignada, sin lamentarse de su suerte… Entonces sí que la tendría por santa».
A Angelita la conversación le interesaba mucho. En lo más profundo de su alma tenía una idea, «hacerse pobre con los pobres». Para ello debía buscar la pobreza, elegirla, vivirla día a día.
Dar testimonio de pobreza para hablar el lenguaje de los pobres, entender su realidad y darles a conocer a Cristo. Entonces le surgió la idea de crear un Instituto «que por amor a Dios abrazara la mayor pobreza, para de este modo ganar a los pobres y subirlos hasta Él». Se atrevió a decirle su idea al Padre Torres.
Este escuchándola se preguntaba si sería este el camino que Dios eligió para ella. Como la vio tan ilusionada, por prudencia para evitar una nueva decepción le dijo: «Tú quédate en tu nada. Dios hará lo que convenga.
No estaría mal llevar adelante ese gran pensamiento, hacerse pobre con los pobres…». Angelita estaba decepcionada y aunque quería obedecer, la idea del Instituto pobre con los pobres no dejaba de rondarle la cabeza. Pasado un tiempo confesó al Padre que por más que lo intentó no se pudo olvidar de la Compañía de religiosas que atienden a los pobres y ya tenía muchas ideas para ella.
El Padre Torres se mostró muy interesado y le dijo que escribiera todo lo que había pensado sobre la Compañía y que a la vez anotara todo lo que sentía su alma en una especie de diario espiritual. Durante meses fue escribiendo cómo sería su convento imaginando el ajuar, el dormitorio, las comidas… A finales de junio de 1875 el Padre la autorizó a despedirse del Taller Maldonado para dedicarse por completo a la fundación de la Compañía de la Cruz. Ángela no tenía dudas de como tenía que ser su Instituto.
Era y es una vida dura, con un horario estricto y escaso descanso, comer siempre de vigilia, dormir sobre una tarima de madera, penitencias, mortificaciones… El Padre Torres le dijo: «No se necesita más que espíritu, pídele a Dios que si es su voluntad mueva a las almas que han de seguirte y las de a conocer». Y tres terciarias franciscanas, como Ángela, formaron la primera patrulla de las Hermanas de la Cruz. Eran Josefa de la Peña, Juana Magadán y Juana María Castro.
Las dos Juanas eran muchachas religiosas y pobres como Ángela. Josefa de la Peña tenía casa en propiedad y aunque modesto, su porvenir asegurado y hacía muchas obras de caridad. Conocía a Angelita desde hacía tiempo y confiaba ciegamente en ella y su proyecto.
Por eso vendió su casa para que la Compañía de la Cruz comenzara su andadura. Desoyó los consejos de su familia que consideraba un disparate su decisión. Josefa siguió adelante por su confianza en Ángela y tenía la certeza de que la Compañía la había inspirado Dios.
Desde finales de julio las cuatro monjas sin hábito alquilaron una habitación con derecho a cocina en el corral de vecinos del número 13 de la calle San Luis. Los enseres eran una mesa y seis sillas viejas, un arca como ropero, un Crucifijo pequeño y una estampa de la Virgen de los Dolores. Las tarimas de madera las sustituyeron por esterillas.
El grueso del dinero de Josefa se empleó en ayudar a familias muy pobres. Por las tardes iban a rezar a la iglesia del Monasterio de Santa Paula y el Padre les hablaba. El sacerdote dijo que Juana María cambiase su nombre por el de Hermana Sacramento para no confundirla con la otra Juana.
Nombró a Ángela Hermana Mayor y superiora del convento y les dijo que él asumía la dirección jurídica de la Compañía de la Cruz. El 2 de agosto fue el día de la inauguración al Alba las cuatro muchachas fueron al alba a misa en Santa Paula. Al llegar a la casa Ángela nombró a la Virgen superiora y Hermana Mayor.
Ese día repartieron lo que quedaba del dinero de Josefa a familias necesitadas y como se les olvidó hacer el potaje se quedaron sin comer. Así empezó la andadura del Instituto de la Cruz, que tantos y hermosos frutos ha dado en todas las ciudades y pueblos donde han socorrido a los pobres y enfermos. En la actualidad el Instituto tiene 53 casas en España, Italia y Argentina.
Dios eligió a Ángela Guerrero para fundar un instituto en su Iglesia que aunara en sus monjas la vida contemplativa con la vida activa, que fuesen pobres con los pobres para llevarlos al Señor y que viese al mismo Cristo en los rostros de los necesitados y de los enfermos. Pobreza, limpieza, antigüedad En 1925 se cumplieron las Bodas de Oro de la Compañía de la Cruz. Sor Ángela preparando la efemérides escribió a sus hijas que la observancia de las Reglas debía incluir que el Instituto conservase su manera de ser: «Es decir nuestra fisonomía espiritual que no se confunde con otras: pobreza, limpieza, antigüedad…».
Estas palabras son sinónimos de vida de cruz, de evangelio de parda estameña por las calles y las casas de los pobres y enfermos, de socorro material y espiritual, de fidelidad a las Reglas y al carisma y espíritu del Instituto. Sevilla preparó una gran fiesta por las Bodas de Oro. Y en la carta de 1925 la fundadora dijo: «Tantas alabanzas.
Ahora estamos obligadas a ser como dicen y creen que somos». En otro pasaje de esa carta decía Sor Ángela: «Y que después de los cien años al ver una Hermana de la Cruz pueda decirse: Se ve a las primeras, en el mismo hábito exterior y el mismo interior; el mismo espíritu de abnegación y sacrificio. Son las mismas: la providencia para los pobres; visitan a los enfermos, los asean, los velan sacrificando su reposo; dan de comer al hambriento, visten al desnudo; son todas para los pobres, a los que miran no solo como hermanos sino como señores…».
Hoy se cumplen 151 años de la fundación de las Hermanas de la Cruz y como quería Santa Ángela, «se ve a las primeras». Temas Ordenes religiosas comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola»
Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor» Borja Sánchez