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Internacional
sábado, 1 de agosto de 2026

Ya no hay fiesta sin límites en la isla croata de Hvar

Para toda una generación, Hvar fue el lugar al que había que ir antes de cumplir los treinta. La isla donde las noches siempre desembocaban en el alba y bailar hasta encontrarse con el primer sol era

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Ya no hay fiesta sin límites en la isla croata de Hvar La música ya no se alarga hasta el amanecer, los jóvenes buscan otras experiencias y Hvar trata de encontrar un equilibrio entre quienes la habitan y quienes la visitan Regala esta noticia Añádenos en Google La calle de bares Hvar. Preslava Boneva Hvar (Croacia) 02/08/2026 a las 01:19h. Para toda una generación, Hvar fue el lugar al que había que ir antes de cumplir los treinta.

La isla donde las noches siempre desembocaban en el alba y bailar hasta encontrarse con el primer sol era casi un rito de paso para miles de ... jóvenes. El ferry en el que estoy une Split y Hvar tarda apenas cincuenta minutos. Es un trayecto demasiado corto para abandonar el continente y, sin embargo, suficiente para sentir que se traspasa una frontera.

La isla apenas supera los once mil habitantes, pero según las estadísticas oficiales solo en junio de 2026 se registraron 36.641 llegadas y 120.066 pernoctaciones. En Breviario mediterráneo Predrag Matvejević definió el Adriático como «el lugar de encuentro entre Italia y los Balcanes». Cuatro décadas después, ese mismo mar recibe sobre todo a estadounidenses, británicos, australianos y, cada vez más, españoles.

Esas cifras no distinguen edades, pero basta levantar la vista para completar el retrato. En la cubierta se mezclan universitarios que celebran el final de los exámenes, grupos que acaban de terminar el colegio, veinteañeros que gastan ahí sus primeros sueldos, despedidas de soltero y viajeros que persiguen el mismo horizonte: un mar de un azul casi irreal, el sol del Adriático y la promesa de que en Hvar la noche siempre está a punto de empezar. Una fiesta con dos almas La primera vez que llegué a esta isla fue hace casi diez años.

Yo era una de esas jóvenes. Viajaba en interraíl con cuatro amigas cuando, precisamente ahí, recibí el correo que confirmaba mi admisión en la carrera de Periodismo. Hay lugares que quedan unidos para siempre a una versión de nosotros mismos.

Quizá por eso uno vuelve. Quizá por eso algunos destinos nunca terminan de abandonarnos. Noticia relacionada Unos días con Manu Salvador Sostres Sin embargo, la Hvar que encuentro ahora tiene dos almas: la que recordaba, la que buscan los que han viajado en el ferry conmigo y una más sofisticada, que llega en yates de lujo.

Antes de afrontar la primera de las muchas cuestas que atraviesan la ciudad, desayuno en Lucullus, el restaurante del Hotel Villa Nora. Me sirven yogur natural y un bizcocho casero de manzana. La calma de la terraza contrasta con el incesante ir y venir de maletas por las calles empedradas.

Hablo con la propietaria, Natalija. El hotel está lleno. El verano sigue funcionando como el gran motor económico del lugar.

Pero enseguida deriva la conversación hacia otro asunto. En marzo de 2025 el Consejo Municipal de Hvar aprobó medidas para hacer frente al turismo masivo. La normativa limitó a 85 decibelios el volumen máximo de bares y discotecas al aire libre, un nivel similar al de un restaurante concurrido.

La decisión obligó a replantear la actividad de algunos de los locales que durante años definieron la vida nocturna de la isla. «Queremos que esta isla sea más familiar, que no haya tanta fiesta como antes», afirma Natalija. Croacia intenta dejar de ser únicamente el lugar al que se viaja para no dormir.

Tras años consolidándose como uno de los grandes destinos europeos del ocio nocturno, el país no pretende borrar esa identidad, sino convivir con otra: una que también ponga el foco en su patrimonio, en su paisaje y en un turismo menos estacional. La pregunta es inevitable: ¿puede una isla reinventarse sin perder aquello que la hizo famosa? Carpe Diem Beach Pocas transformaciones explican mejor el nuevo rumbo de Hvar que la de Carpe Diem Beach.

Durante años fue mucho más que una discoteca: era un ritual de iniciación para quien llegaba. Su nombre aparecía en todas las conversaciones y en la infinidad de fotografías del amanecer. Newsletter El club se encuentra frente a la ciudad de Hvar, en la pequeña isla-discoteca de Stipanska.

Se accede a ella a bordo de los «taxiboat». Cuando cae la noche, esas embarcaciones funcionan como una prolongación de la fiesta: van y vienen cargadas de jóvenes que cruzan el canal como quien cruza un umbral. Hace diez años, Carpe Diem era el gran emblema de la isla.

El plan apenas admitía variantes: cenar en Hvar, tomar algo en el puerto y embarcar rumbo a una isla deshabitada para bailar hasta que el cielo empezara a aclararse. El regreso coincidía con los primeros ferris de la mañana y con esa extraña sensación de que el verano podía durar un día más o una eternidad. Hoy el paisaje es distinto.

Carpe Diem sigue abierto, pero ha cambiado de compás. Abre de doce del mediodía a medianoche y se ha convertido en un espacio donde conviven un restaurante, una zona «chill out», tumbonas frente al mar y sesiones de DJ. «En Croacia los ayuntamientos regionales tienen margen para regular aspectos de la convivencia, como el ruido, los horarios de los locales o el uso del espacio público.

La norma de los 85 decibelios nos ha llevado a cambiar la forma del negocio», cuenta Luka Pofuk, el mánager del lugar. También han cambiado quienes viajan. «Los jóvenes buscan ahora discotecas al aire libre y festivales; no quieren encerrarse».

Por eso Carpe Diem Beach fue un proyecto innovador a principios de los años 2000, porque veía los gustos futuros de esos recién graduados. Ahora, al cerrar a medianoche hace que el turismo se haya centrado en otro tipo de público más adulto como el de las despedidas de soltero. «Estuvimos dudando entre Abu Dhabi y Hvar», me cuenta un grupo de diez brasileños que han llegado a Carpe Diem para celebrar el último brindis antes del matrimonio.

Quizá ahí resida la paradoja. El lugar sigue siendo uno de los iconos de la isla, pero ya no representa el mismo tipo de verano. Hoy se parece más a una postal sofisticada del Adriático: cócteles frente al mar, camas balinesas, música electrónica y un público que busca prolongar el atardecer más que desafiar la madrugada.

Hvar. Split, la nueva referencia Si Hvar ha decidido bajar el volumen, Split parece haberlo subido. La segunda ciudad de Croacia se ha convertido en la nueva parada obligatoria para miles de jóvenes.

No porque Hvar haya dejado de tener vida nocturna, sino porque el gran turismo fiestero ha encontrado allí un escenario más amplio, menos condicionado por las regulaciones y con un extenso calendario de festivales. Entre ellos está Alexia. Acaba de terminar la PAU y asistió al Ultra Europe en julio, uno de los festivales de música electrónica más importantes del continente.

«Para mí la motivación de ir a Split fue el Ultra. Es increíble. Hay diferentes escenarios: está el principal, que es donde están los DJs famosos, como Calvin Harris.

Y luego hay otros estilos que van desde más tranquilo hasta más agresivo». Alexia y sus amigas incluyeron el festival en la primera fase de la organización de su interraíl. Antes incluso de elegir el recorrido, ya sabían que pasarían por Split.

La misma impresión comparte Logan, un joven inglés de 18 años, que también pasó tres noches en Split antes de llegar a Hvar. «Salimos de fiesta todos los días, hay jóvenes de todos lados, es fantástico». No es casualidad.

Durante años, Hvar fue una promesa de juventud. Hoy muchos viajeros parecen repartir la experiencia. Split concentra los grandes festivales, las madrugadas interminables y los macroeventos; Hvar el atractivo del paisaje, las calas y una noche más dispersa, repartida entre bares, terrazas y pequeños locales.

Más que una sustitución, lo que se percibe es un reparto de papeles. Hvar y su vida nocturna Reducir la transformación de Hvar a una simple fuga de la fiesta hacia Split sería quedarse a medio camino. La noche sigue siendo uno de los lenguajes del paraíso croata.

Cuando el sol empieza a esconderse detrás de las Islas Pakleni, el puerto cambia de respiración. Las terrazas se llenan paulatinamente y las callejuelas terminan siendo una improvisada pista de baile. La noche avanza despacio, como la marea.

En Kiva Bar apenas cabe un cuerpo más. Las canciones se mezclan con las conversaciones mientras los camareros avanzan haciendo equilibrios entre copas. Un poco más arriba, Lola apuesta por un ambiente más sofisticado.

Cócteles elaborados. Luces cálidas. Música electrónica suave antes de que la noche acelere.

En Seven el ritmo es otro. Grupos numerosos. Turistas recién llegados.

Selfis. Risas. Algunos terminarán más tarde en Pink Champagne, la discoteca que sigue reuniendo buena parte del público cuando los bares echan el cierre.

La diferencia es sutil, pero se percibe. Hace una década el destino parecía ser siempre el mismo: bailar hasta el amanecer. Hoy muchos buscan algo menos frenético.

Más conversación, más terrazas, más tiempo para que la noche suceda sin necesidad de exprimirla hasta el final. María es chilena. Cuando hablo con ella apenas quedan dos minutos para que cumpla 22 años.

«En Chile, Hvar está de moda, todos hablan de esa isla. La ha elegido para la celebración y se la ve feliz. Levantan las copas mientras la música sigue creciendo en Seven y alguien empieza una cuenta atrás improvisada para recibir la medianoche.

David ha llegado desde Pamplona con su cuadrilla. «Nos gustó tanto que cambiamos el vuelo para quedarnos más, las playas aquí son impresionantes». Se ríe cuando le pregunto por la fiesta.

Después de pasar nueve días en los Sanfermines, cualquier comparación parece injusta. «Pero hay mucho ambiente, sobre todo por la noche en los bares», añade. Un grupo de argentinos ha viajado hasta Hvar atraído por ese ambiente.

«La noche aquí es muy linda, activa, con mucha juventud», comenta Francisco, el más lanzado. Antes de despedirse, me felicita tímidamente «por ganar España el Mundial». Un poco más adelante dos holandesas de 22 años puntúan la noche con un ocho sobre diez.

«Hay músicos que tocan en la calle y todos beben al aire libre, eso nos encanta». No parecen echar de menos la Hvar de hace diez años, porque nunca la conocieron. Para ellos, esta es la isla que buscaban.

Quizá el turismo cambie más deprisa que los lugares. Quizá cada generación termine encontrando exactamente el verano que necesita. El verano es el alma de Hvar Me alojo en la primera planta de una casa modesta y acogedora.

Arriba vive la propietaria, Ivana, de 42 años, junto a su familia y su madre. Es profesora de primaria y también trabaja en la librería de la ciudad. Nos sentamos en su terraza con un café.

«Los trabajadores se van en invierno y solo quedan los locales. Normalmente vivimos unas 3.500 personas, pero ahora llegamos hasta 20.000». La cifra explica por sí sola la transformación.

Durante apenas unos meses, la isla multiplica varias veces su población y se convierte en el sustento de miles de personas. Camareros, cocineros, patrones de embarcaciones turísticas, recepcionistas de hotel. El verano no es solo una estación; aquí es la economía, el calendario y, en cierto modo, la forma de medir el tiempo.

«En invierno no se puede hacer mucho aquí. Yo alquilo el piso desde junio hasta mediados de septiembre». Mientras los visitantes cuentan los días que pasarán en Hvar, quienes viven aquí cuentan los meses que faltan para que vuelva a empezar la temporada.

Según Ivana, también ha cambiado la manera de viajar. «Ahora hay muchos jóvenes que se quedan tres o cuatro días aquí y viajan de una isla a otra. No están muy interesados en la cultura o en la historia, ni en el teatro.

Tenemos el teatro público más antiguo». No es un detalle menor. El teatro de Hvar, inaugurado en 1612, está considerado el primer teatro público de Europa.

Más tarde descubro que Natalija, la propietaria del Hotel Villa Nora con la que hablé la primera mañana, es cuñada de Ivana. En Hvar casi todas las historias terminan encontrándose. Hay que escuchar a quienes permanecen cuando el último catamarán del verano se marcha.

No resulta sorprendente que Hvar atraiga cada año a visitantes de todo el mundo. Sus playas y su paisaje explican una parte de ese magnetismo. La isla también conserva una historia poco conocida por quienes llegan buscando únicamente unos días de sol.

Al final del paseo marítimo se encuentra la Vila Kovač, residencia oficial de verano del Gobierno croata. Por ella han pasado presidentes como Stipe Mesić y el actual jefe del Estado, Zoran Milanović, una muestra de que la isla siempre ha ocupado un lugar destacado en la historia de su país. Quizá esta ya no sea la isla que conocí.

La música ya no se alarga hasta el amanecer, los jóvenes buscan otras experiencias y Hvar trata de encontrar un equilibrio entre quienes la habitan y quienes la visitan. Sin embargo, conserva algo que escapa a las estadísticas y a las normativas. Al caer la tarde, las terrazas vuelven a llenarse, los barcos regresan despacio al puerto y las calles de piedra recuperan ese murmullo hecho de decenas de idiomas.

La isla ha cambiado, como cambian los lugares y también quienes regresan a ellos. Pero el azul imposible del Adriático, el olor a pino y a lavanda, las cuestas que desembocan en el mar y la sensación de que aquí el verano es un edén permanecen intactos. Tal vez Hvar ya no sea exactamente la misma.

Tal vez tampoco lo sea yo. Cada generación deja su huella en los lugares que ama. Y los lugares, sin que casi nadie lo advierta, terminan cambiando con ella.

Temas Jóvenes Croacia comentarios Reportar un error Ya no hay fiesta sin límites en la isla croata de Hvar La música ya no se alarga hasta el amanecer, los jóvenes buscan otras experiencias y Hvar trata de encontrar un equilibrio entre quienes la habitan y quienes la visitan Regala esta noticia Añádenos en Google La calle de bares Hvar. Preslava Boneva Hvar (Croacia) 02/08/2026 a las 01:19h. Para toda una generación, Hvar fue el lugar al que había que ir antes de cumplir los treinta.

La isla donde las noches siempre desembocaban en el alba y bailar hasta encontrarse con el primer sol era casi un rito de paso para miles de ... jóvenes. El ferry en el que estoy une Split y Hvar tarda apenas cincuenta minutos. Es un trayecto demasiado corto para abandonar el continente y, sin embargo, suficiente para sentir que se traspasa una frontera.

La isla apenas supera los once mil habitantes, pero según las estadísticas oficiales solo en junio de 2026 se registraron 36.641 llegadas y 120.066 pernoctaciones. En Breviario mediterráneo Predrag Matvejević definió el Adriático como «el lugar de encuentro entre Italia y los Balcanes». Cuatro décadas después, ese mismo mar recibe sobre todo a estadounidenses, británicos, australianos y, cada vez más, españoles.

Esas cifras no distinguen edades, pero basta levantar la vista para completar el retrato. En la cubierta se mezclan universitarios que celebran el final de los exámenes, grupos que acaban de terminar el colegio, veinteañeros que gastan ahí sus primeros sueldos, despedidas de soltero y viajeros que persiguen el mismo horizonte: un mar de un azul casi irreal, el sol del Adriático y la promesa de que en Hvar la noche siempre está a punto de empezar. Una fiesta con dos almas La primera vez que llegué a esta isla fue hace casi diez años.

Yo era una de esas jóvenes. Viajaba en interraíl con cuatro amigas cuando, precisamente ahí, recibí el correo que confirmaba mi admisión en la carrera de Periodismo. Hay lugares que quedan unidos para siempre a una versión de nosotros mismos.

Quizá por eso uno vuelve. Quizá por eso algunos destinos nunca terminan de abandonarnos. Noticia relacionada Unos días con Manu Salvador Sostres Sin embargo, la Hvar que encuentro ahora tiene dos almas: la que recordaba, la que buscan los que han viajado en el ferry conmigo y una más sofisticada, que llega en yates de lujo.

Antes de afrontar la primera de las muchas cuestas que atraviesan la ciudad, desayuno en Lucullus, el restaurante del Hotel Villa Nora. Me sirven yogur natural y un bizcocho casero de manzana. La calma de la terraza contrasta con el incesante ir y venir de maletas por las calles empedradas.

Hablo con la propietaria, Natalija. El hotel está lleno. El verano sigue funcionando como el gran motor económico del lugar.

Pero enseguida deriva la conversación hacia otro asunto. En marzo de 2025 el Consejo Municipal de Hvar aprobó medidas para hacer frente al turismo masivo. La normativa limitó a 85 decibelios el volumen máximo de bares y discotecas al aire libre, un nivel similar al de un restaurante concurrido.

La decisión obligó a replantear la actividad de algunos de los locales que durante años definieron la vida nocturna de la isla. «Queremos que esta isla sea más familiar, que no haya tanta fiesta como antes», afirma Natalija. Croacia intenta dejar de ser únicamente el lugar al que se viaja para no dormir.

Tras años consolidándose como uno de los grandes destinos europeos del ocio nocturno, el país no pretende borrar esa identidad, sino convivir con otra: una que también ponga el foco en su patrimonio, en su paisaje y en un turismo menos estacional. La pregunta es inevitable: ¿puede una isla reinventarse sin perder aquello que la hizo famosa? Carpe Diem Beach Pocas transformaciones explican mejor el nuevo rumbo de Hvar que la de Carpe Diem Beach.

Durante años fue mucho más que una discoteca: era un ritual de iniciación para quien llegaba. Su nombre aparecía en todas las conversaciones y en la infinidad de fotografías del amanecer. Newsletter El club se encuentra frente a la ciudad de Hvar, en la pequeña isla-discoteca de Stipanska.

Se accede a ella a bordo de los «taxiboat». Cuando cae la noche, esas embarcaciones funcionan como una prolongación de la fiesta: van y vienen cargadas de jóvenes que cruzan el canal como quien cruza un umbral. Hace diez años, Carpe Diem era el gran emblema de la isla.

El plan apenas admitía variantes: cenar en Hvar, tomar algo en el puerto y embarcar rumbo a una isla deshabitada para bailar hasta que el cielo empezara a aclararse. El regreso coincidía con los primeros ferris de la mañana y con esa extraña sensación de que el verano podía durar un día más o una eternidad. Hoy el paisaje es distinto.

Carpe Diem sigue abierto, pero ha cambiado de compás. Abre de doce del mediodía a medianoche y se ha convertido en un espacio donde conviven un restaurante, una zona «chill out», tumbonas frente al mar y sesiones de DJ. «En Croacia los ayuntamientos regionales tienen margen para regular aspectos de la convivencia, como el ruido, los horarios de los locales o el uso del espacio público.

La norma de los 85 decibelios nos ha llevado a cambiar la forma del negocio», cuenta Luka Pofuk, el mánager del lugar. También han cambiado quienes viajan. «Los jóvenes buscan ahora discotecas al aire libre y festivales; no quieren encerrarse».

Por eso Carpe Diem Beach fue un proyecto innovador a principios de los años 2000, porque veía los gustos futuros de esos recién graduados. Ahora, al cerrar a medianoche hace que el turismo se haya centrado en otro tipo de público más adulto como el de las despedidas de soltero. «Estuvimos dudando entre Abu Dhabi y Hvar», me cuenta un grupo de diez brasileños que han llegado a Carpe Diem para celebrar el último brindis antes del matrimonio.

Quizá ahí resida la paradoja. El lugar sigue siendo uno de los iconos de la isla, pero ya no representa el mismo tipo de verano. Hoy se parece más a una postal sofisticada del Adriático: cócteles frente al mar, camas balinesas, música electrónica y un público que busca prolongar el atardecer más que desafiar la madrugada.

Hvar. Split, la nueva referencia Si Hvar ha decidido bajar el volumen, Split parece haberlo subido. La segunda ciudad de Croacia se ha convertido en la nueva parada obligatoria para miles de jóvenes.

No porque Hvar haya dejado de tener vida nocturna, sino porque el gran turismo fiestero ha encontrado allí un escenario más amplio, menos condicionado por las regulaciones y con un extenso calendario de festivales. Entre ellos está Alexia. Acaba de terminar la PAU y asistió al Ultra Europe en julio, uno de los festivales de música electrónica más importantes del continente.

«Para mí la motivación de ir a Split fue el Ultra. Es increíble. Hay diferentes escenarios: está el principal, que es donde están los DJs famosos, como Calvin Harris.

Y luego hay otros estilos que van desde más tranquilo hasta más agresivo». Alexia y sus amigas incluyeron el festival en la primera fase de la organización de su interraíl. Antes incluso de elegir el recorrido, ya sabían que pasarían por Split.

La misma impresión comparte Logan, un joven inglés de 18 años, que también pasó tres noches en Split antes de llegar a Hvar. «Salimos de fiesta todos los días, hay jóvenes de todos lados, es fantástico». No es casualidad.

Durante años, Hvar fue una promesa de juventud. Hoy muchos viajeros parecen repartir la experiencia. Split concentra los grandes festivales, las madrugadas interminables y los macroeventos; Hvar el atractivo del paisaje, las calas y una noche más dispersa, repartida entre bares, terrazas y pequeños locales.

Más que una sustitución, lo que se percibe es un reparto de papeles. Hvar y su vida nocturna Reducir la transformación de Hvar a una simple fuga de la fiesta hacia Split sería quedarse a medio camino. La noche sigue siendo uno de los lenguajes del paraíso croata.

Cuando el sol empieza a esconderse detrás de las Islas Pakleni, el puerto cambia de respiración. Las terrazas se llenan paulatinamente y las callejuelas terminan siendo una improvisada pista de baile. La noche avanza despacio, como la marea.

En Kiva Bar apenas cabe un cuerpo más. Las canciones se mezclan con las conversaciones mientras los camareros avanzan haciendo equilibrios entre copas. Un poco más arriba, Lola apuesta por un ambiente más sofisticado.

Cócteles elaborados. Luces cálidas. Música electrónica suave antes de que la noche acelere.

En Seven el ritmo es otro. Grupos numerosos. Turistas recién llegados.

Selfis. Risas. Algunos terminarán más tarde en Pink Champagne, la discoteca que sigue reuniendo buena parte del público cuando los bares echan el cierre.

La diferencia es sutil, pero se percibe. Hace una década el destino parecía ser siempre el mismo: bailar hasta el amanecer. Hoy muchos buscan algo menos frenético.

Más conversación, más terrazas, más tiempo para que la noche suceda sin necesidad de exprimirla hasta el final. María es chilena. Cuando hablo con ella apenas quedan dos minutos para que cumpla 22 años.

«En Chile, Hvar está de moda, todos hablan de esa isla. La ha elegido para la celebración y se la ve feliz. Levantan las copas mientras la música sigue creciendo en Seven y alguien empieza una cuenta atrás improvisada para recibir la medianoche.

David ha llegado desde Pamplona con su cuadrilla. «Nos gustó tanto que cambiamos el vuelo para quedarnos más, las playas aquí son impresionantes». Se ríe cuando le pregunto por la fiesta.

Después de pasar nueve días en los Sanfermines, cualquier comparación parece injusta. «Pero hay mucho ambiente, sobre todo por la noche en los bares», añade. Un grupo de argentinos ha viajado hasta Hvar atraído por ese ambiente.

«La noche aquí es muy linda, activa, con mucha juventud», comenta Francisco, el más lanzado. Antes de despedirse, me felicita tímidamente «por ganar España el Mundial». Un poco más adelante dos holandesas de 22 años puntúan la noche con un ocho sobre diez.

«Hay músicos que tocan en la calle y todos beben al aire libre, eso nos encanta». No parecen echar de menos la Hvar de hace diez años, porque nunca la conocieron. Para ellos, esta es la isla que buscaban.

Quizá el turismo cambie más deprisa que los lugares. Quizá cada generación termine encontrando exactamente el verano que necesita. El verano es el alma de Hvar Me alojo en la primera planta de una casa modesta y acogedora.

Arriba vive la propietaria, Ivana, de 42 años, junto a su familia y su madre. Es profesora de primaria y también trabaja en la librería de la ciudad. Nos sentamos en su terraza con un café.

«Los trabajadores se van en invierno y solo quedan los locales. Normalmente vivimos unas 3.500 personas, pero ahora llegamos hasta 20.000». La cifra explica por sí sola la transformación.

Durante apenas unos meses, la isla multiplica varias veces su población y se convierte en el sustento de miles de personas. Camareros, cocineros, patrones de embarcaciones turísticas, recepcionistas de hotel. El verano no es solo una estación; aquí es la economía, el calendario y, en cierto modo, la forma de medir el tiempo.

«En invierno no se puede hacer mucho aquí. Yo alquilo el piso desde junio hasta mediados de septiembre». Mientras los visitantes cuentan los días que pasarán en Hvar, quienes viven aquí cuentan los meses que faltan para que vuelva a empezar la temporada.

Según Ivana, también ha cambiado la manera de viajar. «Ahora hay muchos jóvenes que se quedan tres o cuatro días aquí y viajan de una isla a otra. No están muy interesados en la cultura o en la historia, ni en el teatro.

Tenemos el teatro público más antiguo». No es un detalle menor. El teatro de Hvar, inaugurado en 1612, está considerado el primer teatro público de Europa.

Más tarde descubro que Natalija, la propietaria del Hotel Villa Nora con la que hablé la primera mañana, es cuñada de Ivana. En Hvar casi todas las historias terminan encontrándose. Hay que escuchar a quienes permanecen cuando el último catamarán del verano se marcha.

No resulta sorprendente que Hvar atraiga cada año a visitantes de todo el mundo. Sus playas y su paisaje explican una parte de ese magnetismo. La isla también conserva una historia poco conocida por quienes llegan buscando únicamente unos días de sol.

Al final del paseo marítimo se encuentra la Vila Kovač, residencia oficial de verano del Gobierno croata. Por ella han pasado presidentes como Stipe Mesić y el actual jefe del Estado, Zoran Milanović, una muestra de que la isla siempre ha ocupado un lugar destacado en la historia de su país. Quizá esta ya no sea la isla que conocí.

La música ya no se alarga hasta el amanecer, los jóvenes buscan otras experiencias y Hvar trata de encontrar un equilibrio entre quienes la habitan y quienes la visitan. Sin embargo, conserva algo que escapa a las estadísticas y a las normativas. Al caer la tarde, las terrazas vuelven a llenarse, los barcos regresan despacio al puerto y las calles de piedra recuperan ese murmullo hecho de decenas de idiomas.

La isla ha cambiado, como cambian los lugares y también quienes regresan a ellos. Pero el azul imposible del Adriático, el olor a pino y a lavanda, las cuestas que desembocan en el mar y la sensación de que aquí el verano es un edén permanecen intactos. Tal vez Hvar ya no sea exactamente la misma.

Tal vez tampoco lo sea yo. Cada generación deja su huella en los lugares que ama. Y los lugares, sin que casi nadie lo advierta, terminan cambiando con ella.

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Borja Sánchez

Publicado por Redacción · sábado, 1 de agosto de 2026

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