De frontera crónica a "crisis de Estado": a quién beneficia militarizar el relato de Ceuta
El PP ha convertido la entrada masiva del 30 de julio en Ceuta —hasta 72.000 personas en una ciudad de 84.000 habitantes— en una "crisis de Estado". Cuca Gamarra registró en el Congreso una proposición no de ley que pide activar la Ley de Seguridad Nacional, crear un "mando único" y devolver a todos, menores incluidos; Feijóo reprocha a Pedro Sánchez haber tardado casi un mes en convocar el Consejo de Seguridad Nacional, previsto para este martes. En paralelo, barones autonómicos afinan el mismo relato de "descontrol" y "mafias". El ruido es enorme. Por eso conviene bajar el volumen y contar los hechos uno a uno.
Lo que ocurrió, con cifras
Empecemos por lo verificado. En la madrugada del 30 al 31 de julio, miles de personas cruzaron a nado desde Marruecos bordeando los espigones de El Tarajal y Benzú. El Ministerio del Interior estimó primero unas 50.000 entradas en una sola noche y elevó la cifra a 72.000 el 4 de agosto. Es un dato colosal para una ciudad de 84.000 vecinos, y nadie serio lo niega.
Hay un segundo dato que casi nunca acompaña al primero, y que cambia la lectura: alrededor de 69.500 personas fueron retornadas a Marruecos en los días siguientes, en su mayoría mediante devoluciones coordinadas con Rabat. Es decir, la frontera se desbordó durante horas y se recompuso en días. A finales de agosto queda del orden de 2.500 personas por filiar, entre ellas en torno a 2.000 menores no acompañados pendientes de tramitar. Cifras exigentes, pero muy lejos de las 72.000 con las que se construye la palabra "invasión".
El fantasma: la "integridad violada"
Aquí aparece el primer envoltorio. (Análisis.) "Violación de la integridad territorial" evoca una agresión militar, un país que pierde soberanía sobre su suelo. Lo ocurrido fue un cruce irregular masivo, revertido en pocos días. Un paso fronterizo saturado durante una noche no es un territorio conquistado.
Y conviene señalar algo incómodo para el marco del PP: esa retórica no es solo suya. Fue el propio Sánchez quien denunció en Ceuta la "violación de la integridad territorial". Gobierno y oposición compiten en el mismo registro securitario; se disputan quién suena más firme, no quién describe mejor el fenómeno. Ni woke ni de derechas: cuando los dos bandos usan la misma hipérbole, el trabajo del periodista no es elegir hipérbole, sino desinflarla.
Porque el fenómeno no es nuevo. La frontera de Ceuta es un punto de presión estructural, y su precedente reciente lo demuestra: en mayo de 2021 entraron unas 8.000 personas en apenas dos días, en plena crisis diplomática por la acogida en España del líder del Frente Polisario. Entonces como ahora, Marruecos abrió y cerró el grifo. Llamar "crisis de Estado" sobrevenida a un mecanismo recurrente y perfectamente conocido es, como mínimo, tener mala memoria.
Señalar el bulo, venga de donde venga
Hay una capa que el relato de la "invasión premeditada" prefiere ignorar. Según el propio Ministerio del Interior marroquí y la verificación de Maldita.es, la avalancha se alimentó en buena parte de desinformación viral: mensajes sobre "puertas abiertas", falsos ofrecimientos de asilo de la Comisión Europea y garantías inventadas de no devolución, amplificados por redes de tráfico de personas. Un bulo movió a decenas de miles de personas a jugarse la vida a nado. Eso no encaja ni con el "todo estaba planeado por Rabat" ni con el "aquí no pasa nada": es una tercera cosa, más incómoda para todos, y por eso hay que decirla.
El problema real, tapado por el ruido
Reconozcámoslo sin rodeos, porque también es periodismo: en Ceuta hay problemas serios que el griterío entierra. Los medios de la Guardia Civil en la valla y el mar son finitos frente a cruzas de 50.000 personas en una noche. La acogida y tutela de unos 2.000 menores no acompañados es un desafío jurídico y humanitario de primer orden. Y, sobre todo, España sigue dependiendo de la voluntad de Marruecos, que usa la presión migratoria como palanca diplomática cada vez que hay un desencuentro. Ese es el expediente real: coordinación fronteriza, recursos, gestión de menores y una relación con Rabat construida sobre el chantaje del grifo.
Nada de eso se arregla con un "mando único" anunciado en agosto ni con la Ley de Seguridad Nacional —pensada para catástrofes y emergencias graves— aplicada a un fenómeno que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad ya gestionan con su marco ordinario. El envoltorio extraordinario tapa la gestión ordinaria que no se ve, pero que es donde se juega el partido.
¿A quién beneficia?
Llegamos a la pregunta de la casa. Midamos el rédito. ¿Beneficia a Ceuta declarar una "crisis de Estado"? Los cerca de 2.000 menores siguen igual de desatendidos con etiqueta o sin ella. ¿Beneficia a la frontera? Los medios de la Guardia Civil no aumentan por decreto retórico. ¿Beneficia frente a Marruecos? Al contrario: dramatizar el desbordamiento le recuerda a Rabat el poder de negociación que tiene sobre el grifo.
Queda el rédito político, y ahí las cuentas sí cuadran. La oposición gana la imagen de firmeza; los barones —López Miras en Murcia, con su carta sobre "descontrol" y "mafias", o Canarias— nacionalizan un marco local y suman al coro; y el Gobierno, arrastrado, responde en el mismo idioma securitario en lugar de en el de la gestión. El gran ganador del relato es el relato mismo: el del migrante como amenaza a la integridad nacional, instalado a fuego en pleno agosto.
Así que la pregunta con la que le dejo no es si Ceuta tiene un problema —lo tiene, y grave—, sino esta otra: cuando un fenómeno recurrente que Marruecos revierte en días se rebautiza como "crisis de Estado", ¿qué se está tratando de proteger de verdad, la frontera o el titular?
Carmen Vega | Madrid