La arqueología desentierra la verdad del mayor desembarco aeronaval de la historia
Era un tipo normal, de mejillas generosas y sonrisita burlona, pero también un oficial aguerrido y querido por sus hombres. En junio de 1944, el teniente Nathan Baskind desembarcó con su unidad de caz
La arqueología desentierra la verdad del mayor desembarco aeronaval de la historia Las excavaciones alrededor de las playas del Día D han permitido reconstruir la batalla con una precisión imposible para los documentos escritos Regala esta noticia Añádenos en Google Fotografía aérea facilitada por el Ministerio Británico de Defensa que muestra el desembarco de Normandía el 6 de junio de 1944. (ABC) Manuel P. Villatoro 03/08/2026 Actualizado a las 01:27h. Era un tipo normal, de mejillas generosas y sonrisita burlona, pero también un oficial aguerrido y querido por sus hombres.
En junio de 1944, el teniente Nathan Baskind desembarcó con su unidad de cazacarros M-10 –la pesadilla de los panzer alemanes– en las playas ... de Normandía. Pero su tragedia no ocurrió el Día D, sino semanas después. El 23, mientras exploraba la cercana Cherburgo en su jeep, una unidad del Tercer Reich capturó, ejecutó y enterró en una fosa común a este judío norteamericano.
Y así permaneció durante ocho largas décadas, hasta que una investigación arqueológica analizó sus restos y regaló la paz definitiva a una familia que le buscaba desde hacía mucho… desde 1945. Arqueología e historia van de la mano en el inmenso escenario que acogió la campaña de Normandía, una de las más largas y sangrientas del frente occidental en la Segunda Guerra Mundial. Y eso, a pesar de que, como explica a ABC el catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Quesada Sanz, la urbanización masiva y la excesiva turistificación de la región han impedido la proliferación de un mayor número de excavaciones.
«Aunque este episodio es uno de los más estudiados por la historiografía, el trabajo de campo puede aportar dos cosas: conocer la microhistoria sobre el terreno y poner en valor el espacio desde el punto de vista patrimonial», sentencia el experto. Para Javier Noriega Hernández –historiador y arqueólogo subacuático de la empresa spin Off de la Universidad de Málaga Nerea Arqueología Subacuática– las excavaciones constituyen otra memoria de la batalla: una que conserva sus huellas en tierra… pero también en la costa que vio arribar a la armada aliada. «La arqueología de Normandía comienza en el mar; durante años ha proporcionado innumerables imágenes de naufragios, buques hundidos y carros de combate anfibios que se lanzaron hacia las playas, pero que nunca llegaron», suscribe a este diario.
Noticia relacionada El engaño de los historiadores romanos sobre la victoria de las legiones en Hispania Manuel P. Villatoro La arqueología también permite entender que Normandía no fue solo el Día D. La campaña aliada por conquistar la costa francesa arrancó casi tan pronto como la obsesión de Adolf Hitler por defenderla.
Ya desde 1941 los alemanes arrancaron la construcción de una infinidad de fortificaciones desde las costas de Noruega hasta el norte de España: búnkers, alambre de púas, artillería… Tres años después, en enero de 1944, el mariscal de campo Erwin Rommel asumió la tarea de reforzar este entramado defensivo, conocido como el Muro Atlántico. En pocos meses, el Zorro del Desierto instaló más de 500,000 obstáculos y entre 4 y 6,5 millones de minas. «La guerra se ganará o se perderá en las playas.
Solo tendremos una oportunidad de detener al enemigo, y es mientras está en el agua», espetó a sus oficiales. Campos de batalla La historia nos dice que los ingenieros de la Organización Todt, el organismo encargado de la construcción del Muro Atlántico, diseñaron una infinidad de búnkers estandarizados: los Regelbauten. «Se idearon modelos fijos numerados por series, de la 1 a la 704, y para cada uno se establecieron desde la cantidad de hormigón necesaria, hasta el número de puertas de acero con las que contaba», explica Quesada.
El más utilizado en la costa gala fue el correspondiente a la serie 600, integrada por 108 modelos. La idea era facilitar la construcción de los diferentes emplazamientos: puestos de observación, refugios… Que nada se hiciera al azar. Pero la realidad atropelló a los alemanes.
«Una de las cosas que nos demuestra la arqueología en Normandía es cómo se aplicaban estas directivas sobre el terreno. Como había escasez de hormigón, de ferralla y de puertas de acero –que eran carísimas–, construían los búnkers como podían y con lo que tenían», subraya Quesada. Y no fue una práctica aislada.
«En la última etapa de la guerra, el ejército alemán estaba carente de todo, así que recurrieron a prácticas como reducir el grosor de las paredes de los refugios o a eliminar algunos de los accesos para no tener que protegerlos», sentencia. De no ser por las excavaciones y las investigaciones sobre el terreno, defiende el experto, esta práctica habría sido imposible de descubrir. Recuerdo del desembarco en las playas de Normandía. (ABC) Quesada, buen conocer de Normandía, tiene un ejemplo con nombres y apellidos: el Regelbau 622B.
Sobre el papel albergaban a un total de 20 soldados –10 por habitación–, contaban con dos accesos protegidos con esclusas antigás y puertas reforzadas, y remataban sus paredes en ángulos rectos. La arqueología, sin embargo, ha desvelado cómo se implementaron sobre el terreno gracias al descubrimiento de uno de ellos instalado en el desfiladero de Pointe du Hoc, a la vera de la playa de Omaha. «Al faltar acero, en lugar de dos entradas independientes, con dos esclusas y dos puertas, hicieron solo una.
Como el interior del refugio era muy húmedo, construyeron también un pequeño búnker anexo destinado al descanso de los soldados; lo hicieron con muros más estrechos y salida al exterior», añade el experto. También achaflanaron las esquinas para conseguir que fueran más resistentes a los impactos. Mar y tierra El tiempo terminó por dar la razón a Rommel: solo se podía detener al enemigo en las playas.
Y los Aliados, que lo sabían, movilizaron una flota sin precedentes para el 6 de junio de 1944: la mayor operación anfibia y naval de la historia. «En 24 horas, más de 7,000 embarcaciones transportaron a 175,000 hombres y sus equipos, incluidos 50,000 vehículos de todo tipo, a través de 60 a 100 millas de aguas abiertas para asaltar las posiciones alemanas», explica Noriega. Aquel día, desde primera hora de la mañana, 4.000 lanchas y buques de desembarco –las más habituales, las LCVP (Landing Craft, Vehicle, Personnel)– desafiaron a las balas y a los obuses para llevar a los soldados hasta las playas de Omaha, Gold, Juno, Utah y Sword.
«Gran parte del material preparado para el desembarco nunca llegó a la costa. Un ejemplo fueron los ingeniosos tanques Sherman DD, dotados de una suerte de flotadores. Muchos se hundieron»
Javier Noriega Arqueólogo Subacuático Décadas después, los expertos rastrearon aquellas aguas para estudiar los vestigios de esa colosal armada. «En el año 2000, la Subdivisión de Arqueología Subacuática del Comando de Historia y Patrimonio Naval tomó las playas y el lecho submarino de Normandía a lo largo de un tramo de 20 millas de la costa. Lo hizo con el objetivo de localizar y documentar de forma detallada las pérdidas de la Marina de los EE.UU. durante la invasión del Día D», sentencia Noriega.
La intervención arqueológica utilizó una variedad de equipos de teledetección que incluyeron magnetómetro, sonar de barrido lateral, vehículos operados a distancia (ROV) y un sistema de sonido de eco multihaz. Un despliegue colosal. La investigación reveló una montaña de restos en el fondo del Canal de la Mancha; un 80% de su patrimonio cultural subacuático.
Este estudio ayudó a confirmar que la invasión podría haber acabado en desastre. «Gran parte del material preparado para el desembarco nunca llegó a la costa. Un ejemplo fueron los ingeniosos tanques Sherman DD, dotados de una suerte de flotadores.
Fueron lanzados a cierta distancia y debían navegar hasta la orilla para apoyar a la infantería, pero muchos se hundieron», señala Noriega. Además, la arqueología destruyó el mito de que estos blindados se fueron a pique después de su lanzamiento; las tripulaciones, añade el experto, «dieron lo mejor de sí» para intentar pisar la arena. «Los datos geofísicos nos hablan de un testimonio de valentía y determinación», finaliza.
Tropas desembarcando el 6 de junio de 1944. (ABC) La tierra también conserva las cicatrices del combate. A lo largo de la costa de Normandía, los alemanes defendieron sus posiciones durante toda la jornada a golpe de ametralladora y obús; y, todavía hoy, la tierra recuerda aquella carnicería. «En 2011 se publicó un estudio del geólogo Earle McBride, de la Universidad de Texas.
Tras analizar con microscopios electrónicos muestras de arena recogidas en 1988, descubrió miles de microfragmentos de metralla magnética generados por las explosiones del Día D», explica Noriega. El investigador identificó además diminutas esferas de hierro y vidrio formadas por las altísimas temperaturas alcanzadas durante los bombardeos. «Hasta el 4% de la arena está compuesta por metales que dejó la batalla.
Posiblemente las olas, la aportación de sedimentos por las corrientes marinas, las tormentas y la erosión se encargarán de limpiarla en otro siglo», sentencia. Una larga batalla El estudio sobre el terreno también ha desvelado cómo se desarrollaron los combates en las zonas que se conquistaron tras el Día D. Quesada recuerda que, en 2006, un equipo liderado por el arqueólogo David Capps Tunwell investigó las posiciones germanas en el bosque de Andaines, a poco más de un centenar de kilómetros de la costa: «Estudiaron con prospección geofísica y detectores de metales los depósitos logísticos que los alemanes tenían en retaguardia: los refugios en los que almacenaban el combustible y las municiones, las carreteras subterráneas…».
«En la última etapa de la guerra, el ejército alemán estaba carente de todo, así que recurrieron a prácticas como reducir el grosor de las paredes de los refugios o a eliminar algunos de los accesos para no tener que protegerlos» Fernando Quesada Catedrático de Arqueología La conclusión a la que llegaron es que su ubicación impidió que la fuerza aérea aliada los destruyera. Y es que solo el 40% de las bombas lanzadas impactaron en su objetivo.
«También demuestra cómo los alemanes tuvieron que adaptarse a una inferioridad abrumadora desde el punto de vista aéreo», finaliza. No lo hicieron mal, porque los aliados se vieron obligados a conquistar aquellos depósitos por tierra, y sus tropas no llegaron hasta el 14 de agosto de 1944. Así que, por muchos años que pasen, y por mucho que se estudien batallas tan famosas como la de Normandía, el pasado todavía esconde muchos secretos bajo la arena.
Temas Segunda Guerra Mundial Arqueología Arqueología subacuática Canal de la Mancha Adolf Hitler comentarios Reportar un error La arqueología desentierra la verdad del mayor desembarco aeronaval de la historia Las excavaciones alrededor de las playas del Día D han permitido reconstruir la batalla con una precisión imposible para los documentos escritos Regala esta noticia Añádenos en Google Fotografía aérea facilitada por el Ministerio Británico de Defensa que muestra el desembarco de Normandía el 6 de junio de 1944. (ABC) Manuel P. Villatoro 03/08/2026 Actualizado a las 01:27h. Era un tipo normal, de mejillas generosas y sonrisita burlona, pero también un oficial aguerrido y querido por sus hombres.
En junio de 1944, el teniente Nathan Baskind desembarcó con su unidad de cazacarros M-10 –la pesadilla de los panzer alemanes– en las playas ... de Normandía. Pero su tragedia no ocurrió el Día D, sino semanas después. El 23, mientras exploraba la cercana Cherburgo en su jeep, una unidad del Tercer Reich capturó, ejecutó y enterró en una fosa común a este judío norteamericano.
Y así permaneció durante ocho largas décadas, hasta que una investigación arqueológica analizó sus restos y regaló la paz definitiva a una familia que le buscaba desde hacía mucho… desde 1945. Arqueología e historia van de la mano en el inmenso escenario que acogió la campaña de Normandía, una de las más largas y sangrientas del frente occidental en la Segunda Guerra Mundial. Y eso, a pesar de que, como explica a ABC el catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Quesada Sanz, la urbanización masiva y la excesiva turistificación de la región han impedido la proliferación de un mayor número de excavaciones.
«Aunque este episodio es uno de los más estudiados por la historiografía, el trabajo de campo puede aportar dos cosas: conocer la microhistoria sobre el terreno y poner en valor el espacio desde el punto de vista patrimonial», sentencia el experto. Para Javier Noriega Hernández –historiador y arqueólogo subacuático de la empresa spin Off de la Universidad de Málaga Nerea Arqueología Subacuática– las excavaciones constituyen otra memoria de la batalla: una que conserva sus huellas en tierra… pero también en la costa que vio arribar a la armada aliada. «La arqueología de Normandía comienza en el mar; durante años ha proporcionado innumerables imágenes de naufragios, buques hundidos y carros de combate anfibios que se lanzaron hacia las playas, pero que nunca llegaron», suscribe a este diario.
Noticia relacionada El engaño de los historiadores romanos sobre la victoria de las legiones en Hispania Manuel P. Villatoro La arqueología también permite entender que Normandía no fue solo el Día D. La campaña aliada por conquistar la costa francesa arrancó casi tan pronto como la obsesión de Adolf Hitler por defenderla.
Ya desde 1941 los alemanes arrancaron la construcción de una infinidad de fortificaciones desde las costas de Noruega hasta el norte de España: búnkers, alambre de púas, artillería… Tres años después, en enero de 1944, el mariscal de campo Erwin Rommel asumió la tarea de reforzar este entramado defensivo, conocido como el Muro Atlántico. En pocos meses, el Zorro del Desierto instaló más de 500,000 obstáculos y entre 4 y 6,5 millones de minas. «La guerra se ganará o se perderá en las playas.
Solo tendremos una oportunidad de detener al enemigo, y es mientras está en el agua», espetó a sus oficiales. Campos de batalla La historia nos dice que los ingenieros de la Organización Todt, el organismo encargado de la construcción del Muro Atlántico, diseñaron una infinidad de búnkers estandarizados: los Regelbauten. «Se idearon modelos fijos numerados por series, de la 1 a la 704, y para cada uno se establecieron desde la cantidad de hormigón necesaria, hasta el número de puertas de acero con las que contaba», explica Quesada.
El más utilizado en la costa gala fue el correspondiente a la serie 600, integrada por 108 modelos. La idea era facilitar la construcción de los diferentes emplazamientos: puestos de observación, refugios… Que nada se hiciera al azar. Pero la realidad atropelló a los alemanes.
«Una de las cosas que nos demuestra la arqueología en Normandía es cómo se aplicaban estas directivas sobre el terreno. Como había escasez de hormigón, de ferralla y de puertas de acero –que eran carísimas–, construían los búnkers como podían y con lo que tenían», subraya Quesada. Y no fue una práctica aislada.
«En la última etapa de la guerra, el ejército alemán estaba carente de todo, así que recurrieron a prácticas como reducir el grosor de las paredes de los refugios o a eliminar algunos de los accesos para no tener que protegerlos», sentencia. De no ser por las excavaciones y las investigaciones sobre el terreno, defiende el experto, esta práctica habría sido imposible de descubrir. Recuerdo del desembarco en las playas de Normandía. (ABC) Quesada, buen conocer de Normandía, tiene un ejemplo con nombres y apellidos: el Regelbau 622B.
Sobre el papel albergaban a un total de 20 soldados –10 por habitación–, contaban con dos accesos protegidos con esclusas antigás y puertas reforzadas, y remataban sus paredes en ángulos rectos. La arqueología, sin embargo, ha desvelado cómo se implementaron sobre el terreno gracias al descubrimiento de uno de ellos instalado en el desfiladero de Pointe du Hoc, a la vera de la playa de Omaha. «Al faltar acero, en lugar de dos entradas independientes, con dos esclusas y dos puertas, hicieron solo una.
Como el interior del refugio era muy húmedo, construyeron también un pequeño búnker anexo destinado al descanso de los soldados; lo hicieron con muros más estrechos y salida al exterior», añade el experto. También achaflanaron las esquinas para conseguir que fueran más resistentes a los impactos. Mar y tierra El tiempo terminó por dar la razón a Rommel: solo se podía detener al enemigo en las playas.
Y los Aliados, que lo sabían, movilizaron una flota sin precedentes para el 6 de junio de 1944: la mayor operación anfibia y naval de la historia. «En 24 horas, más de 7,000 embarcaciones transportaron a 175,000 hombres y sus equipos, incluidos 50,000 vehículos de todo tipo, a través de 60 a 100 millas de aguas abiertas para asaltar las posiciones alemanas», explica Noriega. Aquel día, desde primera hora de la mañana, 4.000 lanchas y buques de desembarco –las más habituales, las LCVP (Landing Craft, Vehicle, Personnel)– desafiaron a las balas y a los obuses para llevar a los soldados hasta las playas de Omaha, Gold, Juno, Utah y Sword.
«Gran parte del material preparado para el desembarco nunca llegó a la costa. Un ejemplo fueron los ingeniosos tanques Sherman DD, dotados de una suerte de flotadores. Muchos se hundieron»
Javier Noriega Arqueólogo Subacuático Décadas después, los expertos rastrearon aquellas aguas para estudiar los vestigios de esa colosal armada. «En el año 2000, la Subdivisión de Arqueología Subacuática del Comando de Historia y Patrimonio Naval tomó las playas y el lecho submarino de Normandía a lo largo de un tramo de 20 millas de la costa. Lo hizo con el objetivo de localizar y documentar de forma detallada las pérdidas de la Marina de los EE.UU. durante la invasión del Día D», sentencia Noriega.
La intervención arqueológica utilizó una variedad de equipos de teledetección que incluyeron magnetómetro, sonar de barrido lateral, vehículos operados a distancia (ROV) y un sistema de sonido de eco multihaz. Un despliegue colosal. La investigación reveló una montaña de restos en el fondo del Canal de la Mancha; un 80% de su patrimonio cultural subacuático.
Este estudio ayudó a confirmar que la invasión podría haber acabado en desastre. «Gran parte del material preparado para el desembarco nunca llegó a la costa. Un ejemplo fueron los ingeniosos tanques Sherman DD, dotados de una suerte de flotadores.
Fueron lanzados a cierta distancia y debían navegar hasta la orilla para apoyar a la infantería, pero muchos se hundieron», señala Noriega. Además, la arqueología destruyó el mito de que estos blindados se fueron a pique después de su lanzamiento; las tripulaciones, añade el experto, «dieron lo mejor de sí» para intentar pisar la arena. «Los datos geofísicos nos hablan de un testimonio de valentía y determinación», finaliza.
Tropas desembarcando el 6 de junio de 1944. (ABC) La tierra también conserva las cicatrices del combate. A lo largo de la costa de Normandía, los alemanes defendieron sus posiciones durante toda la jornada a golpe de ametralladora y obús; y, todavía hoy, la tierra recuerda aquella carnicería. «En 2011 se publicó un estudio del geólogo Earle McBride, de la Universidad de Texas.
Tras analizar con microscopios electrónicos muestras de arena recogidas en 1988, descubrió miles de microfragmentos de metralla magnética generados por las explosiones del Día D», explica Noriega. El investigador identificó además diminutas esferas de hierro y vidrio formadas por las altísimas temperaturas alcanzadas durante los bombardeos. «Hasta el 4% de la arena está compuesta por metales que dejó la batalla.
Posiblemente las olas, la aportación de sedimentos por las corrientes marinas, las tormentas y la erosión se encargarán de limpiarla en otro siglo», sentencia. Una larga batalla El estudio sobre el terreno también ha desvelado cómo se desarrollaron los combates en las zonas que se conquistaron tras el Día D. Quesada recuerda que, en 2006, un equipo liderado por el arqueólogo David Capps Tunwell investigó las posiciones germanas en el bosque de Andaines, a poco más de un centenar de kilómetros de la costa: «Estudiaron con prospección geofísica y detectores de metales los depósitos logísticos que los alemanes tenían en retaguardia: los refugios en los que almacenaban el combustible y las municiones, las carreteras subterráneas…».
«En la última etapa de la guerra, el ejército alemán estaba carente de todo, así que recurrieron a prácticas como reducir el grosor de las paredes de los refugios o a eliminar algunos de los accesos para no tener que protegerlos» Fernando Quesada Catedrático de Arqueología La conclusión a la que llegaron es que su ubicación impidió que la fuerza aérea aliada los destruyera. Y es que solo el 40% de las bombas lanzadas impactaron en su objetivo.
«También demuestra cómo los alemanes tuvieron que adaptarse a una inferioridad abrumadora desde el punto de vista aéreo», finaliza. No lo hicieron mal, porque los aliados se vieron obligados a conquistar aquellos depósitos por tierra, y sus tropas no llegaron hasta el 14 de agosto de 1944. Así que, por muchos años que pasen, y por mucho que se estudien batallas tan famosas como la de Normandía, el pasado todavía esconde muchos secretos bajo la arena.
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