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Internacional
lunes, 3 de agosto de 2026

El hombre que cerró el mundo: 500 años de la muerte de Juan Sebastián Elcano

Era el 6 de septiembre de 1522. Una nao maltrecha, con las velas rotas y el casco comido por la brea, entró en la desembocadura del Guadalquivir con el sigilo de quien regresa de entre los muertos. Se

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA El hombre que cerró el mundo: 500 años de la muerte de Juan Sebastián Elcano Hay algo más en su liderazgo que merece nuestra atención: la gestión del miedo. Sus hombres llevaban meses sin ver tierra firme, comiendo cuero hervido, bebiendo agua putrefacta y viendo morir a compañeros por el escorbuto Regala esta noticia Añádenos en Google Retrato de Juan Sebastián Elcano. (ABC) Alberto Camarero Orive 03/08/2026 a las 19:41h. Era el 6 de septiembre de 1522.

Una nao maltrecha, con las velas rotas y el casco comido por la brea, entró en la desembocadura del Guadalquivir con el sigilo de quien regresa de entre los muertos. Se llamaba Victoria, y el nombre era una ironía cruel, ya que de las cinco naves y los 270 hombres que habían partido de Sanlúcar de Barrameda tres años antes, solo ella volvía, y lo hacía con 18 supervivientes a bordo, famélicos, escorbúticos, incapaces casi de tenerse en pie. No había trompetas en el puerto.

Apenas hubo palabras, solo el peso inconmensurable de haber hecho algo que ningún ser humano había realizado jamás: rodear la Tierra. Quien los condujo hasta allí no era el hombre que había concebido la empresa. Fernando de Magallanes, el navegante portugués al servicio de la Corona española que ideó la expedición y la lideró durante más de un año, había muerto el 27 de abril de 1521 en la isla de Mactán, en las Filipinas, atravesado por las lanzas de los guerreros del rey Lapu-Lapu.

Magallanes no vio el Pacífico volverse familiar, ni cruzó el Índico de regreso. El hombre que sí lo hizo, el que tomó el mando entre el caos, el miedo y la muerte, era un marino vasco, nacido en Guetaria, que se llamaba Juan Sebastián Elcano, y este 4 de agosto se cumplen quinientos años de su muerte. Al inicio de la expedición, Elcano no era, ni de lejos, el protagonista de la historia.

Era el contramaestre de la Concepción, un cargo relevante pero subordinado, en una flota que dependía del genio organizativo y la ambición cartográfica de Magallanes. Su pasado tampoco era impecable, ya que tenía deudas pendientes con la Corona y arrastraba una reputación complicada. Además, en 1520, durante la escala de la expedición en la Patagonia, participó en el motín de San Julián contra el propio Magallanes, episodio que estuvo a punto de costarle la vida.

Lo que ocurrió entre la muerte de Magallanes y la llegada de la Victoria a Sanlúcar de Barrameda es una de las lecciones más extraordinarias de liderazgo que ha producido la historia de la humanidad, aunque pocas veces se analice con esa perspectiva. Tras el caos que siguió al combate de Mactán y la muerte de Magallanes, la flota quedó sin capitán general, diezmada, desorientada en mares desconocidos, con provisiones escasas y la moral destrozada. Pero Elcano fue escalando posiciones hasta hacerse con el mando de la única nave que acabaría completando el viaje.

Y no lo hizo por designación nobiliaria ni por herencia de sangre, sino porque, en medio del pánico colectivo, fue uno de los que tomaron decisiones y consiguió llevar a la expedición hasta su objetivo en las Molucas, aumentado su prestigio día a día. Y las decisiones que tomó fueron, desde cualquier perspectiva moderna de gestión de crisis, extraordinarias. Eligió no regresar por el Pacífico, la ruta conocida, sino continuar hacia el oeste, cruzar el Índico y doblar el cabo de Buena Esperanza, completando así la circunnavegación de la Tierra.

Era la opción más larga, más peligrosa en términos de desgaste de los hombres, pero la única que evitaba cruzar aguas controladas por Portugal, la potencia enemiga y de esta forma cumplir con el mandato real. Elcano entendió que el riesgo calculado era preferible al riesgo cierto. Eso, en términos contemporáneos, se llama pensamiento estratégico bajo presión extrema.

En términos del siglo XVI se llamaba hacer lo imposible. Hay algo más en su liderazgo que merece nuestra atención: la gestión del miedo. Sus hombres llevaban meses sin ver tierra firme, comiendo cuero hervido, bebiendo agua putrefacta y viendo morir a compañeros por el escorbuto.

La deserción era una tentación constante y la desesperanza, una amenaza real para la cohesión del grupo. Pero Elcano mantuvo la disciplina sin brutalidad innecesaria, preservó una mínima estructura jerárquica que diera sentido a los días y, sobre todo, transmitió la convicción de que era posible cumplir el objetivo, llegar a Sanlúcar. Los grandes líderes en situaciones extremas no son siempre los que saben más, son los que consiguen que otros sigan creyendo cuando ya no hay razones racionales para hacerlo.

Durante siglos Elcano ha vivido en la sombra de Magallanes. En el mundo anglosajón, la circunnavegación se atribuye casi siempre al navegante portugués, como si el hecho de haber concebido la empresa fuera más relevante que el de haberla completado. Es una distorsión reveladora, ya que nuestra cultura tiende a venerar al visionario sobre el ejecutor.

Magallanes fue, sin duda, un genio de la planificación náutica, pero Elcano fue quien terminó el trabajo, quien tomó las decisiones cuando no había protocolo que seguir, quien trajo a los 18 supervivientes a casa. Si el mérito se midiera por resultados, por aquello que realmente se hizo, la primera vuelta al mundo debería llamarse, sin ambigüedades, la expedición de Elcano. Pero quizás lo más revelador de su carácter no es lo que hizo al mando, sino lo que eligió cuando pudo haber descansado.

Tras regresar a España cargado de gloria y con el escudo de armas recién concedido por el rey Carlos I, Elcano volvió a embarcarse. En 1525 partió como piloto mayor, segundo de a bordo, de la expedición de García Jofre de Loaysa, una flota de siete naves con destino a las Molucas que buscaba consolidar el dominio español en la Especiería. Era, de nuevo, un papel subordinado para quien ya había dado la vuelta al mundo.

Pero Elcano lo aceptó, porque el mar no era para él una profesión, sino una vocación irreductible. Lo que no pudo prever es que el destino le reservaba, en sus últimas horas, una amarga recompensa: cuando Loaysa murió el 30 de julio de 1526, Elcano asumió por fin el mando supremo de la expedición, convirtiéndose en capitán general. El sueño que había perseguido toda su vida, liderar, desde el principio y con plena autoridad, una gran empresa de navegación se cumplió apenas cuatro días antes de su propia muerte, el 4 de agosto, en mitad del Pacífico.

Nunca llegó a ejercerlo de verdad, pero lo fue. Y eso, en la lógica de una vida entregada al mar, significa el reconocimiento de una realidad única. Quinientos años después, el mundo que él ayudó a cerrar vive instalado en la perplejidad, navegando en océanos de incertidumbre.

Y en ese contexto, la figura de Elcano ofrece algo más que una efeméride: ofrece un arquetipo, el de quien, sin garantías, sin certezas, pero con pasión y conocimiento, decide seguir hacia el oeste porque quedarse quieto es la única derrota segura. La Corona española le concedió un escudo de armas con un globo terráqueo y la inscripción «Primus circumdedisti me» («Fuiste el primero en darme la vuelta»). Cinco siglos después, esa frase sigue siendo, en su sencillez, la más grande que se puede grabar sobre un hombre.

No describía lo que Elcano soñó. Describía lo que hizo. Sigamos su ejemplo y honremos su memoria.

Alberto Camarero Orive es Catedrático en la Universidad Politécnica de Madrid Temas Juan Sebastián Elcano Sanlúcar de Barrameda Magallanes La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA El hombre que cerró el mundo: 500 años de la muerte de Juan Sebastián Elcano Hay algo más en su liderazgo que merece nuestra atención: la gestión del miedo. Sus hombres llevaban meses sin ver tierra firme, comiendo cuero hervido, bebiendo agua putrefacta y viendo morir a compañeros por el escorbuto Regala esta noticia Añádenos en Google Retrato de Juan Sebastián Elcano. (ABC) Alberto Camarero Orive 03/08/2026 a las 19:41h. Era el 6 de septiembre de 1522.

Una nao maltrecha, con las velas rotas y el casco comido por la brea, entró en la desembocadura del Guadalquivir con el sigilo de quien regresa de entre los muertos. Se llamaba Victoria, y el nombre era una ironía cruel, ya que de las cinco naves y los 270 hombres que habían partido de Sanlúcar de Barrameda tres años antes, solo ella volvía, y lo hacía con 18 supervivientes a bordo, famélicos, escorbúticos, incapaces casi de tenerse en pie. No había trompetas en el puerto.

Apenas hubo palabras, solo el peso inconmensurable de haber hecho algo que ningún ser humano había realizado jamás: rodear la Tierra. Quien los condujo hasta allí no era el hombre que había concebido la empresa. Fernando de Magallanes, el navegante portugués al servicio de la Corona española que ideó la expedición y la lideró durante más de un año, había muerto el 27 de abril de 1521 en la isla de Mactán, en las Filipinas, atravesado por las lanzas de los guerreros del rey Lapu-Lapu.

Magallanes no vio el Pacífico volverse familiar, ni cruzó el Índico de regreso. El hombre que sí lo hizo, el que tomó el mando entre el caos, el miedo y la muerte, era un marino vasco, nacido en Guetaria, que se llamaba Juan Sebastián Elcano, y este 4 de agosto se cumplen quinientos años de su muerte. Al inicio de la expedición, Elcano no era, ni de lejos, el protagonista de la historia.

Era el contramaestre de la Concepción, un cargo relevante pero subordinado, en una flota que dependía del genio organizativo y la ambición cartográfica de Magallanes. Su pasado tampoco era impecable, ya que tenía deudas pendientes con la Corona y arrastraba una reputación complicada. Además, en 1520, durante la escala de la expedición en la Patagonia, participó en el motín de San Julián contra el propio Magallanes, episodio que estuvo a punto de costarle la vida.

Lo que ocurrió entre la muerte de Magallanes y la llegada de la Victoria a Sanlúcar de Barrameda es una de las lecciones más extraordinarias de liderazgo que ha producido la historia de la humanidad, aunque pocas veces se analice con esa perspectiva. Tras el caos que siguió al combate de Mactán y la muerte de Magallanes, la flota quedó sin capitán general, diezmada, desorientada en mares desconocidos, con provisiones escasas y la moral destrozada. Pero Elcano fue escalando posiciones hasta hacerse con el mando de la única nave que acabaría completando el viaje.

Y no lo hizo por designación nobiliaria ni por herencia de sangre, sino porque, en medio del pánico colectivo, fue uno de los que tomaron decisiones y consiguió llevar a la expedición hasta su objetivo en las Molucas, aumentado su prestigio día a día. Y las decisiones que tomó fueron, desde cualquier perspectiva moderna de gestión de crisis, extraordinarias. Eligió no regresar por el Pacífico, la ruta conocida, sino continuar hacia el oeste, cruzar el Índico y doblar el cabo de Buena Esperanza, completando así la circunnavegación de la Tierra.

Era la opción más larga, más peligrosa en términos de desgaste de los hombres, pero la única que evitaba cruzar aguas controladas por Portugal, la potencia enemiga y de esta forma cumplir con el mandato real. Elcano entendió que el riesgo calculado era preferible al riesgo cierto. Eso, en términos contemporáneos, se llama pensamiento estratégico bajo presión extrema.

En términos del siglo XVI se llamaba hacer lo imposible. Hay algo más en su liderazgo que merece nuestra atención: la gestión del miedo. Sus hombres llevaban meses sin ver tierra firme, comiendo cuero hervido, bebiendo agua putrefacta y viendo morir a compañeros por el escorbuto.

La deserción era una tentación constante y la desesperanza, una amenaza real para la cohesión del grupo. Pero Elcano mantuvo la disciplina sin brutalidad innecesaria, preservó una mínima estructura jerárquica que diera sentido a los días y, sobre todo, transmitió la convicción de que era posible cumplir el objetivo, llegar a Sanlúcar. Los grandes líderes en situaciones extremas no son siempre los que saben más, son los que consiguen que otros sigan creyendo cuando ya no hay razones racionales para hacerlo.

Durante siglos Elcano ha vivido en la sombra de Magallanes. En el mundo anglosajón, la circunnavegación se atribuye casi siempre al navegante portugués, como si el hecho de haber concebido la empresa fuera más relevante que el de haberla completado. Es una distorsión reveladora, ya que nuestra cultura tiende a venerar al visionario sobre el ejecutor.

Magallanes fue, sin duda, un genio de la planificación náutica, pero Elcano fue quien terminó el trabajo, quien tomó las decisiones cuando no había protocolo que seguir, quien trajo a los 18 supervivientes a casa. Si el mérito se midiera por resultados, por aquello que realmente se hizo, la primera vuelta al mundo debería llamarse, sin ambigüedades, la expedición de Elcano. Pero quizás lo más revelador de su carácter no es lo que hizo al mando, sino lo que eligió cuando pudo haber descansado.

Tras regresar a España cargado de gloria y con el escudo de armas recién concedido por el rey Carlos I, Elcano volvió a embarcarse. En 1525 partió como piloto mayor, segundo de a bordo, de la expedición de García Jofre de Loaysa, una flota de siete naves con destino a las Molucas que buscaba consolidar el dominio español en la Especiería. Era, de nuevo, un papel subordinado para quien ya había dado la vuelta al mundo.

Pero Elcano lo aceptó, porque el mar no era para él una profesión, sino una vocación irreductible. Lo que no pudo prever es que el destino le reservaba, en sus últimas horas, una amarga recompensa: cuando Loaysa murió el 30 de julio de 1526, Elcano asumió por fin el mando supremo de la expedición, convirtiéndose en capitán general. El sueño que había perseguido toda su vida, liderar, desde el principio y con plena autoridad, una gran empresa de navegación se cumplió apenas cuatro días antes de su propia muerte, el 4 de agosto, en mitad del Pacífico.

Nunca llegó a ejercerlo de verdad, pero lo fue. Y eso, en la lógica de una vida entregada al mar, significa el reconocimiento de una realidad única. Quinientos años después, el mundo que él ayudó a cerrar vive instalado en la perplejidad, navegando en océanos de incertidumbre.

Y en ese contexto, la figura de Elcano ofrece algo más que una efeméride: ofrece un arquetipo, el de quien, sin garantías, sin certezas, pero con pasión y conocimiento, decide seguir hacia el oeste porque quedarse quieto es la única derrota segura. La Corona española le concedió un escudo de armas con un globo terráqueo y la inscripción «Primus circumdedisti me» («Fuiste el primero en darme la vuelta»). Cinco siglos después, esa frase sigue siendo, en su sencillez, la más grande que se puede grabar sobre un hombre.

No describía lo que Elcano soñó. Describía lo que hizo. Sigamos su ejemplo y honremos su memoria.

Alberto Camarero Orive es Catedrático en la Universidad Politécnica de Madrid Temas Juan Sebastián Elcano Sanlúcar de Barrameda Magallanes La Tercera de ABC comentarios Reportar un error Freidora de aire, heladera y ventilador: mis 3 imprescindibles de SharkNinja para el verano Alejandra Santisteban Guiu Jordi Cruz, sobre sus inicios en televisión: «Tuve dos años que viví la noche en Madrid. Probé cosas, pero no me sentaron bien» Francisco J.

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Publicado por Redacción · lunes, 3 de agosto de 2026

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