Las invencibles amistades de verano
Existen los amigos del alma, los amigos de parranda, los amigos de la infancia… Hay amigos que van y vienen, porque a la amistad llegamos con menos exigencias temporales que al amor, y quizá es ahí do
Las invencibles amistades de verano No quieres un igual, quieres un compañero y esa es, quizá, la relación más pura, la más limpia, la menos interesada Escucha el artículo. 3 min Escucha el artículo. 3 min Regala esta noticia Añádenos en Google Un grupo de jóvenes, en la playa del Tajo. (M. J. Muñoz) María José Fuenteálamo 04/08/2026 Actualizado a las 02:24h.
Existen los amigos del alma, los amigos de parranda, los amigos de la infancia… Hay amigos que van y vienen, porque a la amistad llegamos con menos exigencias temporales que al amor, y quizá es ahí donde deberíamos enmarcar a los amigos de verano. Creo ... que nadie los llama así. Nos referimos a ellos más como los amigos de la playa o la panda del pueblo.
Tanta tinta sobre los amores de verano y tan poca sobre una relación que pervive con más fuerza que el romanticismo apresurado de una docena de noches. Porque los amigos de verano, esos con los que compartimos las primeras carreras en bici, las primeras tardes de piscina sin adultos, las primeras verbenas, las primeras borracheras –que indudablemente siempre son en verano– custodian nuestro verdadero yo. Somos, en esencia, lo que fuimos en nuestros agostos adolescentes.
Falsos portadores de sabiduría, porque a esa edad creemos que ya lo sabemos todo y no necesitamos a nadie. Pero, a la vez aventureros con ansias de experiencias, buscadores de nuevas emociones, de nuevas gentes, de nuevos mundos. Quizá por eso, el recuerdo de aquellos amigos estivales permanece para siempre en nuestra memoria.
Porque nos sirvieron para descubrir. He visto a gente llorar al reencontrarse con uno. He escuchado historias que no creeríais de veranos de los 80, de los 90.
Yo misma las habré contado sin saber ya, de tanto repetirlas, si sucedieron tal como las narramos hoy. ¿Qué más dará? Así eran los grupos de verano: cambiantes, vivos, heterogéneos, sin reglas, fuera del itinerario oficial.
En verano podías hacerte amigo de alguien a quien le gustara la música opuesta a ti. De alguien que leía cosas que ni te interesaban, que leyera muchísimo o que no leyera siquiera. Hacíamos amigos mayores y hasta más pequeños.
Porque en verano, al contrario que en las aulas, no nos condicionaba el barrio, ni la ciudad, ni el trabajo de tus padres. De la ideología, ni hablamos. Por eso, hicimos amigos que, durante el curso, vivían vidas que igual no podíamos imaginar.
Amigos extraterrestres, de otros planetas. A la amistad estival, en la playa intentando ligar, en el tenis fichando una pareja para unos dobles, en el campamento buscando un cómplice, en el curso de surf alguien con quien picarte… se llega sin prejuicios. No quieres un igual, quieres un compañero y esa es, quizá, la relación más pura.
La más limpia. La menos interesada. La que no pretende encajar, ni completar, ni epatar, ni invertir, ni que te haga crecer, sino la que busca, sencillamente, tener a otro ser humano al lado con el que vivir lo no obligatorio.
Están los compañeros de clase que pueden convertirse en amigos. Están los colegas, que también. Pero no he visto más luz en los ojos de viejos amigos que en esos reencuentros de gente madura que de adolescente compartió correrías en los días de calor.
Ese grupo de ningún sitio, o de todos, que en el mejor de los casos se junta una vez al año. O menos, mucho menos, porque todos no vacacionamos igual, porque la trituradora de la vida a cada uno dónde nos ha llevado. Nunca están todos pero los que están, en 10 minutos, se ponen al día: ésta es mi familia, ahora vivo allí, a esto me dedico.
Mis padres, tan mayores. Y, zas, uno vuelve a sentirse parte de un equipo. El de verano.
El menos uniforme. El menos útil y por eso, el más libre. El que no entiende de tribus.
Ni de polarización política. El verano todavía puede con ella. La derrite, como al hielo del tinto de verano, en una terraza con sillas de plástico.
En un paseo marítimo atestado de guiris. En una piscina municipal ídem de moscas. En la plaza de un pueblo con la orquesta tocando a Rafaela Carrá.
Hablaba Albert Camus del verano invencible. Quería decir amistad invencible. Temas Fiestas Verano Pueblo comentarios Reportar un error Las invencibles amistades de verano No quieres un igual, quieres un compañero y esa es, quizá, la relación más pura, la más limpia, la menos interesada Escucha el artículo. 3 min Escucha el artículo. 3 min Regala esta noticia Añádenos en Google Un grupo de jóvenes, en la playa del Tajo. (M.
J. Muñoz) María José Fuenteálamo 04/08/2026 Actualizado a las 02:24h. Existen los amigos del alma, los amigos de parranda, los amigos de la infancia… Hay amigos que van y vienen, porque a la amistad llegamos con menos exigencias temporales que al amor, y quizá es ahí donde deberíamos enmarcar a los amigos de verano.
Creo ... que nadie los llama así. Nos referimos a ellos más como los amigos de la playa o la panda del pueblo. Tanta tinta sobre los amores de verano y tan poca sobre una relación que pervive con más fuerza que el romanticismo apresurado de una docena de noches.
Porque los amigos de verano, esos con los que compartimos las primeras carreras en bici, las primeras tardes de piscina sin adultos, las primeras verbenas, las primeras borracheras –que indudablemente siempre son en verano– custodian nuestro verdadero yo. Somos, en esencia, lo que fuimos en nuestros agostos adolescentes. Falsos portadores de sabiduría, porque a esa edad creemos que ya lo sabemos todo y no necesitamos a nadie.
Pero, a la vez aventureros con ansias de experiencias, buscadores de nuevas emociones, de nuevas gentes, de nuevos mundos. Quizá por eso, el recuerdo de aquellos amigos estivales permanece para siempre en nuestra memoria. Porque nos sirvieron para descubrir.
He visto a gente llorar al reencontrarse con uno. He escuchado historias que no creeríais de veranos de los 80, de los 90. Yo misma las habré contado sin saber ya, de tanto repetirlas, si sucedieron tal como las narramos hoy.
¿Qué más dará? Así eran los grupos de verano: cambiantes, vivos, heterogéneos, sin reglas, fuera del itinerario oficial. En verano podías hacerte amigo de alguien a quien le gustara la música opuesta a ti.
De alguien que leía cosas que ni te interesaban, que leyera muchísimo o que no leyera siquiera. Hacíamos amigos mayores y hasta más pequeños. Porque en verano, al contrario que en las aulas, no nos condicionaba el barrio, ni la ciudad, ni el trabajo de tus padres.
De la ideología, ni hablamos. Por eso, hicimos amigos que, durante el curso, vivían vidas que igual no podíamos imaginar. Amigos extraterrestres, de otros planetas.
A la amistad estival, en la playa intentando ligar, en el tenis fichando una pareja para unos dobles, en el campamento buscando un cómplice, en el curso de surf alguien con quien picarte… se llega sin prejuicios. No quieres un igual, quieres un compañero y esa es, quizá, la relación más pura. La más limpia.
La menos interesada. La que no pretende encajar, ni completar, ni epatar, ni invertir, ni que te haga crecer, sino la que busca, sencillamente, tener a otro ser humano al lado con el que vivir lo no obligatorio. Están los compañeros de clase que pueden convertirse en amigos.
Están los colegas, que también. Pero no he visto más luz en los ojos de viejos amigos que en esos reencuentros de gente madura que de adolescente compartió correrías en los días de calor. Ese grupo de ningún sitio, o de todos, que en el mejor de los casos se junta una vez al año.
O menos, mucho menos, porque todos no vacacionamos igual, porque la trituradora de la vida a cada uno dónde nos ha llevado. Nunca están todos pero los que están, en 10 minutos, se ponen al día: ésta es mi familia, ahora vivo allí, a esto me dedico. Mis padres, tan mayores.
Y, zas, uno vuelve a sentirse parte de un equipo. El de verano. El menos uniforme.
El menos útil y por eso, el más libre. El que no entiende de tribus. Ni de polarización política.
El verano todavía puede con ella. La derrite, como al hielo del tinto de verano, en una terraza con sillas de plástico. En un paseo marítimo atestado de guiris.
En una piscina municipal ídem de moscas. En la plaza de un pueblo con la orquesta tocando a Rafaela Carrá. Hablaba Albert Camus del verano invencible.
Quería decir amistad invencible. Temas Fiestas Verano Pueblo comentarios Reportar un error Freidora de aire, heladera y ventilador: mis 3 imprescindibles de SharkNinja para el verano Alejandra Santisteban Guiu Jordi Cruz, sobre sus inicios en televisión: «Tuve dos años que viví la noche en Madrid. Probé cosas, pero no me sentaron bien»
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