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Internacional
jueves, 30 de julio de 2026

Los veranos en casa

Agosto vacía las ciudades de una forma muy ansiosa. Me pasa como a Peláez, que nuestro momento es entre otoño e invierno. Pero la cosa del verano debería ser, al menos, para los niños, una obligación.

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Los veranos en casa Los niños deberían tener la obligación de poder descansar el tiempo que merecen, aunque sea para que sus recuerdos duren más que los veranos que tantos padres no pueden permitirse Escucha el artículo. 2 min Escucha el artículo. 2 min Regala esta noticia Añádenos en Google La Puerta del Sol de Madrid en verano. (AIDAWEB) Alfonso J. Ussía 30/07/2026 Actualizado a las 20:20h. Agosto vacía las ciudades de una forma muy ansiosa.

Me pasa como a Peláez, que nuestro momento es entre otoño e invierno. Pero la cosa del verano debería ser, al menos, para los niños, una obligación. En las grandes ciudades no desaparece la gente. ...

Desaparece el ruido de siempre, bajan las persianas de muchos pisos y los porteros empiezan a conocer el calendario de cada familia mejor que los propios vecinos. El quiosquero vende menos periódicos, el frutero abre solo por la mañana y los parques cambian de dueño. Quedan quienes siguen fichando cada mañana, los jubilados que jamás hicieron vacaciones de quince días y un ejército de niños para quienes el verano termina donde acaba la sombra del barrio.

A esos niños nadie les pregunta cómo va el verano. Se les supone entretenidos. Van enlazando una mañana con otra mientras los amigos desaparecen por turnos hacia el pueblo de los abuelos, la playa o un apartamento con piscina.

La plaza se hace cada vez más pequeña. La portería del parque espera al delantero que marchó hace una semana, pero el balón acaba golpeando el bordillo porque ya no quedan suficientes colegas para organizar un partido. Entonces la ciudad empieza a enseñar otra cara.

La fuente de la plaza deja de ser una fuente y se convierte en un parque acuático de diez metros cuadrados. El aire acondicionado de la biblioteca vale más que una entrada para cualquier parque temático. Un banco a la sombra es el refugio más solicitado.

Una manguera abierta por el jardinero provoca la misma estampida que un cañón de espuma en las fiestas del pueblo. Los niños poseen esa rara habilidad para fabricar vacaciones donde los adultos solo vemos una acera. Lo admirable no es que sepan conformarse.

Es que todavía tengan la imaginación suficiente para convertir un barrio entero en un lugar donde merece la pena pasar otro día más. Mientras los mayores hablamos de destinos, hoteles y vuelos baratos, ellos siguen creyendo que una bicicleta, un balón medio desinflado y una bolsa de chuches es suficiente para conquistar el mundo. Quizá por eso los niños siempre encuentran una salida incluso cuando la cartera de los padres no se lo permite.

Esa pena casi nunca se cuenta porque se lleva dentro. Es la de los padres que llegan a agosto con la calculadora antes que con la maleta. Los que responden «ya iremos otro año» mientras hacen como que miran otra cosa para que el niño no les vea los ojos.

Nadie necesita explicarles lo que cuesta un apartamento o un billete de tren porque ya lo han calculado veinte veces antes de renunciar. Les duele mucho más no poder regalar recuerdos que quedarse sin descanso. Por eso hoy me acuerdo de todos ellos.

Los niños deberían tener la obligación de poder descansar el tiempo que merecen, aunque sea para que sus recuerdos duren más que los veranos que tantos padres no pueden permitirse. Temas Niños Vacaciones Verano Padres comentarios Reportar un error Los veranos en casa Los niños deberían tener la obligación de poder descansar el tiempo que merecen, aunque sea para que sus recuerdos duren más que los veranos que tantos padres no pueden permitirse Escucha el artículo. 2 min Escucha el artículo. 2 min Regala esta noticia Añádenos en Google La Puerta del Sol de Madrid en verano. (AIDAWEB) Alfonso J. Ussía 30/07/2026 Actualizado a las 20:20h.

Agosto vacía las ciudades de una forma muy ansiosa. Me pasa como a Peláez, que nuestro momento es entre otoño e invierno. Pero la cosa del verano debería ser, al menos, para los niños, una obligación.

En las grandes ciudades no desaparece la gente. ... Desaparece el ruido de siempre, bajan las persianas de muchos pisos y los porteros empiezan a conocer el calendario de cada familia mejor que los propios vecinos. El quiosquero vende menos periódicos, el frutero abre solo por la mañana y los parques cambian de dueño.

Quedan quienes siguen fichando cada mañana, los jubilados que jamás hicieron vacaciones de quince días y un ejército de niños para quienes el verano termina donde acaba la sombra del barrio. A esos niños nadie les pregunta cómo va el verano. Se les supone entretenidos.

Van enlazando una mañana con otra mientras los amigos desaparecen por turnos hacia el pueblo de los abuelos, la playa o un apartamento con piscina. La plaza se hace cada vez más pequeña. La portería del parque espera al delantero que marchó hace una semana, pero el balón acaba golpeando el bordillo porque ya no quedan suficientes colegas para organizar un partido.

Entonces la ciudad empieza a enseñar otra cara. La fuente de la plaza deja de ser una fuente y se convierte en un parque acuático de diez metros cuadrados. El aire acondicionado de la biblioteca vale más que una entrada para cualquier parque temático.

Un banco a la sombra es el refugio más solicitado. Una manguera abierta por el jardinero provoca la misma estampida que un cañón de espuma en las fiestas del pueblo. Los niños poseen esa rara habilidad para fabricar vacaciones donde los adultos solo vemos una acera.

Lo admirable no es que sepan conformarse. Es que todavía tengan la imaginación suficiente para convertir un barrio entero en un lugar donde merece la pena pasar otro día más. Mientras los mayores hablamos de destinos, hoteles y vuelos baratos, ellos siguen creyendo que una bicicleta, un balón medio desinflado y una bolsa de chuches es suficiente para conquistar el mundo.

Quizá por eso los niños siempre encuentran una salida incluso cuando la cartera de los padres no se lo permite. Esa pena casi nunca se cuenta porque se lleva dentro. Es la de los padres que llegan a agosto con la calculadora antes que con la maleta.

Los que responden «ya iremos otro año» mientras hacen como que miran otra cosa para que el niño no les vea los ojos. Nadie necesita explicarles lo que cuesta un apartamento o un billete de tren porque ya lo han calculado veinte veces antes de renunciar. Les duele mucho más no poder regalar recuerdos que quedarse sin descanso.

Por eso hoy me acuerdo de todos ellos. Los niños deberían tener la obligación de poder descansar el tiempo que merecen, aunque sea para que sus recuerdos duren más que los veranos que tantos padres no pueden permitirse. Temas Niños Vacaciones Verano Padres comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Tony Aguilar explica el estado de salud de su hijo Biel tras estar ingresado por una picadura de garrapata Francisco J.

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Publicado por Redacción · jueves, 30 de julio de 2026

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