← Volver a la portada
Internacional
jueves, 17 de septiembre de 2026

«Cuando empecé, el aprobado estaba muy barato»

A José Coronado no dejan de sentarle bien los años. Hace mucho que se quitó de encima el sambenito de galán. Ahora, a los 69, asegura que no se mira en el espejo ni por casualidad, pero allá donde vay

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

José Coronado «Cuando empecé, el aprobado estaba muy barato» A sus 69 años, ya es un clásico. Dos Goya, 65 películas, 25 series y una vida dedicada a jugar ante una cámara hacen de él pieza imprescindible de nuestro cine.

Se mete ahora en la piel de un émulo de Sherlock Holmes en la serie 'El problema final'. Regala esta noticia Añádenos en Google Isabel Navarro | Fotos: Carlos Luján 17/09/2026 a las 14:38h. A José Coronado no dejan de sentarle bien los años.

Hace mucho que se quitó de encima el sambenito de galán. Ahora, a los 69, asegura que no se mira en el espejo ni por casualidad, pero allá donde vaya, lo quiera o no, jamás ... deja de ser mirado. Al entrar al edificio de Vocento, la recepcionista, nerviosa, le pide una foto y le dice que en su casa «es un dios».

Él le responde con amabilidad y posa para el selfie. El actor tiene eso que no se compra ni se presta: presencia física, elegancia natural, delicadeza y a la vez masculinidad. Maneras.

Una forma de escuchar y de interesarse por el otro que hace sentirse visto al interlocutor. Y, por si fuera poco, esa voz grave, áspera y pausada que cualquiera en este país reconocería a ciegas porque lleva escuchándola desde 1987. Gracias a la televisión (Periodistas, Entrevías, El Príncipe...), Coronado es ya como de la familia; y en el cine ha alcanzado estatus de clásico.

Ahora estrena una serie con vocación de cine, El problema final, que adapta la novela de Arturo Pérez-Reverte. Un cluedo exquisito que homenajea al cine negro y a las novelas de Conan Doyle y Agatha Christie donde cualquiera (menos el muerto) puede ser el asesino. XLSemanal.

El problema final es una historia fascinada por cierta estética y ética del pasado. ¿Se considera una persona nostálgica? José Coronado.

No, yo nunca he tenido apego al pasado, pero mi personaje en la serie, Ormond Basil, es la nostalgia personificada. Un viejo actor que camina solo en la vida, que nunca fue brillante y al que solo se lo recuerda por hacer de Sherlock Holmes en películas de serie B. Un tipo que sigue anclado ahí, cuando creía que podía llegar a ser mucho más, pero que sigue enamorado de su profesión.

XL. Uno de esos fracasados gloriosos que abundan en la literatura de Pérez-Reverte. J.C.

Me encanta la literatura de Arturo. Locuté el audiolibro de La reina del Sur, y para preparar El problema final nos invitó a su casa, donde un amigo suyo que había sido diplomático nos enseñó cómo sentarnos, cómo colocarnos el sombrero, cómo poner la servilleta... Arturo es un animal intelectual que te embauca con la palabra, hables de lo que hables.

«De joven, más de una vez me tocaron el timbre a las cuatro de la mañana para montar una timba de póker. Era muy bueno, pero con los años he cambiado las cartas por el ajedrez. Ahora me gusta jugar con mi pareja»

XL. ¿Es cierto que le da vergüenza verse en sus primeros trabajos? J.C.

Es que no era bueno. Me da muchísimo pudor verme en Brigada Central con Imanol Arias, muy maquillado (porque entonces no sabía que podía decir que no) y tan tenso… En aquellas películas del principio –El tesoro, Berlín Blues, Jarrapellejos– estaba encorsetado. No lo disfrutaba, no tenía verdad… Que es de lo que al final va este juego.

XL. Y a usted le encanta jugar. J.C.

Sí, yo soy un jugón. A mí me despiertas a las cuatro de la mañana para jugar al póker y no me lo pienso. XL.

Pero ¿eso es literal? ¿Le ha ocurrido alguna vez? J.C.

Sí, sí. Es literal. Son el tipo de cosas que me pasaban de los 20 a los 30, en la época de antes de ser actor.

Era la época de la Movida, tenía negocios de copas, tenía una agencia de modelos, tenía una vida muy noctámbula, y más de una vez me despertaron para montar una timba en casa sin avisar. XL. Dígame, ¿qué hace falta para ser un buen jugador de póker?

J.C. Ser un gran actor [risas]. Cuanto menos enseñes, mejor.

Faroles, los justos, y luego también, como en la vida, el azar también desempeña su papel. XL. ¿Era mejor en el mus o en el póker?

J.C. Era muy bueno en los dos, pero con la edad me he pasado al ajedrez. XL.

¿Y con quién juega? J.C. Sobre todo con mi pareja [Irene López Juárez, actriz a la que conoció rodando Entrevías].

Es una gran jugadora. XL. En esa época estudió, o estuvo matriculado, dos años en Medicina y cuatro en Derecho.

¿Qué pensaba su padre, José María Coronado Valcárcel, decano del Colegio de Ingenieros de Telecomunicaciones y subdirector general de ITT, entre otros cargos, de su carrera de actor? J.C. Mi padre lo que quería era verme feliz y en movimiento.

Y en ese movimiento he estado siempre, en gran parte gracias a todo lo que él me transmitió. Era un apasionado del conocimiento. Cuando yo empecé a estudiar Medicina, él también comenzó a estudiar Medicina.

Cuando me pasé a Derecho, se empapó de leyes. Luego tuve una agencia de modelos y se interesó en el mundo de la moda. Así que, cuando me metí en el cine, por supuesto se convirtió en cinéfilo.

Pero siempre con conocimiento de causa, ¿eh? XL. Lo que son los prejuicios, me imaginaba que el ingeniero Coronado hubiera preferido que su único hijo varón fuese notario o ingeniero de Caminos… J.C.

Y tal vez es lo que quería, pero como persona inteligente (y mi padre lo era mucho) lo que más le importaba es que yo fuese feliz. Así que se lo comió y se adaptó. XL.

Debió de ser toda una personalidad. J.C. A mí me marcó sobre todo su mensaje acerca de la importancia de cultivarse.

Gracias a él también aprendí francés, porque cuando le nombraron consejero delegado de ITT se llevó a toda la familia a Bruselas y vivimos allí cinco años. Coronado con su madre y con su hijo en una foto compartida por él. XL.

¿Y en qué le marcó su madre? J.C. ¡Ah!

¡Bueno! Mi madre me marcó en todo lo demás. XL.

¿Y qué decía ella de sus películas? ¿Le gustaban? J.C.

Lo que ella quería es que yo estuviese guapísimo y afeitado y con corbata, y que no me mataran. Si me mataban, lo pasaba realmente mal. Recuerdo que hice una película que se llamaba Frontera sur, de Gerardo Herrero, y al final moría de tisis.

Estábamos en el estreno, mi personaje a punto de morir, tosiendo, y de repente se oye la voz de mi madre, que estaba tres o cuatro filas más atrás: «¡Esto ha sido la guarra esta, que lo ha contagiado!». Y yo: «¡Mamá!» [risas]. Se metía en las películas de una forma tan inocente...

Siempre antes de un estreno me decía: «Si te matan, no voy». Parecía broma, pero no podía verme sufrir ni siquiera en la ficción. Sobrevivió a mi padre 20 años.

Se fue con 95, no hace mucho. XL. ¿Todavía está de duelo?

J.C. No, yo siempre he asumido muy bien los finales. XL.

Hace poquito se nos ha ido también Manolo Solo, con quien compartió la película de Víctor Erice Cerrar los ojos. Para muchos ha sido una sorpresa total. ¿Sabía que estaba enfermo?

J.C. Sí, ya estuvo a punto de no venir a Cannes por una operación. Sabía que estaba muy frágil, aunque tampoco me lo esperaba.

«Mi padre era decano del Colegio de Ingenieros y un apasionado del conocimiento. Cuando yo empecé a estudiar Medicina, él también. Cuando me pasé a Derecho, se empapó de leyes.

Y luego fue un gran cinéfilo. Quería que fuera feliz» XL.

Por Cerrar los ojos usted consiguió el Goya a mejor actor de reparto y la revista The New Yorker llegó a considerarla como mejor película del año en todo el mundo, pero creo que usted tiene una relación ambivalente con ella. ¿Por qué? J.C.

Porque fue una experiencia complicada. Con Víctor Erice no valía nada de lo que habías aprendido en tu carrera. Tenías que entregarte a él de una forma descarnada.

Hacer un ejercicio de humildad y decir: «Vale, este tipo es un genio, yo no sé qué es lo que quiere contar y tampoco sé lo que quiere que haga, pero me entrego». Manolo y yo nos hartábamos de hacerle sugerencias, pero no había forma de convencerlo de nada, lo tenía todo clarísimo y a veces se enfadaba cuando no lo entendías. Fue una película bastante difícil por la que me siento muy agradecido.

XL. Quién iba a decirle que acabaría haciendo una película con Erice a quien empezó de galán... J.C.

Cuando yo empecé, lo único que tenía para ofrecer era mi cara bonita. Además, en aquella época el aprobado estaba muy barato porque éramos cuatro gatos: Imanol Arias, Resines y Carmelo Gómez. No había más gente de treinta y pico...

XL. ¿Fue una losa lo de galán? J.C.

Luego sí, pero más que una losa era una losita. Tuvo que llegar el gran Urbizu a ofrecerme La caja 507 para que me viesen capaz de habitar el lado oscuro. Me acuerdo de que Urbizu me decía en ese rodaje: «La gente espera que el killer sea Resines, pero no ese tipo amable, guapete y buena gente de Periodistas.

Aprovéchalo». Coronado y Martiño Rivas en la miniserie 'El problema final', adaptación de una novela de Arturo Pérez-Reverte, que se estrena en Netflix el 25 de septiembre. XL.

¿Sabe lo que es el 'efecto halo'? J.C. No, la verdad es que no.

XL. Es un mecanismo que describen los sociólogos y los psicólogos por el cual todo el mundo piensa que la gente guapa es más inteligente y menos capaz de hacer daño. J.C.

No lo sabía, pero me gusta aprenderlo y me recuerda a una cosa que decía mi padre: «Tienes algo tú, y es que eres guapo. Y eso, hagas lo que hagas, te va a ayudar mucho. No te lo creas, pero te va a ayudar».

Y ha sido verdad... XL. O sea, que siempre ha sido consciente de su belleza.

J.C. Bueno... Mmm... digamos que siempre estuve muy... satisfecho cuando me miraba al espejo.

XL. ¡Qué manera tan educada y tímida de decirlo! [Risas]. J.C.

Sí [risas]. Ya lo sé. Pero es que desde hace mucho tiempo ya no me miro a los espejos ni siquiera rodando.

Me parece que ser guapo es algo muy superficial, que aporta poco, que es algo regalado y que no hay que potenciarlo. Y, si lo tienes, lo mejor que puedes hacer es llevarlo con la mayor humildad posible y sin hablar del tema. Durante un rodaje ya hay otros que te están mirando.

Son los que te colocan el pelo, los que te colocan la camisa… Yo como actor lo que intento es estar a la verdad y a lo que me da el compañero. Cuando empecé, me preguntaba: «¿Estaré guapo, estaré bien, cuál será mi lado bueno…?». Ahora es que ni lo pienso.

XL. Tal vez porque ahora la belleza le importa de otras maneras. Me han contado que durante el confinamiento de la covid le dio por pintar al fresco… J.C.

Como no tenía manera de conseguir lienzo, empecé a pintar en las paredes de mi casa. Y he continuado porque, mira, así he encontrado otro territorio en el que sentirme un farsante. XL.

¿Otro…? J.C. En la pintura soy un copista.

Utilizo las matemáticas para crear mis ejes y mis escalas. Lo pequeñito lo llevo a lo grande y luego lo coloreo con los rotuladores que se ha dejado mi hija en casa, con unos crayones que había del siglo pasado, con un bote de Titanlux que me encuentro... XL.

¿Qué es lo que pinta? J.C. La Estatua de la Libertad en gran formato, leones, samuráis, escenas japonesas… Así que cuando me muera o venda la casa, alguien pintará encima y se acabó.

XL. ¿Cuándo se dio a sí mismo el carné de actor? J.C.

Fue en el teatro gracias a Paco Pino, que me dirigió en la obra Algo en común, en el 96. Él murió del maldito sida y me enseñó tanto... Mi personaje cuidaba a su pareja, enfermo de sida, los últimos meses de su vida, pero con una bondad, con una humildad, con una entereza...

Era todo pequeñito, sutil..., y a la vez una historia de amor en mayúsculas. Había gente que venía al camerino con lágrimas a darme las gracias porque tenían la enfermedad o mujeres contagiadas por sus maridos que se habían ido de putas... Ese fue el momento en que me dije: «Hostia... aparte de entretener, estoy aportando un granito a la sociedad, ¿no?».

Y sí, ahí fue cuando me otorgué el carné de actor. comentarios Reportar un error José Coronado «Cuando empecé, el aprobado estaba muy barato» A sus 69 años, ya es un clásico. Dos Goya, 65 películas, 25 series y una vida dedicada a jugar ante una cámara hacen de él pieza imprescindible de nuestro cine.

Se mete ahora en la piel de un émulo de Sherlock Holmes en la serie 'El problema final'. Regala esta noticia Añádenos en Google Isabel Navarro | Fotos: Carlos Luján 17/09/2026 a las 14:38h. A José Coronado no dejan de sentarle bien los años.

Hace mucho que se quitó de encima el sambenito de galán. Ahora, a los 69, asegura que no se mira en el espejo ni por casualidad, pero allá donde vaya, lo quiera o no, jamás ... deja de ser mirado. Al entrar al edificio de Vocento, la recepcionista, nerviosa, le pide una foto y le dice que en su casa «es un dios».

Él le responde con amabilidad y posa para el selfie. El actor tiene eso que no se compra ni se presta: presencia física, elegancia natural, delicadeza y a la vez masculinidad. Maneras.

Una forma de escuchar y de interesarse por el otro que hace sentirse visto al interlocutor. Y, por si fuera poco, esa voz grave, áspera y pausada que cualquiera en este país reconocería a ciegas porque lleva escuchándola desde 1987. Gracias a la televisión (Periodistas, Entrevías, El Príncipe...), Coronado es ya como de la familia; y en el cine ha alcanzado estatus de clásico.

Ahora estrena una serie con vocación de cine, El problema final, que adapta la novela de Arturo Pérez-Reverte. Un cluedo exquisito que homenajea al cine negro y a las novelas de Conan Doyle y Agatha Christie donde cualquiera (menos el muerto) puede ser el asesino. XLSemanal.

El problema final es una historia fascinada por cierta estética y ética del pasado. ¿Se considera una persona nostálgica? José Coronado.

No, yo nunca he tenido apego al pasado, pero mi personaje en la serie, Ormond Basil, es la nostalgia personificada. Un viejo actor que camina solo en la vida, que nunca fue brillante y al que solo se lo recuerda por hacer de Sherlock Holmes en películas de serie B. Un tipo que sigue anclado ahí, cuando creía que podía llegar a ser mucho más, pero que sigue enamorado de su profesión.

XL. Uno de esos fracasados gloriosos que abundan en la literatura de Pérez-Reverte. J.C.

Me encanta la literatura de Arturo. Locuté el audiolibro de La reina del Sur, y para preparar El problema final nos invitó a su casa, donde un amigo suyo que había sido diplomático nos enseñó cómo sentarnos, cómo colocarnos el sombrero, cómo poner la servilleta... Arturo es un animal intelectual que te embauca con la palabra, hables de lo que hables.

«De joven, más de una vez me tocaron el timbre a las cuatro de la mañana para montar una timba de póker. Era muy bueno, pero con los años he cambiado las cartas por el ajedrez. Ahora me gusta jugar con mi pareja»

XL. ¿Es cierto que le da vergüenza verse en sus primeros trabajos? J.C.

Es que no era bueno. Me da muchísimo pudor verme en Brigada Central con Imanol Arias, muy maquillado (porque entonces no sabía que podía decir que no) y tan tenso… En aquellas películas del principio –El tesoro, Berlín Blues, Jarrapellejos– estaba encorsetado. No lo disfrutaba, no tenía verdad… Que es de lo que al final va este juego.

XL. Y a usted le encanta jugar. J.C.

Sí, yo soy un jugón. A mí me despiertas a las cuatro de la mañana para jugar al póker y no me lo pienso. XL.

Pero ¿eso es literal? ¿Le ha ocurrido alguna vez? J.C.

Sí, sí. Es literal. Son el tipo de cosas que me pasaban de los 20 a los 30, en la época de antes de ser actor.

Era la época de la Movida, tenía negocios de copas, tenía una agencia de modelos, tenía una vida muy noctámbula, y más de una vez me despertaron para montar una timba en casa sin avisar. XL. Dígame, ¿qué hace falta para ser un buen jugador de póker?

J.C. Ser un gran actor [risas]. Cuanto menos enseñes, mejor.

Faroles, los justos, y luego también, como en la vida, el azar también desempeña su papel. XL. ¿Era mejor en el mus o en el póker?

J.C. Era muy bueno en los dos, pero con la edad me he pasado al ajedrez. XL.

¿Y con quién juega? J.C. Sobre todo con mi pareja [Irene López Juárez, actriz a la que conoció rodando Entrevías].

Es una gran jugadora. XL. En esa época estudió, o estuvo matriculado, dos años en Medicina y cuatro en Derecho.

¿Qué pensaba su padre, José María Coronado Valcárcel, decano del Colegio de Ingenieros de Telecomunicaciones y subdirector general de ITT, entre otros cargos, de su carrera de actor? J.C. Mi padre lo que quería era verme feliz y en movimiento.

Y en ese movimiento he estado siempre, en gran parte gracias a todo lo que él me transmitió. Era un apasionado del conocimiento. Cuando yo empecé a estudiar Medicina, él también comenzó a estudiar Medicina.

Cuando me pasé a Derecho, se empapó de leyes. Luego tuve una agencia de modelos y se interesó en el mundo de la moda. Así que, cuando me metí en el cine, por supuesto se convirtió en cinéfilo.

Pero siempre con conocimiento de causa, ¿eh? XL. Lo que son los prejuicios, me imaginaba que el ingeniero Coronado hubiera preferido que su único hijo varón fuese notario o ingeniero de Caminos… J.C.

Y tal vez es lo que quería, pero como persona inteligente (y mi padre lo era mucho) lo que más le importaba es que yo fuese feliz. Así que se lo comió y se adaptó. XL.

Debió de ser toda una personalidad. J.C. A mí me marcó sobre todo su mensaje acerca de la importancia de cultivarse.

Gracias a él también aprendí francés, porque cuando le nombraron consejero delegado de ITT se llevó a toda la familia a Bruselas y vivimos allí cinco años. Coronado con su madre y con su hijo en una foto compartida por él. XL.

¿Y en qué le marcó su madre? J.C. ¡Ah!

¡Bueno! Mi madre me marcó en todo lo demás. XL.

¿Y qué decía ella de sus películas? ¿Le gustaban? J.C.

Lo que ella quería es que yo estuviese guapísimo y afeitado y con corbata, y que no me mataran. Si me mataban, lo pasaba realmente mal. Recuerdo que hice una película que se llamaba Frontera sur, de Gerardo Herrero, y al final moría de tisis.

Estábamos en el estreno, mi personaje a punto de morir, tosiendo, y de repente se oye la voz de mi madre, que estaba tres o cuatro filas más atrás: «¡Esto ha sido la guarra esta, que lo ha contagiado!». Y yo: «¡Mamá!» [risas]. Se metía en las películas de una forma tan inocente...

Siempre antes de un estreno me decía: «Si te matan, no voy». Parecía broma, pero no podía verme sufrir ni siquiera en la ficción. Sobrevivió a mi padre 20 años.

Se fue con 95, no hace mucho. XL. ¿Todavía está de duelo?

J.C. No, yo siempre he asumido muy bien los finales. XL.

Hace poquito se nos ha ido también Manolo Solo, con quien compartió la película de Víctor Erice Cerrar los ojos. Para muchos ha sido una sorpresa total. ¿Sabía que estaba enfermo?

J.C. Sí, ya estuvo a punto de no venir a Cannes por una operación. Sabía que estaba muy frágil, aunque tampoco me lo esperaba.

«Mi padre era decano del Colegio de Ingenieros y un apasionado del conocimiento. Cuando yo empecé a estudiar Medicina, él también. Cuando me pasé a Derecho, se empapó de leyes.

Y luego fue un gran cinéfilo. Quería que fuera feliz» XL.

Por Cerrar los ojos usted consiguió el Goya a mejor actor de reparto y la revista The New Yorker llegó a considerarla como mejor película del año en todo el mundo, pero creo que usted tiene una relación ambivalente con ella. ¿Por qué? J.C.

Porque fue una experiencia complicada. Con Víctor Erice no valía nada de lo que habías aprendido en tu carrera. Tenías que entregarte a él de una forma descarnada.

Hacer un ejercicio de humildad y decir: «Vale, este tipo es un genio, yo no sé qué es lo que quiere contar y tampoco sé lo que quiere que haga, pero me entrego». Manolo y yo nos hartábamos de hacerle sugerencias, pero no había forma de convencerlo de nada, lo tenía todo clarísimo y a veces se enfadaba cuando no lo entendías. Fue una película bastante difícil por la que me siento muy agradecido.

XL. Quién iba a decirle que acabaría haciendo una película con Erice a quien empezó de galán... J.C.

Cuando yo empecé, lo único que tenía para ofrecer era mi cara bonita. Además, en aquella época el aprobado estaba muy barato porque éramos cuatro gatos: Imanol Arias, Resines y Carmelo Gómez. No había más gente de treinta y pico...

XL. ¿Fue una losa lo de galán? J.C.

Luego sí, pero más que una losa era una losita. Tuvo que llegar el gran Urbizu a ofrecerme La caja 507 para que me viesen capaz de habitar el lado oscuro. Me acuerdo de que Urbizu me decía en ese rodaje: «La gente espera que el killer sea Resines, pero no ese tipo amable, guapete y buena gente de Periodistas.

Aprovéchalo». Coronado y Martiño Rivas en la miniserie 'El problema final', adaptación de una novela de Arturo Pérez-Reverte, que se estrena en Netflix el 25 de septiembre. XL.

¿Sabe lo que es el 'efecto halo'? J.C. No, la verdad es que no.

XL. Es un mecanismo que describen los sociólogos y los psicólogos por el cual todo el mundo piensa que la gente guapa es más inteligente y menos capaz de hacer daño. J.C.

No lo sabía, pero me gusta aprenderlo y me recuerda a una cosa que decía mi padre: «Tienes algo tú, y es que eres guapo. Y eso, hagas lo que hagas, te va a ayudar mucho. No te lo creas, pero te va a ayudar».

Y ha sido verdad... XL. O sea, que siempre ha sido consciente de su belleza.

J.C. Bueno... Mmm... digamos que siempre estuve muy... satisfecho cuando me miraba al espejo.

XL. ¡Qué manera tan educada y tímida de decirlo! [Risas]. J.C.

Sí [risas]. Ya lo sé. Pero es que desde hace mucho tiempo ya no me miro a los espejos ni siquiera rodando.

Me parece que ser guapo es algo muy superficial, que aporta poco, que es algo regalado y que no hay que potenciarlo. Y, si lo tienes, lo mejor que puedes hacer es llevarlo con la mayor humildad posible y sin hablar del tema. Durante un rodaje ya hay otros que te están mirando.

Son los que te colocan el pelo, los que te colocan la camisa… Yo como actor lo que intento es estar a la verdad y a lo que me da el compañero. Cuando empecé, me preguntaba: «¿Estaré guapo, estaré bien, cuál será mi lado bueno…?». Ahora es que ni lo pienso.

XL. Tal vez porque ahora la belleza le importa de otras maneras. Me han contado que durante el confinamiento de la covid le dio por pintar al fresco… J.C.

Como no tenía manera de conseguir lienzo, empecé a pintar en las paredes de mi casa. Y he continuado porque, mira, así he encontrado otro territorio en el que sentirme un farsante. XL.

¿Otro…? J.C. En la pintura soy un copista.

Utilizo las matemáticas para crear mis ejes y mis escalas. Lo pequeñito lo llevo a lo grande y luego lo coloreo con los rotuladores que se ha dejado mi hija en casa, con unos crayones que había del siglo pasado, con un bote de Titanlux que me encuentro... XL.

¿Qué es lo que pinta? J.C. La Estatua de la Libertad en gran formato, leones, samuráis, escenas japonesas… Así que cuando me muera o venda la casa, alguien pintará encima y se acabó.

XL. ¿Cuándo se dio a sí mismo el carné de actor? J.C.

Fue en el teatro gracias a Paco Pino, que me dirigió en la obra Algo en común, en el 96. Él murió del maldito sida y me enseñó tanto... Mi personaje cuidaba a su pareja, enfermo de sida, los últimos meses de su vida, pero con una bondad, con una humildad, con una entereza...

Era todo pequeñito, sutil..., y a la vez una historia de amor en mayúsculas. Había gente que venía al camerino con lágrimas a darme las gracias porque tenían la enfermedad o mujeres contagiadas por sus maridos que se habían ido de putas... Ese fue el momento en que me dije: «Hostia... aparte de entretener, estoy aportando un granito a la sociedad, ¿no?».

Y sí, ahí fue cuando me otorgué el carné de actor. comentarios Reportar un error

Publicado por Redacción · jueves, 17 de septiembre de 2026

ReversoDigital — Pensamiento crítico, anti‑propaganda.

← Ver más noticias
«Cuando empecé, el aprobado estaba muy barato» · ReversoDigital