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Internacional
sábado, 1 de agosto de 2026

El calor pone contra las cuerdas a los sumideros de carbono

Mientras España y buena parte de Europa vuelven a enfrentarse a una intensa ola de calor, con temperaturas excepcionalmente altas, riesgo extremo de incendios y ecosistemas sometidos a un estrés creci

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

CAMBIO CLIMÁTICO El calor pone contra las cuerdas a los sumideros de carbono Un estudio con participación del CREAF y el CSIC revela que el calor extremo registrado en 2024 hizo que los ecosistemas liberaran más CO₂ del que lograron absorber Regala esta noticia Añádenos en Google El aumento de las temperaturas altera el equilibrio natural de los ecosistemas y modifica su papel en el ciclo global del carbono. (Galdric Mossoll) Charo Barroso Madrid 01/08/2026 a las 20:08h. Mientras España y buena parte de Europa vuelven a enfrentarse a una intensa ola de calor, con temperaturas excepcionalmente altas, riesgo extremo de incendios y ecosistemas sometidos a un estrés creciente, la ciencia advierte de una consecuencia mucho menos visible que las llamas o la ... sequía. Los bosques, los matorrales y los pastizales, considerados desde hace décadas uno de los principales aliados frente al cambio climático por su capacidad para absorber dióxido de carbono, pueden empezar a comportarse justo al contrario: liberar más CO₂ del que son capaces de capturar cuando el calor extremo se combina con determinadas condiciones de humedad.

La advertencia llega de un estudio publicado en la revista Nature Communications, con participación del CREAF y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que analiza lo ocurrido durante 2024, el año más cálido registrado desde que existen mediciones, cuando la temperatura media global alcanzó una anomalía de 1,55 ºC respecto a la era preindustrial. Los resultados revelan que aquel año se registró el mayor aumento anual de dióxido de carbono atmosférico desde que comenzaron las mediciones en 1958 y que una parte importante de ese incremento no se debió únicamente a las emisiones humanas, sino al comportamiento de los propios ecosistemas terrestres. La respiración del bosque Durante décadas, los ecosistemas naturales han actuado como grandes sumideros de carbono.

A través de la fotosíntesis, árboles, arbustos y otras plantas capturan parte del CO₂ presente en la atmósfera y lo almacenan en troncos, raíces y suelos, compensando parcialmente las emisiones derivadas de la actividad humana. Sin embargo, ese proceso convive con otro menos conocido: la respiración de los ecosistemas. Igual que los animales, las plantas consumen energía y liberan parte del carbono almacenado.

A ello se suma la actividad de millones de microorganismos presentes en el suelo que descomponen hojas, ramas y materia orgánica, liberando también dióxido de carbono. En condiciones normales, la cantidad de carbono absorbida mediante la fotosíntesis supera la emitida por estos procesos naturales. El problema aparece cuando las temperaturas se disparan y existe suficiente humedad para acelerar la actividad biológica.

Eso fue precisamente lo que ocurrió durante 2024. El episodio prolongado de El Niño favoreció una combinación de calor extremo y humedad que activó intensamente la respiración de plantas y microorganismos. Como consecuencia, la naturaleza emitió más carbono del habitual y perdió parte de su capacidad para compensar las emisiones humanas.

«El estudio confirma que puede generarse un círculo vicioso: eventos extremos combinados, como una primavera muy lluviosa seguida de un verano extremadamente cálido, disparan la respiración de los ecosistemas. Esto libera más CO₂ a la atmósfera, lo que a su vez intensifica aún más el calentamiento global», explica Josep Peñuelas, investigador del CSIC en el CREAF y coautor del trabajo. Pastizales y matorrales, vulnerables Aunque el fenómeno afectó a prácticamente todo el planeta, no todos los ecosistemas respondieron de la misma manera.

Los investigadores comprobaron que los pastizales y los matorrales fueron los principales responsables del aumento de emisiones, aportando cerca del 49% de la anomalía detectada. Les siguieron los bosques, con un 33%, y las tierras agrícolas, con un 18%. La explicación se encuentra bajo nuestros pies.

En estos ecosistemas, el calor penetra con mayor facilidad hasta el suelo, donde se concentra una intensa actividad microbiana. Cuando la humedad es suficiente, los microorganismos aceleran la descomposición de la materia orgánica y aumentan la liberación de carbono. «En matorrales y pastos, el calor y la humedad inciden de manera más directa sobre el suelo y la vegetación baja.

Así, los microorganismos se activan más y la respiración de las plantas se acelera», señala Peñuelas. El estudio también apunta a otros factores que agravaron la situación durante 2024. Los grandes incendios registrados en regiones como Canadá y Siberia, junto con las sequías sufridas en zonas tropicales, redujeron todavía más la capacidad de los ecosistemas para actuar como sumideros de carbono.

El Mediterráneo, en el punto de mira Los resultados muestran que la pérdida de capacidad para absorber CO₂ fue generalizada, afectando especialmente al este de Estados Unidos, Europa, Siberia occidental, el sudeste asiático y amplias regiones de Sudamérica y África. En el caso de España y del conjunto de la cuenca mediterránea, los investigadores consideran que la situación merece una atención especial. Las olas de calor cada vez más frecuentes, unidas a la prolongación de las sequías y al incremento del riesgo de incendios forestales, pueden alterar profundamente el funcionamiento de estos ecosistemas.

«Nuestros bosques de interior y matorrales corren el riesgo de pasar de sumideros a emisores netos debido a las olas de calor consecutivas que sufren cada vez con más frecuencia», advierte Peñuelas. La advertencia resulta especialmente significativa en un verano marcado por numerosos incendios forestales y temperaturas muy por encima de la media en buena parte de Europa. Más allá de las llamas, el estudio pone de manifiesto que el cambio climático también modifica procesos biológicos invisibles que desempeñan un papel fundamental en la regulación del clima del planeta.

La naturaleza ya no puede hacerlo sola Los investigadores subrayan que esta situación no significa que los ecosistemas hayan dejado definitivamente de capturar carbono, sino que los episodios extremos pueden reducir de forma importante esa capacidad cuando se repiten con mayor frecuencia. Por ello, consideran imprescindible reforzar las políticas de adaptación y mitigación. Entre las medidas propuestas destacan una gestión forestal adaptativa que reduzca el riesgo de grandes incendios, el impulso de prácticas de agricultura regenerativa capaces de aumentar la materia orgánica almacenada en los suelos y, sobre todo, una reducción mucho más intensa de las emisiones de origen humano.

«Si los ecosistemas naturales están perdiendo su capacidad para absorber el CO₂ que emitimos, es todavía más imprescindible reducir las emisiones que generamos nosotros», concluye Peñuelas. Los autores recuerdan que comprender cómo responden los ecosistemas a las nuevas condiciones climáticas será esencial para mejorar los modelos de predicción y diseñar estrategias de adaptación más eficaces. Porque la lucha contra el cambio climático ya no depende únicamente de reducir las emisiones procedentes de fábricas, vehículos o centrales energéticas.

También pasa por conservar unos ecosistemas capaces de seguir desempeñando una función que durante siglos ha resultado silenciosa, pero decisiva: actuar como uno de los grandes pulmones del planeta. comentarios Reportar un error CAMBIO CLIMÁTICO El calor pone contra las cuerdas a los sumideros de carbono Un estudio con participación del CREAF y el CSIC revela que el calor extremo registrado en 2024 hizo que los ecosistemas liberaran más CO₂ del que lograron absorber Regala esta noticia Añádenos en Google El aumento de las temperaturas altera el equilibrio natural de los ecosistemas y modifica su papel en el ciclo global del carbono. (Galdric Mossoll) Charo Barroso Madrid 01/08/2026 a las 20:08h. Mientras España y buena parte de Europa vuelven a enfrentarse a una intensa ola de calor, con temperaturas excepcionalmente altas, riesgo extremo de incendios y ecosistemas sometidos a un estrés creciente, la ciencia advierte de una consecuencia mucho menos visible que las llamas o la ... sequía. Los bosques, los matorrales y los pastizales, considerados desde hace décadas uno de los principales aliados frente al cambio climático por su capacidad para absorber dióxido de carbono, pueden empezar a comportarse justo al contrario: liberar más CO₂ del que son capaces de capturar cuando el calor extremo se combina con determinadas condiciones de humedad.

La advertencia llega de un estudio publicado en la revista Nature Communications, con participación del CREAF y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que analiza lo ocurrido durante 2024, el año más cálido registrado desde que existen mediciones, cuando la temperatura media global alcanzó una anomalía de 1,55 ºC respecto a la era preindustrial. Los resultados revelan que aquel año se registró el mayor aumento anual de dióxido de carbono atmosférico desde que comenzaron las mediciones en 1958 y que una parte importante de ese incremento no se debió únicamente a las emisiones humanas, sino al comportamiento de los propios ecosistemas terrestres. La respiración del bosque Durante décadas, los ecosistemas naturales han actuado como grandes sumideros de carbono.

A través de la fotosíntesis, árboles, arbustos y otras plantas capturan parte del CO₂ presente en la atmósfera y lo almacenan en troncos, raíces y suelos, compensando parcialmente las emisiones derivadas de la actividad humana. Sin embargo, ese proceso convive con otro menos conocido: la respiración de los ecosistemas. Igual que los animales, las plantas consumen energía y liberan parte del carbono almacenado.

A ello se suma la actividad de millones de microorganismos presentes en el suelo que descomponen hojas, ramas y materia orgánica, liberando también dióxido de carbono. En condiciones normales, la cantidad de carbono absorbida mediante la fotosíntesis supera la emitida por estos procesos naturales. El problema aparece cuando las temperaturas se disparan y existe suficiente humedad para acelerar la actividad biológica.

Eso fue precisamente lo que ocurrió durante 2024. El episodio prolongado de El Niño favoreció una combinación de calor extremo y humedad que activó intensamente la respiración de plantas y microorganismos. Como consecuencia, la naturaleza emitió más carbono del habitual y perdió parte de su capacidad para compensar las emisiones humanas.

«El estudio confirma que puede generarse un círculo vicioso: eventos extremos combinados, como una primavera muy lluviosa seguida de un verano extremadamente cálido, disparan la respiración de los ecosistemas. Esto libera más CO₂ a la atmósfera, lo que a su vez intensifica aún más el calentamiento global», explica Josep Peñuelas, investigador del CSIC en el CREAF y coautor del trabajo. Pastizales y matorrales, vulnerables Aunque el fenómeno afectó a prácticamente todo el planeta, no todos los ecosistemas respondieron de la misma manera.

Los investigadores comprobaron que los pastizales y los matorrales fueron los principales responsables del aumento de emisiones, aportando cerca del 49% de la anomalía detectada. Les siguieron los bosques, con un 33%, y las tierras agrícolas, con un 18%. La explicación se encuentra bajo nuestros pies.

En estos ecosistemas, el calor penetra con mayor facilidad hasta el suelo, donde se concentra una intensa actividad microbiana. Cuando la humedad es suficiente, los microorganismos aceleran la descomposición de la materia orgánica y aumentan la liberación de carbono. «En matorrales y pastos, el calor y la humedad inciden de manera más directa sobre el suelo y la vegetación baja.

Así, los microorganismos se activan más y la respiración de las plantas se acelera», señala Peñuelas. El estudio también apunta a otros factores que agravaron la situación durante 2024. Los grandes incendios registrados en regiones como Canadá y Siberia, junto con las sequías sufridas en zonas tropicales, redujeron todavía más la capacidad de los ecosistemas para actuar como sumideros de carbono.

El Mediterráneo, en el punto de mira Los resultados muestran que la pérdida de capacidad para absorber CO₂ fue generalizada, afectando especialmente al este de Estados Unidos, Europa, Siberia occidental, el sudeste asiático y amplias regiones de Sudamérica y África. En el caso de España y del conjunto de la cuenca mediterránea, los investigadores consideran que la situación merece una atención especial. Las olas de calor cada vez más frecuentes, unidas a la prolongación de las sequías y al incremento del riesgo de incendios forestales, pueden alterar profundamente el funcionamiento de estos ecosistemas.

«Nuestros bosques de interior y matorrales corren el riesgo de pasar de sumideros a emisores netos debido a las olas de calor consecutivas que sufren cada vez con más frecuencia», advierte Peñuelas. La advertencia resulta especialmente significativa en un verano marcado por numerosos incendios forestales y temperaturas muy por encima de la media en buena parte de Europa. Más allá de las llamas, el estudio pone de manifiesto que el cambio climático también modifica procesos biológicos invisibles que desempeñan un papel fundamental en la regulación del clima del planeta.

La naturaleza ya no puede hacerlo sola Los investigadores subrayan que esta situación no significa que los ecosistemas hayan dejado definitivamente de capturar carbono, sino que los episodios extremos pueden reducir de forma importante esa capacidad cuando se repiten con mayor frecuencia. Por ello, consideran imprescindible reforzar las políticas de adaptación y mitigación. Entre las medidas propuestas destacan una gestión forestal adaptativa que reduzca el riesgo de grandes incendios, el impulso de prácticas de agricultura regenerativa capaces de aumentar la materia orgánica almacenada en los suelos y, sobre todo, una reducción mucho más intensa de las emisiones de origen humano.

«Si los ecosistemas naturales están perdiendo su capacidad para absorber el CO₂ que emitimos, es todavía más imprescindible reducir las emisiones que generamos nosotros», concluye Peñuelas. Los autores recuerdan que comprender cómo responden los ecosistemas a las nuevas condiciones climáticas será esencial para mejorar los modelos de predicción y diseñar estrategias de adaptación más eficaces. Porque la lucha contra el cambio climático ya no depende únicamente de reducir las emisiones procedentes de fábricas, vehículos o centrales energéticas.

También pasa por conservar unos ecosistemas capaces de seguir desempeñando una función que durante siglos ha resultado silenciosa, pero decisiva: actuar como uno de los grandes pulmones del planeta. comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola» Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor»

Borja Sánchez

Publicado por Redacción · sábado, 1 de agosto de 2026

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