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Internacional
miércoles, 29 de julio de 2026

Volver a una casa quemada el día después del realojo: «En diez minutos tu vida desaparece»

Parece una casa abandonada pero la realidad es que la han devorado las llamas. Cuentan de ella que era la más bella de la urbanización, imponente, toda revestida en una impecable madera. Y dicen tambi

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Volver a una casa quemada el día después del realojo: «En diez minutos tu vida desaparece» Los vecinos que retornan poco a poco a sus hogares tras el incendio se encuentran casas sin suministro, hacen recuento de las pérdidas y limpian los escombros, muchos de ellos con el miedo a los rumores de posibles robos Regala esta noticia Añádenos en Google Un hombre recoge los restos quemados en su casa de Pelayos de la Presa tras el incendio. (Matías Nieto) Natalia Loizaga Pelayos de la Presa 30/07/2026 a las 01:47h. Parece una casa abandonada pero la realidad es que la han devorado las llamas.

Cuentan de ella que era la más bella de la urbanización, imponente, toda revestida en una impecable madera. Y dicen también que era un recuerdo que la propietaria guardaba de su ... difunto marido, que la construyó antes de fallecer hace unos años. De la obra que dejó esta historia de amor ahora solo queda la estructura, toda gris ceniza.

Marcos describe la estampa como «sangrante» mientras la señala, abatido, desde su jardín, en el que camina sobre lo que antes era el césped de una zona «verde, verde, verde» y que ahora levanta polvo con el roce de cada zapato tras el paso de los incendios. Marcos es precavido antes de dejar entrar a nadie en su casa, entre San Martín de Valdeiglesias y Pelayos de la Presa. Muestra la cautela del que ha escuchado de sus vecinos y leído en la prensa que hay quienes podrían estar entrando a robar.

La Guardia Civil confirma que ha recibido llamadas al respecto y que se ha personado en los lugares en los que alertaron, pero sin encontrar en ellos a nadie. Pero Marcos teme perder lo que se ha salvado y planea, aunque duda, pasar la noche a modo de guarda. Y cuando por fin confía y ofrece su espalda para guiar hasta la entrada de su casa, camina por un jardín sin vida, rodeando un estanque del que ha desaparecido todo rastro de agua.

«He venido y me he quitado el susto», cuenta, porque no sabía qué encontrar y temía que su hogar hubiese enfrentado un destino similar al que tiene a su lado, a la casa recuerdo. Su urbanización está casi desierta y numerosas de las casas más afectadas todavía no han recibido una primera mirada de su inquilino, están a la espera de que vuelvan. Pero ya se ven coches llegar o aparcados en las inmediaciones.

Marcos no sabe a qué hora llegó esta mañana a la suya después de un trayecto en coche conmocionado, un día después de que se levantase el desalojo de la zona. Se encontró con un techo de uralita estallado, con «agujeros por todos los lados», sin electricidad «ni agua, ni nada» en la casa de su padre, que frecuenta los fines de semana. Aun así, confía en la naturaleza «que se abre paso muy rápido», pero «clama al cielo que tras la bronca del año pasado, después de que se diera el aviso de que había que limpiar el monte, no hayan hecho nada».

Y con el calor, cree, volverá a repetirse la situación, aquí o en cualquier otra parte. Noticia relacionada Los guardianes del Tiétar Chapu Apaolaza Las urbanizaciones cercanas a los pueblos, en muchos casos sumergidas en el monte, han sido las peor paradas en este desastre. En un complejo de casas concentradas junto a la linde del bosque, Ricardo y Antonio se afanan en la limpieza de lo quemado.

Están muy cerca de Pelayos de la Presa, una de las zonas más afectadas por los incendios. El fuego entró por una de las ventanas de su vivienda, que quebró. Quemó la persiana, la cortina estampada e incluso saltó al sofá, pero el destino es caprichoso y quiso que el fuego no se extinguiese por la casa que ambos construyeron hace más de 30 años.

«Estoy tratando de asimilarlo todavía, pero ya estoy haciendo cálculos para reponerlo todo», dice el primero, mientras se vuelca en la que era su zona de confort, donde guardaba herramientas una hormigonera y otras tantas cosas con las que hacía sus arreglos. Es que este era su «lugar en el mundo». «Y mirar la casa de mi vecino», señala el otro, apuntando su dedo a un tejado que se desmorona sobre una edificación de piedra.

Antonio, Ricardo, Klaus y Marcos son parte de los miles de afectados por un fuego que ha destrozado sus casas. (Matías Nieto) «Lo que necesitaba era chocar con la realidad de lo que hay», dice, mientras su afable perro Tango da vueltas por el jardín con una pelota pinchada en la boca. «Hoy no puedo, lo siento, tengo que trabajar en esto», le dice, con los brazos en alto, como pidiéndole perdón porque él no entiende de tragedias. «A veces en la vida he pasado por cosas tristes.

Pero en esto, en diez minutos tu vida desaparece», apunta Ricardo. Años de trabajo, de erguir una casa, de apilar su pequeño refugio de herramientas, para que todo termine siendo una línea más en la lista de los estragos del incendio. «Es paciencia y resignación», aceptan.

En la urbanización de Veracruz, junto a San Martín de Valdeiglesias, hay vecinos cuyas casas se salvaron «de milagro». Pero el que conocen como el icono del bosque, un árbol centenario, yace muerto en el suelo, reventado su tronco desde la base. «El sonido desolador del bosque por la noche es cuando oyes crujir los pinos al caer», cuenta Fernando, que pasó dos noches escuchando a su monte morir.

«Vivir en un entorno como este es una suerte y cuando venía por la carretera venía llorando», y lo dice antes de romper de nuevo a llorar, de cubrirse el rostro con las manos con el cuerpo orientado a la montaña devastada. Newsletter Aun así, todavía ven lo que describen como «una ventana de esperanza» a pesar de enfrentarse en su regreso «a un desierto». Para Miguel, un amigo suyo, la situación se torna más compleja ya que la casa móvil que tenía en el pueblo se ha quemado por entero, al igual que su domo.

A sus oídos también ha llegado el rumor que por la zona todos comparten, el de los robos a viviendas desalojadas, pero no tienen miedo de ellos porque, dicen, ahí no queda nada de valor. Tampoco lo ha habido nunca, porque las suyas son casas de veraneo, no primeras viviendas. Vuelven a mirar al monte antes de despedirse.

«Es una catástrofe natural, pero también humana», sentencia Fernando, recordando todas las vidas agitadas por el incendio. Temas Incendios Incendios forestales comentarios Reportar un error Volver a una casa quemada el día después del realojo: «En diez minutos tu vida desaparece» Los vecinos que retornan poco a poco a sus hogares tras el incendio se encuentran casas sin suministro, hacen recuento de las pérdidas y limpian los escombros, muchos de ellos con el miedo a los rumores de posibles robos Regala esta noticia Añádenos en Google Un hombre recoge los restos quemados en su casa de Pelayos de la Presa tras el incendio. (Matías Nieto) Natalia Loizaga Pelayos de la Presa 30/07/2026 a las 01:47h.

Parece una casa abandonada pero la realidad es que la han devorado las llamas. Cuentan de ella que era la más bella de la urbanización, imponente, toda revestida en una impecable madera. Y dicen también que era un recuerdo que la propietaria guardaba de su ... difunto marido, que la construyó antes de fallecer hace unos años.

De la obra que dejó esta historia de amor ahora solo queda la estructura, toda gris ceniza. Marcos describe la estampa como «sangrante» mientras la señala, abatido, desde su jardín, en el que camina sobre lo que antes era el césped de una zona «verde, verde, verde» y que ahora levanta polvo con el roce de cada zapato tras el paso de los incendios. Marcos es precavido antes de dejar entrar a nadie en su casa, entre San Martín de Valdeiglesias y Pelayos de la Presa.

Muestra la cautela del que ha escuchado de sus vecinos y leído en la prensa que hay quienes podrían estar entrando a robar. La Guardia Civil confirma que ha recibido llamadas al respecto y que se ha personado en los lugares en los que alertaron, pero sin encontrar en ellos a nadie. Pero Marcos teme perder lo que se ha salvado y planea, aunque duda, pasar la noche a modo de guarda.

Y cuando por fin confía y ofrece su espalda para guiar hasta la entrada de su casa, camina por un jardín sin vida, rodeando un estanque del que ha desaparecido todo rastro de agua. «He venido y me he quitado el susto», cuenta, porque no sabía qué encontrar y temía que su hogar hubiese enfrentado un destino similar al que tiene a su lado, a la casa recuerdo. Su urbanización está casi desierta y numerosas de las casas más afectadas todavía no han recibido una primera mirada de su inquilino, están a la espera de que vuelvan.

Pero ya se ven coches llegar o aparcados en las inmediaciones. Marcos no sabe a qué hora llegó esta mañana a la suya después de un trayecto en coche conmocionado, un día después de que se levantase el desalojo de la zona. Se encontró con un techo de uralita estallado, con «agujeros por todos los lados», sin electricidad «ni agua, ni nada» en la casa de su padre, que frecuenta los fines de semana.

Aun así, confía en la naturaleza «que se abre paso muy rápido», pero «clama al cielo que tras la bronca del año pasado, después de que se diera el aviso de que había que limpiar el monte, no hayan hecho nada». Y con el calor, cree, volverá a repetirse la situación, aquí o en cualquier otra parte. Noticia relacionada Los guardianes del Tiétar Chapu Apaolaza Las urbanizaciones cercanas a los pueblos, en muchos casos sumergidas en el monte, han sido las peor paradas en este desastre.

En un complejo de casas concentradas junto a la linde del bosque, Ricardo y Antonio se afanan en la limpieza de lo quemado. Están muy cerca de Pelayos de la Presa, una de las zonas más afectadas por los incendios. El fuego entró por una de las ventanas de su vivienda, que quebró.

Quemó la persiana, la cortina estampada e incluso saltó al sofá, pero el destino es caprichoso y quiso que el fuego no se extinguiese por la casa que ambos construyeron hace más de 30 años. «Estoy tratando de asimilarlo todavía, pero ya estoy haciendo cálculos para reponerlo todo», dice el primero, mientras se vuelca en la que era su zona de confort, donde guardaba herramientas una hormigonera y otras tantas cosas con las que hacía sus arreglos. Es que este era su «lugar en el mundo».

«Y mirar la casa de mi vecino», señala el otro, apuntando su dedo a un tejado que se desmorona sobre una edificación de piedra. Antonio, Ricardo, Klaus y Marcos son parte de los miles de afectados por un fuego que ha destrozado sus casas. (Matías Nieto) «Lo que necesitaba era chocar con la realidad de lo que hay», dice, mientras su afable perro Tango da vueltas por el jardín con una pelota pinchada en la boca. «Hoy no puedo, lo siento, tengo que trabajar en esto», le dice, con los brazos en alto, como pidiéndole perdón porque él no entiende de tragedias.

«A veces en la vida he pasado por cosas tristes. Pero en esto, en diez minutos tu vida desaparece», apunta Ricardo. Años de trabajo, de erguir una casa, de apilar su pequeño refugio de herramientas, para que todo termine siendo una línea más en la lista de los estragos del incendio.

«Es paciencia y resignación», aceptan. En la urbanización de Veracruz, junto a San Martín de Valdeiglesias, hay vecinos cuyas casas se salvaron «de milagro». Pero el que conocen como el icono del bosque, un árbol centenario, yace muerto en el suelo, reventado su tronco desde la base.

«El sonido desolador del bosque por la noche es cuando oyes crujir los pinos al caer», cuenta Fernando, que pasó dos noches escuchando a su monte morir. «Vivir en un entorno como este es una suerte y cuando venía por la carretera venía llorando», y lo dice antes de romper de nuevo a llorar, de cubrirse el rostro con las manos con el cuerpo orientado a la montaña devastada. Newsletter Aun así, todavía ven lo que describen como «una ventana de esperanza» a pesar de enfrentarse en su regreso «a un desierto».

Para Miguel, un amigo suyo, la situación se torna más compleja ya que la casa móvil que tenía en el pueblo se ha quemado por entero, al igual que su domo. A sus oídos también ha llegado el rumor que por la zona todos comparten, el de los robos a viviendas desalojadas, pero no tienen miedo de ellos porque, dicen, ahí no queda nada de valor. Tampoco lo ha habido nunca, porque las suyas son casas de veraneo, no primeras viviendas.

Vuelven a mirar al monte antes de despedirse. «Es una catástrofe natural, pero también humana», sentencia Fernando, recordando todas las vidas agitadas por el incendio. Temas Incendios Incendios forestales comentarios Reportar un error Los guardianes del Tiétar Chapu Apaolaza Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Javier Ruiz, sobre sus orígenes humildes: «Mi abuelo era minero y la familia de mi madre viene de un camionero que montó una yesería y trabajaba el olivar»

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Publicado por Redacción · miércoles, 29 de julio de 2026

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