El héroe que se saltó la censura de EE.UU. y desveló el horror atómico de Hiroshima
El aniversario de Hiroshima no puede llegar en un momento más incómodamente oportuno. Tras la Guerra Fría , hemos pasado mucho tiempo creyendo que el peligro nuclear era cosa del pasado, pero esta ilu
El héroe que se saltó la censura de EE.UU. y desveló el horror atómico de Hiroshima Iain MacGregor, miembro de la Royal Historical Society y autor de 'Los hombres de Hiroshima' (Ático de los Libros), desvela a ABC la historia de John Hersey Regala esta noticia Añádenos en Google La Cúpula de la Bomba Atómica de Hiroshima, originariamente sede de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima. (AGENCIAS) Iain MacGregor Londres 06/08/2026 a las 01:47h. El aniversario de Hiroshima no puede llegar en un momento más incómodamente oportuno. Tras la Guerra Fría, hemos pasado mucho tiempo creyendo que el peligro nuclear era cosa del pasado, pero esta ilusión se está desvaneciendo silenciosamente.
Los acuerdos de control armamentístico han expirado ... o se han marchitado. Los arsenales nucleares crecen, no disminuyen. La guerra ha regresado al continente europeo y, con ella, reaparece el lenguaje de la escalada, la disuasión y la necesidad.
Para los europeos, cuyo siglo XX quedó tan profundamente marcado por la violencia industrializada, este momento histórico es una advertencia de lecciones pasadas. Cuando la memoria se desvanece, la abstracción se precipita a ocupar su lugar. Fue precisamente a ese peligro –la transformación de la destrucción en teoría– al que se enfrentó un escritor estadounidense hace casi ochenta años.
Se llamaba John Hersey y es una figura clave en mi nuevo libro, 'Los hombres de Hiroshima' (Ático de los Libros). En agosto de 1946, su largo reportaje 'Hiroshima', publicado en 'The New Yorker', obligó a los lectores a ver la guerra nuclear no como un logro estratégico o algo que celebrar, sino como una experiencia vivida. Al hacerlo, Hersey situó la bomba en el lugar que le correspondía.
Devolvió la bomba atómica a la escala de la que había sido despojada: la del cuerpo humano. Ese gesto ha resonado desde entonces, especialmente en Europa, donde las ruinas del siglo XX enseñaron duras lecciones sobre lo que ocurre cuando nos volvemos indiferentes al sufrimiento. Un hombre sencillo La sensibilidad de Hersey se había formado mucho antes de que llegara a la ciudad portuaria del sur de Japón.
Nació en 1914 en Tianjin, en el norte de China, hijo de misioneros estadounidenses. Sus primeros recuerdos no eran los de la cultura estadounidense, entonces tan segura de sí misma, sino los de otra civilización por completo diferente: la cadencia del mandarín, el polvo y la luz de un puerto abierto al comercio por los occidentales, la disciplina silenciosa de personas acostumbradas a una vida dura. Antes de hablar inglés con fluidez, aprendió a prestar atención.
Aprendió a observar. Noticia relacionada Más de 80 años después La arqueología desentierra la verdad del desembarco de Normandía Manuel P. Villatoro El desarraigo de sus primeros años de vida fue decisivo.
Como muchos europeos de su generación, Hersey sabía por instinto que la historia es inestable y la identidad, provisional. Cuando su familia regresó a Estados Unidos, en la década de 1920, se adaptó sin dificultad, destacó académicamente y más tarde ingresó en Yale, pero nunca perdió la mirada de quien lo observa todo ligeramente apartado del centro. Su temperamento era más cuidadoso que expresivo, perfectamente adecuado para el periodismo.
En la década de 1930, mientras Europa se deslizaba hacia la catástrofe, Hersey sintió de nuevo la atracción del mundo en toda su amplitud. Pasó un tiempo en la Universidad de Cambridge, recorriendo en bicicleta la Inglaterra rural, aún en calma antes de la tormenta. El fascismo afianzaba su dominio en todo el continente; la guerra ya no era una mera posibilidad.
La vida académica podía parecer aislada, y Hersey pronto la dejó atrás. Como corresponsal de 'Time', regresó a Asia mientras las fuerzas imperiales japonesas irrumpían violentamente en China y, tras el ataque a Pearl Harbor que llevó a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, se integró en las líneas del frente. Cubrió la campaña del Pacífico desde muy cerca, durmió en trincheras junto a marines estadounidenses en Guadalcanal y compartió con ellos el hambre, el agotamiento y la malaria.
No escribió sobre la gloria, sino sobre lo que los soldados comentaban cuando el estruendo cesaba: cocinas, familias, el hogar. Más tarde, en Europa, fue testigo del bombardeo de Roma por las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos y de las tensas realidades de la ocupación. Su novela, 'A Bell for Adano', galardonada con el Pulitzer, captó la fragilidad moral de la vida cívica bajo autoridad extranjera, algo que los europeos conocían demasiado bien.
No escribió sobre la gloria, sino sobre lo que los soldados comentaban cuando el estruendo cesaba: cocinas, familias, el hogar En 1945, Hersey había visto ciudades arrasadas, vidas destruidas y una maquinaria de guerra justificada por hombres alejados de sus consecuencias. Sin embargo, la bomba atómica, ese acto de inmenso poder destructor, seguía viéndose en abstracto. Hiroshima existía sobre todo en comunicados oficiales y en el lenguaje científico, despojada de cuerpos y de voces.
La censura militar estadounidense minimizaba o negaba el envenenamiento por radiación. Se hablaba de la bomba como de una inevitabilidad técnica más que como de una catástrofe humana, y quienes participaron en el Proyecto Manhattan eran elevados a la categoría de héroes. Aquello inquietaba a William Shawn, editor de 'The New Yorker'.
Creía que el mundo necesitaba un relato distinto, uno que no reprochase ni condenara, sino que simplemente describiera los hechos. A comienzos de 1946, encargó a Hersey que viajara a Japón y averiguase la realidad. Desvelar la verdad Un europeo habría reconocido de inmediato lo que Hersey descubrió allí.
El Japón de 1946 era un país ocupado. El poder residía en un gobierno militar estadounidense. La censura regía la prensa y la radiodifusión.
Estaba prohibido hablar de la radiación, de las enfermedades a largo plazo o del hambre. El relato oficial se centraba en la reconstrucción; la realidad era un silencio que se superponía al sufrimiento. Nueve meses después de la bomba, Hiroshima seguía siendo una herida en carne viva.
El centro de la ciudad estaba arrasado y su población vivía en refugios improvisados entre las ruinas. Los árboles ennegrecidos se alzaban como postes. La cúpula esquelética de una antigua sala de exposiciones emergía entre campos de escombros.
Y, sin embargo, la vida continuaba, como había ocurrido en Guernica, Varsovia, Róterdam o Dresde. Los niños jugaban. Los mercados funcionaban.
Los médicos trabajaban casi sin recursos. Hersey quedó profundamente impresionado por el hecho de que la rutina siguiera su curso en medio de la devastación. Los hombres de Hiroshima Editorial Ático de los Libros Tomó una decisión deliberada.
En lugar de intentar describir la bomba en sí, eligió a seis supervivientes, gente corriente, y siguió a cada uno de ellos durante la mañana del 6 de agosto de 1945 y en las semanas posteriores. Una costurera. Un empleado.
Dos médicos. Un sacerdote. Un pastor.
Sus historias se entrecruzaban, pero no se dramatizaban. Escribió con precisión, contención y un control extraordinario. El método de Hersey lo sitúa en la tradición europea del testimonio, basada en la convicción de que la verdad moral no surge del argumento, sino de la experiencia narrada.
Describió piel colgando de los brazos, personas que morían semanas después de la explosión por fiebres que los médicos no podían explicar, una lluvia venenosa que caía del cielo. En su relato no juzgaba ni decía que debía pensar el lector. La acumulación de hechos era la clave.
Los censores del Japón ocupando no comprendieron lo que estaba ocurriendo. La prosa de Hersey era sobria, humana, aparentemente apolítica. Sin embargo, desmanteló la abstracción que había protegido a la bomba con más eficacia que cualquier protesta.
Cuando la destrucción volvió a la carne y a la sangre, la negación se derrumbó. Cementerio de tinta El 31 de agosto de 1946, 'The New Yorker' dedicó su número completo a Hiroshima. Incluso vista a día de hoy, aquella decisión resulta radical.
La portada no hacía pensar en nada extraordinario, pero el contenido fue un gancho al hígado de los lectores. Había viñetas, anuncios, encabezados familiares. Y luego, página tras página de testimonio.
Se parecía menos a una revista que a un cementerio impreso en tinta. La reacción fue inmediata y extraordinaria. Los ejemplares se agotaron en cuestión de horas.
Las emisoras de radio leyeron el artículo íntegro en voz alta. Los editores guardaron silencio. Los lectores, conmocionados, lloraban.
Pero el impacto se extendió mucho más allá de Estados Unidos. En Gran Bretaña, la BBC emitió una dramatización completa. En toda Europa, los periódicos reprodujeron fragmentos a pesar de la escasez de papel.
En Francia, Italia, los Países Bajos y Escandinavia, el texto se leyó como obra literaria y como ajuste de cuentas moral. Para países que salían de la ocupación, la dictadura y el silencio impuesto, su fuerza era inconfundible. Hersey había expresado algo que los europeos ya comprendían: que la sombra de la guerra es alargada y que los relatos oficiales a menudo se diseñan para acortarla.
El periodista John Hersey durante la Segunda Guerra Mundial. (ABC) No todos acogieron bien esa claridad. El general Leslie Groves, responsable del Proyecto Manhattan, había pasado meses restando importancia al envenenamiento por radiación. Las sobrias descripciones de Hersey destruyeron esa defensa.
Groves protestó alegando que el artículo ponía en peligro la seguridad nacional y teñía el debate de un tinte emocional, pero no pudo refutar sus pruebas. Los testimonios eran reales. Su sufrimiento, innegable.
Hersey, sin embargo, rechazó el papel de cruzado moral. Rechazó entrevistas, evitó apariciones públicas e insistió en que él no era más que un medio. Las voces eran las de los supervivientes, no las suyas.
Esa humildad respaldó la autoridad del texto. Décadas después, Hersey regresó una vez más a Hiroshima. La ciudad había sido reconstruida.
Los supervivientes eran ancianos. Lo que perduraba era la memoria: frágil, disputada, esencial. «Lo que ha mantenido al mundo a salvo de la bomba», observó más tarde, «no ha sido tanto la disuasión como la memoria».
Mientras promociono Los hombres de Hiroshima en España, esa lección resuena con una claridad incómoda. La historia de Europa ofrece abundantes pruebas de lo que ocurre cuando el sufrimiento se convierte en abstracción y se impone el silencio. Hiroshima de John Hersey sigue siendo vigente porque resiste ambas cosas.
No dice a los lectores qué deben pensar. Les pide que recuerden y que comprendan lo que hace posible el olvido. Temas Segunda Guerra Mundial Hiroshima japon Estados Unidos comentarios Reportar un error El héroe que se saltó la censura de EE.UU. y desveló el horror atómico de Hiroshima Iain MacGregor, miembro de la Royal Historical Society y autor de 'Los hombres de Hiroshima' (Ático de los Libros), desvela a ABC la historia de John Hersey Regala esta noticia Añádenos en Google La Cúpula de la Bomba Atómica de Hiroshima, originariamente sede de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima. (AGENCIAS) Iain MacGregor Londres 06/08/2026 a las 01:47h.
El aniversario de Hiroshima no puede llegar en un momento más incómodamente oportuno. Tras la Guerra Fría, hemos pasado mucho tiempo creyendo que el peligro nuclear era cosa del pasado, pero esta ilusión se está desvaneciendo silenciosamente. Los acuerdos de control armamentístico han expirado ... o se han marchitado.
Los arsenales nucleares crecen, no disminuyen. La guerra ha regresado al continente europeo y, con ella, reaparece el lenguaje de la escalada, la disuasión y la necesidad. Para los europeos, cuyo siglo XX quedó tan profundamente marcado por la violencia industrializada, este momento histórico es una advertencia de lecciones pasadas.
Cuando la memoria se desvanece, la abstracción se precipita a ocupar su lugar. Fue precisamente a ese peligro –la transformación de la destrucción en teoría– al que se enfrentó un escritor estadounidense hace casi ochenta años. Se llamaba John Hersey y es una figura clave en mi nuevo libro, 'Los hombres de Hiroshima' (Ático de los Libros).
En agosto de 1946, su largo reportaje 'Hiroshima', publicado en 'The New Yorker', obligó a los lectores a ver la guerra nuclear no como un logro estratégico o algo que celebrar, sino como una experiencia vivida. Al hacerlo, Hersey situó la bomba en el lugar que le correspondía. Devolvió la bomba atómica a la escala de la que había sido despojada: la del cuerpo humano.
Ese gesto ha resonado desde entonces, especialmente en Europa, donde las ruinas del siglo XX enseñaron duras lecciones sobre lo que ocurre cuando nos volvemos indiferentes al sufrimiento. Un hombre sencillo La sensibilidad de Hersey se había formado mucho antes de que llegara a la ciudad portuaria del sur de Japón. Nació en 1914 en Tianjin, en el norte de China, hijo de misioneros estadounidenses.
Sus primeros recuerdos no eran los de la cultura estadounidense, entonces tan segura de sí misma, sino los de otra civilización por completo diferente: la cadencia del mandarín, el polvo y la luz de un puerto abierto al comercio por los occidentales, la disciplina silenciosa de personas acostumbradas a una vida dura. Antes de hablar inglés con fluidez, aprendió a prestar atención. Aprendió a observar.
Noticia relacionada Más de 80 años después La arqueología desentierra la verdad del desembarco de Normandía Manuel P. Villatoro El desarraigo de sus primeros años de vida fue decisivo. Como muchos europeos de su generación, Hersey sabía por instinto que la historia es inestable y la identidad, provisional.
Cuando su familia regresó a Estados Unidos, en la década de 1920, se adaptó sin dificultad, destacó académicamente y más tarde ingresó en Yale, pero nunca perdió la mirada de quien lo observa todo ligeramente apartado del centro. Su temperamento era más cuidadoso que expresivo, perfectamente adecuado para el periodismo. En la década de 1930, mientras Europa se deslizaba hacia la catástrofe, Hersey sintió de nuevo la atracción del mundo en toda su amplitud.
Pasó un tiempo en la Universidad de Cambridge, recorriendo en bicicleta la Inglaterra rural, aún en calma antes de la tormenta. El fascismo afianzaba su dominio en todo el continente; la guerra ya no era una mera posibilidad. La vida académica podía parecer aislada, y Hersey pronto la dejó atrás.
Como corresponsal de 'Time', regresó a Asia mientras las fuerzas imperiales japonesas irrumpían violentamente en China y, tras el ataque a Pearl Harbor que llevó a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, se integró en las líneas del frente. Cubrió la campaña del Pacífico desde muy cerca, durmió en trincheras junto a marines estadounidenses en Guadalcanal y compartió con ellos el hambre, el agotamiento y la malaria. No escribió sobre la gloria, sino sobre lo que los soldados comentaban cuando el estruendo cesaba: cocinas, familias, el hogar.
Más tarde, en Europa, fue testigo del bombardeo de Roma por las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos y de las tensas realidades de la ocupación. Su novela, 'A Bell for Adano', galardonada con el Pulitzer, captó la fragilidad moral de la vida cívica bajo autoridad extranjera, algo que los europeos conocían demasiado bien. No escribió sobre la gloria, sino sobre lo que los soldados comentaban cuando el estruendo cesaba: cocinas, familias, el hogar En 1945, Hersey había visto ciudades arrasadas, vidas destruidas y una maquinaria de guerra justificada por hombres alejados de sus consecuencias.
Sin embargo, la bomba atómica, ese acto de inmenso poder destructor, seguía viéndose en abstracto. Hiroshima existía sobre todo en comunicados oficiales y en el lenguaje científico, despojada de cuerpos y de voces. La censura militar estadounidense minimizaba o negaba el envenenamiento por radiación.
Se hablaba de la bomba como de una inevitabilidad técnica más que como de una catástrofe humana, y quienes participaron en el Proyecto Manhattan eran elevados a la categoría de héroes. Aquello inquietaba a William Shawn, editor de 'The New Yorker'. Creía que el mundo necesitaba un relato distinto, uno que no reprochase ni condenara, sino que simplemente describiera los hechos.
A comienzos de 1946, encargó a Hersey que viajara a Japón y averiguase la realidad. Desvelar la verdad Un europeo habría reconocido de inmediato lo que Hersey descubrió allí. El Japón de 1946 era un país ocupado.
El poder residía en un gobierno militar estadounidense. La censura regía la prensa y la radiodifusión. Estaba prohibido hablar de la radiación, de las enfermedades a largo plazo o del hambre.
El relato oficial se centraba en la reconstrucción; la realidad era un silencio que se superponía al sufrimiento. Nueve meses después de la bomba, Hiroshima seguía siendo una herida en carne viva. El centro de la ciudad estaba arrasado y su población vivía en refugios improvisados entre las ruinas.
Los árboles ennegrecidos se alzaban como postes. La cúpula esquelética de una antigua sala de exposiciones emergía entre campos de escombros. Y, sin embargo, la vida continuaba, como había ocurrido en Guernica, Varsovia, Róterdam o Dresde.
Los niños jugaban. Los mercados funcionaban. Los médicos trabajaban casi sin recursos.
Hersey quedó profundamente impresionado por el hecho de que la rutina siguiera su curso en medio de la devastación. Los hombres de Hiroshima Editorial Ático de los Libros Tomó una decisión deliberada. En lugar de intentar describir la bomba en sí, eligió a seis supervivientes, gente corriente, y siguió a cada uno de ellos durante la mañana del 6 de agosto de 1945 y en las semanas posteriores.
Una costurera. Un empleado. Dos médicos.
Un sacerdote. Un pastor. Sus historias se entrecruzaban, pero no se dramatizaban.
Escribió con precisión, contención y un control extraordinario. El método de Hersey lo sitúa en la tradición europea del testimonio, basada en la convicción de que la verdad moral no surge del argumento, sino de la experiencia narrada. Describió piel colgando de los brazos, personas que morían semanas después de la explosión por fiebres que los médicos no podían explicar, una lluvia venenosa que caía del cielo.
En su relato no juzgaba ni decía que debía pensar el lector. La acumulación de hechos era la clave. Los censores del Japón ocupando no comprendieron lo que estaba ocurriendo.
La prosa de Hersey era sobria, humana, aparentemente apolítica. Sin embargo, desmanteló la abstracción que había protegido a la bomba con más eficacia que cualquier protesta. Cuando la destrucción volvió a la carne y a la sangre, la negación se derrumbó.
Cementerio de tinta El 31 de agosto de 1946, 'The New Yorker' dedicó su número completo a Hiroshima. Incluso vista a día de hoy, aquella decisión resulta radical. La portada no hacía pensar en nada extraordinario, pero el contenido fue un gancho al hígado de los lectores.
Había viñetas, anuncios, encabezados familiares. Y luego, página tras página de testimonio. Se parecía menos a una revista que a un cementerio impreso en tinta.
La reacción fue inmediata y extraordinaria. Los ejemplares se agotaron en cuestión de horas. Las emisoras de radio leyeron el artículo íntegro en voz alta.
Los editores guardaron silencio. Los lectores, conmocionados, lloraban. Pero el impacto se extendió mucho más allá de Estados Unidos.
En Gran Bretaña, la BBC emitió una dramatización completa. En toda Europa, los periódicos reprodujeron fragmentos a pesar de la escasez de papel. En Francia, Italia, los Países Bajos y Escandinavia, el texto se leyó como obra literaria y como ajuste de cuentas moral.
Para países que salían de la ocupación, la dictadura y el silencio impuesto, su fuerza era inconfundible. Hersey había expresado algo que los europeos ya comprendían: que la sombra de la guerra es alargada y que los relatos oficiales a menudo se diseñan para acortarla. El periodista John Hersey durante la Segunda Guerra Mundial. (ABC) No todos acogieron bien esa claridad.
El general Leslie Groves, responsable del Proyecto Manhattan, había pasado meses restando importancia al envenenamiento por radiación. Las sobrias descripciones de Hersey destruyeron esa defensa. Groves protestó alegando que el artículo ponía en peligro la seguridad nacional y teñía el debate de un tinte emocional, pero no pudo refutar sus pruebas.
Los testimonios eran reales. Su sufrimiento, innegable. Hersey, sin embargo, rechazó el papel de cruzado moral.
Rechazó entrevistas, evitó apariciones públicas e insistió en que él no era más que un medio. Las voces eran las de los supervivientes, no las suyas. Esa humildad respaldó la autoridad del texto.
Décadas después, Hersey regresó una vez más a Hiroshima. La ciudad había sido reconstruida. Los supervivientes eran ancianos.
Lo que perduraba era la memoria: frágil, disputada, esencial. «Lo que ha mantenido al mundo a salvo de la bomba», observó más tarde, «no ha sido tanto la disuasión como la memoria». Mientras promociono Los hombres de Hiroshima en España, esa lección resuena con una claridad incómoda.
La historia de Europa ofrece abundantes pruebas de lo que ocurre cuando el sufrimiento se convierte en abstracción y se impone el silencio. Hiroshima de John Hersey sigue siendo vigente porque resiste ambas cosas. No dice a los lectores qué deben pensar.
Les pide que recuerden y que comprendan lo que hace posible el olvido. Temas Segunda Guerra Mundial Hiroshima japon Estados Unidos comentarios Reportar un error Más de 80 años después La arqueología desentierra la verdad del desembarco de Normandía Manuel P. Villatoro 4 almohadas cervicales que mantienen la forma después de un año y evitan el dolor de cuello Teresa Rodríguez García David Bustamante: «No teníamos para vacaciones, pero nunca faltaba el plato combinado de la churrería»
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