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Internacional
jueves, 17 de septiembre de 2026

Ideología y turbios instintos

En alguna ocasión hemos señalado que Miguel de Unamuno nos parece el más grande escritor español del pasado siglo, con gran diferencia. Desaforado genial, muchas veces se equivocó, como corresponde a

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Animales de compañía Ideología y turbios instintos Regala esta noticia Añádenos en Google Juan Manuel De Prada 17/09/2026 a las 17:17h. En alguna ocasión hemos señalado que Miguel de Unamuno nos parece el más grande escritor español del pasado siglo, con gran diferencia. Desaforado genial, muchas veces se equivocó, como corresponde a un escritor verdadero; pero sus aciertos tienen siempre una clarividencia cósmica, una penetración de ... radiografía que alumbra los entresijos más oscuros de la naturaleza humana.

Entre sus aciertos pasmosos debemos contar, sin duda, su vituperio de las ideologías, que a su juicio traen consigo «la ideofobia, la persecución, en nombre de unas ideas, de otras»; y que, bajo toda su farfolla, esconden la 'santificación' de los más groseros apetitos –desde la avaricia a la envidia y el resentimiento–, disfrazados de virtudes democráticas. De este modo, a juicio de Unamuno, la tiranía democrática puede llegar a resultar «mucho peor que cuando es regia o imperial». Unamuno hace esta afirmación en un artículo que publica en el diario Ahora, apenas quince días antes de que estalle la Guerra Civil, donde ofrece «un racimito, a modo de pequeños botones de muestra» de entrañables alardes ideológicos: «Pasa por la plaza una muchachita acompañada de un familiar –escribe–, cuando un zángano mocetón se divierte en hacerle una mamola.

El familiar se vuelve a reprenderle, el mocetón se insolenta y el otro arrecia en la reprensión. Y entonces, ante el grupo que se arremolina, ¿qué se le ocurre al zángano? Pues ponerse a gritar 'fascista, fascista'.

Y con esto basta para que el reprensor tenga que escabullirse, no fuera que le aporreen los bárbaros». Y prosigue: «Otro día, en un rincón de una calle, sorprende un guardia municipal a otro mozallón haciendo necesidades; se le acerca, no a multarle según piden las ordenanzas, no, sino a llamarle la atención, y el necesitado, al verle venir, se yergue y le espeta un '¡que soy del Frente Popular!'». Las ideologías no son más que el traje de fiesta (laica) que se ponen los instintos más turbios A Unamuno no se le escapa que en los casos expuestos la ideología no es otra cosa sino el disfraz de la barbarie y los bajos instintos.

Tampoco que los «pobres chicos que se dicen revolucionarios, marxistas, comunistas, lo que sea» no son sino títeres utilizados por «ciertos pequeños burgueses que se las dan de bolcheviques», haciendo «servil ganapanería populachera». Y recuerda cómo, en las Cortes constituyentes de la República, tras votarse el artículo 26 –que disponía una serie de medidas persecutorias contra la Iglesia y otras de 'laicización' del Estado–, un diputado le había confiado: «Sí, es injusto; pero aquí no se trata de justicia, sino de política». Entendiendo 'política' en su acepción más sórdida y canallesca, como excitación de los más turbios instintos de una facción o bandería, logrando a la vez la humillación del oponente (que es lo que verdaderamente excita a quien profesa una ideología).

Por si la tesis de Unamuno fuese discutible, salieron en estampida a rebatirlo. En el diario madrileño La Libertad publicaron un suelto bilioso y anónimo (siempre resultan enternecedores esos zoquetes amparados en el anonimato que difaman al hombre egregio que se juega el tipo en lo que escribe) donde se moteja a Unamuno de «vieja comadrona» y «hombre que cuando ventosea cree que conmueve la tierra», también de «viejo espermatista, que arderá en los infiernos creados en su religión para los farsantes, los ambiciosos y los deformadores de la realidad». Por supuesto, el anónimo vituperador lo pinta encerrado en su «caverna reaccionaria» (siempre el jenízaro de las ideologías necesita estigmatizar al espíritu libre) y, en el colmo del engreimiento (pasión muy habitual en los mindundis, que se creen investidos de autoridad para buscar las cosquillas gramaticales al escritor eximio), lo acusa de escribir con una «mezcolanza de lugares comunes, de pleonasmos y de solecismos».

Y concluye, tan orondo: «Es un espíritu soez y rebajado. Es un insigne cafre». Desde luego, el tipejo que escribió esas líneas, furiosamente ideologizado, es la mejor constatación del aserto unamuniano.

En efecto, las ideologías no son más que el traje de fiesta (laica) que se ponen los instintos más turbios. En otro pasaje del artículo que citábamos más arriba, Unamuno lanza una descripción extraordinariamente atinada del tinglado ideológico: «Tragaldabas que reservan ruedas de molino para hacer comulgar con ellas a los papanatas que les leen. ¿Papanatas?

Otra cosa. Que así como se leen los clandestinos libritos pornográficos para excitarse estímulos carnales, así se leen esas soflamas para excitarse otros instintos». Hoy esas soflamas ya ni siquiera se leen, porque los ideologizados se han convertido entretanto en analfabetos funcionales; y las soflamas se las mandan entre ellos por guasap, en vídeos sólo aptos para alienados.

Reportar un error Animales de compañía Ideología y turbios instintos Regala esta noticia Añádenos en Google Juan Manuel De Prada 17/09/2026 a las 17:17h. En alguna ocasión hemos señalado que Miguel de Unamuno nos parece el más grande escritor español del pasado siglo, con gran diferencia. Desaforado genial, muchas veces se equivocó, como corresponde a un escritor verdadero; pero sus aciertos tienen siempre una clarividencia cósmica, una penetración de ... radiografía que alumbra los entresijos más oscuros de la naturaleza humana.

Entre sus aciertos pasmosos debemos contar, sin duda, su vituperio de las ideologías, que a su juicio traen consigo «la ideofobia, la persecución, en nombre de unas ideas, de otras»; y que, bajo toda su farfolla, esconden la 'santificación' de los más groseros apetitos –desde la avaricia a la envidia y el resentimiento–, disfrazados de virtudes democráticas. De este modo, a juicio de Unamuno, la tiranía democrática puede llegar a resultar «mucho peor que cuando es regia o imperial». Unamuno hace esta afirmación en un artículo que publica en el diario Ahora, apenas quince días antes de que estalle la Guerra Civil, donde ofrece «un racimito, a modo de pequeños botones de muestra» de entrañables alardes ideológicos: «Pasa por la plaza una muchachita acompañada de un familiar –escribe–, cuando un zángano mocetón se divierte en hacerle una mamola.

El familiar se vuelve a reprenderle, el mocetón se insolenta y el otro arrecia en la reprensión. Y entonces, ante el grupo que se arremolina, ¿qué se le ocurre al zángano? Pues ponerse a gritar 'fascista, fascista'.

Y con esto basta para que el reprensor tenga que escabullirse, no fuera que le aporreen los bárbaros». Y prosigue: «Otro día, en un rincón de una calle, sorprende un guardia municipal a otro mozallón haciendo necesidades; se le acerca, no a multarle según piden las ordenanzas, no, sino a llamarle la atención, y el necesitado, al verle venir, se yergue y le espeta un '¡que soy del Frente Popular!'». Las ideologías no son más que el traje de fiesta (laica) que se ponen los instintos más turbios A Unamuno no se le escapa que en los casos expuestos la ideología no es otra cosa sino el disfraz de la barbarie y los bajos instintos.

Tampoco que los «pobres chicos que se dicen revolucionarios, marxistas, comunistas, lo que sea» no son sino títeres utilizados por «ciertos pequeños burgueses que se las dan de bolcheviques», haciendo «servil ganapanería populachera». Y recuerda cómo, en las Cortes constituyentes de la República, tras votarse el artículo 26 –que disponía una serie de medidas persecutorias contra la Iglesia y otras de 'laicización' del Estado–, un diputado le había confiado: «Sí, es injusto; pero aquí no se trata de justicia, sino de política». Entendiendo 'política' en su acepción más sórdida y canallesca, como excitación de los más turbios instintos de una facción o bandería, logrando a la vez la humillación del oponente (que es lo que verdaderamente excita a quien profesa una ideología).

Por si la tesis de Unamuno fuese discutible, salieron en estampida a rebatirlo. En el diario madrileño La Libertad publicaron un suelto bilioso y anónimo (siempre resultan enternecedores esos zoquetes amparados en el anonimato que difaman al hombre egregio que se juega el tipo en lo que escribe) donde se moteja a Unamuno de «vieja comadrona» y «hombre que cuando ventosea cree que conmueve la tierra», también de «viejo espermatista, que arderá en los infiernos creados en su religión para los farsantes, los ambiciosos y los deformadores de la realidad». Por supuesto, el anónimo vituperador lo pinta encerrado en su «caverna reaccionaria» (siempre el jenízaro de las ideologías necesita estigmatizar al espíritu libre) y, en el colmo del engreimiento (pasión muy habitual en los mindundis, que se creen investidos de autoridad para buscar las cosquillas gramaticales al escritor eximio), lo acusa de escribir con una «mezcolanza de lugares comunes, de pleonasmos y de solecismos».

Y concluye, tan orondo: «Es un espíritu soez y rebajado. Es un insigne cafre». Desde luego, el tipejo que escribió esas líneas, furiosamente ideologizado, es la mejor constatación del aserto unamuniano.

En efecto, las ideologías no son más que el traje de fiesta (laica) que se ponen los instintos más turbios. En otro pasaje del artículo que citábamos más arriba, Unamuno lanza una descripción extraordinariamente atinada del tinglado ideológico: «Tragaldabas que reservan ruedas de molino para hacer comulgar con ellas a los papanatas que les leen. ¿Papanatas?

Otra cosa. Que así como se leen los clandestinos libritos pornográficos para excitarse estímulos carnales, así se leen esas soflamas para excitarse otros instintos». Hoy esas soflamas ya ni siquiera se leen, porque los ideologizados se han convertido entretanto en analfabetos funcionales; y las soflamas se las mandan entre ellos por guasap, en vídeos sólo aptos para alienados.

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Publicado por Redacción · jueves, 17 de septiembre de 2026

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