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Internacional
viernes, 31 de julio de 2026

Los incendiarios

Hay obras que sobreviven a su tiempo porque, en realidad, nunca hablaron de él. Utilizaron una circunstancia histórica para describir una constante de la condición humana. 'Biedermann y los incendiari

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA Los incendiarios Los incendiarios no necesitan únicamente gasolina. Necesitan, sobre todo, que alguien les abra la puerta. Y que, llegado el momento, les entregue las cerillas con la mejor de las conciencias Regala esta noticia Añádenos en Google Incendio en la localidad de Veguellina (León). (César Sánchez) Ernesto Caballero 31/07/2026 a las 19:44h.

Hay obras que sobreviven a su tiempo porque, en realidad, nunca hablaron de él. Utilizaron una circunstancia histórica para describir una constante de la condición humana. 'Biedermann y los incendiarios', de Max Frisch, es una de ellas. La pieza comienza como una comedia y termina como una tragedia.

O quizá habría que decir que termina como suelen terminar las comedias cuando quienes las protagonizan se empeñan en ignorar la realidad. En una ciudad donde se multiplican los incendios provocados, un acomodado fabricante llamado Gottlieb Biedermann decide acoger en su casa a dos desconocidos. Son hombres de aspecto inquietante, de modales groseros y conducta cada vez más sospechosa.

Suben al desván numerosos bidones de gasolina. Hablan con una franqueza casi insolente de los incendios que asolan la ciudad. Apenas se esfuerzan en ocultar quiénes son.

Sin embargo, Biedermann se obstina en no ver lo que tiene delante. Siempre encuentra una explicación tranquilizadora. Siempre interpreta los hechos de la manera más benévola posible.

Antes que aceptar la evidencia, prefiere preservar la cómoda imagen que tiene de sí mismo como hombre razonable, hospitalario y civilizado. Cuando ya resulta imposible seguir fingiendo, su colaboración con los incendiarios ha llegado tan lejos que será él mismo quien les entregue las cerillas con las que prenderán el fuego que acabará devorando su casa. Esa es la verdadera genialidad de Frisch.

Los incendiarios no vencen porque sean especialmente astutos. Vencen porque encuentran a alguien dispuesto a ayudarlos mientras se persuade de que está haciendo exactamente lo contrario. Durante décadas se leyó esta obra como una alegoría del ascenso del nazismo.

La interpretación es perfectamente legítima. Pero sería empobrecerla reducirla únicamente a ese episodio histórico. En realidad, Frisch escribió una parábola sobre una enfermedad mucho más persistente: la extraordinaria capacidad del ser humano para negar la realidad cuando ésta amenaza su comodidad.

No retrata tanto el fanatismo como el autoengaño. No denuncia únicamente a quienes incendian, sino a quienes les preparan el camino convencidos de que actúan con prudencia, tolerancia o sensatez. Es una patología profundamente moderna.

Ortega observó que la mayor amenaza para una civilización no suele venir de sus enemigos declarados, sino de la progresiva pérdida de exigencia consigo misma. Canetti, en 'Masa y poder', mostró hasta qué punto las multitudes pueden terminar aceptando lo que pocos años antes les habría parecido intolerable. Y Goya, en uno de los grabados más lúcidos de nuestra tradición, dejó escrito que «el sueño de la razón produce monstruos».

Tal vez habría que añadir que también produce incendiarios. He recordado estos días la obra de Frisch mientras contemplaba las imágenes de los incendios que vuelven a devastar nuestros montes. Naturalmente, aquí no hablamos de símbolos.

Hablamos de bosques reducidos a cenizas, de pueblos amenazados, de agricultores desesperados, de animales abrasados y, demasiadas veces, de vidas humanas perdidas. El fuego no admite metáforas. Pero las metáforas ayudan a comprender el fuego.

Y la pregunta de Frisch reaparece inevitablemente. ¿Quiénes son hoy los incendiarios? La respuesta inmediata parece sencilla.

Incendiario es quien prende la cerilla. El pirómano. El delincuente.

El criminal. Quien convierte deliberadamente el monte en un arma. Sobre ellos debe recaer toda la severidad de la ley.

Pero sería ingenuo detener ahí el análisis. Los grandes incendios nunca empiezan el día en que alguien aproxima una llama al bosque. Empiezan mucho antes.

Empiezan cuando durante años se abandona la gestión forestal. Cuando los montes acumulan toneladas de combustible vegetal. Cuando desaparecen los pastores, los ganaderos, los resineros, los agricultores y tantos otros cuya actividad mantenía limpio el territorio.

Empiezan cuando la prevención deja de ser una prioridad porque políticamente resulta menos rentable evitar una tragedia que administrar sus consecuencias. El invierno rara vez concede titulares. Agosto los garantiza.

No es difícil comprender la tentación. A ello se añade un fenómeno igualmente preocupante: la creciente sustitución de la experiencia por la abstracción. Durante demasiado tiempo hemos legislado sobre el campo sin escuchar suficientemente al campo.

Se han diseñado políticas medioambientales desde despachos donde el bosque suele aparecer convertido en una estadística o en una categoría administrativa. Los montes europeos no son una naturaleza virgen. Son paisajes culturales.

Durante siglos fueron moldeados por la acción humana: el pastoreo, la explotación resinera, la obtención de leña, el carboneo, la agricultura de montaña. Aquellas actividades no eran un atentado contra la naturaleza. Formaban parte de su equilibrio.

Cuando desaparecen quienes cuidaban el monte, el monte no siempre recupera una supuesta pureza originaria. Con frecuencia simplemente acumula abandono. Resulta paradójico que una sociedad que presume de sostenibilidad haya olvidado que no existe gestión más sostenible que aquella capaz de mantenerse en el tiempo porque quienes viven en el territorio encuentran en él una forma digna de ganarse la vida.

Por supuesto, el cambio climático agrava todos estos problemas. Sería absurdo negarlo. Las temperaturas extremas, las sequías prolongadas y los episodios meteorológicos cada vez más violentos convierten cualquier incendio en una amenaza mayor que hace apenas unas décadas.

Pero precisamente por eso la prevención resulta hoy más necesaria que nunca. Invocar el clima no debería servir para eximirnos de las responsabilidades que sí dependen de nosotros. Al final, siempre regresamos a Frisch.

Lo verdaderamente inquietante de Biedermann y los incendiarios no es que existan hombres dispuestos a quemar una ciudad. Han existido siempre. Lo inquietante es descubrir cuántas personas respetables colaboran con ellos sin dejar de considerarse inocentes.

Ésa quizá sea la forma más peligrosa de irresponsabilidad: aquella que nunca llega a reconocerse como tal. Los incendios forestales seguirán teniendo causas diversas. Algunas serán naturales; otras criminales; otras responderán a negligencias inevitables.

Pero hay una causa sobre la que sí podemos actuar: dejar de comportarnos como Biedermann. Porque los incendiarios no necesitan únicamente gasolina. Necesitan, sobre todo, que alguien les abra la puerta.

Y que, llegado el momento, les entregue las cerillas con la mejor de las conciencias. Ernesto Caballero es dramaturgo y director de escena español Temas Partidos Políticos Incendios forestales Pedro Sánchez La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA Los incendiarios Los incendiarios no necesitan únicamente gasolina. Necesitan, sobre todo, que alguien les abra la puerta.

Y que, llegado el momento, les entregue las cerillas con la mejor de las conciencias Regala esta noticia Añádenos en Google Incendio en la localidad de Veguellina (León). (César Sánchez) Ernesto Caballero 31/07/2026 a las 19:44h. Hay obras que sobreviven a su tiempo porque, en realidad, nunca hablaron de él. Utilizaron una circunstancia histórica para describir una constante de la condición humana. 'Biedermann y los incendiarios', de Max Frisch, es una de ellas.

La pieza comienza como una comedia y termina como una tragedia. O quizá habría que decir que termina como suelen terminar las comedias cuando quienes las protagonizan se empeñan en ignorar la realidad. En una ciudad donde se multiplican los incendios provocados, un acomodado fabricante llamado Gottlieb Biedermann decide acoger en su casa a dos desconocidos.

Son hombres de aspecto inquietante, de modales groseros y conducta cada vez más sospechosa. Suben al desván numerosos bidones de gasolina. Hablan con una franqueza casi insolente de los incendios que asolan la ciudad.

Apenas se esfuerzan en ocultar quiénes son. Sin embargo, Biedermann se obstina en no ver lo que tiene delante. Siempre encuentra una explicación tranquilizadora.

Siempre interpreta los hechos de la manera más benévola posible. Antes que aceptar la evidencia, prefiere preservar la cómoda imagen que tiene de sí mismo como hombre razonable, hospitalario y civilizado. Cuando ya resulta imposible seguir fingiendo, su colaboración con los incendiarios ha llegado tan lejos que será él mismo quien les entregue las cerillas con las que prenderán el fuego que acabará devorando su casa.

Esa es la verdadera genialidad de Frisch. Los incendiarios no vencen porque sean especialmente astutos. Vencen porque encuentran a alguien dispuesto a ayudarlos mientras se persuade de que está haciendo exactamente lo contrario.

Durante décadas se leyó esta obra como una alegoría del ascenso del nazismo. La interpretación es perfectamente legítima. Pero sería empobrecerla reducirla únicamente a ese episodio histórico.

En realidad, Frisch escribió una parábola sobre una enfermedad mucho más persistente: la extraordinaria capacidad del ser humano para negar la realidad cuando ésta amenaza su comodidad. No retrata tanto el fanatismo como el autoengaño. No denuncia únicamente a quienes incendian, sino a quienes les preparan el camino convencidos de que actúan con prudencia, tolerancia o sensatez.

Es una patología profundamente moderna. Ortega observó que la mayor amenaza para una civilización no suele venir de sus enemigos declarados, sino de la progresiva pérdida de exigencia consigo misma. Canetti, en 'Masa y poder', mostró hasta qué punto las multitudes pueden terminar aceptando lo que pocos años antes les habría parecido intolerable.

Y Goya, en uno de los grabados más lúcidos de nuestra tradición, dejó escrito que «el sueño de la razón produce monstruos». Tal vez habría que añadir que también produce incendiarios. He recordado estos días la obra de Frisch mientras contemplaba las imágenes de los incendios que vuelven a devastar nuestros montes.

Naturalmente, aquí no hablamos de símbolos. Hablamos de bosques reducidos a cenizas, de pueblos amenazados, de agricultores desesperados, de animales abrasados y, demasiadas veces, de vidas humanas perdidas. El fuego no admite metáforas.

Pero las metáforas ayudan a comprender el fuego. Y la pregunta de Frisch reaparece inevitablemente. ¿Quiénes son hoy los incendiarios?

La respuesta inmediata parece sencilla. Incendiario es quien prende la cerilla. El pirómano.

El delincuente. El criminal. Quien convierte deliberadamente el monte en un arma.

Sobre ellos debe recaer toda la severidad de la ley. Pero sería ingenuo detener ahí el análisis. Los grandes incendios nunca empiezan el día en que alguien aproxima una llama al bosque.

Empiezan mucho antes. Empiezan cuando durante años se abandona la gestión forestal. Cuando los montes acumulan toneladas de combustible vegetal.

Cuando desaparecen los pastores, los ganaderos, los resineros, los agricultores y tantos otros cuya actividad mantenía limpio el territorio. Empiezan cuando la prevención deja de ser una prioridad porque políticamente resulta menos rentable evitar una tragedia que administrar sus consecuencias. El invierno rara vez concede titulares.

Agosto los garantiza. No es difícil comprender la tentación. A ello se añade un fenómeno igualmente preocupante: la creciente sustitución de la experiencia por la abstracción.

Durante demasiado tiempo hemos legislado sobre el campo sin escuchar suficientemente al campo. Se han diseñado políticas medioambientales desde despachos donde el bosque suele aparecer convertido en una estadística o en una categoría administrativa. Los montes europeos no son una naturaleza virgen.

Son paisajes culturales. Durante siglos fueron moldeados por la acción humana: el pastoreo, la explotación resinera, la obtención de leña, el carboneo, la agricultura de montaña. Aquellas actividades no eran un atentado contra la naturaleza.

Formaban parte de su equilibrio. Cuando desaparecen quienes cuidaban el monte, el monte no siempre recupera una supuesta pureza originaria. Con frecuencia simplemente acumula abandono.

Resulta paradójico que una sociedad que presume de sostenibilidad haya olvidado que no existe gestión más sostenible que aquella capaz de mantenerse en el tiempo porque quienes viven en el territorio encuentran en él una forma digna de ganarse la vida. Por supuesto, el cambio climático agrava todos estos problemas. Sería absurdo negarlo.

Las temperaturas extremas, las sequías prolongadas y los episodios meteorológicos cada vez más violentos convierten cualquier incendio en una amenaza mayor que hace apenas unas décadas. Pero precisamente por eso la prevención resulta hoy más necesaria que nunca. Invocar el clima no debería servir para eximirnos de las responsabilidades que sí dependen de nosotros.

Al final, siempre regresamos a Frisch. Lo verdaderamente inquietante de Biedermann y los incendiarios no es que existan hombres dispuestos a quemar una ciudad. Han existido siempre.

Lo inquietante es descubrir cuántas personas respetables colaboran con ellos sin dejar de considerarse inocentes. Ésa quizá sea la forma más peligrosa de irresponsabilidad: aquella que nunca llega a reconocerse como tal. Los incendios forestales seguirán teniendo causas diversas.

Algunas serán naturales; otras criminales; otras responderán a negligencias inevitables. Pero hay una causa sobre la que sí podemos actuar: dejar de comportarnos como Biedermann. Porque los incendiarios no necesitan únicamente gasolina.

Necesitan, sobre todo, que alguien les abra la puerta. Y que, llegado el momento, les entregue las cerillas con la mejor de las conciencias. Ernesto Caballero es dramaturgo y director de escena español Temas Partidos Políticos Incendios forestales Pedro Sánchez La Tercera de ABC comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero.

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Publicado por Redacción · viernes, 31 de julio de 2026

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