Europa, baluarte de libertades
Deberíamos acoger con entusiasmo la reciente decisión de la Comisión Europea de imponer dos multas espectaculares a la empresa estadounidense Google, en aplicación de la denominada ley DMA (Digital Ma
Europa, baluarte de libertades Las millonarias sanciones de la Comisión Europea a la plataforma Google reivindican la capacidad de Europa para proteger la competencia, la libertad de elección y el Estado de derecho Escucha el artículo. 7 min Escucha el artículo. 7 min Regala esta noticia Añádenos en Google (Nieto) Guy Sorman 02/08/2026 Actualizado a las 20:28h. Deberíamos acoger con entusiasmo la reciente decisión de la Comisión Europea de imponer dos multas espectaculares a la empresa estadounidense Google, en aplicación de la denominada ley DMA (Digital Market Act), aprobada en 2024. Esta ley introduce, por primera vez en el mundo, una ... normativa que se impone a las empresas dominantes de Internet, todas ellas con sede en Estados Unidos: las GAFAM, Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft.
El objetivo de esta ley es proteger a los consumidores individuales frente a los abusos de estos gigantes de la red: estos no rinden cuentas de sus actos ante nadie, ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar. Esta ley, cuando se aprobó, provocó, como era de esperar, fuertes protestas por parte de estas gigantescas empresas y de Donald Trump, que es su aliado. Una alianza antinatural, pues los consumidores estadounidenses, al igual que los europeos, son igualmente víctimas de los abusos de estos monopolios de la tecnología, la investigación y la información.
En este caso concreto, Europa ha condenado a Google a pagar una primera multa de 460 millones de euros por haber favorecido sus propios servicios -como la hostelería o el transporte aéreo- en los resultados de Google Search. A esto se le denomina «autopreferencia», lo que supone una traición a la confianza del consumidor. Una segunda multa impuesta a Google asciende a 430 millones por haber limitado la capacidad de los nuevos desarrolladores para redirigir a los usuarios hacia ofertas alternativas a Google Play Store.
Una vez más, se trata de un abuso de posición dominante cuyo objetivo es bloquear a cualquier competidor que pudiera ofrecer servicios equivalentes, o incluso superiores, a los de Google. Google tiene la posibilidad de recurrir esta decisión ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Si, por casualidad, Google no pagara la multa, no la recurriera o no cumpliera la orden de la Comisión Europea, tendría que pagar una multa aún más elevada, equivalente al 5 por ciento de su facturación mundial.
Algo que debería hacer reflexionar a los megalómanos de Silicon Valley. Estos deben admitir de una vez por todas que la Unión Europea no es un enano, sino un Estado de derecho, algo en lo que Estados Unidos se ha ido convirtiendo cada vez menos. A la espera de que se ejecute la sanción de Bruselas o de que se presente un recurso, la defensa de Google resulta patética, ya que alega que esta regulación del mercado digital perjudicaría al consumidor y a la perfección de los servicios de Google.
Esta empresa podría haber encontrado mejores argumentos: lo que esgrime en su defensa es grotesco, pero no sorprendente. Al haber visitado la sede de Google en Mountain View y haberme reunido con sus directivos, he podido constatar hasta qué punto esta empresa, más allá de su afán de lucro, funciona como una secta, en la que todos están convencidos de que Google es la depositaria del Evangelio del Futuro. La autocrítica es ajena a esta empresa, e incluso está prohibida.
Cualquier crítica se percibe allí como diabólica en el sentido literal del término; Europa, vista desde Silicon Valley, es el diablo, algo en lo que también cree Trump. Es fácil imaginar que la Comisión no se quedará de brazos cruzados y que se examinarán, uno tras otro, todos los abusos cometidos por estos monopolios. Además de la reacción de Google, que ha sido ilógica, Donald Trump ha sumado la suya amenazando a Europa con represalias por enfrentarse a los gigantes estadounidenses.
Europa, ha dicho el presidente de Estados Unidos, pagará «un alto precio» por su osadía. Resulta muy extraño constatar tal connivencia entre Trump y estas empresas, cuando cualquier gobierno debería tener como prioridad proteger a sus propios ciudadanos. La ley europea sobre el mercado digital, por otra parte, no hace más que inspirarse en tradiciones jurídicas surgidas en Estados Unidos a principios del siglo XX, en la lucha contra los monopolios y las posiciones dominantes: Rockefeller fue el primero en verse afectado por ello.
Sin duda, debemos acostumbrarnos al hecho de que los EE.UU. de hoy ya no son los de ayer: la Administración Trump traiciona a diario los principios fundadores de su democracia y de su economía. Estas multas y este debate pueden parecer teóricos para muchos europeos, pero no pasa un solo día sin que dependamos de Internet para informarnos, realizar compras y tomar decisiones. En este sentido, Internet supone un inmenso salto adelante, un auténtico avance que nos permite acceder al instante a toda la información del mundo y tomar decisiones que, de otro modo, nos requerirían una cantidad considerable de energía y tiempo.
Por lo tanto, Internet conlleva lo mejor y lo peor. Lo peor es lo que Europa castiga: un ataque a nuestra libertad de elección; se nos dirige, a nuestro pesar, hacia opciones sobre las que no disponemos de ninguna información y se nos ocultan todas las alternativas. Dominados y manipulados por las GAFAM, ya no somos más que peones en una vasta maquinaria destinada a acumular poder y dinero en beneficio de las empresas de Silicon Valley y Seattle.
Ya no son solo empresas, sino máquinas de dominación -política, cultural y económica- sin legitimidad democrática y sin contrapoder. Por lo tanto, es todo un honor para la Comisión Europea erigirse en último baluarte de nuestras libertades frente a estos gigantes monstruosos. Cuando Trump declara que nos hará pagar el precio, no sabemos muy bien -dado lo agitado y errático que es su estado de ánimo- cuál será ese precio ni a qué se aplicará.
Pero, sea cual sea, merecerá la pena: porque nuestra libertad no tiene precio. En un mundo en constante cambio, con un puñado de dictadores más o menos predecibles al frente -en Rusia, en EE.UU., en China, en la India-, Europa se ha convertido en el último refugio de la democracia liberal. Y la Comisión Europea, a la que a menudo se tacha de delirio burocrático, es, en realidad, nuestra última protectora.
Sin duda, gestiona muy mal sus relaciones públicas, ya que la reputación de esta Comisión es mediocre y, lamentablemente, aún no existe un verdadero patriotismo europeo. Un patriotismo que debería manifestarse tanto en el ámbito de las libertades públicas como en el de la defensa frente a las agresiones directas de Rusia y las indirectas de China y EE.UU. En una época en la que la comunicación reina, resulta sorprendente que la Comisión esté tan mal preparada para comunicar cuando hace el bien y nos protege de lo peor.
Estas pocas líneas, en ABC, no van a cambiar la opinión pública; pero al menos cabe esperar -aunque sea una ambición desmesurada- que la necesidad de esta comunicación y de un patriotismo europeo y unificador resulte evidente para algunos. Temas Multa Google Empresas Bruselas Europa Estados Unidos Donald Trump Comisión Europea (CE) Unión Europea comentarios Reportar un error Europa, baluarte de libertades Las millonarias sanciones de la Comisión Europea a la plataforma Google reivindican la capacidad de Europa para proteger la competencia, la libertad de elección y el Estado de derecho Escucha el artículo. 7 min Escucha el artículo. 7 min Regala esta noticia Añádenos en Google (Nieto) Guy Sorman 02/08/2026 Actualizado a las 20:28h. Deberíamos acoger con entusiasmo la reciente decisión de la Comisión Europea de imponer dos multas espectaculares a la empresa estadounidense Google, en aplicación de la denominada ley DMA (Digital Market Act), aprobada en 2024.
Esta ley introduce, por primera vez en el mundo, una ... normativa que se impone a las empresas dominantes de Internet, todas ellas con sede en Estados Unidos: las GAFAM, Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft. El objetivo de esta ley es proteger a los consumidores individuales frente a los abusos de estos gigantes de la red: estos no rinden cuentas de sus actos ante nadie, ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar. Esta ley, cuando se aprobó, provocó, como era de esperar, fuertes protestas por parte de estas gigantescas empresas y de Donald Trump, que es su aliado.
Una alianza antinatural, pues los consumidores estadounidenses, al igual que los europeos, son igualmente víctimas de los abusos de estos monopolios de la tecnología, la investigación y la información. En este caso concreto, Europa ha condenado a Google a pagar una primera multa de 460 millones de euros por haber favorecido sus propios servicios -como la hostelería o el transporte aéreo- en los resultados de Google Search. A esto se le denomina «autopreferencia», lo que supone una traición a la confianza del consumidor.
Una segunda multa impuesta a Google asciende a 430 millones por haber limitado la capacidad de los nuevos desarrolladores para redirigir a los usuarios hacia ofertas alternativas a Google Play Store. Una vez más, se trata de un abuso de posición dominante cuyo objetivo es bloquear a cualquier competidor que pudiera ofrecer servicios equivalentes, o incluso superiores, a los de Google. Google tiene la posibilidad de recurrir esta decisión ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.
Si, por casualidad, Google no pagara la multa, no la recurriera o no cumpliera la orden de la Comisión Europea, tendría que pagar una multa aún más elevada, equivalente al 5 por ciento de su facturación mundial. Algo que debería hacer reflexionar a los megalómanos de Silicon Valley. Estos deben admitir de una vez por todas que la Unión Europea no es un enano, sino un Estado de derecho, algo en lo que Estados Unidos se ha ido convirtiendo cada vez menos.
A la espera de que se ejecute la sanción de Bruselas o de que se presente un recurso, la defensa de Google resulta patética, ya que alega que esta regulación del mercado digital perjudicaría al consumidor y a la perfección de los servicios de Google. Esta empresa podría haber encontrado mejores argumentos: lo que esgrime en su defensa es grotesco, pero no sorprendente. Al haber visitado la sede de Google en Mountain View y haberme reunido con sus directivos, he podido constatar hasta qué punto esta empresa, más allá de su afán de lucro, funciona como una secta, en la que todos están convencidos de que Google es la depositaria del Evangelio del Futuro.
La autocrítica es ajena a esta empresa, e incluso está prohibida. Cualquier crítica se percibe allí como diabólica en el sentido literal del término; Europa, vista desde Silicon Valley, es el diablo, algo en lo que también cree Trump. Es fácil imaginar que la Comisión no se quedará de brazos cruzados y que se examinarán, uno tras otro, todos los abusos cometidos por estos monopolios.
Además de la reacción de Google, que ha sido ilógica, Donald Trump ha sumado la suya amenazando a Europa con represalias por enfrentarse a los gigantes estadounidenses. Europa, ha dicho el presidente de Estados Unidos, pagará «un alto precio» por su osadía. Resulta muy extraño constatar tal connivencia entre Trump y estas empresas, cuando cualquier gobierno debería tener como prioridad proteger a sus propios ciudadanos.
La ley europea sobre el mercado digital, por otra parte, no hace más que inspirarse en tradiciones jurídicas surgidas en Estados Unidos a principios del siglo XX, en la lucha contra los monopolios y las posiciones dominantes: Rockefeller fue el primero en verse afectado por ello. Sin duda, debemos acostumbrarnos al hecho de que los EE.UU. de hoy ya no son los de ayer: la Administración Trump traiciona a diario los principios fundadores de su democracia y de su economía. Estas multas y este debate pueden parecer teóricos para muchos europeos, pero no pasa un solo día sin que dependamos de Internet para informarnos, realizar compras y tomar decisiones.
En este sentido, Internet supone un inmenso salto adelante, un auténtico avance que nos permite acceder al instante a toda la información del mundo y tomar decisiones que, de otro modo, nos requerirían una cantidad considerable de energía y tiempo. Por lo tanto, Internet conlleva lo mejor y lo peor. Lo peor es lo que Europa castiga: un ataque a nuestra libertad de elección; se nos dirige, a nuestro pesar, hacia opciones sobre las que no disponemos de ninguna información y se nos ocultan todas las alternativas.
Dominados y manipulados por las GAFAM, ya no somos más que peones en una vasta maquinaria destinada a acumular poder y dinero en beneficio de las empresas de Silicon Valley y Seattle. Ya no son solo empresas, sino máquinas de dominación -política, cultural y económica- sin legitimidad democrática y sin contrapoder. Por lo tanto, es todo un honor para la Comisión Europea erigirse en último baluarte de nuestras libertades frente a estos gigantes monstruosos.
Cuando Trump declara que nos hará pagar el precio, no sabemos muy bien -dado lo agitado y errático que es su estado de ánimo- cuál será ese precio ni a qué se aplicará. Pero, sea cual sea, merecerá la pena: porque nuestra libertad no tiene precio. En un mundo en constante cambio, con un puñado de dictadores más o menos predecibles al frente -en Rusia, en EE.UU., en China, en la India-, Europa se ha convertido en el último refugio de la democracia liberal.
Y la Comisión Europea, a la que a menudo se tacha de delirio burocrático, es, en realidad, nuestra última protectora. Sin duda, gestiona muy mal sus relaciones públicas, ya que la reputación de esta Comisión es mediocre y, lamentablemente, aún no existe un verdadero patriotismo europeo. Un patriotismo que debería manifestarse tanto en el ámbito de las libertades públicas como en el de la defensa frente a las agresiones directas de Rusia y las indirectas de China y EE.UU.
En una época en la que la comunicación reina, resulta sorprendente que la Comisión esté tan mal preparada para comunicar cuando hace el bien y nos protege de lo peor. Estas pocas líneas, en ABC, no van a cambiar la opinión pública; pero al menos cabe esperar -aunque sea una ambición desmesurada- que la necesidad de esta comunicación y de un patriotismo europeo y unificador resulte evidente para algunos. Temas Multa Google Empresas Bruselas Europa Estados Unidos Donald Trump Comisión Europea (CE) Unión Europea comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero.
Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola» Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor» Borja Sánchez