La caja de fotos
El otro día aparecieron, en el fondo de un altillo que llevaba lustros sin ser abierto, cuatro viejas fotografías que me recordaron que hubo un tiempo feliz en el que algunos de mis mejores sueños tod
La caja de fotos Fotografiar un fin de semana entero no deja un recuerdo del fin de semana: deja doscientas imágenes que no evocan nada específico Escucha el artículo. 2 min Escucha el artículo. 2 min Regala esta noticia Añádenos en Google Máquina de escribir antigua junto a un teclado de un ordenador, una cámara de fotos y un móvil. (ABC) Luis Herrero 28/07/2026 Actualizado a las 20:00h. El otro día aparecieron, en el fondo de un altillo que llevaba lustros sin ser abierto, cuatro viejas fotografías que me recordaron que hubo un tiempo feliz en el que algunos de mis mejores sueños todavía seguían intactos. Estaban dentro de una caja de cartón ... de calzados Segarra.
La humedad las había vuelto amarillentas. Mi hijo mayor, con la misma edad pre gateante que ahora tiene mi nieto Miguel, jugaba con un teléfono rojo en el jardín de la casa de Antonio Herrero. Mis hijas Irene y Georgina, una en cada rodilla, todavía se dejaban abrazar por mí.
Luis, el penúltimo de los cinco, iba al encuentro de su primera comunión con una blazer azul marino y el más pequeño miraba a su abuela tirando el arroz a caballón en una paella canónica. Cuatro fotografías para cuarenta años de vida familiar. Antonio estaba vivo, mis hijas adoraban a su padre, Luis no se había vuelto agnóstico y Javier aprendía a distinguir el socarrat del quemado.
Cuatro décadas después, aquellas cuatro imágenes siguen ahí, señalando con una precisión casi notarial los momentos que la familia decidió que debían inmortalizarse. Ayer, buscando en el móvil la dirección de un restaurante, tuve que atravesar mi galería como quien cruza una espesura tropical: trescientas cuarenta capturas de conversaciones de WhatsApp, veintidós fotos casi idénticas de la misma puesta de sol en Torre Bellver, cuatro de un tique del aparcamiento, dos de la nevera para saber si quedaba leche, y una cantidad incalculable de Miriam sonriendo, poniendo ojos de mujer fatal o mirando a cámara con esa expresión de aburrimiento que solo tienen las modelos que están hartas de posar o los funcionarios que no dejan de consultar en el reloj la hora de volver a casa. Ninguna de esas fotos fue elegida.
Ninguna supuso ningún esfuerzo: ni el económico del carrete y el revelado, ni el artístico del encuadre, ni el selectivo del calendario. Las hice porque hacerlas no costaba nada sin pararme a pensar que lo que no cuesta, tampoco vale. Nadie revisará jamás esas seiscientas y pico imágenes.
Nadie seleccionará la mejor para enmarcarla sobre el mueble del salón. Se quedarán donde están, acumulándose en la nube como la ropa que se queda estrecha en el armario aguardando inútilmente que hagamos la proeza de adelgazar. Fotografiar un fin de semana entero no deja un recuerdo del fin de semana: deja doscientas imágenes que no evocan nada específico.
Dentro de treinta años, cuando mis nietos encuentren la copia de seguridad en algún servidor de Mountain View, no sabrán por dónde empezar. Justo lo contrario de lo que me ha pasado a mí con la caja de zapatos de Segarra. Pincho de tortilla y caña a que ni siquiera lo intentan: entre millones de archivos idénticos no quedará nada que les llame la atención, ningún recuerdo que destaque sobre el resto.
Es el precio de guardarlo todo antes que decidir qué merece la pena conservar. Temas familia WhatsApp Internet Tiempo comentarios Reportar un error La caja de fotos Fotografiar un fin de semana entero no deja un recuerdo del fin de semana: deja doscientas imágenes que no evocan nada específico Escucha el artículo. 2 min Escucha el artículo. 2 min Regala esta noticia Añádenos en Google Máquina de escribir antigua junto a un teclado de un ordenador, una cámara de fotos y un móvil. (ABC) Luis Herrero 28/07/2026 Actualizado a las 20:00h. El otro día aparecieron, en el fondo de un altillo que llevaba lustros sin ser abierto, cuatro viejas fotografías que me recordaron que hubo un tiempo feliz en el que algunos de mis mejores sueños todavía seguían intactos.
Estaban dentro de una caja de cartón ... de calzados Segarra. La humedad las había vuelto amarillentas. Mi hijo mayor, con la misma edad pre gateante que ahora tiene mi nieto Miguel, jugaba con un teléfono rojo en el jardín de la casa de Antonio Herrero.
Mis hijas Irene y Georgina, una en cada rodilla, todavía se dejaban abrazar por mí. Luis, el penúltimo de los cinco, iba al encuentro de su primera comunión con una blazer azul marino y el más pequeño miraba a su abuela tirando el arroz a caballón en una paella canónica. Cuatro fotografías para cuarenta años de vida familiar.
Antonio estaba vivo, mis hijas adoraban a su padre, Luis no se había vuelto agnóstico y Javier aprendía a distinguir el socarrat del quemado. Cuatro décadas después, aquellas cuatro imágenes siguen ahí, señalando con una precisión casi notarial los momentos que la familia decidió que debían inmortalizarse. Ayer, buscando en el móvil la dirección de un restaurante, tuve que atravesar mi galería como quien cruza una espesura tropical: trescientas cuarenta capturas de conversaciones de WhatsApp, veintidós fotos casi idénticas de la misma puesta de sol en Torre Bellver, cuatro de un tique del aparcamiento, dos de la nevera para saber si quedaba leche, y una cantidad incalculable de Miriam sonriendo, poniendo ojos de mujer fatal o mirando a cámara con esa expresión de aburrimiento que solo tienen las modelos que están hartas de posar o los funcionarios que no dejan de consultar en el reloj la hora de volver a casa.
Ninguna de esas fotos fue elegida. Ninguna supuso ningún esfuerzo: ni el económico del carrete y el revelado, ni el artístico del encuadre, ni el selectivo del calendario. Las hice porque hacerlas no costaba nada sin pararme a pensar que lo que no cuesta, tampoco vale.
Nadie revisará jamás esas seiscientas y pico imágenes. Nadie seleccionará la mejor para enmarcarla sobre el mueble del salón. Se quedarán donde están, acumulándose en la nube como la ropa que se queda estrecha en el armario aguardando inútilmente que hagamos la proeza de adelgazar.
Fotografiar un fin de semana entero no deja un recuerdo del fin de semana: deja doscientas imágenes que no evocan nada específico. Dentro de treinta años, cuando mis nietos encuentren la copia de seguridad en algún servidor de Mountain View, no sabrán por dónde empezar. Justo lo contrario de lo que me ha pasado a mí con la caja de zapatos de Segarra.
Pincho de tortilla y caña a que ni siquiera lo intentan: entre millones de archivos idénticos no quedará nada que les llame la atención, ningún recuerdo que destaque sobre el resto. Es el precio de guardarlo todo antes que decidir qué merece la pena conservar. Temas familia WhatsApp Internet Tiempo comentarios Reportar un error Con GPS y asistente de voz para hablar sin móvil: el Huawei Watch GT6 aguanta 21 días sin cargar Alejandra Santisteban Guiu Boticaria García, nutricionista: «El melón no fermenta en el estómago después de la cena.
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