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Internacional
miércoles, 5 de agosto de 2026

El monstruo que se comió el sol: por qué culturas de todo el mundo inventaron el mismo mito sobre el eclipse

Bestias zooformes que engullen estrellas, jaguares hambrientos o la cabeza decapitada de un demonio que persigue al gran astro representaron el fenómeno astronómico MAPA | Dónde ver el eclipse solar d

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

El monstruo que se comió el sol: por qué culturas de todo el mundo inventaron el mismo mito sobre el eclipse Bestias zooformes que engullen estrellas, jaguares hambrientos o la cabeza decapitada de un demonio que persigue al gran astro representaron el fenómeno astronómico — MAPA | Dónde ver el eclipse solar del 12 de agosto: recorrido y visibilidad en cada municipio, minuto a minuto Rahu Rahukaalam Ketu, Raju y su cola Ketu atacan al Sol Dominio público Andrea Benavent 5 de agosto de 2026 17:56 h 0 Los días en que la luz desaparecía, la humanidad se defendía a pedradas. Durante milenios, cuando la luz se apagaba de manera inesperada, la respuesta colectiva era el ataque. Era pura supervivencia.

Si la fuente de vida era ahora una curva oscura, la mente primitiva no veía un fenómeno astronómico, sino que imaginaba unas fauces invisibles devorando el sol y, ante este fenómeno, se debía obligar al firmamento a escupirlo. El mito del mordisco al sol es una constante en la historia de las civilizaciones antiguas. De él habla Moncho Núñez, divulgador científico y primer director de los Museos Científicos Coruñeses, en su libro Eclipses, donde analiza cómo la fantasía popular necesitaba inventar un culpable y una solución a la desaparición repentina del sol: “La gente necesitaba atribuir aquello a un animal gigante al que hacer responsable.

Eso generaba un ritual que consistía en hacer ruido, sonar tambores o el gong, o lanzar piedras y flechas al aire para espantar a la criatura. Y como al rato el rito funcionaba y el sol volvía, todos quedaban felices”. De hecho, da igual el rincón del mapa que se examine, la necesidad de certidumbres dio pie a relatos casi idénticos.

Para los vikingos, la culpa era de dos lobos gigantescos empeñados en engullir la luz. En México, los aztecas temían que el jaguar de la noche mordiera el sol hasta provocar un apagón permanente que haría bajar a las fieras para exterminar a los hombres. En China, la bestia era un perro celestial al que la población intentaba ahuyentar a flechazos.

Tepeyóllotl descrito en el Códice Borgia En India, el menú venía acompañado de una historia más sangrienta. La leyenda contaba que la cabeza decapitada de un demonio perseguía el sol y lo engullía entero. Pero al carecer de cuerpo, la estrella terminaba escapando victoriosa, deslizándose de nuevo hacia el firmamento a través del corte de su cuello.

Historias en puntos geográficos distantes compartían una misma lógica: la desaparición paulatina del sol se interpretaba como el bocado progresivo de una fiera hambrienta. Según los expertos la respuesta de esta coincidencia narrativa para explicar este fenómeno entre culturas reside en la arquitectura del cerebro humano. La investigadora Candela Antón, divulgadora en antropología cognitiva y evolutiva, señala que ante un evento que rompe la realidad, la psique busca el atajo de las metáforas más primarias que acerquen la experiencia sublime a una realidad fácilmente comprensible: “Primeramente sentimos miedo.

Nuestro cerebro tiene un sesgo muy claro hacia lo que rompe los patrones esperables”. Para la mente, la súbita pérdida del sol quiebra la “estructura misma de la vida”. Para explicar esta catarsis perceptiva del momento en que el sol desaparece de la vista, Antón recurre al concepto antropológico de la 'liminalidad' del instante en que el día deja de ser día sin llegar a ser la noche: “Es la locura de que el tiempo se quede en un limbo”.

Y frente a esa catarsis, se construye una respuesta, para la divulgadora, acerca de si el mito de comer el sol se repite entre culturas es porque responde a una vivencia física elemental: “Si algo es culturalmente consistente es porque responde a una experiencia tangible mediada por la percepción de nuestro propio cuerpo como las bocas y los dientes”. Imaginar que el motivo de la penumbra es el resultado de una bestia hincando el diente se convierte así en una respuesta intuitiva ante la forma circular y paulatina en que el sol va desapareciendo, lo que puede representar, cuando desaparece del todo, que finalmente ha sido engullido. Este cúmulo de historias coincidentes sobrevivió incluso cuando la ciencia comenzó a abrirse paso.

Paradójicamente, la astronomía técnica convivió durante siglos con la superstición popular y la metáfora del sol aún mantenía su fuerza. El profesor de investigación en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Juan Antonio Belmonte, recuerda cómo esa dualidad se experimentaba en Oriente: “En la tradición hindú, el mito contaba que el demonio se comía el sol, pero teniendo ya contacto con los grecorromanos, había astrónomos indios que sabían de los eclipses y contradecían el mito calculando con precisión el fenómeno”. El perro celestial Tiāngǒu, Aunque la astronomía avanzaba, el pánico popular a ser engullidos por las sombras también fue una herramienta de dominación.

Belmonte apunta que en civilizaciones como la Mesopotamia babilónica (VIII y VI a. C.) o la China imperial de la dinastía Shang (siglos XVII a. C. al XI a.

C.), el control del calendario y la predicción de los eclipses eran tan cruciales que a los astrónomos reales “les iba la vida en ello” y podían ser ejecutados si fallaban. El miedo a las fauces celestes mantenía a la población subordinada a quienes aseguraban entender los ritmos del cosmos. El miedo a que el sol fuera engullido solo empezó a disiparse cuando la ciencia fue capaz de cartografiar la sombra antes de que sucediera.

Núñez sitúa el punto de inflexión definitivo en 1715, cuando el astrónomo Edmond Halley trazó el mapa del eclipse para medir el tiempo exacto de la penumbra. Como recuerda el divulgador, “la racionalidad terminó por imponerse cuando Edmond Halley trazó el mapa del eclipse antes de que sucediera y le pidió a la gente que colaborara con él”. Al comprobarse que la matemática predecía con precisión el instante exacto en que la luz regresaba, las bestias zooformes que engullían estrellas y demás mitos bizarros perdieron su razón de ser.

El viejo terror a la mordedura del sol dio paso a la simple mecánica del cosmos, demostrando que la criatura que lo devoraba no habitaba en las estrellas, sino en las profundidades del cerebro humano. Etiquetas / Arte / Mitos / Eclipse / Arte / Antropología / Religión / Literatura El monstruo que se comió el sol: por qué culturas de todo el mundo inventaron el mismo mito sobre el eclipse Bestias zooformes que engullen estrellas, jaguares hambrientos o la cabeza decapitada de un demonio que persigue al gran astro representaron el fenómeno astronómico — MAPA | Dónde ver el eclipse solar del 12 de agosto: recorrido y visibilidad en cada municipio, minuto a minuto Rahu Rahukaalam Ketu, Raju y su cola Ketu atacan al Sol Dominio público Andrea Benavent 5 de agosto de 2026 17:56 h 0 Los días en que la luz desaparecía, la humanidad se defendía a pedradas. Durante milenios, cuando la luz se apagaba de manera inesperada, la respuesta colectiva era el ataque.

Era pura supervivencia. Si la fuente de vida era ahora una curva oscura, la mente primitiva no veía un fenómeno astronómico, sino que imaginaba unas fauces invisibles devorando el sol y, ante este fenómeno, se debía obligar al firmamento a escupirlo. El mito del mordisco al sol es una constante en la historia de las civilizaciones antiguas.

De él habla Moncho Núñez, divulgador científico y primer director de los Museos Científicos Coruñeses, en su libro Eclipses, donde analiza cómo la fantasía popular necesitaba inventar un culpable y una solución a la desaparición repentina del sol: “La gente necesitaba atribuir aquello a un animal gigante al que hacer responsable. Eso generaba un ritual que consistía en hacer ruido, sonar tambores o el gong, o lanzar piedras y flechas al aire para espantar a la criatura. Y como al rato el rito funcionaba y el sol volvía, todos quedaban felices”.

De hecho, da igual el rincón del mapa que se examine, la necesidad de certidumbres dio pie a relatos casi idénticos. Para los vikingos, la culpa era de dos lobos gigantescos empeñados en engullir la luz. En México, los aztecas temían que el jaguar de la noche mordiera el sol hasta provocar un apagón permanente que haría bajar a las fieras para exterminar a los hombres.

En China, la bestia era un perro celestial al que la población intentaba ahuyentar a flechazos. Tepeyóllotl descrito en el Códice Borgia En India, el menú venía acompañado de una historia más sangrienta. La leyenda contaba que la cabeza decapitada de un demonio perseguía el sol y lo engullía entero.

Pero al carecer de cuerpo, la estrella terminaba escapando victoriosa, deslizándose de nuevo hacia el firmamento a través del corte de su cuello. Historias en puntos geográficos distantes compartían una misma lógica: la desaparición paulatina del sol se interpretaba como el bocado progresivo de una fiera hambrienta. Según los expertos la respuesta de esta coincidencia narrativa para explicar este fenómeno entre culturas reside en la arquitectura del cerebro humano.

La investigadora Candela Antón, divulgadora en antropología cognitiva y evolutiva, señala que ante un evento que rompe la realidad, la psique busca el atajo de las metáforas más primarias que acerquen la experiencia sublime a una realidad fácilmente comprensible: “Primeramente sentimos miedo. Nuestro cerebro tiene un sesgo muy claro hacia lo que rompe los patrones esperables”. Para la mente, la súbita pérdida del sol quiebra la “estructura misma de la vida”.

Para explicar esta catarsis perceptiva del momento en que el sol desaparece de la vista, Antón recurre al concepto antropológico de la 'liminalidad' del instante en que el día deja de ser día sin llegar a ser la noche: “Es la locura de que el tiempo se quede en un limbo”. Y frente a esa catarsis, se construye una respuesta, para la divulgadora, acerca de si el mito de comer el sol se repite entre culturas es porque responde a una vivencia física elemental: “Si algo es culturalmente consistente es porque responde a una experiencia tangible mediada por la percepción de nuestro propio cuerpo como las bocas y los dientes”. Imaginar que el motivo de la penumbra es el resultado de una bestia hincando el diente se convierte así en una respuesta intuitiva ante la forma circular y paulatina en que el sol va desapareciendo, lo que puede representar, cuando desaparece del todo, que finalmente ha sido engullido.

Este cúmulo de historias coincidentes sobrevivió incluso cuando la ciencia comenzó a abrirse paso. Paradójicamente, la astronomía técnica convivió durante siglos con la superstición popular y la metáfora del sol aún mantenía su fuerza. El profesor de investigación en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Juan Antonio Belmonte, recuerda cómo esa dualidad se experimentaba en Oriente: “En la tradición hindú, el mito contaba que el demonio se comía el sol, pero teniendo ya contacto con los grecorromanos, había astrónomos indios que sabían de los eclipses y contradecían el mito calculando con precisión el fenómeno”.

El perro celestial Tiāngǒu, Aunque la astronomía avanzaba, el pánico popular a ser engullidos por las sombras también fue una herramienta de dominación. Belmonte apunta que en civilizaciones como la Mesopotamia babilónica (VIII y VI a. C.) o la China imperial de la dinastía Shang (siglos XVII a.

C. al XI a. C.), el control del calendario y la predicción de los eclipses eran tan cruciales que a los astrónomos reales “les iba la vida en ello” y podían ser ejecutados si fallaban. El miedo a las fauces celestes mantenía a la población subordinada a quienes aseguraban entender los ritmos del cosmos.

El miedo a que el sol fuera engullido solo empezó a disiparse cuando la ciencia fue capaz de cartografiar la sombra antes de que sucediera. Núñez sitúa el punto de inflexión definitivo en 1715, cuando el astrónomo Edmond Halley trazó el mapa del eclipse para medir el tiempo exacto de la penumbra. Como recuerda el divulgador, “la racionalidad terminó por imponerse cuando Edmond Halley trazó el mapa del eclipse antes de que sucediera y le pidió a la gente que colaborara con él”.

Al comprobarse que la matemática predecía con precisión el instante exacto en que la luz regresaba, las bestias zooformes que engullían estrellas y demás mitos bizarros perdieron su razón de ser. El viejo terror a la mordedura del sol dio paso a la simple mecánica del cosmos, demostrando que la criatura que lo devoraba no habitaba en las estrellas, sino en las profundidades del cerebro humano. Etiquetas / Arte / Mitos / Eclipse / Arte / Antropología / Religión / Literatura

Publicado por Redacción · miércoles, 5 de agosto de 2026

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