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Internacional
martes, 18 de agosto de 2026

La dictadura del buen rollo

Nos hemos vuelto adictos a las buenas noticias. No porque el mundo las produzca en abundancia, sino porque hemos aprendido a exigirlas, a premiarlas con un clic y a castigar con el silencio, o la indi

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

UN TIEMPO PROPIO La dictadura del buen rollo Una ciudadanía que solo quiere escuchar lo que la reconforta, es una ciudadanía más fácil de gestionar, más manipulable y menos exigente Regala esta noticia Añádenos en Google (ISABEL B. PERMUY) Salvador Rus Rufino 18/08/2026 Actualizado a las 10:51h. Nos hemos vuelto adictos a las buenas noticias.

No porque el mundo las produzca en abundancia, sino porque hemos aprendido a exigirlas, a premiarlas con un clic y a castigar con el silencio, o la indiferencia todo aquello que nos incomoda. El resultado es una ... sociedad que prefiere el titular amable a la verdad completa, y que empieza a confundir el optimismo con la información. Esta preferencia no es inocente.

Los algoritmos que deciden qué vemos en nuestras pantallas han aprendido, mejor que nadie, que el contenido positivo genera más interacción sostenida, menos rechazo y una sensación de bienestar que nos mantiene enganchados. Así, poco a poco, hemos ido construyendo un ecosistema informativo hecho a nuestra medida, donde lo difícil, lo doloroso o simplemente lo complejo, queda relegado a un segundo plano, cuando no directamente silenciado. El problema no es querer sentirse bien.

Es humano, y hasta necesario, buscar cierto respiro frente a un flujo constante de malas noticias. El problema aparece cuando esa búsqueda de consuelo se convierte en el único filtro con el que miramos la realidad. Cuando dejamos de tolerar la incomodidad que produce una noticia difícil, dejamos también de ejercitar un músculo esencial para vivir en sociedad: la capacidad de afrontar lo que no nos gusta.

Noticia relacionada UN TIEMPO PROPIO Opinión El poder de los eclipses Salvador Rus Rufino Esto tiene consecuencias que van más allá de lo individual. Una ciudadanía que solo quiere escuchar lo que la reconforta, es una ciudadanía más fácil de gestionar, más manipulable y menos exigente. Los problemas no desaparecen porque dejemos de hablar de ellos; simplemente se acumulan, se enquistan y cuando finalmente estallan, nos sorprenden con una violencia que podríamos haber anticipado si hubiéramos estado dispuestos a mirar de frente.

Además, esta huida hacia el optimismo selectivo erosiona nuestra capacidad de discernimiento. Si solo consumimos lo que confirma que todo va bien, perdemos la costumbre de contrastar, de dudar, de preguntarnos por qué algo no encaja. La realidad, con sus contradicciones y sus zonas grises, empieza a resultarnos extraña, casi ofensiva, precisamente porque hemos dejado de estar entrenados para habitarla.

Recuperar la relación con las malas noticias no significa instalarse en el pesimismo, ni convertir la actualidad en un ejercicio masoquista. Significa, simplemente, aceptar que la información tiene un propósito distinto al del entretenimiento: no busca hacernos sentir bien, busca hacernos entender el mundo en el que vivimos. Y ese mundo, nos guste o no, está hecho tanto de logros como de fracasos, tanto de avances como de retrocesos.

Newsletter Si queremos ciudadanos capaces de decidir con criterio, de exigir responsabilidades y de participar activamente en la vida pública, necesitamos primero ciudadanos capaces de sostener la mirada sobre lo incómodo. Solo así dejaremos de vivir instalados en una versión edulcorada de la realidad, y empezaremos a habitarla tal como es. comentarios Reportar un error UN TIEMPO PROPIO La dictadura del buen rollo Una ciudadanía que solo quiere escuchar lo que la reconforta, es una ciudadanía más fácil de gestionar, más manipulable y menos exigente Regala esta noticia Añádenos en Google (ISABEL B. PERMUY) Salvador Rus Rufino 18/08/2026 Actualizado a las 10:51h.

Nos hemos vuelto adictos a las buenas noticias. No porque el mundo las produzca en abundancia, sino porque hemos aprendido a exigirlas, a premiarlas con un clic y a castigar con el silencio, o la indiferencia todo aquello que nos incomoda. El resultado es una ... sociedad que prefiere el titular amable a la verdad completa, y que empieza a confundir el optimismo con la información.

Esta preferencia no es inocente. Los algoritmos que deciden qué vemos en nuestras pantallas han aprendido, mejor que nadie, que el contenido positivo genera más interacción sostenida, menos rechazo y una sensación de bienestar que nos mantiene enganchados. Así, poco a poco, hemos ido construyendo un ecosistema informativo hecho a nuestra medida, donde lo difícil, lo doloroso o simplemente lo complejo, queda relegado a un segundo plano, cuando no directamente silenciado.

El problema no es querer sentirse bien. Es humano, y hasta necesario, buscar cierto respiro frente a un flujo constante de malas noticias. El problema aparece cuando esa búsqueda de consuelo se convierte en el único filtro con el que miramos la realidad.

Cuando dejamos de tolerar la incomodidad que produce una noticia difícil, dejamos también de ejercitar un músculo esencial para vivir en sociedad: la capacidad de afrontar lo que no nos gusta. Noticia relacionada UN TIEMPO PROPIO Opinión El poder de los eclipses Salvador Rus Rufino Esto tiene consecuencias que van más allá de lo individual. Una ciudadanía que solo quiere escuchar lo que la reconforta, es una ciudadanía más fácil de gestionar, más manipulable y menos exigente.

Los problemas no desaparecen porque dejemos de hablar de ellos; simplemente se acumulan, se enquistan y cuando finalmente estallan, nos sorprenden con una violencia que podríamos haber anticipado si hubiéramos estado dispuestos a mirar de frente. Además, esta huida hacia el optimismo selectivo erosiona nuestra capacidad de discernimiento. Si solo consumimos lo que confirma que todo va bien, perdemos la costumbre de contrastar, de dudar, de preguntarnos por qué algo no encaja.

La realidad, con sus contradicciones y sus zonas grises, empieza a resultarnos extraña, casi ofensiva, precisamente porque hemos dejado de estar entrenados para habitarla. Recuperar la relación con las malas noticias no significa instalarse en el pesimismo, ni convertir la actualidad en un ejercicio masoquista. Significa, simplemente, aceptar que la información tiene un propósito distinto al del entretenimiento: no busca hacernos sentir bien, busca hacernos entender el mundo en el que vivimos.

Y ese mundo, nos guste o no, está hecho tanto de logros como de fracasos, tanto de avances como de retrocesos. Newsletter Si queremos ciudadanos capaces de decidir con criterio, de exigir responsabilidades y de participar activamente en la vida pública, necesitamos primero ciudadanos capaces de sostener la mirada sobre lo incómodo. Solo así dejaremos de vivir instalados en una versión edulcorada de la realidad, y empezaremos a habitarla tal como es. comentarios Reportar un error UN TIEMPO PROPIO Opinión El poder de los eclipses Salvador Rus Rufino Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Marta González, monja de clausura: «Salgo del convento dos veces a la semana, pero con permiso»

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Publicado por Redacción · martes, 18 de agosto de 2026

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