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Internacional
lunes, 27 de julio de 2026

La leyenda negra estadounidense

Objeto de debate y arma ideológica, la leyenda negra estadounidense invita a reflexionar sobre cómo las grandes potencias construyen, deconstruyen y reconstruyen su imagen. En torno a 1968, una coalic

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA La leyenda negra estadounidense Las leyendas negras de España y EE.UU. son recíprocas, más que una mera simplificación de la historia. Así, hemos participado mutuamente en la destrucción de nuestras imágenes nacionales Regala esta noticia Añádenos en Google Protestas contra el racismo y el abuso policial en Washington DC, Estados Unidos. (AFP) Eric-Clifford Graf 27/07/2026 a las 19:56h. Objeto de debate y arma ideológica, la leyenda negra estadounidense invita a reflexionar sobre cómo las grandes potencias construyen, deconstruyen y reconstruyen su imagen.

En torno a 1968, una coalición de políticos corruptos, intelectuales amargados y votantes instintivos explotó la mentira y la vergüenza para ... perpetrar una revolución cultural en EE.UU. El motivo era minar el orgullo patriótico y remover las bases morales requeridas para mirar hacia el futuro. La táctica consistía en jamás admitir el error propio y apalancar cualquier triunfo para levantar la siguiente controversia.

El efecto se representaba como la revancha contra los herederos de los pecados de generaciones anteriores. Un libelo de sangre a nivel industrial. Nuestro lector español habrá aguantado los ataques a Colón, Cortés y hasta Franco.

Oponiéndose a sus imperfecciones –eran seres humanos, al fin y al cabo–, sus detractores se arropan de una santidad galáctica. Desentierran cadáveres, demandan perdón a naciones enteras y socavan la reconciliación social. EE.UU. experimenta extremos parecidos.

Ser patriota es racista. Obama fue elegido presidente por votantes blancos acomplejados que pensaban resolver las tensiones raciales. Pasó olímpicamente de la oportunidad; en cambio, convirtió a delincuentes como Trayvon Martin, Michael Brown y George Floyd en mártires de los derechos civiles.

En la reciente consagración de su propia biblioteca presidencial en Chicago –espécimen de brutalismo arquitectónico que hubiera conmovido a Stalin–, anotó que los padres fundadores de la nación eran esclavistas en busca de un paraíso fiscal. Confieso que, como estudiante del Renacimiento español, prestaba poca atención a ciertas actitudes de la masa ignorante. Tras abandonar la academia, veo con ironía los puntos de contacto entre nuestras leyendas negras, española y estadounidense.

Son más fuertes de lo que imaginaba y nos ciegan ante nuestro futuro común. Fray Bartolomé de las Casas alimentó la manía antiespañola del Renacimiento anglosajón. El llamado «apóstol de los indios» usó una retórica exagerada en el debate que la Escuela de Salamanca mantuvo sobre el derecho de gentes en la primera globalización.

Últimamente me he enterado que políticos y pensadores como Grocio, Cromwell, Locke y Adams, basaron sus ideas más radicales en las de escolásticos y novelistas como Vitoria, Mariana, Cervantes y Palafox. Tejano soy; pero he aprendido. Las leyendas negras de España y EE.UU. son recíprocas, más que una mera simplificación de la historia.

Así, españoles y estadounidenses hemos participado mutuamente en la destrucción de nuestras imágenes nacionales. En un reciente coloquio en Madrid sobre la Hispanidad, tras detallar el hispanismo de Jefferson, escuché cómo una colega española reivindicaba la presencia hispana en EE.UU. Para ella, el racismo de los siglos XIX y XX persiste, incluso va en alza, y los hispanos deberían rescatar «al negro» de su triste situación actual.

Creo que los mismos hispanos deberían desmantelar ese tribalismo resucitado por la escoria política. Cuando la profesora se refirió a «aquel pobre hombre negro que mataron en Minneapolis», casi me caí de la silla. Al argüir que hubo racismo en el caso tan famoso de George Floyd, hay que empezar por reconocer que, de los cuatro policías condenados, uno era chino y otro, negro.

Floyd era un maleante con un largo historial penal. El forense manifestó incertidumbre. Aseveró que un policía contribuyó a la muerte de Floyd y que los 11 nanogramos por mililitro de fentanilo que había en su sangre, también.

Hubo suficientes dudas para no condenar al policía Derek Chauvin a 22 años de prisión. Pero el chivo expiatorio quedó velado en TikTok o en los informes propagandísticos tan difundidos del NYT y CNN. El viajero y pensador francés Tocqueville, autor de la canónica Democracia en América (1835-1840), observó que en EE.UU. un juicio no busca tanto establecer la verdad como recordar la importancia de los derechos constitucionales.

Y la pregunta clave entonces es: ¿Ser de una etnia minoritaria otorga el derecho a delinquir sin consecuencias? Cervantes escribió que las letras son una plaza pública en la que podemos debatir cuestiones graves sin correr el riesgo de pelea. Empiezo yo: creo que es una crasa tergiversación insistir en que EE.UU. fue «fundado sobre la esclavitud».

Al contrario, tanto la Declaración de Independencia como la Constitución de 1789 buscaban eliminarla. Ahora estoy en la situación curiosa de querer arremeter a la vez contra las leyendas negras de dos naciones distintas. En lugar de contemplar la complejidad, varios oyentes prefieren o bien preservar o descartar solo una de ellas.

Los académicos estadounidenses quieren condenar a los padres fundadores que acompañaron a Washington, así que ignoran que la biblioteca de Jefferson prueba que el abolicionismo antirracista emergió de su interés en el pensamiento español. Mientras tanto, entre los españoles no solo persiste el estereotipo de los fundadores de EE.UU. racistas y esclavistas jubilosos, sino que están dando alas a una nueva leyenda rosa, según la cual no hubo ni racismo ni esclavitud en el Imperio español: «Otro anglo que nos viene con la leyenda negra». Con todo respeto, el Imperio español fue contemporáneo a la trata negrera, que era universal.

¿Por qué hay tantas lecciones raciales y económicas en El Lazarillo? ¿Cómo explicamos la fantasía de «Sancho negrero» y el comentario del hidalgo sobre la manumisión de negros viejos en Don Quijote? ¿Y qué hacemos con los doscientos negros católicos huidos de Macao en la conquista de la China?

Discúlpame, querido lector. Washington y Jefferson, «las armas y las letras» de la Revolución norteamericana, apreciaron la moraleja de la obra cervantina. En un escritorio cercano a su lecho de muerte, Washington dejó abierto Don Quijote, señalándonos su lectura como primordial para el futuro de EE.UU.

Washington liberó a sus esclavos tras su muerte; Jefferson no. Pero los dos desplegaron un mensaje exculpatorio al entrever que la solución al pecado original americano sería el mestizaje español. El naturalista Buffon afirmó que «un error corregido también es una verdad».

En la ciencia como en la religión, el derecho o la historia, una sola excepción nos obliga a reexaminar nuestros dogmas. Si dudamos de la inhumanidad del prójimo, de la culpa del acusado o de la leyenda negra, se nos permite empezar de nuevo. ¡Que viva Estados Unidos!

¡Que viva España! Eric-Clifford Graf es filólogo e hispanista Temas Imperio español España Estados Unidos La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA La leyenda negra estadounidense Las leyendas negras de España y EE.UU. son recíprocas, más que una mera simplificación de la historia. Así, hemos participado mutuamente en la destrucción de nuestras imágenes nacionales Regala esta noticia Añádenos en Google Protestas contra el racismo y el abuso policial en Washington DC, Estados Unidos. (AFP) Eric-Clifford Graf 27/07/2026 a las 19:56h.

Objeto de debate y arma ideológica, la leyenda negra estadounidense invita a reflexionar sobre cómo las grandes potencias construyen, deconstruyen y reconstruyen su imagen. En torno a 1968, una coalición de políticos corruptos, intelectuales amargados y votantes instintivos explotó la mentira y la vergüenza para ... perpetrar una revolución cultural en EE.UU. El motivo era minar el orgullo patriótico y remover las bases morales requeridas para mirar hacia el futuro.

La táctica consistía en jamás admitir el error propio y apalancar cualquier triunfo para levantar la siguiente controversia. El efecto se representaba como la revancha contra los herederos de los pecados de generaciones anteriores. Un libelo de sangre a nivel industrial.

Nuestro lector español habrá aguantado los ataques a Colón, Cortés y hasta Franco. Oponiéndose a sus imperfecciones –eran seres humanos, al fin y al cabo–, sus detractores se arropan de una santidad galáctica. Desentierran cadáveres, demandan perdón a naciones enteras y socavan la reconciliación social.

EE.UU. experimenta extremos parecidos. Ser patriota es racista. Obama fue elegido presidente por votantes blancos acomplejados que pensaban resolver las tensiones raciales.

Pasó olímpicamente de la oportunidad; en cambio, convirtió a delincuentes como Trayvon Martin, Michael Brown y George Floyd en mártires de los derechos civiles. En la reciente consagración de su propia biblioteca presidencial en Chicago –espécimen de brutalismo arquitectónico que hubiera conmovido a Stalin–, anotó que los padres fundadores de la nación eran esclavistas en busca de un paraíso fiscal. Confieso que, como estudiante del Renacimiento español, prestaba poca atención a ciertas actitudes de la masa ignorante.

Tras abandonar la academia, veo con ironía los puntos de contacto entre nuestras leyendas negras, española y estadounidense. Son más fuertes de lo que imaginaba y nos ciegan ante nuestro futuro común. Fray Bartolomé de las Casas alimentó la manía antiespañola del Renacimiento anglosajón.

El llamado «apóstol de los indios» usó una retórica exagerada en el debate que la Escuela de Salamanca mantuvo sobre el derecho de gentes en la primera globalización. Últimamente me he enterado que políticos y pensadores como Grocio, Cromwell, Locke y Adams, basaron sus ideas más radicales en las de escolásticos y novelistas como Vitoria, Mariana, Cervantes y Palafox. Tejano soy; pero he aprendido.

Las leyendas negras de España y EE.UU. son recíprocas, más que una mera simplificación de la historia. Así, españoles y estadounidenses hemos participado mutuamente en la destrucción de nuestras imágenes nacionales. En un reciente coloquio en Madrid sobre la Hispanidad, tras detallar el hispanismo de Jefferson, escuché cómo una colega española reivindicaba la presencia hispana en EE.UU.

Para ella, el racismo de los siglos XIX y XX persiste, incluso va en alza, y los hispanos deberían rescatar «al negro» de su triste situación actual. Creo que los mismos hispanos deberían desmantelar ese tribalismo resucitado por la escoria política. Cuando la profesora se refirió a «aquel pobre hombre negro que mataron en Minneapolis», casi me caí de la silla.

Al argüir que hubo racismo en el caso tan famoso de George Floyd, hay que empezar por reconocer que, de los cuatro policías condenados, uno era chino y otro, negro. Floyd era un maleante con un largo historial penal. El forense manifestó incertidumbre.

Aseveró que un policía contribuyó a la muerte de Floyd y que los 11 nanogramos por mililitro de fentanilo que había en su sangre, también. Hubo suficientes dudas para no condenar al policía Derek Chauvin a 22 años de prisión. Pero el chivo expiatorio quedó velado en TikTok o en los informes propagandísticos tan difundidos del NYT y CNN.

El viajero y pensador francés Tocqueville, autor de la canónica Democracia en América (1835-1840), observó que en EE.UU. un juicio no busca tanto establecer la verdad como recordar la importancia de los derechos constitucionales. Y la pregunta clave entonces es: ¿Ser de una etnia minoritaria otorga el derecho a delinquir sin consecuencias? Cervantes escribió que las letras son una plaza pública en la que podemos debatir cuestiones graves sin correr el riesgo de pelea.

Empiezo yo: creo que es una crasa tergiversación insistir en que EE.UU. fue «fundado sobre la esclavitud». Al contrario, tanto la Declaración de Independencia como la Constitución de 1789 buscaban eliminarla. Ahora estoy en la situación curiosa de querer arremeter a la vez contra las leyendas negras de dos naciones distintas.

En lugar de contemplar la complejidad, varios oyentes prefieren o bien preservar o descartar solo una de ellas. Los académicos estadounidenses quieren condenar a los padres fundadores que acompañaron a Washington, así que ignoran que la biblioteca de Jefferson prueba que el abolicionismo antirracista emergió de su interés en el pensamiento español. Mientras tanto, entre los españoles no solo persiste el estereotipo de los fundadores de EE.UU. racistas y esclavistas jubilosos, sino que están dando alas a una nueva leyenda rosa, según la cual no hubo ni racismo ni esclavitud en el Imperio español: «Otro anglo que nos viene con la leyenda negra».

Con todo respeto, el Imperio español fue contemporáneo a la trata negrera, que era universal. ¿Por qué hay tantas lecciones raciales y económicas en El Lazarillo? ¿Cómo explicamos la fantasía de «Sancho negrero» y el comentario del hidalgo sobre la manumisión de negros viejos en Don Quijote?

¿Y qué hacemos con los doscientos negros católicos huidos de Macao en la conquista de la China? Discúlpame, querido lector. Washington y Jefferson, «las armas y las letras» de la Revolución norteamericana, apreciaron la moraleja de la obra cervantina.

En un escritorio cercano a su lecho de muerte, Washington dejó abierto Don Quijote, señalándonos su lectura como primordial para el futuro de EE.UU. Washington liberó a sus esclavos tras su muerte; Jefferson no. Pero los dos desplegaron un mensaje exculpatorio al entrever que la solución al pecado original americano sería el mestizaje español.

El naturalista Buffon afirmó que «un error corregido también es una verdad». En la ciencia como en la religión, el derecho o la historia, una sola excepción nos obliga a reexaminar nuestros dogmas. Si dudamos de la inhumanidad del prójimo, de la culpa del acusado o de la leyenda negra, se nos permite empezar de nuevo.

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Publicado por Redacción · lunes, 27 de julio de 2026

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