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Internacional
sábado, 1 de agosto de 2026

La familia es un archipiélago volcánico

He pasado cuatro noches en la ciudad del polvo y la niebla, la ciudad donde nací. Han sido noches malas. Frente a mi apartamento, había dos edificios en construcción. Los ruidos eran odiosos e incesan

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

La familia es un archipiélago volcánico Su venganza consistió en enemistarme con mis hijas. Dejaron de hablarme cuatro años. No debí echarlas del apartamento que les había obsequiado y ellas habían decorado con ilusión Regala esta noticia Añádenos en Google Jaime Bayly 01/08/2026 a las 23:48h.

He pasado cuatro noches en la ciudad del polvo y la niebla, la ciudad donde nací. Han sido noches malas. Frente a mi apartamento, había dos edificios en construcción.

Los ruidos eran odiosos e incesantes. No me permitían descansar. Sentía que estaban martillándome la cabeza. ...

Una vez más, he sido infeliz en la ciudad de la que escapé siendo joven. No debí comprar esa propiedad. La adquirí hace veinte años porque mis hijas vivían en aquella ciudad.

Yo viajaba todos los meses para reunirme con ellas. Mi exesposa me convenció de comprar un apartamento para ella y nuestras hijas. Tonto yo, me dejé ablandar y, rendido, caí en la trampa.

Peor aún, aturdido por la culpa del padre ausente, pagué también para adjudicarme el piso superior al de ellas. Mi exesposa decoró todo con su habitual buen gusto. Por consejo de mi abogado, un hombre sabio que no creía en las cursilerías del amor, inscribí ambas propiedades a mi nombre.

Dos años después, me enamoré de la mujer que es ahora mi esposa. Sobrevino entonces una crisis familiar. Mi exesposa se atacó de celos y prohibió que mi joven amante entrase en mi apartamento para confundirse conmigo en las efusiones de la lujuria.

Furioso, le exigí a mi exesposa que se marchase del piso con jardín que ocupaba con nuestras hijas. No pudo quedarse allí, contrariando mi voluntad, porque la propiedad estaba registrada a mi nombre. Se marchó, despechada, odiándome, con nuestras hijas.

Le regalé dinero para que alquilase una casa. No me lo agradeció. Su venganza consistió en enemistarme con mis hijas.

Dejaron de hablarme cuatro años. No debí echarlas del apartamento que les había obsequiado y ellas habían decorado con ilusión. Fue un abuso miserable, ruin, un exabrupto canallesco, uno de los peores errores de mi vida.

Ahora ese apartamento está vacío. Cuando visito la ciudad, duermo en el piso superior y no me atrevo a recorrer la planta baja, que se ha convertido en un museo del desamor y las promesas rotas. No volveré a la ciudad del polvo y la niebla en mucho tiempo.

Esta última visita ha sido una decepción, no solo porque no pude dormir, torturado por los ruidos, sino porque me entristeció ver a mi madre tan disminuida. Tiene ochenta y seis años. Le cuesta hablar.

No le vienen las palabras, no encuentra las palabras, se le esconden las palabras. Entonces se queda en silencio, sufriendo por hallar y pronunciar la palabra esquiva. Yo la ayudaba, diciendo palabras tentativas, a ver si acertaba con alguna de ellas, y al mismo tiempo me conmovía ver cómo ella sufría porque no siempre conseguía hablar con fluidez.

Yo soy veinticinco años menor que ella y a veces, cuando hablo en la televisión, o estoy grabando un video para mi canal personal, también me olvido de ciertos nombres. Me vienen las palabras, pero se me esconden los nombres de un político, una actriz, un futbolista, un escritor, o los títulos de un libro, una película, o los años de una guerra, un golpe, una revolución. Cómo no entender entonces a mi madre, que de pronto enmudece y persigue una palabra que, terca, huidiza, se le oculta detrás de su sombra.

Almorzando en su casa, mi madre me ha pedido dos cosas que no sé si voy a hacer. Me ha amonestado porque mi hija de quince años no ha sido bautizada en la religión católica y me ha pedido que la bauticemos cuanto antes. No la hemos bautizado porque, si bien mi esposa y yo somos formalmente católicos, no practicamos esa religión y nos consideramos agnósticos.

Sin embargo, yo rezo de vez en cuando. Las cuatro noches torturadas que pasé allá abajo, visitando a mi madre, recé angustiado para que los ruidos no me impidiesen dormir. Esas plegarias no fueron atendidas.

Tanto sufrí con los ruidos de las construcciones que acabé marchándome a un hotel donde tampoco pude conciliar el sueño, pues la habitación se encontraba expuesta a los fragores y los estrépitos de la calle: las motos, los bocinazos, las alarmas de los autos, las sirenas de la policía. No estoy acostumbrado a tanto bullicio porque vivo lejos de esa ciudad, a seis horas en avión, en una isla apacible, donde mis vecinos atesoran el silencio, como yo. De regreso en esa isla, le he preguntado a mi hija si quiere bautizarse y ella, riéndose, me ha dicho que no.

También me ha pedido mi madre que le preste plata a mi hermana. Nos queríamos mucho mi hermana y yo cuando éramos niños. Ella era más lista y traviesa que yo, y vaya que le gustaba el dinero.

Es dos años mayor que yo. Se casó con un español, tuvo cuatro hijas, se divorció. Si bien estudió sicología, nunca trabajó.

Ahora está quebrada y peleada con la familia. No comprendo cómo pudo haber quebrado. Mi madre le regaló una fortuna y mi hermana la ha perdido toda, o casi toda.

¿Cómo ha perdido tanto en tan poco tiempo? No puedo entenderlo. Ella dice que hizo malas inversiones, que tuvo mala suerte, que la estafaron.

Yo sospecho que, no contenta con la plata que le habían donado, se dejó turbar por la codicia y quiso duplicar o triplicar ese dinero, en lugar de preservarlo. También creo que se metió a invertir temerariamente en la Bolsa de Valores, segura de que era un genio de las finanzas. Por lo visto, no lo era.

Cuando se quedó sin plata, y los millones que le confiaron se hicieron humo, mi hermana no tuvo mejor idea que enjuiciar a la familia, a su propia madre, a sus hermanos, exigiéndoles más dinero. Por supuesto, sus reclamos eran infundados. Una pandilla de abogados desalmados litigó por pura codicia contra mi madre y mis hermanos.

Lo que mi hermana exigía a la familia era insólito: el dinero que me obsequiaron era insuficiente, tienen que darme más. Por supuesto, perdió todos los juicios. Ahora debe pagar los costos legales de esas querellas.

Debe resarcir a los abogados de mi madre y mis hermanos. No quiere hacerlo o no puede hacerlo. Tiene que pagar doscientos mil dólares en costos legales.

Mi madre quiere que yo le preste ese dinero a mi hermana. Cuando me lo sugirió, respondí, sorprendido: dile que me escriba. Newsletter Esa misma noche, todavía en la ciudad del polvo y la niebla, recibí un correo de mi hermana.

Me apenó tanto leerlo que me hizo llorar. Me decía que ha descubierto que el dinero «es una mierda» y que está «totalmente arrepentida» de haber enjuiciado a la familia. También decía que sus socios inversionistas la han estafado, pero pronto recuperará parte de su dinero.

Decía que necesitaba plata no solo para pagar los costos legales de sus juicios, sino también para costear la boda de una de sus hijas, que se casará pronto. No me pedía una cantidad exacta. Me decía: Mami me ha dicho que estás dispuesto a ayudarme, yo prefiero que me prestes la cantidad que decidas.

Lo que más me impresionó fue leer que ahora vive «de los ahorros de mis hijas, los préstamos de mis amigas incondicionales y las donaciones de muchas personas humildes que me dieron sus ahorros». También me sorprendió leer que no quiso robar la platería de nuestra madre, y que cuando uno de mis hermanos la pilló sacando la vajilla de plata a hurtadillas, alegó que nuestra madre se la había regalado. La versión de mis hermanos no coincide con la suya: afirman que devolvió los objetos de plata cuando la amenazaron con llamar a la policía.

Han pasado unos días y todavía no he encontrado la manera de responder apropiadamente al correo de mi hermana. Sé que mi madre espera que yo haga la transferencia bancaria para apagar ese incendio familiar. Sé que mi hermana necesita el dinero porque la justicia ha ordenado una cobranza coactiva, congelando sus cuentas bancarias.

También sé que vive en un apartamento lujoso y posee una casa en el campo. Me pregunto si debo ayudarla. Me pregunto por qué no vende su casa en el campo.

Me pregunto si me pagará algún día el dinero que acaso le prestaré. Pero sobre todo me pregunto cómo pudo dilapidar una fortuna y luego caer en la bajeza de enjuiciar a su propia madre, exigiéndole más dinero. Lo que más me conmueve es que mi madre sea tan noble y bondadosa para comprender a su hija, perdonarla por sus juicios inamistosos y ayudarla para que pague los costos legales de esas demandas.

Mucho me temo que mi hija no desea bautizarse. Mucho me temo que perderé el dinero que le enviaré a mi hermana. Mucho me temo que no volveré a esa ciudad en un par de años.

Temas familia Juicios Religión Abogados UH ABC comentarios Reportar un error La familia es un archipiélago volcánico Su venganza consistió en enemistarme con mis hijas. Dejaron de hablarme cuatro años. No debí echarlas del apartamento que les había obsequiado y ellas habían decorado con ilusión Regala esta noticia Añádenos en Google Jaime Bayly 01/08/2026 a las 23:48h.

He pasado cuatro noches en la ciudad del polvo y la niebla, la ciudad donde nací. Han sido noches malas. Frente a mi apartamento, había dos edificios en construcción.

Los ruidos eran odiosos e incesantes. No me permitían descansar. Sentía que estaban martillándome la cabeza. ...

Una vez más, he sido infeliz en la ciudad de la que escapé siendo joven. No debí comprar esa propiedad. La adquirí hace veinte años porque mis hijas vivían en aquella ciudad.

Yo viajaba todos los meses para reunirme con ellas. Mi exesposa me convenció de comprar un apartamento para ella y nuestras hijas. Tonto yo, me dejé ablandar y, rendido, caí en la trampa.

Peor aún, aturdido por la culpa del padre ausente, pagué también para adjudicarme el piso superior al de ellas. Mi exesposa decoró todo con su habitual buen gusto. Por consejo de mi abogado, un hombre sabio que no creía en las cursilerías del amor, inscribí ambas propiedades a mi nombre.

Dos años después, me enamoré de la mujer que es ahora mi esposa. Sobrevino entonces una crisis familiar. Mi exesposa se atacó de celos y prohibió que mi joven amante entrase en mi apartamento para confundirse conmigo en las efusiones de la lujuria.

Furioso, le exigí a mi exesposa que se marchase del piso con jardín que ocupaba con nuestras hijas. No pudo quedarse allí, contrariando mi voluntad, porque la propiedad estaba registrada a mi nombre. Se marchó, despechada, odiándome, con nuestras hijas.

Le regalé dinero para que alquilase una casa. No me lo agradeció. Su venganza consistió en enemistarme con mis hijas.

Dejaron de hablarme cuatro años. No debí echarlas del apartamento que les había obsequiado y ellas habían decorado con ilusión. Fue un abuso miserable, ruin, un exabrupto canallesco, uno de los peores errores de mi vida.

Ahora ese apartamento está vacío. Cuando visito la ciudad, duermo en el piso superior y no me atrevo a recorrer la planta baja, que se ha convertido en un museo del desamor y las promesas rotas. No volveré a la ciudad del polvo y la niebla en mucho tiempo.

Esta última visita ha sido una decepción, no solo porque no pude dormir, torturado por los ruidos, sino porque me entristeció ver a mi madre tan disminuida. Tiene ochenta y seis años. Le cuesta hablar.

No le vienen las palabras, no encuentra las palabras, se le esconden las palabras. Entonces se queda en silencio, sufriendo por hallar y pronunciar la palabra esquiva. Yo la ayudaba, diciendo palabras tentativas, a ver si acertaba con alguna de ellas, y al mismo tiempo me conmovía ver cómo ella sufría porque no siempre conseguía hablar con fluidez.

Yo soy veinticinco años menor que ella y a veces, cuando hablo en la televisión, o estoy grabando un video para mi canal personal, también me olvido de ciertos nombres. Me vienen las palabras, pero se me esconden los nombres de un político, una actriz, un futbolista, un escritor, o los títulos de un libro, una película, o los años de una guerra, un golpe, una revolución. Cómo no entender entonces a mi madre, que de pronto enmudece y persigue una palabra que, terca, huidiza, se le oculta detrás de su sombra.

Almorzando en su casa, mi madre me ha pedido dos cosas que no sé si voy a hacer. Me ha amonestado porque mi hija de quince años no ha sido bautizada en la religión católica y me ha pedido que la bauticemos cuanto antes. No la hemos bautizado porque, si bien mi esposa y yo somos formalmente católicos, no practicamos esa religión y nos consideramos agnósticos.

Sin embargo, yo rezo de vez en cuando. Las cuatro noches torturadas que pasé allá abajo, visitando a mi madre, recé angustiado para que los ruidos no me impidiesen dormir. Esas plegarias no fueron atendidas.

Tanto sufrí con los ruidos de las construcciones que acabé marchándome a un hotel donde tampoco pude conciliar el sueño, pues la habitación se encontraba expuesta a los fragores y los estrépitos de la calle: las motos, los bocinazos, las alarmas de los autos, las sirenas de la policía. No estoy acostumbrado a tanto bullicio porque vivo lejos de esa ciudad, a seis horas en avión, en una isla apacible, donde mis vecinos atesoran el silencio, como yo. De regreso en esa isla, le he preguntado a mi hija si quiere bautizarse y ella, riéndose, me ha dicho que no.

También me ha pedido mi madre que le preste plata a mi hermana. Nos queríamos mucho mi hermana y yo cuando éramos niños. Ella era más lista y traviesa que yo, y vaya que le gustaba el dinero.

Es dos años mayor que yo. Se casó con un español, tuvo cuatro hijas, se divorció. Si bien estudió sicología, nunca trabajó.

Ahora está quebrada y peleada con la familia. No comprendo cómo pudo haber quebrado. Mi madre le regaló una fortuna y mi hermana la ha perdido toda, o casi toda.

¿Cómo ha perdido tanto en tan poco tiempo? No puedo entenderlo. Ella dice que hizo malas inversiones, que tuvo mala suerte, que la estafaron.

Yo sospecho que, no contenta con la plata que le habían donado, se dejó turbar por la codicia y quiso duplicar o triplicar ese dinero, en lugar de preservarlo. También creo que se metió a invertir temerariamente en la Bolsa de Valores, segura de que era un genio de las finanzas. Por lo visto, no lo era.

Cuando se quedó sin plata, y los millones que le confiaron se hicieron humo, mi hermana no tuvo mejor idea que enjuiciar a la familia, a su propia madre, a sus hermanos, exigiéndoles más dinero. Por supuesto, sus reclamos eran infundados. Una pandilla de abogados desalmados litigó por pura codicia contra mi madre y mis hermanos.

Lo que mi hermana exigía a la familia era insólito: el dinero que me obsequiaron era insuficiente, tienen que darme más. Por supuesto, perdió todos los juicios. Ahora debe pagar los costos legales de esas querellas.

Debe resarcir a los abogados de mi madre y mis hermanos. No quiere hacerlo o no puede hacerlo. Tiene que pagar doscientos mil dólares en costos legales.

Mi madre quiere que yo le preste ese dinero a mi hermana. Cuando me lo sugirió, respondí, sorprendido: dile que me escriba. Newsletter Esa misma noche, todavía en la ciudad del polvo y la niebla, recibí un correo de mi hermana.

Me apenó tanto leerlo que me hizo llorar. Me decía que ha descubierto que el dinero «es una mierda» y que está «totalmente arrepentida» de haber enjuiciado a la familia. También decía que sus socios inversionistas la han estafado, pero pronto recuperará parte de su dinero.

Decía que necesitaba plata no solo para pagar los costos legales de sus juicios, sino también para costear la boda de una de sus hijas, que se casará pronto. No me pedía una cantidad exacta. Me decía: Mami me ha dicho que estás dispuesto a ayudarme, yo prefiero que me prestes la cantidad que decidas.

Lo que más me impresionó fue leer que ahora vive «de los ahorros de mis hijas, los préstamos de mis amigas incondicionales y las donaciones de muchas personas humildes que me dieron sus ahorros». También me sorprendió leer que no quiso robar la platería de nuestra madre, y que cuando uno de mis hermanos la pilló sacando la vajilla de plata a hurtadillas, alegó que nuestra madre se la había regalado. La versión de mis hermanos no coincide con la suya: afirman que devolvió los objetos de plata cuando la amenazaron con llamar a la policía.

Han pasado unos días y todavía no he encontrado la manera de responder apropiadamente al correo de mi hermana. Sé que mi madre espera que yo haga la transferencia bancaria para apagar ese incendio familiar. Sé que mi hermana necesita el dinero porque la justicia ha ordenado una cobranza coactiva, congelando sus cuentas bancarias.

También sé que vive en un apartamento lujoso y posee una casa en el campo. Me pregunto si debo ayudarla. Me pregunto por qué no vende su casa en el campo.

Me pregunto si me pagará algún día el dinero que acaso le prestaré. Pero sobre todo me pregunto cómo pudo dilapidar una fortuna y luego caer en la bajeza de enjuiciar a su propia madre, exigiéndole más dinero. Lo que más me conmueve es que mi madre sea tan noble y bondadosa para comprender a su hija, perdonarla por sus juicios inamistosos y ayudarla para que pague los costos legales de esas demandas.

Mucho me temo que mi hija no desea bautizarse. Mucho me temo que perderé el dinero que le enviaré a mi hermana. Mucho me temo que no volveré a esa ciudad en un par de años.

Temas familia Juicios Religión Abogados UH ABC comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola» Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor»

Borja Sánchez

Publicado por Redacción · sábado, 1 de agosto de 2026

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