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Internacional
martes, 18 de agosto de 2026

La sonrisa de Pablo

El señor Krier era el abuelo de Félix y Sandra, mis amigos y vecinos en Barcelona. Vivíamos en el mismo rellano de la calle Caballeros. Era el principio de los años ochenta. El señor Krier era uno de

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

La sonrisa de Pablo «Tú no llorabas por el delfín. Llorabas por ti, porque querías tener un delfín. Tus padres y mi hija no te han sabido consolar porque nunca han sabido ganar dinero»

Regala esta noticia Añádenos en Google Los delfines de Marineland. (ABC) Salvador Sostres 18/08/2026 a las 02:16h. El señor Krier era el abuelo de Félix y Sandra, mis amigos y vecinos en Barcelona. Vivíamos en el mismo rellano de la calle Caballeros.

Era el principio de los años ochenta. El señor Krier era uno de los banqueros más importantes de España, presidente ... del Banco Comercial Transatlántico, el principal puente financiero y operativo entre el tejido empresarial español y el capital de la entonces Alemania Occidental. Era alto, corpulento, muy alemán.

El polo siempre impecable y por dentro de la bermuda. Pero a su manera, opapa -como le llamaban los que en realidad eran mis amigos, Félix y Sandra-, o simplemente Pablo, como le llamaba yo, estaba siempre dispuesto a la conversación. Su finca de Gavá, donde yo pasaba largas temporadas invitado, era la única que estaba en la playa.

Quizá por ello, el día que un delfín varó, fuimos los primeros en enterarnos por los gritos y el tumulto. En la finca no había piscina pero sí un estanque de unos tres metros de largo y uno de profundidad que siempre había estado ahí sin que a nadie se le hubiera ocurrido muy bien qué hacer con él. No sé quién, ni cómo, llegó a la conclusión de que el delfín estaba enfermo y que necesitaba atención veterinaria, y los más forzudos lo cargaron hasta el estanque y los demás corrimos con cubos al mar para llenarlo de agua salada.

Llamamos a Román Luera, que casualmente estaba en Castelldefels, hospedado con su esposa en casa de mi abuela. Don Román era el gran veterinario de aquellos tiempos y enseguida llegó y confirmó que el animal estaba enfermo, le administró unas inyecciones que hicieron rápido su efecto y se puso en contacto con el director del zoo de Barcelona, que mandó a un equipo para que cargara al delfín en un camión con un gran tanque de agua y lo llevaran al Aquarama. Para mí, aquella escena fue muy impactante porque los delfines han sido siempre mis animales más queridos.

Y yo, sin tener en cuenta ningún aspecto práctico, pedí que nos quedáramos al delfín y que le construyeran una piscina cómoda entre los pinos. Newsletter Mis padres y los padres de mis amigos me hicieron ver todos los inconvenientes para el bienestar del animal, me dieron todas las explicaciones posibles sobre por qué en el zoo estaría mejor y yo me puse a llorar. El señor Krier, que estaba en la mesa sentado con nosotros, no decía nada, y era raro en él, porque siempre escuchaba, pero luego se hacía escuchar, y aunque se daban las tensiones entre el padre que había brillado y la hija que vivía de él, todos estábamos de acuerdo en que la magnífica sonrisa de Pablo cambiaba el aire de donde estaba.

Cuando yo ya no podía dejar de llorar y mis padres no sabían qué más decirme, el señor Krier se levantó, se acercó a donde yo estaba, me hizo un gesto con la mano, bastante autoritario, para que me levantara, y empezamos a caminar solos hacia el estanque. —Salvador, ahora tienes que dejar de llorar y escucharme. Y ante una orden de Pablo siempre era más fácil obedecer que no hacer caso. —Tú no llorabas por el delfín. Llorabas por ti, porque querías tener un delfín.

Tus padres y mi hija no te han sabido consolar porque nunca han sabido ganar dinero. El delfín es un animal y a mí me importa mucho menos de lo que me importas tú. El delfín no puede quedarse porque tú no serías feliz teniendo que venir cada día aquí para darle de comer, para limpiar o cambiar su agua.

El delfín no puede quedarse no porque su vida esté en el mar o en un acuario, sino porque tu vida está en Barcelona, en tu escuela, con tus amigos. Y justo cuando iba a oponer mis argumentos, me dijo: —Además, en el zoo saltará para ti sin que tengas que hacer nada. Y un hombre serio, Salvador, tiene siempre que tener pocos amigos y muchos empleados.

Y la tarde se iluminó con la gran sonrisa de Pablo. comentarios Reportar un error La sonrisa de Pablo «Tú no llorabas por el delfín. Llorabas por ti, porque querías tener un delfín. Tus padres y mi hija no te han sabido consolar porque nunca han sabido ganar dinero»

Regala esta noticia Añádenos en Google Los delfines de Marineland. (ABC) Salvador Sostres 18/08/2026 a las 02:16h. El señor Krier era el abuelo de Félix y Sandra, mis amigos y vecinos en Barcelona. Vivíamos en el mismo rellano de la calle Caballeros.

Era el principio de los años ochenta. El señor Krier era uno de los banqueros más importantes de España, presidente ... del Banco Comercial Transatlántico, el principal puente financiero y operativo entre el tejido empresarial español y el capital de la entonces Alemania Occidental. Era alto, corpulento, muy alemán.

El polo siempre impecable y por dentro de la bermuda. Pero a su manera, opapa -como le llamaban los que en realidad eran mis amigos, Félix y Sandra-, o simplemente Pablo, como le llamaba yo, estaba siempre dispuesto a la conversación. Su finca de Gavá, donde yo pasaba largas temporadas invitado, era la única que estaba en la playa.

Quizá por ello, el día que un delfín varó, fuimos los primeros en enterarnos por los gritos y el tumulto. En la finca no había piscina pero sí un estanque de unos tres metros de largo y uno de profundidad que siempre había estado ahí sin que a nadie se le hubiera ocurrido muy bien qué hacer con él. No sé quién, ni cómo, llegó a la conclusión de que el delfín estaba enfermo y que necesitaba atención veterinaria, y los más forzudos lo cargaron hasta el estanque y los demás corrimos con cubos al mar para llenarlo de agua salada.

Llamamos a Román Luera, que casualmente estaba en Castelldefels, hospedado con su esposa en casa de mi abuela. Don Román era el gran veterinario de aquellos tiempos y enseguida llegó y confirmó que el animal estaba enfermo, le administró unas inyecciones que hicieron rápido su efecto y se puso en contacto con el director del zoo de Barcelona, que mandó a un equipo para que cargara al delfín en un camión con un gran tanque de agua y lo llevaran al Aquarama. Para mí, aquella escena fue muy impactante porque los delfines han sido siempre mis animales más queridos.

Y yo, sin tener en cuenta ningún aspecto práctico, pedí que nos quedáramos al delfín y que le construyeran una piscina cómoda entre los pinos. Newsletter Mis padres y los padres de mis amigos me hicieron ver todos los inconvenientes para el bienestar del animal, me dieron todas las explicaciones posibles sobre por qué en el zoo estaría mejor y yo me puse a llorar. El señor Krier, que estaba en la mesa sentado con nosotros, no decía nada, y era raro en él, porque siempre escuchaba, pero luego se hacía escuchar, y aunque se daban las tensiones entre el padre que había brillado y la hija que vivía de él, todos estábamos de acuerdo en que la magnífica sonrisa de Pablo cambiaba el aire de donde estaba.

Cuando yo ya no podía dejar de llorar y mis padres no sabían qué más decirme, el señor Krier se levantó, se acercó a donde yo estaba, me hizo un gesto con la mano, bastante autoritario, para que me levantara, y empezamos a caminar solos hacia el estanque. —Salvador, ahora tienes que dejar de llorar y escucharme. Y ante una orden de Pablo siempre era más fácil obedecer que no hacer caso. —Tú no llorabas por el delfín. Llorabas por ti, porque querías tener un delfín.

Tus padres y mi hija no te han sabido consolar porque nunca han sabido ganar dinero. El delfín es un animal y a mí me importa mucho menos de lo que me importas tú. El delfín no puede quedarse porque tú no serías feliz teniendo que venir cada día aquí para darle de comer, para limpiar o cambiar su agua.

El delfín no puede quedarse no porque su vida esté en el mar o en un acuario, sino porque tu vida está en Barcelona, en tu escuela, con tus amigos. Y justo cuando iba a oponer mis argumentos, me dijo: —Además, en el zoo saltará para ti sin que tengas que hacer nada. Y un hombre serio, Salvador, tiene siempre que tener pocos amigos y muchos empleados.

Y la tarde se iluminó con la gran sonrisa de Pablo. comentarios Reportar un error Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Eugenia Martínez de Irujo: «El desayuno más sabroso es el que tomo en mi casa, tostada integral con aceite de oliva y un café con hielo» Ana Beatriz Micó Pilar Rubio, sobre la crianza de sus hijos con Sergio Ramos: «No tienen móvil y mientras estén en mi casa tampoco redes sociales» Marina Ortiz

Publicado por Redacción · martes, 18 de agosto de 2026

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