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Internacional
miércoles, 5 de agosto de 2026

Trabajar mientras arde la casa: la paradoja de una generación que conoce la crisis climática pero aún alimenta el fuego

La casa está en llamas, sí. Pero todavía estamos dentro. Y mientras estemos aquí, tenemos la responsabilidad de apagar el fuego, no de seguir alimentándolo.

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Firma invitadaNuno Brito Jorge, CEO y cofundador de GoparityTrabajar mientras arde la casa: la paradoja de una generación que conoce la crisis climática pero aún alimenta el fuegoTrabajar mientras arde la casa: la paradoja de una generación que conoce la crisis climática pero aún alimenta el fuegoEFEOpiniónOpinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos. 05 ago 2026 - 05:00Firma invitadaNuno Brito Jorge, CEO y cofundador de Goparity Añádenos en Google Elígenos como tu fuente preferida en Google.WhatsAppTwitterFacebookLinkedinTelegramBeloudCopiar URLCompartirMostrar comentariosIntentar trabajar mientras nuestra casa está en llamas. Eso es lo que estamos haciendo. E incluso algo peor, sabemos que está ardiendo, pero seguimos echando combustible.

Mientras escribo esto, España arde. Ya no es simplemente una metáfora. En los últimos días, los principales incendios de Ávila, Madrid, Castellón y Toledo han afectado a más de 95.000 hectáreas y, según el último balance, alrededor de 11.000 personas continuaban evacuadas.Hablamos de España como podíamos hablar de Francia, Portugal, Italia o Grecia.

Pero tampoco es un problema solo europeo o del hemisferio norte. EEUU y Canadá lo está sufriendo, Indonésia también y Brasil lo mismo. Vivimos de espaldas a la naturaleza y, durante demasiado tiempo, hemos tratado la prevención como algo secundario.

Pero los incendios no empiezan cuando aparecen los conatos. Empiezan mucho antes en la falta de gestión forestal, en el abandono del monte, en la ausencia de cortafuegos y en una planificación territorial que no siempre tiene en cuenta el riesgo. Al mismo tiempo, ayuntamientos y comunidades autónomas tienen una responsabilidad ineludible.

No podemos seguir dejando que el monte se abandone mientras expandimos el asfalto, ni limitar nuestra respuesta a desplegar medios cuando el fuego ya está fuera de control. También empiezan, con las décadas de advertencias ignoradas, prioridades postergadas y acciones que solo alimentan el greenwashing, muchas de las consecuencias que se anunciaban ya forman parte de nuestro presente. El cambio climático está aquí y las temperaturas más altas y los periodos de sequía hacen que los bosques y el campo sean cada vez más cerillas esperando a la próxima colilla, maníaco o chispa para estallar.

Para quienes trabajamos en la mitigación del cambio climático, en protección ambiental y en sostenibilidad, ver todo esto es especialmente duro. No porque nos sorprenda, sino porque representa el fracaso colectivo de una generación que tuvo toda la información a su disposición, los recursos y el tiempo para actuar, pero eligió no hacerlo con la urgencia que era necesaria. La paradoja de trabajar en sostenibilidadExiste una cruel paradoja en dedicarse profesionalmente a la sostenibilidad: cuanto más avanzas en tu trabajo, más consciente eres de lo poco que estamos haciendo como sociedad.

Ves los datos, conoces las proyecciones, entiendes la urgencia y aguantas las consecutivas decepciones. Aun así, cada mañana sigues adelante. Llevamos años financiando proyectos de energía renovable, eficiencia energética, economía circular o agricultura ecológica.

Proyectos que, medidos individualmente, generan impacto real: toneladas de CO₂ evitadas, megavatios de energía limpia generada, recursos ahorrados, hectáreas de tierra gestionada de manera sostenible. Pero, cuando miras el panorama global, la situación es desoladora. Las empresas pintan de verde sus informes anuales mientras sus operaciones seguían siendo las mismas.

Los Gobiernos firman acuerdos climáticos ambiciosos y luego los incumplen sistemáticamente. E incluso los Inversores hablan de ESG mientras sus carteras siguen apostando por los combustibles fósiles. La diferencia entre el greenwashing y la acción real está en el impacto que puede demostrarse.

Cuando financias un panel solar, ese panel genera electricidad limpia. Cuando inviertes en eficiencia energética, una empresa reduce su consumo. Cuando apoyas la economía circular, determinados materiales vuelven a utilizarse en lugar de convertirse en residuos.

Ninguna de estas actuaciones evita por sí sola un incendio concreto, pero todas contribuyen a reducir emisiones, utilizar mejor los recursos y construir una economía más preparada frente a los riesgos climáticos. La urgencia no es cosa del futuroDurante mucho tiempo, los científicos hablaron del cambio climático principalmente como una amenaza futura, asegurando que, si no actuamos ya, en 2050 veremos consecuencias graves. Sin embargo, el pasado mes de julio ha demostrado que el cambio climático es un problema del presente.

La Organización Mundial de la Salud advirtió de que este verano podrían alcanzarse temperaturas de hasta 43 °C en Portugal y el sur de España, un episodio que confirma que el calor extremo ha dejado de ser una excepción para convertirse en un riesgo recurrente para la salud pública, especialmente entre las personas mayores, la infancia, quienes trabajan al aire libre y los hogares más vulnerables. En este contexto, los refugios climáticos ya no son una medida hipotética ni una respuesta reservada para escenarios futuros: según el Ministerio para la Transición Ecológica, la nueva Red Estatal dispone de más de 180 espacios públicos y accesibles destinados a proteger a la ciudadanía durante los episodios de temperaturas extremas. Tampoco los desplazamientos relacionados con el clima pertenecen únicamente al terreno de las proyecciones.

De acuerdo con ACNUR, los desastres meteorológicos han provocado alrededor de 220 millones de desplazamientos internos durante la última década, obligando a millones de personas a abandonar temporal o permanentemente sus hogares. Estos datos muestran que las consecuencias del cambio climático ya no pueden interpretarse como anomalías aisladas ni como simples registros estadísticos, constituyen una realidad tangible, medible y cada vez más presente. Sin embargo, seguimos viendo resistencia.

Resistencia a cambiar modelos de negocio obsoletos. Resistencia a regular industrias contaminantes. Resistencia a invertir en la transición energética a la velocidad necesaria.

La prevención es acción climática. Invertir en gestión forestal, en brigadas permanentes, en planes de ordenación territorial que respeten el paisaje y reduzcan el riesgo, es tan urgente como financiar proyectos renovables. Porque de nada sirve descarbonizar la economía si cada verano vemos arder el resultado de décadas de abandono.

Y de poco sirve hablar de adaptación si los ayuntamientos y las comunidades autónomas no cuentan con los recursos, los planes y la voluntad política necesarios para anticiparse al riesgo.Pero ahí está la cuestión: podemos quedarnos con la frustración o podemos canalizarla individualmente y de forma colectiva hacia la acción y aprovechar cada día que nos queda para acelerar el cambio.No podemos continuar tolerando un sistema que celebra el crecimiento disociado del bienestar, la sostenibilidad, la equidad y la justicia. Tampoco podemos seguir subsidiando, directa o indirectamente, las actividades que nos están llevando al colapso climático mientras esperamos que las alternativas compitan en desigualdad de condiciones.La casa está en llamas, sí. Pero todavía estamos dentro.

Y mientras estemos aquí, tenemos la responsabilidad de apagar el fuego, no de seguir alimentándolo.Conforme a los criterios de¿Por qué confiar en nosotros?Más información sobre:IncendioOpinión Mostrar comentarios Comentarios Firma invitadaNuno Brito Jorge, CEO y cofundador de GoparityTrabajar mientras arde la casa: la paradoja de una generación que conoce la crisis climática pero aún alimenta el fuegoTrabajar mientras arde la casa: la paradoja de una generación que conoce la crisis climática pero aún alimenta el fuegoEFEOpiniónOpinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos. 05 ago 2026 - 05:00Firma invitadaNuno Brito Jorge, CEO y cofundador de Goparity Añádenos en Google Elígenos como tu fuente preferida en Google.WhatsAppTwitterFacebookLinkedinTelegramBeloudCopiar URLCompartirMostrar comentariosIntentar trabajar mientras nuestra casa está en llamas. Eso es lo que estamos haciendo. E incluso algo peor, sabemos que está ardiendo, pero seguimos echando combustible.

Mientras escribo esto, España arde. Ya no es simplemente una metáfora. En los últimos días, los principales incendios de Ávila, Madrid, Castellón y Toledo han afectado a más de 95.000 hectáreas y, según el último balance, alrededor de 11.000 personas continuaban evacuadas.Hablamos de España como podíamos hablar de Francia, Portugal, Italia o Grecia.

Pero tampoco es un problema solo europeo o del hemisferio norte. EEUU y Canadá lo está sufriendo, Indonésia también y Brasil lo mismo. Vivimos de espaldas a la naturaleza y, durante demasiado tiempo, hemos tratado la prevención como algo secundario.

Pero los incendios no empiezan cuando aparecen los conatos. Empiezan mucho antes en la falta de gestión forestal, en el abandono del monte, en la ausencia de cortafuegos y en una planificación territorial que no siempre tiene en cuenta el riesgo. Al mismo tiempo, ayuntamientos y comunidades autónomas tienen una responsabilidad ineludible.

No podemos seguir dejando que el monte se abandone mientras expandimos el asfalto, ni limitar nuestra respuesta a desplegar medios cuando el fuego ya está fuera de control. También empiezan, con las décadas de advertencias ignoradas, prioridades postergadas y acciones que solo alimentan el greenwashing, muchas de las consecuencias que se anunciaban ya forman parte de nuestro presente. El cambio climático está aquí y las temperaturas más altas y los periodos de sequía hacen que los bosques y el campo sean cada vez más cerillas esperando a la próxima colilla, maníaco o chispa para estallar.

Para quienes trabajamos en la mitigación del cambio climático, en protección ambiental y en sostenibilidad, ver todo esto es especialmente duro. No porque nos sorprenda, sino porque representa el fracaso colectivo de una generación que tuvo toda la información a su disposición, los recursos y el tiempo para actuar, pero eligió no hacerlo con la urgencia que era necesaria. La paradoja de trabajar en sostenibilidadExiste una cruel paradoja en dedicarse profesionalmente a la sostenibilidad: cuanto más avanzas en tu trabajo, más consciente eres de lo poco que estamos haciendo como sociedad.

Ves los datos, conoces las proyecciones, entiendes la urgencia y aguantas las consecutivas decepciones. Aun así, cada mañana sigues adelante. Llevamos años financiando proyectos de energía renovable, eficiencia energética, economía circular o agricultura ecológica.

Proyectos que, medidos individualmente, generan impacto real: toneladas de CO₂ evitadas, megavatios de energía limpia generada, recursos ahorrados, hectáreas de tierra gestionada de manera sostenible. Pero, cuando miras el panorama global, la situación es desoladora. Las empresas pintan de verde sus informes anuales mientras sus operaciones seguían siendo las mismas.

Los Gobiernos firman acuerdos climáticos ambiciosos y luego los incumplen sistemáticamente. E incluso los Inversores hablan de ESG mientras sus carteras siguen apostando por los combustibles fósiles. La diferencia entre el greenwashing y la acción real está en el impacto que puede demostrarse.

Cuando financias un panel solar, ese panel genera electricidad limpia. Cuando inviertes en eficiencia energética, una empresa reduce su consumo. Cuando apoyas la economía circular, determinados materiales vuelven a utilizarse en lugar de convertirse en residuos.

Ninguna de estas actuaciones evita por sí sola un incendio concreto, pero todas contribuyen a reducir emisiones, utilizar mejor los recursos y construir una economía más preparada frente a los riesgos climáticos. La urgencia no es cosa del futuroDurante mucho tiempo, los científicos hablaron del cambio climático principalmente como una amenaza futura, asegurando que, si no actuamos ya, en 2050 veremos consecuencias graves. Sin embargo, el pasado mes de julio ha demostrado que el cambio climático es un problema del presente.

La Organización Mundial de la Salud advirtió de que este verano podrían alcanzarse temperaturas de hasta 43 °C en Portugal y el sur de España, un episodio que confirma que el calor extremo ha dejado de ser una excepción para convertirse en un riesgo recurrente para la salud pública, especialmente entre las personas mayores, la infancia, quienes trabajan al aire libre y los hogares más vulnerables. En este contexto, los refugios climáticos ya no son una medida hipotética ni una respuesta reservada para escenarios futuros: según el Ministerio para la Transición Ecológica, la nueva Red Estatal dispone de más de 180 espacios públicos y accesibles destinados a proteger a la ciudadanía durante los episodios de temperaturas extremas. Tampoco los desplazamientos relacionados con el clima pertenecen únicamente al terreno de las proyecciones.

De acuerdo con ACNUR, los desastres meteorológicos han provocado alrededor de 220 millones de desplazamientos internos durante la última década, obligando a millones de personas a abandonar temporal o permanentemente sus hogares. Estos datos muestran que las consecuencias del cambio climático ya no pueden interpretarse como anomalías aisladas ni como simples registros estadísticos, constituyen una realidad tangible, medible y cada vez más presente. Sin embargo, seguimos viendo resistencia.

Resistencia a cambiar modelos de negocio obsoletos. Resistencia a regular industrias contaminantes. Resistencia a invertir en la transición energética a la velocidad necesaria.

La prevención es acción climática. Invertir en gestión forestal, en brigadas permanentes, en planes de ordenación territorial que respeten el paisaje y reduzcan el riesgo, es tan urgente como financiar proyectos renovables. Porque de nada sirve descarbonizar la economía si cada verano vemos arder el resultado de décadas de abandono.

Y de poco sirve hablar de adaptación si los ayuntamientos y las comunidades autónomas no cuentan con los recursos, los planes y la voluntad política necesarios para anticiparse al riesgo.Pero ahí está la cuestión: podemos quedarnos con la frustración o podemos canalizarla individualmente y de forma colectiva hacia la acción y aprovechar cada día que nos queda para acelerar el cambio.No podemos continuar tolerando un sistema que celebra el crecimiento disociado del bienestar, la sostenibilidad, la equidad y la justicia. Tampoco podemos seguir subsidiando, directa o indirectamente, las actividades que nos están llevando al colapso climático mientras esperamos que las alternativas compitan en desigualdad de condiciones.La casa está en llamas, sí. Pero todavía estamos dentro.

Y mientras estemos aquí, tenemos la responsabilidad de apagar el fuego, no de seguir alimentándolo.Conforme a los criterios de¿Por qué confiar en nosotros?

Publicado por Redacción · miércoles, 5 de agosto de 2026

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