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Internacional
jueves, 30 de julio de 2026

La vileza de las cosas nobles

Hay asuntos ante los que una persona cabal se encogería de hombros y pasaría a otra cosa. Verbigracia, una película de muñecos. ¿Conviene desenvainar la espada por un astronauta de juguetería como Buz

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA La vileza de las cosas nobles Pixar atiza en el espectador el anhelo de ser indispensable para alguien, de pertenecer a un grupo, y entonces despliega, con innegable gracia e ingenio, una perversa pedagogía de la dependencia Regala esta noticia Añádenos en Google Escena de la película de 'Toy Story'. (Pixar) Jorge Freire 30/07/2026 a las 20:26h. Hay asuntos ante los que una persona cabal se encogería de hombros y pasaría a otra cosa. Verbigracia, una película de muñecos.

¿Conviene desenvainar la espada por un astronauta de juguetería como Buzz Lightyear, con su escafandra de plástico y su mentón de 'sheriff' tejano? Pues a veces resulta que sí. Son bagatelas, se nos dirá; pero las bagatelas son las ganzúas con que una época se nos mete en casa en plena noche.

Una figurita de acción puede contener una metafísica o, llegado el caso, un tratado de servidumbre. Por eso hay días en que toca batirse por un muñeco. Álvaro Cortina ha escrito una Tercera inteligente y garbosa a cuento de la última entrega de 'Toy Story'.

Lleva por título 'La nobleza de un muñeco' (24/7/26) y cabe discutirla muy seriamente. Duerman los artículos malos el sueño de la hemeroteca; los buenos, en cambio, merecen estocada, aunque la empuñadura sea de ceremonia. Por un lado, Cortina se vale de Aristóteles para explicar que la virtud del juguete estriba en su cumplimiento mediante el uso.

Para Aristóteles, los seres naturales contienen en sí el principio de su movimiento y de su reposo. La bellota se torna encina y hasta el renacuajo diminuto lleva dentro, en potencia, una rana de buen porte. En cambio, el vaquero Woody es un muñeco salido del molde de una fábrica del sudeste asiático, y antes de una junta de diseño y Dios sabe de cuántos estudios de mercado.

Posee, desde luego, una causa final: ha sido fabricado para que jueguen con él. Pero tomar la finalidad industrial por naturaleza íntima equivale a confundir al cocinero con la cazuela porque ambos intervienen en el guiso. Que el guion le conceda voz y sentimientos acredita que los guionistas conocen el viejo truco de la prosopopeya, merced al cual han hablado desde antiguo las estrellas, los ríos, las nubes y los esqueletos.

De igual manera, que el muñequito pestañee cuando se apagan las luces no acredita que tenga alma, sino que alguien sabe ejecutar bien ciertas fullerías, como el ventrílocuo que simula tener dos voces. Quien pone el alma es el espectador, conmovido, y Pixar se limita a poner la mercancía, que no es poco. Cortina sostiene, sin embargo, que la hechura artificial del muñeco no lo expulsa necesariamente del reino de los fines.

También los artefactos poseen una causa final, pues el martillo se ordena al clavo y la flauta a la música; y de ese cumplimiento, que en 'Toy Story' adquiere conciencia y dramatismo, nacería la nobleza particular de Woody y los suyos. El buen muñeco sería aquel que se aviene a ser agarrado, zarandeado, querido y, llegado el caso, abandonado, sirviendo a los deseos de la mente infantil. Cortina se apresura al atribuir nobleza a la función, porque una cosa puede ejecutar admirablemente aquello para lo que fue hecha y seguir siendo una bellaquería.

La ratonera alcanza su excelencia quebrando el espinazo del ratón y la mina antipersona solo cumple su propósito cuando deja al caminante hecho cachizas. ¿Acaso no hay fines ruines y funciones siniestras? El telescopio se ennoblece mirando estrellas; el potro de tortura, por mucho que se barnice y se pinta de azul celeste, no se va a convertir en una cómoda de matrimonio.

Otro tanto cabría decir del garrote, cuya pretensión de nobleza queda desestimada por el buen juicio de la lengua, que supo apellidarlo vil. Si la plenitud consiste en desempeñar dócilmente aquello para lo cual fuimos hechos, ¿quién expide los certificados de fabricación? Durante siglos se aseveró que al siervo le era propio el surco y al rey emperifollarse y decretar levas, pues toda jerarquía intenta pasar su conveniencia por naturaleza.

Lo cierto es que cuesta ver en 'Toy Story' una serena meditación sobre criaturas reconciliadas con su finalidad. ¡Si esos muñecos viven acogotados por un posible reemplazo! Temen al cumpleaños, al modelo nuevo, al niño que crece, al mercadillo, a la bolsa de basura...

Cada juguete sabe que su valor depende de continuar siendo apetecible para un consumidor voluble y tornadizo que hoy duerme abrazado al dinosaurio y mañana lo manda al desván por un videojuego. Woody, a este respecto, es un veterano de empresa viendo entrar al becario. El pequeño Andy profesa cariño a Woody, pero es un cariño con derecho de propiedad.

El muñeco carece de voz mientras su dueño permanece en la habitación y sólo cobra vida cuando este se retira (el subordinado, ya se sabe, puede hablar a condición de que el señor no lo vea). Delante del niño permanece yerto y risueño, siempre disponible. ¿Qué nobleza hay en fingirse cadáver para no inquietar al amo?

Las criaturas anhelan ser escogidas y resultar necesarias. Cuando pierden a un dueño, se procuran otro niño, y con él otra misión y otra comunidad donde volver a rendir servicio. Pixar aprieta donde duele.

Lógico es que emociones tanto al adulto contemporáneo, criatura sentimentalmente desfondada que entra en el cine para que le devuelvan cuanto la vida le fue sisando por las esquinas. Cortina llama nobleza a lo que no es sino dependencia afectiva, manufacturada industrialmente. La factoría Pixar atiza en el espectador el anhelo de ser indispensable para alguien, de pertenecer a un grupo, y entonces despliega, con innegable gracia e ingenio, una perversa pedagogía de la dependencia, mezcla de apego servicial y mística de la utilidad.

¿Cómo va a haber nobleza en unos muñecos que se pasan la vida, si es que vida puede llamarse, buscando quién los mire, quién los empuñe, quién los destroce y quién no los abandone? ¿O en esos adultos sollozantes que se enjugan el hocico en la oscuridad del cine porque llevan años haciendo exactamente lo mismo? Si sus muñecos nos conmueven es porque padecen la enfermedad más difundida de nuestro tiempo, que es la necesidad constante de agradar.

El «juguete noble» es un sintagma bello pero engañoso. Apagada la música y barrido el confeti, descubrimos que no era más que el siervo que, de tanto besar el hierro, acabó por encontrarle gusto. Jorge Freire es filósofo, escritor y articulista Temas El Niño Toy Story Pixar La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA La vileza de las cosas nobles Pixar atiza en el espectador el anhelo de ser indispensable para alguien, de pertenecer a un grupo, y entonces despliega, con innegable gracia e ingenio, una perversa pedagogía de la dependencia Regala esta noticia Añádenos en Google Escena de la película de 'Toy Story'. (Pixar) Jorge Freire 30/07/2026 a las 20:26h.

Hay asuntos ante los que una persona cabal se encogería de hombros y pasaría a otra cosa. Verbigracia, una película de muñecos. ¿Conviene desenvainar la espada por un astronauta de juguetería como Buzz Lightyear, con su escafandra de plástico y su mentón de 'sheriff' tejano?

Pues a veces resulta que sí. Son bagatelas, se nos dirá; pero las bagatelas son las ganzúas con que una época se nos mete en casa en plena noche. Una figurita de acción puede contener una metafísica o, llegado el caso, un tratado de servidumbre.

Por eso hay días en que toca batirse por un muñeco. Álvaro Cortina ha escrito una Tercera inteligente y garbosa a cuento de la última entrega de 'Toy Story'. Lleva por título 'La nobleza de un muñeco' (24/7/26) y cabe discutirla muy seriamente.

Duerman los artículos malos el sueño de la hemeroteca; los buenos, en cambio, merecen estocada, aunque la empuñadura sea de ceremonia. Por un lado, Cortina se vale de Aristóteles para explicar que la virtud del juguete estriba en su cumplimiento mediante el uso. Para Aristóteles, los seres naturales contienen en sí el principio de su movimiento y de su reposo.

La bellota se torna encina y hasta el renacuajo diminuto lleva dentro, en potencia, una rana de buen porte. En cambio, el vaquero Woody es un muñeco salido del molde de una fábrica del sudeste asiático, y antes de una junta de diseño y Dios sabe de cuántos estudios de mercado. Posee, desde luego, una causa final: ha sido fabricado para que jueguen con él.

Pero tomar la finalidad industrial por naturaleza íntima equivale a confundir al cocinero con la cazuela porque ambos intervienen en el guiso. Que el guion le conceda voz y sentimientos acredita que los guionistas conocen el viejo truco de la prosopopeya, merced al cual han hablado desde antiguo las estrellas, los ríos, las nubes y los esqueletos. De igual manera, que el muñequito pestañee cuando se apagan las luces no acredita que tenga alma, sino que alguien sabe ejecutar bien ciertas fullerías, como el ventrílocuo que simula tener dos voces.

Quien pone el alma es el espectador, conmovido, y Pixar se limita a poner la mercancía, que no es poco. Cortina sostiene, sin embargo, que la hechura artificial del muñeco no lo expulsa necesariamente del reino de los fines. También los artefactos poseen una causa final, pues el martillo se ordena al clavo y la flauta a la música; y de ese cumplimiento, que en 'Toy Story' adquiere conciencia y dramatismo, nacería la nobleza particular de Woody y los suyos.

El buen muñeco sería aquel que se aviene a ser agarrado, zarandeado, querido y, llegado el caso, abandonado, sirviendo a los deseos de la mente infantil. Cortina se apresura al atribuir nobleza a la función, porque una cosa puede ejecutar admirablemente aquello para lo que fue hecha y seguir siendo una bellaquería. La ratonera alcanza su excelencia quebrando el espinazo del ratón y la mina antipersona solo cumple su propósito cuando deja al caminante hecho cachizas.

¿Acaso no hay fines ruines y funciones siniestras? El telescopio se ennoblece mirando estrellas; el potro de tortura, por mucho que se barnice y se pinta de azul celeste, no se va a convertir en una cómoda de matrimonio. Otro tanto cabría decir del garrote, cuya pretensión de nobleza queda desestimada por el buen juicio de la lengua, que supo apellidarlo vil.

Si la plenitud consiste en desempeñar dócilmente aquello para lo cual fuimos hechos, ¿quién expide los certificados de fabricación? Durante siglos se aseveró que al siervo le era propio el surco y al rey emperifollarse y decretar levas, pues toda jerarquía intenta pasar su conveniencia por naturaleza. Lo cierto es que cuesta ver en 'Toy Story' una serena meditación sobre criaturas reconciliadas con su finalidad.

¡Si esos muñecos viven acogotados por un posible reemplazo! Temen al cumpleaños, al modelo nuevo, al niño que crece, al mercadillo, a la bolsa de basura... Cada juguete sabe que su valor depende de continuar siendo apetecible para un consumidor voluble y tornadizo que hoy duerme abrazado al dinosaurio y mañana lo manda al desván por un videojuego.

Woody, a este respecto, es un veterano de empresa viendo entrar al becario. El pequeño Andy profesa cariño a Woody, pero es un cariño con derecho de propiedad. El muñeco carece de voz mientras su dueño permanece en la habitación y sólo cobra vida cuando este se retira (el subordinado, ya se sabe, puede hablar a condición de que el señor no lo vea).

Delante del niño permanece yerto y risueño, siempre disponible. ¿Qué nobleza hay en fingirse cadáver para no inquietar al amo? Las criaturas anhelan ser escogidas y resultar necesarias.

Cuando pierden a un dueño, se procuran otro niño, y con él otra misión y otra comunidad donde volver a rendir servicio. Pixar aprieta donde duele. Lógico es que emociones tanto al adulto contemporáneo, criatura sentimentalmente desfondada que entra en el cine para que le devuelvan cuanto la vida le fue sisando por las esquinas.

Cortina llama nobleza a lo que no es sino dependencia afectiva, manufacturada industrialmente. La factoría Pixar atiza en el espectador el anhelo de ser indispensable para alguien, de pertenecer a un grupo, y entonces despliega, con innegable gracia e ingenio, una perversa pedagogía de la dependencia, mezcla de apego servicial y mística de la utilidad. ¿Cómo va a haber nobleza en unos muñecos que se pasan la vida, si es que vida puede llamarse, buscando quién los mire, quién los empuñe, quién los destroce y quién no los abandone?

¿O en esos adultos sollozantes que se enjugan el hocico en la oscuridad del cine porque llevan años haciendo exactamente lo mismo? Si sus muñecos nos conmueven es porque padecen la enfermedad más difundida de nuestro tiempo, que es la necesidad constante de agradar. El «juguete noble» es un sintagma bello pero engañoso.

Apagada la música y barrido el confeti, descubrimos que no era más que el siervo que, de tanto besar el hierro, acabó por encontrarle gusto. Jorge Freire es filósofo, escritor y articulista Temas El Niño Toy Story Pixar La Tercera de ABC comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Tony Aguilar explica el estado de salud de su hijo Biel tras estar ingresado por una picadura de garrapata Francisco J. Jurado El chef José Andrés estalla por un ranking sin platos españoles: «Si necesitáis ayuda, aquí estoy»

Borja Sánchez

Publicado por Redacción · jueves, 30 de julio de 2026

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