La horrenda pasión futbolera
Al calor de los éxitos de la selección española en el Mundial, he tratado de recuperar el amor al fútbol que me alumbró allá en la infancia; pero ha sido por completo imposible. A la postre, he tenido
Animales de compañía La horrenda pasión futbolera Regala esta noticia Añádenos en Google Juan Manuel De Prada 31/07/2026 a las 11:34h. Al calor de los éxitos de la selección española en el Mundial, he tratado de recuperar el amor al fútbol que me alumbró allá en la infancia; pero ha sido por completo imposible. A la postre, he tenido que aceptar (que volver a aceptar) que ... el fútbol tiende a aburrirme; pero, sobre todo, que me repugnan las pasiones que concita, a modo de cenefa purulenta y disuasoria.
Como a casi todos los niños, me gustó mucho el fútbol y profesé admiración a los jugadores de mi equipo, el Athletic de Bilbao. Pero luego, en la adolescencia, empecé a jugar al baloncesto, que me pareció enseguida un deporte mucho más entretenido. Algunos años más tarde, cuando la vocación devoradora de la literatura llenó mis días, dejé de jugar al baloncesto y perdí por completo la afición por el deporte en general y por el fútbol en particular.
Y, a medida que me he ido haciendo viejo, ese desapego hacia el fútbol no ha hecho sino crecer y enquistarse. Y es que, para disfrutar del fútbol, es necesario sentir una pasión que, como señalaba Wenceslao Fernández Flórez, «pocas veces nace allí [mientras se contempla el partido], sino que hay que llevarla ya elaborada». Cuando falta esa pasión, un partido de fútbol suele ser un fárrago bastante aburrido, cuando no un horrendo suplicio (pues la mayoría de los partidos son rácanos en jugadas de mérito); en cambio, cuando concurre la pasión, ese fárrago o suplicio se convierte en un constante estado de zozobra o ansiedad, donde el hincha se exalta, berrea, insulta, incluso alberga tentaciones homicidas contra el árbitro o contra los jugadores del equipo contrario que descuellan.
El 'orgullo' del triunfo nada tiene que ver con el amor a la patria Pero, si para disfrutar del fútbol es preciso 'sentir una pasión', habría que determinar cuál es la pasión de marras que mueve a los aficionados; esa pasión que, según Fernández Flórez, «hay que llevar ya elaborada» al partido. En un principio, uno tiende a pensar que esa pasión es el apego natural hacia la patria chica; y, por consiguiente, hacia los mozos de esa patria chica, con los que nos identificamos, porque han paseado las mismas calles y contemplado los mismos paisajes que nosotros, porque han estudiado en la misma escuela o celebrado las mismas fiestas que nosotros, porque –en definitiva– su sangre es vecina de la nuestra. Pero en la pasión futbolera no hallamos este amor natural a lo propio: enseguida descubrimos que hay gentes de Almería o Lugo que se declaran hinchas acérrimos del Real Madrid o del Barça; y, a la vez, advertimos que la mayor parte de los equipos de fútbol no tienen la menor querencia autóctona y se nutren de jugadores foráneos adquiridos en el 'mercado', tipos que carecen por completo de vínculos con el equipo que los contrata y con la ciudad que dicho equipo representa.
En algunos casos, incluso, si el equipo posee una capacidad económica desorbitada, puede ocurrir que en sus filas no milite ningún jugador autóctono, sino que todos hayan sido comprados a golpe de talonario, procedentes de regiones antípodas. Así ocurre en nuestros días, por ejemplo, con el Real Madrid, convertido en un lamentable zurriburri de estrellitas exóticas, modelado según el capricho de un millonetis, que no ha podido hacer ni la más mínima aportación a la selección española. A la gente de Almería o Lugo que se declara hincha del Real Madrid, o de cualquier otro equipo millonetis, no le mueve ningún tipo de apego natural, sino tan sólo la pasión sórdida de mando y de dominio, la pasión avasalladora de triunfo, incluso la pasión turbia de humillar al contrario; una pasión que, para más inri, se entenebrece de rabia cuando no logra sus ambiciones siempre desaforadas.
Porque la pasión futbolera nunca ennoblece ni infunde respeto o admiración por el contrario cuando juega mejor, nunca domina su amor propio herido ni acepta humildemente la derrota. Y todo ello ocurre porque es una pasión intransigente y fanática, que lejos de inspirar virtudes aviva los más sórdidos anhelos (por otro lado bastante risibles y mentecatos). Así que resulta absurdo pretender que el triunfo de la selección española en el último Mundial haya provocado pasiones distintas a las que hemos descrito, como si de repente ese triunfo hubiese producido milagrosamente un renacer del sentimiento patriótico y todas esas zarandajas que en estos días hemos leído.
El triunfo de la selección española ha avivado las mismas pasiones innobles que avivan los equipos millonetis, si se quiere en una apoteosis más enajenada e idolátrica. Pero la enajenación de las masas no debe confundirse con una auténtica comunión social; y el 'orgullo' del triunfo nada tiene que ver con el amor a la patria, que se templa en el dolor y la contrariedad. Son falsificaciones fabricadas por la horrenda pasión futbolera.
Reportar un error Animales de compañía La horrenda pasión futbolera Regala esta noticia Añádenos en Google Juan Manuel De Prada 31/07/2026 a las 11:34h. Al calor de los éxitos de la selección española en el Mundial, he tratado de recuperar el amor al fútbol que me alumbró allá en la infancia; pero ha sido por completo imposible. A la postre, he tenido que aceptar (que volver a aceptar) que ... el fútbol tiende a aburrirme; pero, sobre todo, que me repugnan las pasiones que concita, a modo de cenefa purulenta y disuasoria.
Como a casi todos los niños, me gustó mucho el fútbol y profesé admiración a los jugadores de mi equipo, el Athletic de Bilbao. Pero luego, en la adolescencia, empecé a jugar al baloncesto, que me pareció enseguida un deporte mucho más entretenido. Algunos años más tarde, cuando la vocación devoradora de la literatura llenó mis días, dejé de jugar al baloncesto y perdí por completo la afición por el deporte en general y por el fútbol en particular.
Y, a medida que me he ido haciendo viejo, ese desapego hacia el fútbol no ha hecho sino crecer y enquistarse. Y es que, para disfrutar del fútbol, es necesario sentir una pasión que, como señalaba Wenceslao Fernández Flórez, «pocas veces nace allí [mientras se contempla el partido], sino que hay que llevarla ya elaborada». Cuando falta esa pasión, un partido de fútbol suele ser un fárrago bastante aburrido, cuando no un horrendo suplicio (pues la mayoría de los partidos son rácanos en jugadas de mérito); en cambio, cuando concurre la pasión, ese fárrago o suplicio se convierte en un constante estado de zozobra o ansiedad, donde el hincha se exalta, berrea, insulta, incluso alberga tentaciones homicidas contra el árbitro o contra los jugadores del equipo contrario que descuellan.
El 'orgullo' del triunfo nada tiene que ver con el amor a la patria Pero, si para disfrutar del fútbol es preciso 'sentir una pasión', habría que determinar cuál es la pasión de marras que mueve a los aficionados; esa pasión que, según Fernández Flórez, «hay que llevar ya elaborada» al partido. En un principio, uno tiende a pensar que esa pasión es el apego natural hacia la patria chica; y, por consiguiente, hacia los mozos de esa patria chica, con los que nos identificamos, porque han paseado las mismas calles y contemplado los mismos paisajes que nosotros, porque han estudiado en la misma escuela o celebrado las mismas fiestas que nosotros, porque –en definitiva– su sangre es vecina de la nuestra. Pero en la pasión futbolera no hallamos este amor natural a lo propio: enseguida descubrimos que hay gentes de Almería o Lugo que se declaran hinchas acérrimos del Real Madrid o del Barça; y, a la vez, advertimos que la mayor parte de los equipos de fútbol no tienen la menor querencia autóctona y se nutren de jugadores foráneos adquiridos en el 'mercado', tipos que carecen por completo de vínculos con el equipo que los contrata y con la ciudad que dicho equipo representa.
En algunos casos, incluso, si el equipo posee una capacidad económica desorbitada, puede ocurrir que en sus filas no milite ningún jugador autóctono, sino que todos hayan sido comprados a golpe de talonario, procedentes de regiones antípodas. Así ocurre en nuestros días, por ejemplo, con el Real Madrid, convertido en un lamentable zurriburri de estrellitas exóticas, modelado según el capricho de un millonetis, que no ha podido hacer ni la más mínima aportación a la selección española. A la gente de Almería o Lugo que se declara hincha del Real Madrid, o de cualquier otro equipo millonetis, no le mueve ningún tipo de apego natural, sino tan sólo la pasión sórdida de mando y de dominio, la pasión avasalladora de triunfo, incluso la pasión turbia de humillar al contrario; una pasión que, para más inri, se entenebrece de rabia cuando no logra sus ambiciones siempre desaforadas.
Porque la pasión futbolera nunca ennoblece ni infunde respeto o admiración por el contrario cuando juega mejor, nunca domina su amor propio herido ni acepta humildemente la derrota. Y todo ello ocurre porque es una pasión intransigente y fanática, que lejos de inspirar virtudes aviva los más sórdidos anhelos (por otro lado bastante risibles y mentecatos). Así que resulta absurdo pretender que el triunfo de la selección española en el último Mundial haya provocado pasiones distintas a las que hemos descrito, como si de repente ese triunfo hubiese producido milagrosamente un renacer del sentimiento patriótico y todas esas zarandajas que en estos días hemos leído.
El triunfo de la selección española ha avivado las mismas pasiones innobles que avivan los equipos millonetis, si se quiere en una apoteosis más enajenada e idolátrica. Pero la enajenación de las masas no debe confundirse con una auténtica comunión social; y el 'orgullo' del triunfo nada tiene que ver con el amor a la patria, que se templa en el dolor y la contrariedad. Son falsificaciones fabricadas por la horrenda pasión futbolera.
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