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Internacional
miércoles, 19 de agosto de 2026

Catorce chistes que hacían que el Imperio romano se partiese de risa: «Había mucho humor negro»

La risa era una cosa muy seria en la Antigua Roma … y muy extendida. De las costas de Hispania hasta la lejana Mesopotamia, nadie escapaba a una buena chanza. Calvos, narigudos, bajitos… También empre

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Catorce chistes que hacían que el Imperio romano se partiese de risa: «Había mucho humor negro» El filólogo Fernando Lillo analiza en su nuevo ensayo las burlas y el humor cotidiano que hicieron reír a los habitantes de la 'Urbs aeterna' durante siglos Regala esta noticia Añádenos en Google Banquete en un fresco de la Villa de los Misterios de Pompeya. (ABC) Manuel P. Villatoro 20/08/2026 a las 01:40h.

La risa era una cosa muy seria en la Antigua Roma… y muy extendida. De las costas de Hispania hasta la lejana Mesopotamia, nadie escapaba a una buena chanza. Calvos, narigudos, bajitos… También empresarios, políticos y hasta emperadores y dictadores de la talla de ...

Julio César. Pero, si hubo un colectivo castigado por los chistes de la época, ese fue el de los eruditos: «Un intelectual, después de enterrar a su hijo, se encontró con el maestro del muchacho y le dijo: 'Perdone que mi hijo no haya ido a la escuela: murió'». Dice Fernando Lillo Redonet, doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca, que cualquier lugar era bueno para disfrutar de un buen chiste en la 'Urbs aeterna': en el calor del hogar –ya fuera en familia o en los banquetes con invitados–, en la calle, en las tabernas, en las termas, en los lugares de espectáculos...

«Los romanos se reían en todas partes y el humor estaba mucho más presente de lo que creemos», explica a ABC. Por ello, el también catedrático de latín ha alumbrado un ensayo –'Un Imperio de risas' (Editorial Rhemata)– en el que recoge y analiza una infinidad de bromas con un par de miles de años de antigüedad. «La obra completa la imagen popular de una sociedad inmersa en constantes batallas o sangrientos espectáculos del circo y el anfiteatro», sentencia.

Vida cotidiana Cuesta desentrañar el humor romano: hay que buscarlo en las pocas fuentes que existen. Aunque, por fortuna, todavía nos queda alguna. La más concienzuda es el 'Amante de la risa', el único libro de chistes que ha llegado hasta nuestros días directo desde el Imperio romano.

«Se cree que fue elaborado entre los siglos IV y V d.C. y contiene una recopilación de 265 chistes agrupados en diversas secciones por tipos de personajes. Están escritos en lengua griega y algunos datos internos avalan la teoría de que incluía bromas de épocas anteriores», sentencia Lillo. Desconocemos si eran los más graciosos, pero está claro que eran populares.

Noticia relacionada El engaño de los historiadores romanos sobre la victoria de las legiones en Hispania Manuel P. Villatoro Además, los romanos dejaron también otros tantos chascarrillos, pullas y bufonadas en grafitis pintarrajeados en las paredes de lugares públicos y, por descontado, en los libros de los autores clásicos. Los Apiano, Tito Livio y Suetonio de rigor, entre otros.

«Las obras históricas y literarias recogen anécdotas graciosas de personas famosas, y lo mismo pasa con los poemas burlescos», apostilla Lillo. Porque, por muy serio que fuera un texto, siempre había hueco para una chanza. La clasificación de los chistes de 'El amante de la risa' nos dice qué tipo de bromas les hacían más gracia a nuestros antepasados.

Las más populares eran las que convertían al sabio en blanco de las burlas. «Era una suerte de erudito que, en realidad, empleaba una lógica absurda que daba lugar a las situaciones más disparatadas», señala Lillo. Existen muchos ejemplos centrados en el poco dinero que ganaban: «Un intelectual bromista, apurado por los gastos, andaba vendiendo sus libros.

Y escribiendo a su padre decía: 'Felicítame, padre, los libros ya me alimentan'». Pero también se recogen algunos con un toque mucho más absurdo: «Un intelectual viajaba en un carro. Cuando las mulas se cansaron y no podían avanzar, el conductor las soltó para que descansaran un poco.

Al ser liberadas, escaparon y el intelectual le dijo al conductor: 'Tonto, ¿ves cómo corren las mulas? El carro es el culpable de que no podamos movernos'». Un imperio de risas Editorial Rhemata Páginas 208 Precio 18,90 € Según Lillo, el humor era también una forma de huir de las situaciones de la vida cotidiana.

En los chistes de la antigüedad grecorromana se repite, por ejemplo, el miedo a los doctores y a sus extravagantes remedios: «Uno fue junto a un médico malhumorado y dijo: 'Doctor, no puedo acostarme, ni levantarme, ni tampoco sentarme'. Y el médico dijo: 'Solo te queda colgarte'». Tampoco faltan en 'El amante de la risa' los que hablan de la ineficacia de los astrólogos: «Uno que regresaba de un viaje fue junto a un adivino inepto y le preguntó cómo estaba su familia.

Este dijo: 'Todos están bien, menos tu padre'. El otro dijo: 'Mi padre hace diez años que murió'. Y el adivino respondió: 'No conoces a tu verdadero padre'».

Por otro lado, asevera Lillo, los chistes nos «sirven para conocer la vida cotidiana de las clases más bajas de la sociedad romana»; existencias paupérrimas que tenían poca cabida en los escritos políticos y literarios. La mejor fuente para este tipo de humor eran las termas, uno de los pocos lugares en los que ricos y pobres se veían iguales: desnudos. En sus 'Epigramas', el poeta Marcial –nacido en el siglo I– dejó escritas varias bromas ambientadas en ellas: «En el baño en que oigas un aplauso, Flaco, que sepas que allí está el falo de Marón».

En las paredes de las termas y los baños públicos quedaron también grafitis para el recuerdo –«Empuja más fuerte, terminarás más rápido»– y una infinidad de chanzas sexuales. Jaimito y Lepe Dicen que todavía somos romanos, y lo cierto es que el humor de la actualidad guarda muchas similitudes con el de la antigüedad. «Nuestras costumbres sociales se parecen, por eso muchos chistes todavía nos hacen gracia y conectamos con ellos», señala Lillo.

Por tener, los romanos también tenían a su Jaimito; un personaje llamado Marco que aparece en los epigramas burlescos griegos: «Una vez Marco el perezoso fue arrojado a prisión y, como le daba pereza salir, confesó un crimen voluntariamente». Y otro tanto pasaba con Lepe, protagonista de los chistes españoles más castizos durante décadas. «Los ciudadanos de Cumas, Sidón y Abdera eran considerados los tontos útiles del Imperio», sentencia el historiador.

Ejemplos los hay a pares en 'El amante de la risa': «Se celebraba el funeral de una persona distinguida, se aproximó uno y preguntó a los que asistían a las exequias: '¿Quién es el muerto?'. Uno de Cumas, dándose la vuelta, señaló y dijo: 'Aquel que está acostado en el ataúd'». «¿La traducción?

Siempre se pierde parte de la gracia porque hay que elegir entre los muchos significados de las palabras clave» Fernando Lillo Historiador Pero dos mil años no pasan en balde y, por muy parecidos que seamos, también hay chistes que se nos antojan extraños o difíciles de entender: sobre todo los juegos de palabras, a veces imposibles de adaptar al castellano actual. «¿La traducción?

Siempre se pierde parte de la gracia porque hay que elegir entre los muchos significados de las palabras clave. A veces se intenta reproducir la broma en nuestro idioma, pero otras es más conveniente explicar el doble sentido», señala Lillo. Aunque ya se sabe: si te tiene que explicar el chiste, la carga humorística se reduce.

«Algunos nos producen risa de inmediato porque son situaciones cercanas a nosotros, con otros, nos cuesta más», apostilla. Humor negro El humor negro de los romanos es uno de los que más similitudes tiene con el actual. Aunque, según Lillo, había muchos menos límites a la burla que hoy en día: «Se hacía mofa sin piedad de todo tipo de colectivos, incluidos los homosexuales y las personas con discapacidad.

Los chistes de misóginos eran también habituales, igual que los de avaros, glotones y vagos». Y nos regala un ejemplo: «Un misógino, al que se le había muerto su mujer, le hizo un funeral para enterrarla. Uno le preguntó: '¿Quién descansa?'.

Y respondió: 'Yo, que me he librado de ella'». Carecían de filtro, como se puede ver en este chiste: «Se le murió el padre a uno de Abdera y, tras incinerarlo según la costumbre, fue corriendo a casa junto a su madre enferma y dijo: 'Todavía sobra un poco de madera, si quieres dejar de sufrir, quémate con ella'». Fernando Lillo. (ABC) De este humor no se libraban ni los generales famosos… ni los dictadores.

«Como decía antes, no había límites a la burla. En una vasija se escribió: 'El que la haya cogido es un marica'. A Julio César le echaban en cara sus supuestas relaciones homosexuales con Nicomedes, rey de Bitinia, en los que ejercía el rol pasivo.

Sus soldados cantaban en el triunfo lo siguiente, jugando con doble sentido de 'subigere', 'someter' o 'poner debajo': 'César sometió las Galias, pero Nicomedes sometió a César'», desvela el autor. Y otro cántico decía: «Ciudadanos, vigilad a vuestras mujeres; traemos al adúltero calvo». Algunos políticos eran famosos por lo turbio de sus chistes.

El propio Cicerón hizo este del esposo de su hija, de baja estatura: «¿Quién ha atado a mi yerno a una espada?». No todos los chistes han sobrevivido al paso del tiempo, pero algunos todavía arrancan una sonrisa al autor de este libro: «Al preguntarle un barbero charlatán a un bromista: '¿Cómo te corto el pelo?'. Este respondió: 'En silencio'».

Y es que, aunque hayan pasado dos mil años y haya caído el Imperio romano… los pesados no han cambiado tanto. comentarios Reportar un error Catorce chistes que hacían que el Imperio romano se partiese de risa: «Había mucho humor negro» El filólogo Fernando Lillo analiza en su nuevo ensayo las burlas y el humor cotidiano que hicieron reír a los habitantes de la 'Urbs aeterna' durante siglos Regala esta noticia Añádenos en Google Banquete en un fresco de la Villa de los Misterios de Pompeya. (ABC) Manuel P. Villatoro 20/08/2026 a las 01:40h.

La risa era una cosa muy seria en la Antigua Roma… y muy extendida. De las costas de Hispania hasta la lejana Mesopotamia, nadie escapaba a una buena chanza. Calvos, narigudos, bajitos… También empresarios, políticos y hasta emperadores y dictadores de la talla de ...

Julio César. Pero, si hubo un colectivo castigado por los chistes de la época, ese fue el de los eruditos: «Un intelectual, después de enterrar a su hijo, se encontró con el maestro del muchacho y le dijo: 'Perdone que mi hijo no haya ido a la escuela: murió'». Dice Fernando Lillo Redonet, doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca, que cualquier lugar era bueno para disfrutar de un buen chiste en la 'Urbs aeterna': en el calor del hogar –ya fuera en familia o en los banquetes con invitados–, en la calle, en las tabernas, en las termas, en los lugares de espectáculos...

«Los romanos se reían en todas partes y el humor estaba mucho más presente de lo que creemos», explica a ABC. Por ello, el también catedrático de latín ha alumbrado un ensayo –'Un Imperio de risas' (Editorial Rhemata)– en el que recoge y analiza una infinidad de bromas con un par de miles de años de antigüedad. «La obra completa la imagen popular de una sociedad inmersa en constantes batallas o sangrientos espectáculos del circo y el anfiteatro», sentencia.

Vida cotidiana Cuesta desentrañar el humor romano: hay que buscarlo en las pocas fuentes que existen. Aunque, por fortuna, todavía nos queda alguna. La más concienzuda es el 'Amante de la risa', el único libro de chistes que ha llegado hasta nuestros días directo desde el Imperio romano.

«Se cree que fue elaborado entre los siglos IV y V d.C. y contiene una recopilación de 265 chistes agrupados en diversas secciones por tipos de personajes. Están escritos en lengua griega y algunos datos internos avalan la teoría de que incluía bromas de épocas anteriores», sentencia Lillo. Desconocemos si eran los más graciosos, pero está claro que eran populares.

Noticia relacionada El engaño de los historiadores romanos sobre la victoria de las legiones en Hispania Manuel P. Villatoro Además, los romanos dejaron también otros tantos chascarrillos, pullas y bufonadas en grafitis pintarrajeados en las paredes de lugares públicos y, por descontado, en los libros de los autores clásicos. Los Apiano, Tito Livio y Suetonio de rigor, entre otros.

«Las obras históricas y literarias recogen anécdotas graciosas de personas famosas, y lo mismo pasa con los poemas burlescos», apostilla Lillo. Porque, por muy serio que fuera un texto, siempre había hueco para una chanza. La clasificación de los chistes de 'El amante de la risa' nos dice qué tipo de bromas les hacían más gracia a nuestros antepasados.

Las más populares eran las que convertían al sabio en blanco de las burlas. «Era una suerte de erudito que, en realidad, empleaba una lógica absurda que daba lugar a las situaciones más disparatadas», señala Lillo. Existen muchos ejemplos centrados en el poco dinero que ganaban: «Un intelectual bromista, apurado por los gastos, andaba vendiendo sus libros.

Y escribiendo a su padre decía: 'Felicítame, padre, los libros ya me alimentan'». Pero también se recogen algunos con un toque mucho más absurdo: «Un intelectual viajaba en un carro. Cuando las mulas se cansaron y no podían avanzar, el conductor las soltó para que descansaran un poco.

Al ser liberadas, escaparon y el intelectual le dijo al conductor: 'Tonto, ¿ves cómo corren las mulas? El carro es el culpable de que no podamos movernos'». Un imperio de risas Editorial Rhemata Páginas 208 Precio 18,90 € Según Lillo, el humor era también una forma de huir de las situaciones de la vida cotidiana.

En los chistes de la antigüedad grecorromana se repite, por ejemplo, el miedo a los doctores y a sus extravagantes remedios: «Uno fue junto a un médico malhumorado y dijo: 'Doctor, no puedo acostarme, ni levantarme, ni tampoco sentarme'. Y el médico dijo: 'Solo te queda colgarte'». Tampoco faltan en 'El amante de la risa' los que hablan de la ineficacia de los astrólogos: «Uno que regresaba de un viaje fue junto a un adivino inepto y le preguntó cómo estaba su familia.

Este dijo: 'Todos están bien, menos tu padre'. El otro dijo: 'Mi padre hace diez años que murió'. Y el adivino respondió: 'No conoces a tu verdadero padre'».

Por otro lado, asevera Lillo, los chistes nos «sirven para conocer la vida cotidiana de las clases más bajas de la sociedad romana»; existencias paupérrimas que tenían poca cabida en los escritos políticos y literarios. La mejor fuente para este tipo de humor eran las termas, uno de los pocos lugares en los que ricos y pobres se veían iguales: desnudos. En sus 'Epigramas', el poeta Marcial –nacido en el siglo I– dejó escritas varias bromas ambientadas en ellas: «En el baño en que oigas un aplauso, Flaco, que sepas que allí está el falo de Marón».

En las paredes de las termas y los baños públicos quedaron también grafitis para el recuerdo –«Empuja más fuerte, terminarás más rápido»– y una infinidad de chanzas sexuales. Jaimito y Lepe Dicen que todavía somos romanos, y lo cierto es que el humor de la actualidad guarda muchas similitudes con el de la antigüedad. «Nuestras costumbres sociales se parecen, por eso muchos chistes todavía nos hacen gracia y conectamos con ellos», señala Lillo.

Por tener, los romanos también tenían a su Jaimito; un personaje llamado Marco que aparece en los epigramas burlescos griegos: «Una vez Marco el perezoso fue arrojado a prisión y, como le daba pereza salir, confesó un crimen voluntariamente». Y otro tanto pasaba con Lepe, protagonista de los chistes españoles más castizos durante décadas. «Los ciudadanos de Cumas, Sidón y Abdera eran considerados los tontos útiles del Imperio», sentencia el historiador.

Ejemplos los hay a pares en 'El amante de la risa': «Se celebraba el funeral de una persona distinguida, se aproximó uno y preguntó a los que asistían a las exequias: '¿Quién es el muerto?'. Uno de Cumas, dándose la vuelta, señaló y dijo: 'Aquel que está acostado en el ataúd'». «¿La traducción?

Siempre se pierde parte de la gracia porque hay que elegir entre los muchos significados de las palabras clave» Fernando Lillo Historiador Pero dos mil años no pasan en balde y, por muy parecidos que seamos, también hay chistes que se nos antojan extraños o difíciles de entender: sobre todo los juegos de palabras, a veces imposibles de adaptar al castellano actual. «¿La traducción?

Siempre se pierde parte de la gracia porque hay que elegir entre los muchos significados de las palabras clave. A veces se intenta reproducir la broma en nuestro idioma, pero otras es más conveniente explicar el doble sentido», señala Lillo. Aunque ya se sabe: si te tiene que explicar el chiste, la carga humorística se reduce.

«Algunos nos producen risa de inmediato porque son situaciones cercanas a nosotros, con otros, nos cuesta más», apostilla. Humor negro El humor negro de los romanos es uno de los que más similitudes tiene con el actual. Aunque, según Lillo, había muchos menos límites a la burla que hoy en día: «Se hacía mofa sin piedad de todo tipo de colectivos, incluidos los homosexuales y las personas con discapacidad.

Los chistes de misóginos eran también habituales, igual que los de avaros, glotones y vagos». Y nos regala un ejemplo: «Un misógino, al que se le había muerto su mujer, le hizo un funeral para enterrarla. Uno le preguntó: '¿Quién descansa?'.

Y respondió: 'Yo, que me he librado de ella'». Carecían de filtro, como se puede ver en este chiste: «Se le murió el padre a uno de Abdera y, tras incinerarlo según la costumbre, fue corriendo a casa junto a su madre enferma y dijo: 'Todavía sobra un poco de madera, si quieres dejar de sufrir, quémate con ella'». Fernando Lillo. (ABC) De este humor no se libraban ni los generales famosos… ni los dictadores.

«Como decía antes, no había límites a la burla. En una vasija se escribió: 'El que la haya cogido es un marica'. A Julio César le echaban en cara sus supuestas relaciones homosexuales con Nicomedes, rey de Bitinia, en los que ejercía el rol pasivo.

Sus soldados cantaban en el triunfo lo siguiente, jugando con doble sentido de 'subigere', 'someter' o 'poner debajo': 'César sometió las Galias, pero Nicomedes sometió a César'», desvela el autor. Y otro cántico decía: «Ciudadanos, vigilad a vuestras mujeres; traemos al adúltero calvo». Algunos políticos eran famosos por lo turbio de sus chistes.

El propio Cicerón hizo este del esposo de su hija, de baja estatura: «¿Quién ha atado a mi yerno a una espada?». No todos los chistes han sobrevivido al paso del tiempo, pero algunos todavía arrancan una sonrisa al autor de este libro: «Al preguntarle un barbero charlatán a un bromista: '¿Cómo te corto el pelo?'. Este respondió: 'En silencio'».

Y es que, aunque hayan pasado dos mil años y haya caído el Imperio romano… los pesados no han cambiado tanto. comentarios Reportar un error El engaño de los historiadores romanos sobre la victoria de las legiones en Hispania Manuel P. Villatoro La cancelación de ruido no es de auriculares de 200 euros: 5 modelos por menos que un tope de gama Alejandra Santisteban Guiu Javier Bardem: «Sé que tipo de padre quiero ser. No quiero estar encima de ellos diciéndoles qué hacer y cómo hacerlo»

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Publicado por Redacción · miércoles, 19 de agosto de 2026

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