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Internacional
martes, 28 de julio de 2026

Reconquistar lo humano

No es una deficiencia técnica lo que hoy sufre lo político, lo social y lo económico. Hay, al contrario, superabundancia de técnica, pero lo que falta en toda la actividad humana es la fuerza interior

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA Reconquistar lo humano El hombre actual vive en punzante zozobra, angustiado por dudas, desestabilizado por la inseguridad vital y falto de certezas, pero anhelando un suelo firme Regala esta noticia Añádenos en Google El Papa León XIV durante su visita a Madrid. (Tania Sieira) Raúl Mayoral Benito 28/07/2026 a las 20:00h. No es una deficiencia técnica lo que hoy sufre lo político, lo social y lo económico. Hay, al contrario, superabundancia de técnica, pero lo que falta en toda la actividad humana es la fuerza interior, es Dios, impidiendo la conexión con la verdad, con lo ... bueno y con lo santo.

Aún resuena la voz del Papa León XIV en Madrid: «Nuestra sociedad posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del por qué, para qué, con quién y para quién se produce.» Nada nuevo bajo el sol.

Ortega y Gasset cifra el origen del fenómeno en 1600. El hombre abandona el mundo medieval que en su estrato más profundo es cristiano. Hasta entonces, el hombre se sentía encajado en sí mismo, en su quicio, en sus casillas, mucho más que cuando pensaba conforme a la razón.

Es el hombre moderno, que empieza por ser el hombre galileano y cartesiano, el que, sublevándose contra Dios, inicia el tránsito de estar en la creencia de que Dios es la verdad, a estar en la creencia de que la verdad es la ciencia, la técnica, la razón humana. La modernidad representa el poder del hombre sobre la naturaleza. El mundo queda convertido en una máquina y Dios en el gran maquinista, que la pone en marcha, según Descartes, de un «papirotazo».

El hombre moderno, como un pequeño dios, aspira a iniciar o a detener el curso del mundo dando media vuelta a una manivela. El poder técnico y mecánico se hace enorme. Para bien y para mal.

Las consecuencias no tardan en llegar. Fichte rechaza expresamente la patria celestial porque quiere reservar todos los fervores para la patria terrenal. Hegel diviniza al Estado.

Maquiavelo, tres siglos antes, no se atrevió a tanto, y lo definió tan sólo como un poder independiente de toda ley moral. Comte, por querer liberar al hombre de los absolutos religiosos y metafísicos, a los que consideraba atrasados y perturbadores, no cae en la cuenta de estar creando un nuevo e injustificado absoluto, más deshumanizado aún que los demás, una entidad opuesta al hombre y que no nace de la naturaleza humana: la masa, que, al decir de Guardini, es la gran cifra de individuos pobres en contacto, y que, por su misma pobreza de relación, se dejan reunir fácilmente y a capricho. Se expande una cultura que finge atender al hombre, pero no hace más que anularlo como individualidad personal, y disolverlo en el impreciso y engañoso conjunto de la Humanidad, absorbido por la colectividad y sometido a una potencia extrahumana como es el abstracto conglomerado estatal.

Surge un hombre sin personalidad, desarraigado, desamparado y aislado, que se siente sin conexiones familiares, nacionales ni religiosas y, por eso, intercambiable y vulnerable. Se comprende el certero diagnóstico que formula Spengler en el primer tercio del siglo XX: «Europa está desarraigada religiosamente». O lo que es lo mismo: Donde hay falta de Iglesia, hay sobra de Estado.

Los totalitarismos, fascinados por el panteísmo estatal, pretendieron hacer la revolución creadora, la que daría al mundo nuevamente el sentido de lo personal. Pero, además de prolongar el aislamiento del hombre, escamotearon la libertad de éste partiendo de la idea errónea, propia de la Revolución de 1789, de una libertad como oposición a la opresión de los cuadros sociales. La auténtica libertad del hombre no consiste en ofrecerle saltarse a la torera unas intrascendentes y superficiales leyes civiles, sino que el verdadero problema de la libertad se plantea y resuelve en el interior del hombre.

La libertad crece hacia dentro, decía Unamuno. Ortega puso en claro la necesidad que tiene el hombre de ejercer su libertad, la suya, la de dentro. Y María Zambrano afirmó que «la vida es ensimismamiento.

Vivimos auténticamente en la medida en que somos nosotros mismos; lo que llega de fuera produce alteración, o sea, enajenación, que no es vivir, sino desvivir». Los llamados a la santidad lo explican de otro modo: Estar lleno de todo lo creado es tanto como estar vacío de Dios, y estar vacío de todo lo creado es tanto como estar lleno de Dios. El hombre busca algo, pero no sabe qué.

¿Aprenderá a quitar lo que estorba y a poner lo que falta? ¿Será la tecnología su aliado o su enemigo? A todo tiempo histórico le corresponde un tipo de hombre.

Y el del tiempo presente recuerda a aquel hombre de la modernidad, saturado de racionalidad, embelesado por ídolos tecnológicos y escindido en dos fragmentos: lo intelectual o racional y lo que guarda su rudeza inculta y su hostilidad primitiva. El hombre actual vive en punzante zozobra, angustiado por dudas, desestabilizado por la inseguridad vital y falto de certezas, pero anhelando un suelo firme. Como advirtió Guardini, lo que constituirá la tarea del futuro a realizar por el hombre será la nueva conquista de la existencia en favor de lo humano para salvar aquel mínimo sin el que el hombre no puede seguir siendo hombre.

Volvemos al magisterio pontificio. Nos exhorta León XIV a que «seamos humanos, hombres y mujeres de carne y hueso, no apariencias, sino rostros fiables». Y ¿qué es en último término lo sustantivo de lo humano?

Ser persona, responde Guardini. Es decir, haber sido llamado por Dios y ser, por ello, capaz de responder por sí mismo y de intervenir en la realidad movido por un principio interno de energía. Esto hace que cada hombre sea único, inalienable, irremplazable e insustituible.

Un hombre que salta y se escapa hacia lo humano, hacia lo ecuménico, hacia lo trascendente; y que en su interior se mueve y se agita una conciencia humana que quiere buscarle salidas al mundo por los caminos de la bondad, la justicia y el amor. Este último, como mandamiento supremo del cristianismo, resultará imprescindible para la reconquista de lo humano. Raúl Mayoral Benito Abogado y escritor Temas Madrid (ciudad) Miguel de Unamuno Papa León XiV La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA Reconquistar lo humano El hombre actual vive en punzante zozobra, angustiado por dudas, desestabilizado por la inseguridad vital y falto de certezas, pero anhelando un suelo firme Regala esta noticia Añádenos en Google El Papa León XIV durante su visita a Madrid. (Tania Sieira) Raúl Mayoral Benito 28/07/2026 a las 20:00h.

No es una deficiencia técnica lo que hoy sufre lo político, lo social y lo económico. Hay, al contrario, superabundancia de técnica, pero lo que falta en toda la actividad humana es la fuerza interior, es Dios, impidiendo la conexión con la verdad, con lo ... bueno y con lo santo. Aún resuena la voz del Papa León XIV en Madrid: «Nuestra sociedad posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera.

De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del por qué, para qué, con quién y para quién se produce.» Nada nuevo bajo el sol. Ortega y Gasset cifra el origen del fenómeno en 1600.

El hombre abandona el mundo medieval que en su estrato más profundo es cristiano. Hasta entonces, el hombre se sentía encajado en sí mismo, en su quicio, en sus casillas, mucho más que cuando pensaba conforme a la razón. Es el hombre moderno, que empieza por ser el hombre galileano y cartesiano, el que, sublevándose contra Dios, inicia el tránsito de estar en la creencia de que Dios es la verdad, a estar en la creencia de que la verdad es la ciencia, la técnica, la razón humana.

La modernidad representa el poder del hombre sobre la naturaleza. El mundo queda convertido en una máquina y Dios en el gran maquinista, que la pone en marcha, según Descartes, de un «papirotazo». El hombre moderno, como un pequeño dios, aspira a iniciar o a detener el curso del mundo dando media vuelta a una manivela.

El poder técnico y mecánico se hace enorme. Para bien y para mal. Las consecuencias no tardan en llegar.

Fichte rechaza expresamente la patria celestial porque quiere reservar todos los fervores para la patria terrenal. Hegel diviniza al Estado. Maquiavelo, tres siglos antes, no se atrevió a tanto, y lo definió tan sólo como un poder independiente de toda ley moral.

Comte, por querer liberar al hombre de los absolutos religiosos y metafísicos, a los que consideraba atrasados y perturbadores, no cae en la cuenta de estar creando un nuevo e injustificado absoluto, más deshumanizado aún que los demás, una entidad opuesta al hombre y que no nace de la naturaleza humana: la masa, que, al decir de Guardini, es la gran cifra de individuos pobres en contacto, y que, por su misma pobreza de relación, se dejan reunir fácilmente y a capricho. Se expande una cultura que finge atender al hombre, pero no hace más que anularlo como individualidad personal, y disolverlo en el impreciso y engañoso conjunto de la Humanidad, absorbido por la colectividad y sometido a una potencia extrahumana como es el abstracto conglomerado estatal. Surge un hombre sin personalidad, desarraigado, desamparado y aislado, que se siente sin conexiones familiares, nacionales ni religiosas y, por eso, intercambiable y vulnerable.

Se comprende el certero diagnóstico que formula Spengler en el primer tercio del siglo XX: «Europa está desarraigada religiosamente». O lo que es lo mismo: Donde hay falta de Iglesia, hay sobra de Estado. Los totalitarismos, fascinados por el panteísmo estatal, pretendieron hacer la revolución creadora, la que daría al mundo nuevamente el sentido de lo personal.

Pero, además de prolongar el aislamiento del hombre, escamotearon la libertad de éste partiendo de la idea errónea, propia de la Revolución de 1789, de una libertad como oposición a la opresión de los cuadros sociales. La auténtica libertad del hombre no consiste en ofrecerle saltarse a la torera unas intrascendentes y superficiales leyes civiles, sino que el verdadero problema de la libertad se plantea y resuelve en el interior del hombre. La libertad crece hacia dentro, decía Unamuno.

Ortega puso en claro la necesidad que tiene el hombre de ejercer su libertad, la suya, la de dentro. Y María Zambrano afirmó que «la vida es ensimismamiento. Vivimos auténticamente en la medida en que somos nosotros mismos; lo que llega de fuera produce alteración, o sea, enajenación, que no es vivir, sino desvivir».

Los llamados a la santidad lo explican de otro modo: Estar lleno de todo lo creado es tanto como estar vacío de Dios, y estar vacío de todo lo creado es tanto como estar lleno de Dios. El hombre busca algo, pero no sabe qué. ¿Aprenderá a quitar lo que estorba y a poner lo que falta?

¿Será la tecnología su aliado o su enemigo? A todo tiempo histórico le corresponde un tipo de hombre. Y el del tiempo presente recuerda a aquel hombre de la modernidad, saturado de racionalidad, embelesado por ídolos tecnológicos y escindido en dos fragmentos: lo intelectual o racional y lo que guarda su rudeza inculta y su hostilidad primitiva.

El hombre actual vive en punzante zozobra, angustiado por dudas, desestabilizado por la inseguridad vital y falto de certezas, pero anhelando un suelo firme. Como advirtió Guardini, lo que constituirá la tarea del futuro a realizar por el hombre será la nueva conquista de la existencia en favor de lo humano para salvar aquel mínimo sin el que el hombre no puede seguir siendo hombre. Volvemos al magisterio pontificio.

Nos exhorta León XIV a que «seamos humanos, hombres y mujeres de carne y hueso, no apariencias, sino rostros fiables». Y ¿qué es en último término lo sustantivo de lo humano? Ser persona, responde Guardini.

Es decir, haber sido llamado por Dios y ser, por ello, capaz de responder por sí mismo y de intervenir en la realidad movido por un principio interno de energía. Esto hace que cada hombre sea único, inalienable, irremplazable e insustituible. Un hombre que salta y se escapa hacia lo humano, hacia lo ecuménico, hacia lo trascendente; y que en su interior se mueve y se agita una conciencia humana que quiere buscarle salidas al mundo por los caminos de la bondad, la justicia y el amor.

Este último, como mandamiento supremo del cristianismo, resultará imprescindible para la reconquista de lo humano. Raúl Mayoral Benito Abogado y escritor Temas Madrid (ciudad) Miguel de Unamuno Papa León XiV La Tercera de ABC comentarios Reportar un error Con GPS y asistente de voz para hablar sin móvil: el Huawei Watch GT6 aguanta 21 días sin cargar Alejandra Santisteban Guiu Boticaria García, nutricionista: «El melón no fermenta en el estómago después de la cena. No es peor comerlo por la noche»

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Publicado por Redacción · martes, 28 de julio de 2026

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