Sobreviene la ecpirosis
Los lectores de 'El nombre de la rosa' (1980), la novela de Umberto Eco que recuperó para la narrativa contemporánea el motivo del manuscrito misterioso, recordarán que así –«sobreviene la ecpirosis»–
LA TERCERA Sobreviene la ecpirosis Existimos como efímeras centellas del fuego de Heráclito, que era ya una metáfora de la guerra de todos contra todos, del estado natural del hombre Regala esta noticia Añádenos en Google Sean Connery en la película 'El nombre de la Rosa'. (ABC) Jon Juaristi 01/08/2026 a las 20:09h. Los lectores de 'El nombre de la rosa' (1980), la novela de Umberto Eco que recuperó para la narrativa contemporánea el motivo del manuscrito misterioso, recordarán que así –«sobreviene la ecpirosis»– se titula a medias su último capítulo, en el que un incendio provocado por el monje ciego Jorge de Burgos (trasunto ficticio de Jorge Luis Borges) destruye la abadía benedictina cuya biblioteca esconde el libro perdido de la Poética de Aristóteles que versa sobre la Comedia. El fuego se inicia en «España», es decir, en la sección rotulada como 'YSPANIA' de dicha biblioteca monástica (un fractal de la borgesiana Biblioteca de Babel que simboliza el universo infinito y laberíntico).
El término griego 'ecpirosis' significaba en la filosofía estoica «conflagración universal»: la consunción total del mundo por el fuego que sobreviene al final de cada ciclo cósmico, antes de que el universo renazca de sus cenizas para ser calcinado de nuevo en un eterno retorno de regeneraciones y aniquilaciones. En el imaginario mítico, la ecpirosis ofrece una alternativa al «cataclismo» o destrucción del cosmos por el agua. Ambas imágenes han sobrevivido, respectivamente, en las pesadillas actuales sobre la extinción de la humanidad por una guerra nuclear o por una inundación catastrófica a causa del deshielo de los casquetes polares.
Cabe incluso una forma imaginable de exterminio combinado: la primera cooperaría con el cambio climático a catalizar la segunda. La fantasía religiosa y la científica suelen trabajar juntas para que no decaigan los terrores apocalípticos (si no son una y la misma cosa). En la narrativa romántica inglesa, la ecpirosis fue una fórmula muy socorrida para la conclusión del relato: piénsese en el incendio del castillo de Torquilstone en el 'Ivanhoe' de Walter Scott, o en el de Thornfield Hall en 'Jane Eyre', de Charlotte Brontë (recurso que heredó la novela popular del siglo pasado: pensemos en la 'Rebecca» de Daphne de Maurier, donde la rencorosa ama de llaves achicharra Manderley).
Pero este tipo de finales a la británica son demasiado domésticos y comedidos: confinan el incendio en un recinto artificial, que puede ser más o menos imponente (un castillo o una mansión rural), pero que poco tiene en común con la ecpirosis auténtica, la cósmica. En cierto sentido, se trata de una limitación análoga a la de la novela policíaca inglesa, que la novela negra norteamericana dejó en evidencia. Recuérdese el elogio que Raymond Chandler dedicó a su precursor de la Costa Este, Dashiell Hammett, del que escribió que «sacó el crimen del jardín del vicario y se lo devolvió al pueblo, que siempre lo hace mucho mejor».
La renovación literaria de la ecpirosis se debe a un epígono de Hammett y Chandler, Ross Macdonald, la acción de cuya novela más famosa, 'The Underground Man', de 1971 ('El hombre enterrado', en su traducción española), se desarrolla desde el principio en el marco incontrolable de un incendio que devasta toda California, en medio del cual el detective Lew Archer se esfuerza por exhumar una espantosa historia familiar de crimen y corrupción. La ecpirosis no se relega al final del relato, como prescribía el modelo canónico de la novela inglesa, sino que impera como decorado y símbolo del universo novelesco de Macdonald (y, por extensión, de todo el género negro) donde, al contrario de lo que sucede en la novela policíaca clásica, no se parte de un orden inicial alterado o subvertido por el delito, y que el detective aficionado (Holmes, Poirot, Miss Marple) reconstruye mágicamente al resolver el caso. Por el contrario, en la novela negra americana el incendio es símbolo de un desorden crónico, esencial u ontológico del mundo, que nadie puede reparar: el detective privado profesional consigue desvelar la trama, pero no restaura orden alguno.
En el mundo caído de la novela negra, que es el nuestro, el delito es un foco ínfimo de un fuego inextinguible (si utilizáramos la metáfora del cataclismo, podríamos decir que el crimen diluvia sobre mojado). Aunque Borges –ciego, bibliotecario y erudito– inspirara el personaje de Jorge de Burgos, no cabe imaginarlo como un pirómano. Por el contrario, parece que concebía el final del mundo, al modo estoico y cristiano, como una irrefrenable ecpirosis y que preferiría dilatarlo lo más posible.
No era en absoluto un milenarista que abogara por propiciar su venida y oponía la necesidad de alguna forma de 'katéjon' al entusiasmo revolucionario por el 'ésjaton'. Podríamos considerarlo como un buen agustiniano conservador, al modo de su maestro Unamuno. El protagonista de su cuento 'El libro de arena', que ha comprado a un vendedor escocés de biblias un libro monstruoso («diabólico») cuyo número de páginas es infinito, intuye que si este, accidentalmente, llegara a quemarse, produciría un incendio que consumiría todo lo existente.
Para evitarlo, lo sepulta en uno de los 'húmedos anaqueles' de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la confianza de que nadie lo encontrará allí. Sin embargo, Borges sabía que también las bibliotecas se queman: miles de bibliotecas han ardido desde la de Alejandría hasta hoy. Borges no lo ignoraba, pero su intención era escribir una réplica en clave cosmológica a 'El diablo embotellado' de Stevenson, porque la clave del relato de Borges, al contrario que la del cuento del escocés, no es el miedo al infierno, sino al infinito.
Borges, como todos nosotros, los modernos, se sabía perdido en un universo y en un tiempo infinito: «Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo», afirma su vendedor presbiteriano de biblias. Dicho de otro modo, no estamos en lugar ni en tiempo alguno.
Existimos como efímeras centellas del fuego de Heráclito, que era ya una metáfora de la guerra de todos contra todos, del estado natural del hombre. Y esto es lo que en verdad temía Borges: la guerra interminable, la guerra que no puede detener pacto alguno y que continúa bajo la apariencia de la paz, movida por inextinguibles resentimientos trágicos que se creen virtuosos. La guerra infinita que admite otras metáforas: la del ajedrez, por ejemplo, la de la partida inmortal, que proseguirá, según Borges, cuando los jugadores se hayan ido, pues «en el Oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito». Recordemos el título completo del último capítulo de la novela de Eco: «Sobreviene la ecpirosis y por causa de un exceso de virtud prevalecen las fuerzas del infierno». Jon Juaristi es filólogo y escritor Temas Novela España Jorge Luis Borges La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA Sobreviene la ecpirosis Existimos como efímeras centellas del fuego de Heráclito, que era ya una metáfora de la guerra de todos contra todos, del estado natural del hombre Regala esta noticia Añádenos en Google Sean Connery en la película 'El nombre de la Rosa'. (ABC) Jon Juaristi 01/08/2026 a las 20:09h.
Los lectores de 'El nombre de la rosa' (1980), la novela de Umberto Eco que recuperó para la narrativa contemporánea el motivo del manuscrito misterioso, recordarán que así –«sobreviene la ecpirosis»– se titula a medias su último capítulo, en el que un incendio provocado por el monje ciego Jorge de Burgos (trasunto ficticio de Jorge Luis Borges) destruye la abadía benedictina cuya biblioteca esconde el libro perdido de la Poética de Aristóteles que versa sobre la Comedia. El fuego se inicia en «España», es decir, en la sección rotulada como 'YSPANIA' de dicha biblioteca monástica (un fractal de la borgesiana Biblioteca de Babel que simboliza el universo infinito y laberíntico). El término griego 'ecpirosis' significaba en la filosofía estoica «conflagración universal»: la consunción total del mundo por el fuego que sobreviene al final de cada ciclo cósmico, antes de que el universo renazca de sus cenizas para ser calcinado de nuevo en un eterno retorno de regeneraciones y aniquilaciones.
En el imaginario mítico, la ecpirosis ofrece una alternativa al «cataclismo» o destrucción del cosmos por el agua. Ambas imágenes han sobrevivido, respectivamente, en las pesadillas actuales sobre la extinción de la humanidad por una guerra nuclear o por una inundación catastrófica a causa del deshielo de los casquetes polares. Cabe incluso una forma imaginable de exterminio combinado: la primera cooperaría con el cambio climático a catalizar la segunda.
La fantasía religiosa y la científica suelen trabajar juntas para que no decaigan los terrores apocalípticos (si no son una y la misma cosa). En la narrativa romántica inglesa, la ecpirosis fue una fórmula muy socorrida para la conclusión del relato: piénsese en el incendio del castillo de Torquilstone en el 'Ivanhoe' de Walter Scott, o en el de Thornfield Hall en 'Jane Eyre', de Charlotte Brontë (recurso que heredó la novela popular del siglo pasado: pensemos en la 'Rebecca» de Daphne de Maurier, donde la rencorosa ama de llaves achicharra Manderley). Pero este tipo de finales a la británica son demasiado domésticos y comedidos: confinan el incendio en un recinto artificial, que puede ser más o menos imponente (un castillo o una mansión rural), pero que poco tiene en común con la ecpirosis auténtica, la cósmica.
En cierto sentido, se trata de una limitación análoga a la de la novela policíaca inglesa, que la novela negra norteamericana dejó en evidencia. Recuérdese el elogio que Raymond Chandler dedicó a su precursor de la Costa Este, Dashiell Hammett, del que escribió que «sacó el crimen del jardín del vicario y se lo devolvió al pueblo, que siempre lo hace mucho mejor». La renovación literaria de la ecpirosis se debe a un epígono de Hammett y Chandler, Ross Macdonald, la acción de cuya novela más famosa, 'The Underground Man', de 1971 ('El hombre enterrado', en su traducción española), se desarrolla desde el principio en el marco incontrolable de un incendio que devasta toda California, en medio del cual el detective Lew Archer se esfuerza por exhumar una espantosa historia familiar de crimen y corrupción.
La ecpirosis no se relega al final del relato, como prescribía el modelo canónico de la novela inglesa, sino que impera como decorado y símbolo del universo novelesco de Macdonald (y, por extensión, de todo el género negro) donde, al contrario de lo que sucede en la novela policíaca clásica, no se parte de un orden inicial alterado o subvertido por el delito, y que el detective aficionado (Holmes, Poirot, Miss Marple) reconstruye mágicamente al resolver el caso. Por el contrario, en la novela negra americana el incendio es símbolo de un desorden crónico, esencial u ontológico del mundo, que nadie puede reparar: el detective privado profesional consigue desvelar la trama, pero no restaura orden alguno. En el mundo caído de la novela negra, que es el nuestro, el delito es un foco ínfimo de un fuego inextinguible (si utilizáramos la metáfora del cataclismo, podríamos decir que el crimen diluvia sobre mojado).
Aunque Borges –ciego, bibliotecario y erudito– inspirara el personaje de Jorge de Burgos, no cabe imaginarlo como un pirómano. Por el contrario, parece que concebía el final del mundo, al modo estoico y cristiano, como una irrefrenable ecpirosis y que preferiría dilatarlo lo más posible. No era en absoluto un milenarista que abogara por propiciar su venida y oponía la necesidad de alguna forma de 'katéjon' al entusiasmo revolucionario por el 'ésjaton'.
Podríamos considerarlo como un buen agustiniano conservador, al modo de su maestro Unamuno. El protagonista de su cuento 'El libro de arena', que ha comprado a un vendedor escocés de biblias un libro monstruoso («diabólico») cuyo número de páginas es infinito, intuye que si este, accidentalmente, llegara a quemarse, produciría un incendio que consumiría todo lo existente. Para evitarlo, lo sepulta en uno de los 'húmedos anaqueles' de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la confianza de que nadie lo encontrará allí.
Sin embargo, Borges sabía que también las bibliotecas se queman: miles de bibliotecas han ardido desde la de Alejandría hasta hoy. Borges no lo ignoraba, pero su intención era escribir una réplica en clave cosmológica a 'El diablo embotellado' de Stevenson, porque la clave del relato de Borges, al contrario que la del cuento del escocés, no es el miedo al infierno, sino al infinito. Borges, como todos nosotros, los modernos, se sabía perdido en un universo y en un tiempo infinito: «Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio.
Si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo», afirma su vendedor presbiteriano de biblias. Dicho de otro modo, no estamos en lugar ni en tiempo alguno. Existimos como efímeras centellas del fuego de Heráclito, que era ya una metáfora de la guerra de todos contra todos, del estado natural del hombre.
Y esto es lo que en verdad temía Borges: la guerra interminable, la guerra que no puede detener pacto alguno y que continúa bajo la apariencia de la paz, movida por inextinguibles resentimientos trágicos que se creen virtuosos. La guerra infinita que admite otras metáforas: la del ajedrez, por ejemplo, la de la partida inmortal, que proseguirá, según Borges, cuando los jugadores se hayan ido, pues «en el Oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. Como el otro, este juego es infinito».
Recordemos el título completo del último capítulo de la novela de Eco: «Sobreviene la ecpirosis y por causa de un exceso de virtud prevalecen las fuerzas del infierno». Jon Juaristi es filólogo y escritor Temas Novela España Jorge Luis Borges La Tercera de ABC comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola»
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