El verano, mejor sin viejos
Vivaquean por ahí las campañas de verano para que nadie abandone un perro en la cuneta. Pues muy bien, porque un perro despreciado es una infamia, un fracaso de la ternura y un suspenso de la especie.
El verano, mejor sin viejos Nos escandaliza, con razón, el abandono de una mascota, pero aceptamos con una naturalidad casi administrativa el abandono de nuestros mayores. Eso habla poco o nada de los animales, y mucho de nosotros Escucha el artículo. 2 min Escucha el artículo. 2 min Regala esta noticia Añádenos en Google Una familia de vacaciones en Peñíscola. (AIDAWEB) Ángel Antonio Herrera 05/08/2026 a las 18:58h. Vivaquean por ahí las campañas de verano para que nadie abandone un perro en la cuneta.
Pues muy bien, porque un perro despreciado es una infamia, un fracaso de la ternura y un suspenso de la especie. Pero, entretanto, vamos dejando viejos en las cunetas ... poco visibles de agosto, que son los pisos cerrados, las residencias con horario de visita y los teléfonos que más bien nunca suenan. Hemos aprendido a cuidar de las mascotas muy finamente, mientras el anciano se nos queda, a menudo, en ese patio interior donde decide la tristeza.
Hay, ya, perros con hotel, piscina, veterinario de urgencias y hasta psicólogo, si me apuran. Al perro le buscamos canguro para las vacaciones, protector para las almohadillas y una playa donde pueda remojar el contento, rabo incluido. Al abuelo, en cambio, le buscamos residencia.
O le dejamos las pastillas alineadas sobre la mesa, con un beso apresurado y una promesa de llamada de móvil que el verano irá aplazando. Nos conmueve el ladrido de un galgo, y apenas oímos el silencio de un viejo. A menudo, las familias orillan al viejo porque llegan las vacaciones, o bien porque el viejo directamente estorba, y así inventamos un desamparo letal que ahora, con pulcra sociología, llamamos «soledad no deseada».
La soledad deseada sólo es posible desde la solvencia física, porque si no logras enchufar el lavavajillas o sufres al cortar el pan, es que ya te quedan tres ratos de aliento y lo mismo ni llegas a Navidad. La vejez es el domicilio de cualquiera, y quien descuida a un viejo se está maltratando a sí mismo. Una sociedad empeñada en ser joven para toda la vida es una sociedad sin futuro.
Porque el porvenir es la decadencia. Ahí está el viejo, en verano, abismal y desarmado, tan inocente ya que asusta. Nos escandaliza, con razón, el abandono de una mascota, pero aceptamos con una naturalidad casi administrativa el abandono de nuestros mayores.
Eso habla poco o nada de los animales, y mucho de nosotros. Hay una ley del menor, y debiera haber una ley del mayor, pero ley severa y nobilísima. Porque llega el día en que un escalera es una odisea, un cumpleaños una indefensión y un verano una catástrofe.
Temas Animales Vacaciones Soledad Verano comentarios Reportar un error El verano, mejor sin viejos Nos escandaliza, con razón, el abandono de una mascota, pero aceptamos con una naturalidad casi administrativa el abandono de nuestros mayores. Eso habla poco o nada de los animales, y mucho de nosotros Escucha el artículo. 2 min Escucha el artículo. 2 min Regala esta noticia Añádenos en Google Una familia de vacaciones en Peñíscola. (AIDAWEB) Ángel Antonio Herrera 05/08/2026 a las 18:58h. Vivaquean por ahí las campañas de verano para que nadie abandone un perro en la cuneta.
Pues muy bien, porque un perro despreciado es una infamia, un fracaso de la ternura y un suspenso de la especie. Pero, entretanto, vamos dejando viejos en las cunetas ... poco visibles de agosto, que son los pisos cerrados, las residencias con horario de visita y los teléfonos que más bien nunca suenan. Hemos aprendido a cuidar de las mascotas muy finamente, mientras el anciano se nos queda, a menudo, en ese patio interior donde decide la tristeza.
Hay, ya, perros con hotel, piscina, veterinario de urgencias y hasta psicólogo, si me apuran. Al perro le buscamos canguro para las vacaciones, protector para las almohadillas y una playa donde pueda remojar el contento, rabo incluido. Al abuelo, en cambio, le buscamos residencia.
O le dejamos las pastillas alineadas sobre la mesa, con un beso apresurado y una promesa de llamada de móvil que el verano irá aplazando. Nos conmueve el ladrido de un galgo, y apenas oímos el silencio de un viejo. A menudo, las familias orillan al viejo porque llegan las vacaciones, o bien porque el viejo directamente estorba, y así inventamos un desamparo letal que ahora, con pulcra sociología, llamamos «soledad no deseada».
La soledad deseada sólo es posible desde la solvencia física, porque si no logras enchufar el lavavajillas o sufres al cortar el pan, es que ya te quedan tres ratos de aliento y lo mismo ni llegas a Navidad. La vejez es el domicilio de cualquiera, y quien descuida a un viejo se está maltratando a sí mismo. Una sociedad empeñada en ser joven para toda la vida es una sociedad sin futuro.
Porque el porvenir es la decadencia. Ahí está el viejo, en verano, abismal y desarmado, tan inocente ya que asusta. Nos escandaliza, con razón, el abandono de una mascota, pero aceptamos con una naturalidad casi administrativa el abandono de nuestros mayores.
Eso habla poco o nada de los animales, y mucho de nosotros. Hay una ley del menor, y debiera haber una ley del mayor, pero ley severa y nobilísima. Porque llega el día en que un escalera es una odisea, un cumpleaños una indefensión y un verano una catástrofe.
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