Cuando los animales son los que sujetan la correa
Hubo un tiempo en el que uno sabía perfectamente quién mandaba en la casa. Era el padre, la madre o, en muchos casos, la abuela. Hoy no tengo tan claro si la autoridad corresponde al perro. Basta subi
CRÓNICAS DE CIVISMO DERRETIDO Cuando los animales son los que sujetan la correa «Nadie presenta a un primo especialmente pesado advirtiendo que no suele morder. Con los animales, sin embargo, parece que hemos desarrollado una confianza universal que obliga a los demás a participar de nuestra intimidad» Regala esta noticia Añádenos en Google Las mascotas no podrán quedarse solas más de 48 horas. (JM Nieto) Alfonso J.
Ussía 02/08/2026 a las 01:14h. Hubo un tiempo en el que uno sabía perfectamente quién mandaba en la casa. Era el padre, la madre o, en muchos casos, la abuela.
Hoy no tengo tan claro si la autoridad corresponde al perro. Basta subirse a un tren en pleno verano o ... esperar la cola para embarcar en cualquier aeropuerto para comprobar que media España viaja acompañada de un animal. Hay labradores, caniches, bulldogs franceses, gatos que asoman la cabeza desde una mochila como si fueran astronautas, conejos, hurones, loros y hasta algún lagarto que parece haber sacado un billete en Preferente.
Cualquier día anunciarán por megafonía que un camello ha sido visto deambulando por la cafetería. No me molesta. Al contrario.
Siempre he pensado que los animales suelen comportarse con bastante más dignidad que algunas personas. El problema casi nunca lleva cuatro patas. El problema suele sujetar la correa.
Los perros, por ejemplo, poseen una virtud extraordinaria que muchos seres humanos han ido perdiendo poco a poco: saben estar. Esperan. Observan.
Se tumban debajo de una mesa sin convertir su presencia en una constante anomalía. No hablan a gritos por teléfono. No ponen vídeos sin auriculares.
No invaden la conversación de la mesa de al lado para explicar cómo les ha ido la semana. Si tienen hambre, esperan. Si tienen sed, esperan.
Si el viaje dura tres horas más de lo previsto, aguantan con una paciencia que ya quisiéramos muchos cuando el aire acondicionado tarda cinco minutos en enfriar. Después aparece el propietario dispuesto a explicar que Thor, Luna o Coco son un miembro más de la familia. Lo cuenta con un orgullo genealógico mientras el pobre animal parece bastante más interesado en encontrar una sombra donde dormir que en participar de la sobremesa.
Y es que el perro no ha pedido entrar en el restaurante. No ha solicitado viajar en AVE. No ha insistido para pasar el fin de semana en un hotel con spa y desayuno bufé.
Todo eso lo decide una persona convencida de que el resto de la humanidad comparte exactamente el mismo entusiasmo que ella. Vivimos una época empeñada en convertir los gustos particulares en obligaciones colectivas. Si a mí me apasiona mi mascota, a usted también tiene que apasionarle.
Si mi perro quiere olisquear sus pantalones, lo correcto es que sonría. Si ocupa medio pasillo del tren con la correa extendida, será usted quien deba hacer equilibrios para pasar. Y si, por cualquier motivo, prefiere mantener cierta distancia, siempre habrá alguien dispuesto a tranquilizarle con esa maldita frase previa al ataque: «No hace nada».
Eso nunca deja de sorprenderme. Nadie tranquiliza a un desconocido diciendo que su cuñado no hace nada antes de sentarlo a nuestra mesa. Nadie presenta a un primo especialmente pesado advirtiendo que no suele morder.
Con los animales, sin embargo, parece que hemos desarrollado una confianza universal que obliga a los demás a participar de nuestra intimidad. Lo curioso es que el propio perro acostumbra a entender mejor las reglas de convivencia que su dueño. El animal espera una orden.
Se aparta cuando se le corrige. Aprende que hay sitios donde puede correr y otros donde conviene permanecer quieto. Nosotros, en cambio, parecemos empeñados en borrar cualquier frontera.
Todo debe adaptarse a nosotros porque hemos confundido la libertad con la ausencia de límites y la comodidad con un derecho. Siempre he sospechado que la buena educación consiste, sobre todo, en hacer la vida más fácil a los demás. Nadie recibe una medalla por bajar la voz en un vagón.
Tampoco por recoger lo que ensucia su perro, ceder el paso o procurar que quien comparte espacio con nosotros esté cómodo. Son gestos diminutos, tan pequeños que apenas se ven. La educación casi nunca hace ruido.
El ruido lo hacen quienes creen que el mundo entero gira alrededor de sus costumbres. Newsletter Quizá por eso me producen tanta ternura algunos perros y tanta tirria algunos propietarios. El animal permanece tumbado durante horas sin molestar a nadie mientras el dueño explica a todo el restaurante la dieta sin cereales que sigue desde cachorro, las cuentas de Instagram que tiene abiertas, el hotel maravilloso donde pasó las vacaciones o el trauma que sufrió cuando una aspiradora le dio un susto siendo pequeño.
El perro guarda silencio. El amo no. Es una forma muy moderna de egoísmo que consiste en convertir al animal en una extensión de uno mismo.
Ya no basta con quererlo. Hay que exhibirlo. No se trata de compartir el cariño, sino de imponerlo.
Y es una pena porque los animales llevan siglos dándonos lecciones de lealtad, paciencia y fidelidad sin necesidad de dar el coñazo a los demás. Han acompañado a pastores, cazadores, marineros, agricultores y familias enteras sin exigir protagonismo. Han esperado junto a una puerta durante horas.
Han recorrido caminos interminables detrás de sus dueños. Han demostrado una nobleza que la literatura lleva siglos intentando describir. Resulta paradójico que, precisamente ahora que presumimos de quererlos tanto, algunos los utilicen como coartada para olvidarse de los modales más elementales.
No me preocupan los perros. Tampoco los gatos, los conejos, los hurones o ese lagarto que seguramente terminará viajando algún día entre el coche cafetería y el vagón silencioso. Me preocupan bastante más quienes han dejado de comprender que compartir un espacio con desconocidos exige una renuncia.
La civilización nunca ha consistido en hacer exactamente lo que a uno le apetece. Consiste en reservar una parte de nuestra comodidad para que también quepa la de los demás. Quizá esa sea la diferencia entre una sociedad educada y otra que empieza a perder las formas.
Los animales siguen comportándose como animales. Conservan la misma nobleza de siempre. Quienes hemos cambiado somos nosotros, y no siempre para bien.
Temas Gatos Perros Animales Instagram Intimidad comentarios Reportar un error CRÓNICAS DE CIVISMO DERRETIDO Cuando los animales son los que sujetan la correa «Nadie presenta a un primo especialmente pesado advirtiendo que no suele morder. Con los animales, sin embargo, parece que hemos desarrollado una confianza universal que obliga a los demás a participar de nuestra intimidad» Regala esta noticia Añádenos en Google Las mascotas no podrán quedarse solas más de 48 horas. (JM Nieto) Alfonso J.
Ussía 02/08/2026 a las 01:14h. Hubo un tiempo en el que uno sabía perfectamente quién mandaba en la casa. Era el padre, la madre o, en muchos casos, la abuela.
Hoy no tengo tan claro si la autoridad corresponde al perro. Basta subirse a un tren en pleno verano o ... esperar la cola para embarcar en cualquier aeropuerto para comprobar que media España viaja acompañada de un animal. Hay labradores, caniches, bulldogs franceses, gatos que asoman la cabeza desde una mochila como si fueran astronautas, conejos, hurones, loros y hasta algún lagarto que parece haber sacado un billete en Preferente.
Cualquier día anunciarán por megafonía que un camello ha sido visto deambulando por la cafetería. No me molesta. Al contrario.
Siempre he pensado que los animales suelen comportarse con bastante más dignidad que algunas personas. El problema casi nunca lleva cuatro patas. El problema suele sujetar la correa.
Los perros, por ejemplo, poseen una virtud extraordinaria que muchos seres humanos han ido perdiendo poco a poco: saben estar. Esperan. Observan.
Se tumban debajo de una mesa sin convertir su presencia en una constante anomalía. No hablan a gritos por teléfono. No ponen vídeos sin auriculares.
No invaden la conversación de la mesa de al lado para explicar cómo les ha ido la semana. Si tienen hambre, esperan. Si tienen sed, esperan.
Si el viaje dura tres horas más de lo previsto, aguantan con una paciencia que ya quisiéramos muchos cuando el aire acondicionado tarda cinco minutos en enfriar. Después aparece el propietario dispuesto a explicar que Thor, Luna o Coco son un miembro más de la familia. Lo cuenta con un orgullo genealógico mientras el pobre animal parece bastante más interesado en encontrar una sombra donde dormir que en participar de la sobremesa.
Y es que el perro no ha pedido entrar en el restaurante. No ha solicitado viajar en AVE. No ha insistido para pasar el fin de semana en un hotel con spa y desayuno bufé.
Todo eso lo decide una persona convencida de que el resto de la humanidad comparte exactamente el mismo entusiasmo que ella. Vivimos una época empeñada en convertir los gustos particulares en obligaciones colectivas. Si a mí me apasiona mi mascota, a usted también tiene que apasionarle.
Si mi perro quiere olisquear sus pantalones, lo correcto es que sonría. Si ocupa medio pasillo del tren con la correa extendida, será usted quien deba hacer equilibrios para pasar. Y si, por cualquier motivo, prefiere mantener cierta distancia, siempre habrá alguien dispuesto a tranquilizarle con esa maldita frase previa al ataque: «No hace nada».
Eso nunca deja de sorprenderme. Nadie tranquiliza a un desconocido diciendo que su cuñado no hace nada antes de sentarlo a nuestra mesa. Nadie presenta a un primo especialmente pesado advirtiendo que no suele morder.
Con los animales, sin embargo, parece que hemos desarrollado una confianza universal que obliga a los demás a participar de nuestra intimidad. Lo curioso es que el propio perro acostumbra a entender mejor las reglas de convivencia que su dueño. El animal espera una orden.
Se aparta cuando se le corrige. Aprende que hay sitios donde puede correr y otros donde conviene permanecer quieto. Nosotros, en cambio, parecemos empeñados en borrar cualquier frontera.
Todo debe adaptarse a nosotros porque hemos confundido la libertad con la ausencia de límites y la comodidad con un derecho. Siempre he sospechado que la buena educación consiste, sobre todo, en hacer la vida más fácil a los demás. Nadie recibe una medalla por bajar la voz en un vagón.
Tampoco por recoger lo que ensucia su perro, ceder el paso o procurar que quien comparte espacio con nosotros esté cómodo. Son gestos diminutos, tan pequeños que apenas se ven. La educación casi nunca hace ruido.
El ruido lo hacen quienes creen que el mundo entero gira alrededor de sus costumbres. Newsletter Quizá por eso me producen tanta ternura algunos perros y tanta tirria algunos propietarios. El animal permanece tumbado durante horas sin molestar a nadie mientras el dueño explica a todo el restaurante la dieta sin cereales que sigue desde cachorro, las cuentas de Instagram que tiene abiertas, el hotel maravilloso donde pasó las vacaciones o el trauma que sufrió cuando una aspiradora le dio un susto siendo pequeño.
El perro guarda silencio. El amo no. Es una forma muy moderna de egoísmo que consiste en convertir al animal en una extensión de uno mismo.
Ya no basta con quererlo. Hay que exhibirlo. No se trata de compartir el cariño, sino de imponerlo.
Y es una pena porque los animales llevan siglos dándonos lecciones de lealtad, paciencia y fidelidad sin necesidad de dar el coñazo a los demás. Han acompañado a pastores, cazadores, marineros, agricultores y familias enteras sin exigir protagonismo. Han esperado junto a una puerta durante horas.
Han recorrido caminos interminables detrás de sus dueños. Han demostrado una nobleza que la literatura lleva siglos intentando describir. Resulta paradójico que, precisamente ahora que presumimos de quererlos tanto, algunos los utilicen como coartada para olvidarse de los modales más elementales.
No me preocupan los perros. Tampoco los gatos, los conejos, los hurones o ese lagarto que seguramente terminará viajando algún día entre el coche cafetería y el vagón silencioso. Me preocupan bastante más quienes han dejado de comprender que compartir un espacio con desconocidos exige una renuncia.
La civilización nunca ha consistido en hacer exactamente lo que a uno le apetece. Consiste en reservar una parte de nuestra comodidad para que también quepa la de los demás. Quizá esa sea la diferencia entre una sociedad educada y otra que empieza a perder las formas.
Los animales siguen comportándose como animales. Conservan la misma nobleza de siempre. Quienes hemos cambiado somos nosotros, y no siempre para bien.
Temas Gatos Perros Animales Instagram Intimidad comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola» Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor»
Borja Sánchez