Mi paraíso en Grecia: Corinto, la ciudad entre dos mundos que fue «Las Vegas de la antigüedad»
Desde la cima de Acrocorinto, la acrópolis de la antigua ciudad de Corinto, el viento cálido sopla con fuerza y el silencio solo lo rompe el incansable canto de las chicharras. Aquí, a 570 metros de a
Mi paraíso en Grecia: Corinto, la ciudad entre dos mundos que fue «Las Vegas de la antigüedad» En el norte del Peloponeso, entre dos mares, se esconde uno de los lugares más fascinantes de Grecia: la Antigua Corinto. Una ciudad de cortesanas, filósofos, comerciantes y viajeros que fue también uno de los escenarios clave de la expansión del cristianismo Regala esta noticia Añádenos en Google Templo de Apolo. (Marta Cañete) Marta Cañete Corresponsal en Atenas 18/08/2026 a las 02:16h.
Desde la cima de Acrocorinto, la acrópolis de la antigua ciudad de Corinto, el viento cálido sopla con fuerza y el silencio solo lo rompe el incansable canto de las chicharras. Aquí, a 570 metros de altura, se distinguen dos mares: hacia el este, el ... golfo de Corinto; hacia el oeste el golfo Sarónico. En los días despejados se llega a ver la llanura de Argos, las montañas del Peloponeso y las costas de la Grecia central.
Basta contemplar estas vistas, desde las que se dominan las principales rutas marítimas y terrestres, para comprender por qué en este enclave surgió una de las ciudades griegas más poderosas y cosmopolitas de la Antigüedad. Llegar hasta Acrocorinto no es tarea fácil: el ascenso comienza entre olivos centenarios y la imagen de sus imponentes murallas, que serpentean por las escarpadas laderas del macizo, dibujando una de las ciudadelas más impresionantes de Grecia. La subida requiere esfuerzo, pero lo que encontramos arriba merece la pena porque, tras cruzar la primera puerta, comienzan a aparecer ante nuestros ojos cimientos de época bizantina, muros venecianos y torres otomanas, si bien conviene llevar calzado cómodo para poder caminar por las empinadas calzadas adoquinadas desgastadas por siglos de historia.
La puerta entre Oriente y Occidente A la sombra de Acrocorinto emergió la antigua ciudad de Corinto. Su posición privilegiada, entre los dos golfos la convirtió en una auténtica puerta entre Oriente y Occidente; un lugar de encuentro de culturas, mercancías e ideas, donde convivían el lujo, el comercio y los excesos, hasta el punto de que muchos de sus habitantes actuales la comparan con Las Vegas. Noticia relacionada CORINTO Un canal estrecho (21 m) y vital, hito de la ingeniería del XIX, cierra por obras Marta Cañete | Corresponsal en Atenas La clave de su poder radicaba en el Istmo, donde los corintios encontraron una solución extraordinaria para evitar la peligrosa navegación hacia el Egeo: el Diolkos, una vía pavimentada que recorría el istmo y por la que los barcos eran trasladados sobre plataformas de madera desde un mar hasta el otro, arrastrados por hombres y animales.
Mucho tiempo después, en el siglo XIX, se excavó el canal que corta el istmo a lo largo de ocho kilómetros para facilitar la navegación entre los dos mares. Esta espectacular obra decimonónica sigue siendo en la actualidad una arteria marítima por la que cada año transitan más de 12.000 barcos al año, con banderas de 50 países diferentes. En el extremo occidental del canal, los restos del antiguo Diolkos conviven con el moderno puente sumergible, recordándonos que este estrecho paso sigue siendo una vía de tránsito donde ahora los enormes petroleros se deslizan encajados entre paredes de roca de apenas 25 metros de ancho.
Contemplar esa escena es asistir al diálogo entre dos formas de conquistar el istmo, separadas por dos mil años de historia. Newsletter Corinto es hoy un rincón tranquilo, detenido en el tiempo, donde uno puede caminar entre ruinas griegas y romanas, recorrer senderos y, sobre todo, disfrutar del silencio. Durante siglos, sin embargo, fue una ciudad frenética, una metrópoli abierta al Mediterráneo donde transitaban comerciantes, marineros y aventureros llegados desde todos los rincones del mundo conocido.
Mientras navíos cruzaban el istmo, sus tripulantes recorrían las bulliciosas calles de la ciudad, llenaban sus tabernas, mercados y burdeles. El Acrocorinto, un Diolkos y Dimitris. (Marta Cañete) La mujer más deseada de Grecia En Corinto residía Lais, una de las heteras más famosas de la Antigüedad, célebre por su belleza, sensualidad y cultura. Por su mansión desfilaron estrategas y filósofos atraídos tanto por su compañía como la fama de las cortesanas corintias, consideradas las más bellas y sensuales de toda la Hélade.
Los servicios de Lais eran también conocidos por sus elevados precios; al orador ateniense Demóstenes, según la tradición, le habría pedido una suma de 10.000 dracmas por una noche, cantidad extraordinaria para la época y equivalente a lo que un jornalero ganaba tras décadas de trabajo. Hoy, entre las ruinas de aquellas bulliciosas calles por las que caminaron figuras como el filósofo Diógenes de Sinope, Filipo II de Macedonia o Alejandro Magno, es posible disfrutar de una propuesta gastronómica internacional mientras, de fondo, resuenan las conversaciones de los habitantes. Muchos de ellos se sienten herederos de aquel pasado y evocan, mientras toman su café especialidad, las historias de Lais o de Diógenes como si todavía habitasen en la ciudad.
Un vecino me cuenta que la mansión de la célebre hetera rivalizaba en belleza con la Acrópolis de Atenas, aunque hoy no queda rastro de ella. En su lugar se extiende hoy un anodino barrio residencial donde nada hace sospechar que allí vivió la mujer que fascinó a filósofos y hombres poderosos. Para Yorgos Papamijail, propietario de una tienda de artesanía, la historia más fascinantes es el encuentro entre Diógenes y Alejandro Magno.
Cuando el conquistador se acercó al filósofo para concederle un deseo, y este respondió sin inmutarse: «Apártate, me quitas el sol». Alejandro, entonces, habría pronunciado una de sus frases más célebres: «Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes». Aquella ciudad donde convivían cortesanas, filósofos, comerciantes y viajeros fue también uno de los escenarios clave de la expansión del cristianismo.
San Pablo comprendió enseguida que, si el Evangelio lograba arraigar en Corinto, su mensaje podría difundirse con rapidez por las principales rutas comerciales del mundo romano. Una de las propuestas más interesantes de las turoperadoras es la visita guiada tras las huellas del santo y que tienen como broche final la lectura de la célebre carta a los corintios. Otros tesoros codiciados Las riquezas de Corinto despertaron desde tiempo remotos la codicia de saqueadores y conquistadores.
Esa amenaza no desapareció con el paso de los siglos. En 1990, el Museo Arqueológico de Corinto fue saqueado por unos ladrones que se llevaron 285 piezas antiguas de gran valor y un millón de dracmas. Años más tarde, 266 de esas piezas fueron recuperadas y repatriadas desde EE.UU.
Dos décadas después, en 2010, la región volvió a ser escenario de un intento de expolio cuando las autoridades griegas interceptaron a una red de tráfico de antigüedades que trataba de sacar clandestinamente del país los célebres kuroi gemelos, dos esculturas del siglo VI a.C., que hoy se pueden visitar en el Museo Arqueológico de la Antigua Corinto. Tradición milenaria La región fue también famosa por su arcilla de extraordinaria calidad con la que los artesanos locales crearon algunas de las cerámicas más apreciadas de la Antigüedad. Sus piezas viajaron por todo el Mediterráneo y se convirtieron en una de las grandes expresiones artísticas del mundo griego.
Hoy, frente a las robustas columnas dóricas del templo de Apolo, sobreviven los talleres donde algunos artesanos mantienen vivo aquel legado. Observarlos trabajar es asistir a un ejercicio de paciencia y precisión que apenas parece haber cambiado con el paso de los siglos. Uno de estos artesanos es Dimitris Romantzouk, un artista de origen moldavo que llegó a Grecia en 1996 con un visado de turista.
Su destino cambió durante una visita a Micenas, cuando entró en una tienda de recuerdos y quedó fascinado por las reproducciones de las cerámicas antiguas. Romantzouk le dijo a la propietaria del negocio que él también sabía pintar. «Si sabes pintar, demuéstramelo», le respondió esta.
El artista tomó un plato de arcilla y, en pocos minutos, consiguió su primer trabajo en Grecia. Hoy tiene su propio taller en Corinto. Allí dedica sus días a estudiar y reproducir cerámicas antiguas.
Entre sus obras preferidas está la Crátera de François, obra maestra que ha reproducido en varias ocasiones. Ahora afronta un nuevo desafío: conseguir una reproducción perfecta de la Crátera de Eufronios. A su lado trabaja su esposa, Tamara Romantzouk, que perfila con un punzón los últimos detalles de cada pieza, un trabajo minucioso que convierte las reproducciones en réplicas casi idénticas a los originales.
Un mar de encuentros A pocos kilómetros, en la costa, se pueden visitar las ruinas de los dos antiguos puertos de la ciudad, Lequeo y Céncreas, desde donde zarparon durante siglos los barcos cargados de mercancías rumbo a todos los puntos del Mediterráneo, o bañarse en algunas de las playas de aguas cristalinas de la zona y degustar deliciosos platos de marisco en las tabernas tradicionales. El mar que dio sentido a esta cosmopolita ciudad guarda todavía un secreto. En las aguas de Corinto habitan cuatro especies de delfines y tres de ellas (listados, comunes y grises), forman grupos mixtos, un comportamientos extraordinariamente raro entre especies diferentes.
«Es como si en un mismo bloque de viviendas convivieran, de forma armónica, gorilas, chimpancés y orangutanes», explica a ABC Aléxandros Frantzís, del Instituto de Investigación de Cetáceos 'Pélagos'. El mismo enclave donde durante milenios confluyeron culturas, religiones e ideas, continúa siendo un lugar de encuentros e historias fascinantes. comentarios Reportar un error Mi paraíso en Grecia: Corinto, la ciudad entre dos mundos que fue «Las Vegas de la antigüedad» En el norte del Peloponeso, entre dos mares, se esconde uno de los lugares más fascinantes de Grecia: la Antigua Corinto.
Una ciudad de cortesanas, filósofos, comerciantes y viajeros que fue también uno de los escenarios clave de la expansión del cristianismo Regala esta noticia Añádenos en Google Templo de Apolo. (Marta Cañete) Marta Cañete Corresponsal en Atenas 18/08/2026 a las 02:16h. Desde la cima de Acrocorinto, la acrópolis de la antigua ciudad de Corinto, el viento cálido sopla con fuerza y el silencio solo lo rompe el incansable canto de las chicharras. Aquí, a 570 metros de altura, se distinguen dos mares: hacia el este, el ... golfo de Corinto; hacia el oeste el golfo Sarónico.
En los días despejados se llega a ver la llanura de Argos, las montañas del Peloponeso y las costas de la Grecia central. Basta contemplar estas vistas, desde las que se dominan las principales rutas marítimas y terrestres, para comprender por qué en este enclave surgió una de las ciudades griegas más poderosas y cosmopolitas de la Antigüedad. Llegar hasta Acrocorinto no es tarea fácil: el ascenso comienza entre olivos centenarios y la imagen de sus imponentes murallas, que serpentean por las escarpadas laderas del macizo, dibujando una de las ciudadelas más impresionantes de Grecia.
La subida requiere esfuerzo, pero lo que encontramos arriba merece la pena porque, tras cruzar la primera puerta, comienzan a aparecer ante nuestros ojos cimientos de época bizantina, muros venecianos y torres otomanas, si bien conviene llevar calzado cómodo para poder caminar por las empinadas calzadas adoquinadas desgastadas por siglos de historia. La puerta entre Oriente y Occidente A la sombra de Acrocorinto emergió la antigua ciudad de Corinto. Su posición privilegiada, entre los dos golfos la convirtió en una auténtica puerta entre Oriente y Occidente; un lugar de encuentro de culturas, mercancías e ideas, donde convivían el lujo, el comercio y los excesos, hasta el punto de que muchos de sus habitantes actuales la comparan con Las Vegas.
Noticia relacionada CORINTO Un canal estrecho (21 m) y vital, hito de la ingeniería del XIX, cierra por obras Marta Cañete | Corresponsal en Atenas La clave de su poder radicaba en el Istmo, donde los corintios encontraron una solución extraordinaria para evitar la peligrosa navegación hacia el Egeo: el Diolkos, una vía pavimentada que recorría el istmo y por la que los barcos eran trasladados sobre plataformas de madera desde un mar hasta el otro, arrastrados por hombres y animales. Mucho tiempo después, en el siglo XIX, se excavó el canal que corta el istmo a lo largo de ocho kilómetros para facilitar la navegación entre los dos mares. Esta espectacular obra decimonónica sigue siendo en la actualidad una arteria marítima por la que cada año transitan más de 12.000 barcos al año, con banderas de 50 países diferentes.
En el extremo occidental del canal, los restos del antiguo Diolkos conviven con el moderno puente sumergible, recordándonos que este estrecho paso sigue siendo una vía de tránsito donde ahora los enormes petroleros se deslizan encajados entre paredes de roca de apenas 25 metros de ancho. Contemplar esa escena es asistir al diálogo entre dos formas de conquistar el istmo, separadas por dos mil años de historia. Newsletter Corinto es hoy un rincón tranquilo, detenido en el tiempo, donde uno puede caminar entre ruinas griegas y romanas, recorrer senderos y, sobre todo, disfrutar del silencio.
Durante siglos, sin embargo, fue una ciudad frenética, una metrópoli abierta al Mediterráneo donde transitaban comerciantes, marineros y aventureros llegados desde todos los rincones del mundo conocido. Mientras navíos cruzaban el istmo, sus tripulantes recorrían las bulliciosas calles de la ciudad, llenaban sus tabernas, mercados y burdeles. El Acrocorinto, un Diolkos y Dimitris. (Marta Cañete) La mujer más deseada de Grecia En Corinto residía Lais, una de las heteras más famosas de la Antigüedad, célebre por su belleza, sensualidad y cultura.
Por su mansión desfilaron estrategas y filósofos atraídos tanto por su compañía como la fama de las cortesanas corintias, consideradas las más bellas y sensuales de toda la Hélade. Los servicios de Lais eran también conocidos por sus elevados precios; al orador ateniense Demóstenes, según la tradición, le habría pedido una suma de 10.000 dracmas por una noche, cantidad extraordinaria para la época y equivalente a lo que un jornalero ganaba tras décadas de trabajo. Hoy, entre las ruinas de aquellas bulliciosas calles por las que caminaron figuras como el filósofo Diógenes de Sinope, Filipo II de Macedonia o Alejandro Magno, es posible disfrutar de una propuesta gastronómica internacional mientras, de fondo, resuenan las conversaciones de los habitantes.
Muchos de ellos se sienten herederos de aquel pasado y evocan, mientras toman su café especialidad, las historias de Lais o de Diógenes como si todavía habitasen en la ciudad. Un vecino me cuenta que la mansión de la célebre hetera rivalizaba en belleza con la Acrópolis de Atenas, aunque hoy no queda rastro de ella. En su lugar se extiende hoy un anodino barrio residencial donde nada hace sospechar que allí vivió la mujer que fascinó a filósofos y hombres poderosos.
Para Yorgos Papamijail, propietario de una tienda de artesanía, la historia más fascinantes es el encuentro entre Diógenes y Alejandro Magno. Cuando el conquistador se acercó al filósofo para concederle un deseo, y este respondió sin inmutarse: «Apártate, me quitas el sol». Alejandro, entonces, habría pronunciado una de sus frases más célebres: «Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes».
Aquella ciudad donde convivían cortesanas, filósofos, comerciantes y viajeros fue también uno de los escenarios clave de la expansión del cristianismo. San Pablo comprendió enseguida que, si el Evangelio lograba arraigar en Corinto, su mensaje podría difundirse con rapidez por las principales rutas comerciales del mundo romano. Una de las propuestas más interesantes de las turoperadoras es la visita guiada tras las huellas del santo y que tienen como broche final la lectura de la célebre carta a los corintios.
Otros tesoros codiciados Las riquezas de Corinto despertaron desde tiempo remotos la codicia de saqueadores y conquistadores. Esa amenaza no desapareció con el paso de los siglos. En 1990, el Museo Arqueológico de Corinto fue saqueado por unos ladrones que se llevaron 285 piezas antiguas de gran valor y un millón de dracmas.
Años más tarde, 266 de esas piezas fueron recuperadas y repatriadas desde EE.UU. Dos décadas después, en 2010, la región volvió a ser escenario de un intento de expolio cuando las autoridades griegas interceptaron a una red de tráfico de antigüedades que trataba de sacar clandestinamente del país los célebres kuroi gemelos, dos esculturas del siglo VI a.C., que hoy se pueden visitar en el Museo Arqueológico de la Antigua Corinto. Tradición milenaria La región fue también famosa por su arcilla de extraordinaria calidad con la que los artesanos locales crearon algunas de las cerámicas más apreciadas de la Antigüedad.
Sus piezas viajaron por todo el Mediterráneo y se convirtieron en una de las grandes expresiones artísticas del mundo griego. Hoy, frente a las robustas columnas dóricas del templo de Apolo, sobreviven los talleres donde algunos artesanos mantienen vivo aquel legado. Observarlos trabajar es asistir a un ejercicio de paciencia y precisión que apenas parece haber cambiado con el paso de los siglos.
Uno de estos artesanos es Dimitris Romantzouk, un artista de origen moldavo que llegó a Grecia en 1996 con un visado de turista. Su destino cambió durante una visita a Micenas, cuando entró en una tienda de recuerdos y quedó fascinado por las reproducciones de las cerámicas antiguas. Romantzouk le dijo a la propietaria del negocio que él también sabía pintar.
«Si sabes pintar, demuéstramelo», le respondió esta. El artista tomó un plato de arcilla y, en pocos minutos, consiguió su primer trabajo en Grecia. Hoy tiene su propio taller en Corinto.
Allí dedica sus días a estudiar y reproducir cerámicas antiguas. Entre sus obras preferidas está la Crátera de François, obra maestra que ha reproducido en varias ocasiones. Ahora afronta un nuevo desafío: conseguir una reproducción perfecta de la Crátera de Eufronios.
A su lado trabaja su esposa, Tamara Romantzouk, que perfila con un punzón los últimos detalles de cada pieza, un trabajo minucioso que convierte las reproducciones en réplicas casi idénticas a los originales. Un mar de encuentros A pocos kilómetros, en la costa, se pueden visitar las ruinas de los dos antiguos puertos de la ciudad, Lequeo y Céncreas, desde donde zarparon durante siglos los barcos cargados de mercancías rumbo a todos los puntos del Mediterráneo, o bañarse en algunas de las playas de aguas cristalinas de la zona y degustar deliciosos platos de marisco en las tabernas tradicionales. El mar que dio sentido a esta cosmopolita ciudad guarda todavía un secreto.
En las aguas de Corinto habitan cuatro especies de delfines y tres de ellas (listados, comunes y grises), forman grupos mixtos, un comportamientos extraordinariamente raro entre especies diferentes. «Es como si en un mismo bloque de viviendas convivieran, de forma armónica, gorilas, chimpancés y orangutanes», explica a ABC Aléxandros Frantzís, del Instituto de Investigación de Cetáceos 'Pélagos'. El mismo enclave donde durante milenios confluyeron culturas, religiones e ideas, continúa siendo un lugar de encuentros e historias fascinantes. comentarios Reportar un error CORINTO Un canal estrecho (21 m) y vital, hito de la ingeniería del XIX, cierra por obras Marta Cañete | Corresponsal en Atenas Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Eugenia Martínez de Irujo: «El desayuno más sabroso es el que tomo en mi casa, tostada integral con aceite de oliva y un café con hielo»
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