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Internacional
jueves, 30 de julio de 2026

Me avergüenzo de mi bandera

¿Hasta qué punto hay que ser sincera? ¿Te odiarán los lectores? ¿Descubrirán bajo tus ropajes respetables una condición abyecta? En EE.UU. los articulistas lo cuentan todo, aquí puede que te señalen p

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

Me avergüenzo de mi bandera ¿Qué puñetas le pasa a nuestra insignia, qué le pasa a este pueblo que necesita el fútbol para poder ser país, qué me pasa a mí? Regala esta noticia Añádenos en Google Una mujer muestra la bandera de España antes de la final de la Copa del Mundo. (José Ramón Ladra) Cristina López Schlichting 30/07/2026 a las 20:17h. ¿Hasta qué punto hay que ser sincera?

¿Te odiarán los lectores? ¿Descubrirán bajo tus ropajes respetables una condición abyecta? En EE.UU. los articulistas lo cuentan todo, aquí puede que te señalen por ello.

Confieso que he perdido puntos del carnet de conducir y ... he tenido que dedicar dos largas tardes caniculares a la autoescuela de recuperación. Nunca fui a septiembre, así que ha sido un proceso traumático, como estar en el rinchi. Allí me encontré -el mismo lunes tras la victoria de la selección- con cinco varones.

Un taxista ecuatoriano, un conductor de Uber tatuado, un gitano joven y padre de familia, un indio de Bombay y un religioso de una orden que no viene al caso. El taxista llevaba la camiseta blanca de nuestros colores y yo conservaba en la muñeca la banderita con los colores patrios. Nos sonreímos con complicidad y orgullo.

Pasamos cinco horas duras -algunas francamente espantosas, concebidas para traumatizar al delincuente, como la Naranja Mecánica- y me marché con la memoria del rostro calcinado de una muchacha accidentada a la que quedaba un sólo ojo. La tarde del martes cambié de ropa pero no de pulsera. La profe vino de rojo, no sé si por los fastos, pero el taxista llevaba una camisa negra con rombitos, los niquis sintéticos no aguantan más de un día con estos calores.

Nos explicaron las rotondas y semáforos, los límites nuevos de velocidad (ya no hay ni diez por ciento de piedad si te pasas) y los sistemas de seguridad y una psicóloga nos ayudó a empatizar. El miércoles, superado el curso, recuperados cuatro puntos y aflojados 250 euros, la pulsera aguantaba. Me pregunté si quitármela, culminadas las celebraciones futbolísticas, pero decidí dejármela, al cabo es también mi bandera.

El jueves no fue tan fácil. Ni me tatúo ni llevo insignias y hace tiempo que concluí que la bandera divide, hace que unos y otros te clasifiquen de un lado u otro. Sólo pasa en España, es asombroso y me disgusta.

Como la pulsera seguía en su sitio, firmemente anudada, consideré un desdoro desatármela, una traición, una cobardía subrepticia, como si los tercios de Flandes se hubiesen vestido de faralaes. He de conceder, sin embargo, que la miré varias veces a lo largo de la jornada. En la farmacia fui consciente de pasar con ella en la muñeca la tarjeta por la máquina de cobro y que un señor la miraba.

«Ajá, Cristina López Schlichting lleva la bandera». En la panadería me dio no sé qué, porque el dependiente es LGTBI y vete a saber. ¿Qué puñetas le pasa a nuestra insignia, qué le pasa a este pueblo que necesita el fútbol para poder ser país, qué me pasa a mí?

El viernes, tras salir de la ducha, vi la pulsera en el suelo del cuarto de baño. La recogí con alivio y la tiré a la papelera. Qué pena por favor.

Temas UBER Pueblo España Estados Unidos comentarios Reportar un error Me avergüenzo de mi bandera ¿Qué puñetas le pasa a nuestra insignia, qué le pasa a este pueblo que necesita el fútbol para poder ser país, qué me pasa a mí? Regala esta noticia Añádenos en Google Una mujer muestra la bandera de España antes de la final de la Copa del Mundo. (José Ramón Ladra) Cristina López Schlichting 30/07/2026 a las 20:17h. ¿Hasta qué punto hay que ser sincera?

¿Te odiarán los lectores? ¿Descubrirán bajo tus ropajes respetables una condición abyecta? En EE.UU. los articulistas lo cuentan todo, aquí puede que te señalen por ello.

Confieso que he perdido puntos del carnet de conducir y ... he tenido que dedicar dos largas tardes caniculares a la autoescuela de recuperación. Nunca fui a septiembre, así que ha sido un proceso traumático, como estar en el rinchi. Allí me encontré -el mismo lunes tras la victoria de la selección- con cinco varones.

Un taxista ecuatoriano, un conductor de Uber tatuado, un gitano joven y padre de familia, un indio de Bombay y un religioso de una orden que no viene al caso. El taxista llevaba la camiseta blanca de nuestros colores y yo conservaba en la muñeca la banderita con los colores patrios. Nos sonreímos con complicidad y orgullo.

Pasamos cinco horas duras -algunas francamente espantosas, concebidas para traumatizar al delincuente, como la Naranja Mecánica- y me marché con la memoria del rostro calcinado de una muchacha accidentada a la que quedaba un sólo ojo. La tarde del martes cambié de ropa pero no de pulsera. La profe vino de rojo, no sé si por los fastos, pero el taxista llevaba una camisa negra con rombitos, los niquis sintéticos no aguantan más de un día con estos calores.

Nos explicaron las rotondas y semáforos, los límites nuevos de velocidad (ya no hay ni diez por ciento de piedad si te pasas) y los sistemas de seguridad y una psicóloga nos ayudó a empatizar. El miércoles, superado el curso, recuperados cuatro puntos y aflojados 250 euros, la pulsera aguantaba. Me pregunté si quitármela, culminadas las celebraciones futbolísticas, pero decidí dejármela, al cabo es también mi bandera.

El jueves no fue tan fácil. Ni me tatúo ni llevo insignias y hace tiempo que concluí que la bandera divide, hace que unos y otros te clasifiquen de un lado u otro. Sólo pasa en España, es asombroso y me disgusta.

Como la pulsera seguía en su sitio, firmemente anudada, consideré un desdoro desatármela, una traición, una cobardía subrepticia, como si los tercios de Flandes se hubiesen vestido de faralaes. He de conceder, sin embargo, que la miré varias veces a lo largo de la jornada. En la farmacia fui consciente de pasar con ella en la muñeca la tarjeta por la máquina de cobro y que un señor la miraba.

«Ajá, Cristina López Schlichting lleva la bandera». En la panadería me dio no sé qué, porque el dependiente es LGTBI y vete a saber. ¿Qué puñetas le pasa a nuestra insignia, qué le pasa a este pueblo que necesita el fútbol para poder ser país, qué me pasa a mí?

El viernes, tras salir de la ducha, vi la pulsera en el suelo del cuarto de baño. La recogí con alivio y la tiré a la papelera. Qué pena por favor.

Temas UBER Pueblo España Estados Unidos comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Tony Aguilar explica el estado de salud de su hijo Biel tras estar ingresado por una picadura de garrapata Francisco J. Jurado El chef José Andrés estalla por un ranking sin platos españoles: «Si necesitáis ayuda, aquí estoy» Borja Sánchez

Publicado por Redacción · jueves, 30 de julio de 2026

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