Habichuela en rama
En los siete minutos que fue a la escuela tuvo tiempo de aprender el verso de Gerardo Diego: «La guitarra es un pozo/ con viento en vez de agua». Pepe tocaba con la orografía de Granada. Cuesta arriba
Habichuela en rama Es la muerte de una rama de España que se amarró con el bordón a las muñecas de una generación que le tocó al futuro Escucha el artículo. 3 min Escucha el artículo. 3 min Regala esta noticia Añádenos en Google (Ilustración: Gabriel Sanz) Alberto García Reyes 05/08/2026 Actualizado a las 18:59h. En los siete minutos que fue a la escuela tuvo tiempo de aprender el verso de Gerardo Diego: «La guitarra es un pozo/ con viento en vez de agua». Pepe tocaba con la orografía de Granada.
Cuesta arriba. Al ritmo pastueño del camino de la ... Chumbera.
Con las manos andando por el mástil como quien va desde la caída del Darro al Sacromonte. Bebiendo viento. Suspirando música.
Cada falseta era una esquina de la cueva en la que se crio. Un vestigio de mosca y de cachucha. Un ay de su tía Marina en el bamboleo de los tangos del Cerro, entre los aires 'paraos' y la chispa de los merengazos.
Su padre lo quitó de la taracea, 21 pesetas a la semana, para que se agarrase a la bajañí y flotase en el mar del flamenco, donde su hermano Juan era ya el tocaor de Valderrama y de Caracol. Y con 16 años, Pepe cambió las estrecheces del Albaicín por las anchuras de Madrid, la humedad de las zambras por la esperanza de los tablaos. Tenía que defender el remoquete que su viejo había heredado del guitarrista de Antonio Chacón, Juan Gandulla, el Habichuela primero, y por eso buscó una forma propia de interpretar el viento nazarí.
Primero para Camarón. Después para su eco definitivo, el de Enrique Morente. Desde aquella noche en la comisaría por culpa del fandango de Cepero en el Colegio San Juan Evangelista, la guitarra del Habichuela chico se fundió con la voz de su paisano y ya no hubo quien abriese grieta.
La comunión fue como la de Camarón con Paco de Lucía. Enrique cantaba mejor con el toque de Pepe. Pepe tocaba mejor con el cante de Enrique.
«Qué bien sé yo la fuente que mana y corre,/ aunque es de noche», se dijeron para siempre. Por eso Morente se hizo la portada del disco de homenaje a Chacón con él. «Los dos juntos redondean/ el círculo de la plaza/ en un suelo y en un cielo/ que son desiertos del alma», se conjuraron.
Ahora, aunque es de noche y el flamenco es un desierto del alma, hay que meterse en la boca de la guitarra de Habichuela, que es el pozo de los vientos jondos, para seguir buscando el agua de la vida. La última vez, hace ya unos años, descolgó Amparo, la hija del Bengala, la mujer que habitaba en todas sus falsetas. Entendí que el Pepe del toque al ralentí, el valiente que buscaba el jazz con Dave Holland, el gitano de las gafas que le daba abrigo al cante incipiente de niños como Pitingo en las noches de Malasaña, ese Pepe ya no estaba.
Y que desde entonces ya sólo le rondaba Lorca recitando su poema por el Paseo de los Tristes. «Empieza el llanto/ de la guitarra./ Se rompen las copas/ de la madrugada». La muerte de Pepe Habichuela es también la de una época en la que el flamenco se rebeló para ir desde la Niña de los Peines a Ketama, desde el alfa del mairenismo al omega morentiano.
La de una forma de tocar la guitarra como llora el agua, sin partitura, con las manos frágiles pero infinitas, con las yemas de los dedos más duras que las uñas, con la lengua de la melodía y la pulsación en el alambre de la verdad. Es la muerte de una rama de España que se amarró con el bordón a las muñecas de una generación que le tocó al futuro. Que no es saber más, sino saber sin más.
Allí es donde nos espera ahora esa guitarra, arriba de la cuesta donde viven los gitanos, allende la nieve. Y es inútil callarla. Es imposible callarla.
Temas cultura Flamenco Muerte comentarios Reportar un error Habichuela en rama Es la muerte de una rama de España que se amarró con el bordón a las muñecas de una generación que le tocó al futuro Escucha el artículo. 3 min Escucha el artículo. 3 min Regala esta noticia Añádenos en Google (Ilustración: Gabriel Sanz) Alberto García Reyes 05/08/2026 Actualizado a las 18:59h. En los siete minutos que fue a la escuela tuvo tiempo de aprender el verso de Gerardo Diego: «La guitarra es un pozo/ con viento en vez de agua». Pepe tocaba con la orografía de Granada.
Cuesta arriba. Al ritmo pastueño del camino de la ... Chumbera.
Con las manos andando por el mástil como quien va desde la caída del Darro al Sacromonte. Bebiendo viento. Suspirando música.
Cada falseta era una esquina de la cueva en la que se crio. Un vestigio de mosca y de cachucha. Un ay de su tía Marina en el bamboleo de los tangos del Cerro, entre los aires 'paraos' y la chispa de los merengazos.
Su padre lo quitó de la taracea, 21 pesetas a la semana, para que se agarrase a la bajañí y flotase en el mar del flamenco, donde su hermano Juan era ya el tocaor de Valderrama y de Caracol. Y con 16 años, Pepe cambió las estrecheces del Albaicín por las anchuras de Madrid, la humedad de las zambras por la esperanza de los tablaos. Tenía que defender el remoquete que su viejo había heredado del guitarrista de Antonio Chacón, Juan Gandulla, el Habichuela primero, y por eso buscó una forma propia de interpretar el viento nazarí.
Primero para Camarón. Después para su eco definitivo, el de Enrique Morente. Desde aquella noche en la comisaría por culpa del fandango de Cepero en el Colegio San Juan Evangelista, la guitarra del Habichuela chico se fundió con la voz de su paisano y ya no hubo quien abriese grieta.
La comunión fue como la de Camarón con Paco de Lucía. Enrique cantaba mejor con el toque de Pepe. Pepe tocaba mejor con el cante de Enrique.
«Qué bien sé yo la fuente que mana y corre,/ aunque es de noche», se dijeron para siempre. Por eso Morente se hizo la portada del disco de homenaje a Chacón con él. «Los dos juntos redondean/ el círculo de la plaza/ en un suelo y en un cielo/ que son desiertos del alma», se conjuraron.
Ahora, aunque es de noche y el flamenco es un desierto del alma, hay que meterse en la boca de la guitarra de Habichuela, que es el pozo de los vientos jondos, para seguir buscando el agua de la vida. La última vez, hace ya unos años, descolgó Amparo, la hija del Bengala, la mujer que habitaba en todas sus falsetas. Entendí que el Pepe del toque al ralentí, el valiente que buscaba el jazz con Dave Holland, el gitano de las gafas que le daba abrigo al cante incipiente de niños como Pitingo en las noches de Malasaña, ese Pepe ya no estaba.
Y que desde entonces ya sólo le rondaba Lorca recitando su poema por el Paseo de los Tristes. «Empieza el llanto/ de la guitarra./ Se rompen las copas/ de la madrugada». La muerte de Pepe Habichuela es también la de una época en la que el flamenco se rebeló para ir desde la Niña de los Peines a Ketama, desde el alfa del mairenismo al omega morentiano.
La de una forma de tocar la guitarra como llora el agua, sin partitura, con las manos frágiles pero infinitas, con las yemas de los dedos más duras que las uñas, con la lengua de la melodía y la pulsación en el alambre de la verdad. Es la muerte de una rama de España que se amarró con el bordón a las muñecas de una generación que le tocó al futuro. Que no es saber más, sino saber sin más.
Allí es donde nos espera ahora esa guitarra, arriba de la cuesta donde viven los gitanos, allende la nieve. Y es inútil callarla. Es imposible callarla.
Temas cultura Flamenco Muerte comentarios Reportar un error 4 almohadas cervicales que mantienen la forma después de un año y evitan el dolor de cuello Teresa Rodríguez García David Bustamante: «No teníamos para vacaciones, pero nunca faltaba el plato combinado de la churrería» Borja Sánchez Pedro Ruiz ve que Sánchez se marcha de vacaciones en plena crisis migratoria: «No es muy presentable» Borja Sánchez