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Internacional
jueves, 17 de septiembre de 2026

El momento exacto en que bajamos de los árboles para conquistar el mundo

Cuando bajamos de los árboles, todo cambió. El bipedismo, o caminar sobre las dos extremidades inferiores, es una de las características clave que distingue a los humanos de otros simios. Pero cuándo

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

El momento exacto en que bajamos de los árboles para conquistar el mundo Un nuevo análisis de la resistencia ósea revela que los australopithecos combinaban el balanceo en las ramas con el bipedismo, pero un salto evolutivo hace 1,8 millones de años ató definitivamente a nuestros ancestros al suelo Regala esta noticia Añádenos en Google A la derecha representación de un Homo arcaico, caracterizado por una resistencia ósea mayor del fémur en el muslo que el húmero del brazo. A la izquierda, un ancestro humano más antiguo, el Australopithecus, caracterizado por una fuerza más equivalente en los huesos del brazo y el muslo. (Cullen Townsend) José Manuel Nieves 17/09/2026 Actualizado a las 12:54h. Cuando bajamos de los árboles, todo cambió.

El bipedismo, o caminar sobre las dos extremidades inferiores, es una de las características clave que distingue a los humanos de otros simios. Pero cuándo y por qué nuestros antepasados pasaron de una vida 'en las alturas' a ... otra que se desarrollaba casi exclusivamente en el suelo, sigue siendo objeto de un intenso debate. Porque la evolución rara vez da saltos en el vacío; más bien ensaya, prueba y se adapta.

Pero hay excepciones. Ahora, en efecto, nuevas evidencias procedentes de fósiles que representan a dos grupos de nuestros ancestros (Australopithecus y los primeros miembros del género Homo) acaban de añadir una pieza fundamental al rompecabezas. En un estudio recién publicado en 'Science Advances', un equipo internacional dirigido por la Facultad de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California (USC) y la Universidad de Witwatersrand, ha analizado a fondo los datos fósiles de siete antepasados humanos que abarcan un periodo de entre 1,5 y 3,7 millones de años de antigüedad.

Para entender cómo se movían exactamente aquellos seres, los investigadores no se conformaron con observar la forma externa de los esqueletos, sino que fueron mucho más allá y midieron la fuerza real y la estructura interna de los huesos de los brazos y los muslos. Y es que, en vida, los huesos se adaptan, se remodelan y engrosan en respuesta a las fuerzas físicas a las que son sometidos por parte del individuo. Así, un animal que pasa gran parte de su tiempo trepando o saltando entre las ramas desarrolla unos huesos en los brazos extraordinariamente fuertes, mientras que los humanos, que caminamos erguidos soportando todo nuestro peso sobre el suelo, desarrollamos fémures y tibias extremadamente robustos y brazos menos poderosos.

Noticia relacionada Paleontólogo Juan Luis Arsuaga: «Después de toda una vida buscando, la gran respuesta aún se me resiste» José Manuel Nieves El bipedismo es una de las características clave que distingue a los humanos. Bajar de los árboles lo cambió absolutamente todo Por medio de sofisticadas tomografías computarizadas (escáneres que usan rayos X para crear imágenes precisas y detalladas de las estructuras internas), el equipo calculó milímetro a milímetro el grosor de los ejes óseos de las especies estudiadas.

Cuantificaron su arquitectura y estimaron cuánta resistencia opondrían a la flexión y la torsión, para luego comparar de forma directa la fuerza de la parte superior del brazo, el muslo y la espinilla de cada individuo. 'Little Foot', un simio de cintura para arriba Los resultados fueron sorprendentes. Cuando los científicos analizaron los restos de Australopithecus, concretamente al célebre individuo conocido como 'Little Foot' (Pie Pequeño) (y cuya azarosa recuperación de la roca viva en las cuevas de Sterkfontein (Sudáfrica) por parte del profesor Ron Clarke tardó más de 15 años en completarse), descubrieron que estos homínidos, que vivieron hace unos 3,67 millones de años, tenían unos brazos inusualmente fuertes, muy parecidos a los de los grandes simios actuales africanos, lo que indicó que todavía pasaban una cantidad sustancial de tiempo suspendidos en los árboles. Sin embargo, de cintura para abajo, sus piernas contaban una historia radicalmente distinta.

Al comparar la fuerza del fémur con la de la tibia, el patrón resultó ser sorprendentemente 'humano'. Es decir, que ya usaban sus extremidades inferiores para caminar erguidos. En palabras de Kristian J.

Carlson, autor principal del estudio: «Australopithecus combinó una fuerza de extremidades superiores similar a la de los simios con un patrón humano en las piernas, lo que sugiere que tenían una estrategia de movimiento única que no tiene comparación moderna». Los huesos de nuestros ancestros se adaptaron y engrosaron en respuesta directa a las exigencias físicas y las fuerzas que soportaron en vida Newsletter O dicho de otra manera, nuestros lejanos ancestros no se movían como los chimpancés o gorilas actuales, pero tampoco como nosotros. «Parecen haber combinado un uso sustancial de los árboles con caminar habitualmente sobre dos piernas en el suelo -recalca el investigador-.

Dominaban ambos mundos: el seguro y frondoso dosel arbóreo, y la peligrosa y vasta sabana abierta. El umbral biológico del género 'Homo' Pero la evolución no se detuvo ahí, y hace aproximadamente entre 1,8 y 2,3 millones de años, la situación dio un vuelco espectacular. Carlson y su equipo analizaron fósiles de los primeros representantes del género Homo, prestando especial atención a los restos hallados en Dmanisi, en la República de Georgia.

Descubiertos a partir de la década de 1990, estos fósiles constituyen la población de homínidos más antigua conocida fuera del continente africano. Al analizar la resistencia de sus huesos, los científicos pudieron comprobar que presentaban un patrón completamente distinto al de 'Little Foot': tenían los huesos de las piernas muy fuertes y los brazos notablemente más débiles. Un diseño anatómico que encaja de lleno dentro de los márgenes humanos modernos.

Habían abandonado la seguridad de las copas de los árboles para siempre. El Australopithecus combinó una fuerza inusual en los brazos, similar a la de los grandes simios, con un patrón ya moderno y humano en las piernas «Proponemos que la fuerza relativa de las extremidades es un 'rasgo de umbral', una diferencia que marca un cambio fundamental y de comportamiento importante entre Australopithecus y Homo», subraya Carlson. Un auténtico 'salto' evolutivo que indica que nuestra rama se comprometió definitivamente con la vida terrestre, dependiendo por completo del suelo para buscar alimento y abriendo la puerta a los desplazamientos de larguísima distancia por toda Eurasia.

Caminar más para pensar mejor Según el estudio, lo más intrigante de esta 'bajada' definitiva de los árboles es que coincide exactamente en el tiempo con otro de los grandes hitos de la evolución humana: el aumento del tamaño del cerebro que dio lugar a lo que somos hoy. ¿Están ambos fenómenos conectados? Durante años, la ciencia ha propuesto que la creación de herramientas, la aparición del lenguaje o los cambios en la búsqueda de recursos impulsaron este portentoso crecimiento cerebral.

Ahora, Carlson y su equipo introducen otra variable: recorrer grandes distancias sobre dos piernas impuso exigencias biológicas y cognitivas absolutamente inéditas hasta entonces en nuestro linaje. «No estamos diciendo que un cambio causó el otro -concluye el investigador, no sin cierta cautela-. Pero el momento es intrigante.

Especulamos que el cambio hacia caminar más pudo haber impuesto nuevas demandas al cuerpo y al cerebro, lo que podría ayudar a explicar por qué estos cambios ocurrieron más o menos al mismo tiempo». Es posible, por lo tanto, que la mente humana, literalmente, echara a andar el mismo día en que decidimos soltarnos de las ramas. Temas ciencia Evolución humana comentarios Reportar un error El momento exacto en que bajamos de los árboles para conquistar el mundo Un nuevo análisis de la resistencia ósea revela que los australopithecos combinaban el balanceo en las ramas con el bipedismo, pero un salto evolutivo hace 1,8 millones de años ató definitivamente a nuestros ancestros al suelo Regala esta noticia Añádenos en Google A la derecha representación de un Homo arcaico, caracterizado por una resistencia ósea mayor del fémur en el muslo que el húmero del brazo.

A la izquierda, un ancestro humano más antiguo, el Australopithecus, caracterizado por una fuerza más equivalente en los huesos del brazo y el muslo. (Cullen Townsend) José Manuel Nieves 17/09/2026 Actualizado a las 12:54h. Cuando bajamos de los árboles, todo cambió. El bipedismo, o caminar sobre las dos extremidades inferiores, es una de las características clave que distingue a los humanos de otros simios.

Pero cuándo y por qué nuestros antepasados pasaron de una vida 'en las alturas' a ... otra que se desarrollaba casi exclusivamente en el suelo, sigue siendo objeto de un intenso debate. Porque la evolución rara vez da saltos en el vacío; más bien ensaya, prueba y se adapta. Pero hay excepciones.

Ahora, en efecto, nuevas evidencias procedentes de fósiles que representan a dos grupos de nuestros ancestros (Australopithecus y los primeros miembros del género Homo) acaban de añadir una pieza fundamental al rompecabezas. En un estudio recién publicado en 'Science Advances', un equipo internacional dirigido por la Facultad de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California (USC) y la Universidad de Witwatersrand, ha analizado a fondo los datos fósiles de siete antepasados humanos que abarcan un periodo de entre 1,5 y 3,7 millones de años de antigüedad. Para entender cómo se movían exactamente aquellos seres, los investigadores no se conformaron con observar la forma externa de los esqueletos, sino que fueron mucho más allá y midieron la fuerza real y la estructura interna de los huesos de los brazos y los muslos.

Y es que, en vida, los huesos se adaptan, se remodelan y engrosan en respuesta a las fuerzas físicas a las que son sometidos por parte del individuo. Así, un animal que pasa gran parte de su tiempo trepando o saltando entre las ramas desarrolla unos huesos en los brazos extraordinariamente fuertes, mientras que los humanos, que caminamos erguidos soportando todo nuestro peso sobre el suelo, desarrollamos fémures y tibias extremadamente robustos y brazos menos poderosos. Noticia relacionada Paleontólogo Juan Luis Arsuaga: «Después de toda una vida buscando, la gran respuesta aún se me resiste»

José Manuel Nieves El bipedismo es una de las características clave que distingue a los humanos. Bajar de los árboles lo cambió absolutamente todo Por medio de sofisticadas tomografías computarizadas (escáneres que usan rayos X para crear imágenes precisas y detalladas de las estructuras internas), el equipo calculó milímetro a milímetro el grosor de los ejes óseos de las especies estudiadas. Cuantificaron su arquitectura y estimaron cuánta resistencia opondrían a la flexión y la torsión, para luego comparar de forma directa la fuerza de la parte superior del brazo, el muslo y la espinilla de cada individuo. 'Little Foot', un simio de cintura para arriba Los resultados fueron sorprendentes.

Cuando los científicos analizaron los restos de Australopithecus, concretamente al célebre individuo conocido como 'Little Foot' (Pie Pequeño) (y cuya azarosa recuperación de la roca viva en las cuevas de Sterkfontein (Sudáfrica) por parte del profesor Ron Clarke tardó más de 15 años en completarse), descubrieron que estos homínidos, que vivieron hace unos 3,67 millones de años, tenían unos brazos inusualmente fuertes, muy parecidos a los de los grandes simios actuales africanos, lo que indicó que todavía pasaban una cantidad sustancial de tiempo suspendidos en los árboles. Sin embargo, de cintura para abajo, sus piernas contaban una historia radicalmente distinta. Al comparar la fuerza del fémur con la de la tibia, el patrón resultó ser sorprendentemente 'humano'.

Es decir, que ya usaban sus extremidades inferiores para caminar erguidos. En palabras de Kristian J. Carlson, autor principal del estudio: «Australopithecus combinó una fuerza de extremidades superiores similar a la de los simios con un patrón humano en las piernas, lo que sugiere que tenían una estrategia de movimiento única que no tiene comparación moderna».

Los huesos de nuestros ancestros se adaptaron y engrosaron en respuesta directa a las exigencias físicas y las fuerzas que soportaron en vida Newsletter O dicho de otra manera, nuestros lejanos ancestros no se movían como los chimpancés o gorilas actuales, pero tampoco como nosotros. «Parecen haber combinado un uso sustancial de los árboles con caminar habitualmente sobre dos piernas en el suelo -recalca el investigador-. Dominaban ambos mundos: el seguro y frondoso dosel arbóreo, y la peligrosa y vasta sabana abierta.

El umbral biológico del género 'Homo' Pero la evolución no se detuvo ahí, y hace aproximadamente entre 1,8 y 2,3 millones de años, la situación dio un vuelco espectacular. Carlson y su equipo analizaron fósiles de los primeros representantes del género Homo, prestando especial atención a los restos hallados en Dmanisi, en la República de Georgia. Descubiertos a partir de la década de 1990, estos fósiles constituyen la población de homínidos más antigua conocida fuera del continente africano.

Al analizar la resistencia de sus huesos, los científicos pudieron comprobar que presentaban un patrón completamente distinto al de 'Little Foot': tenían los huesos de las piernas muy fuertes y los brazos notablemente más débiles. Un diseño anatómico que encaja de lleno dentro de los márgenes humanos modernos. Habían abandonado la seguridad de las copas de los árboles para siempre.

El Australopithecus combinó una fuerza inusual en los brazos, similar a la de los grandes simios, con un patrón ya moderno y humano en las piernas «Proponemos que la fuerza relativa de las extremidades es un 'rasgo de umbral', una diferencia que marca un cambio fundamental y de comportamiento importante entre Australopithecus y Homo», subraya Carlson. Un auténtico 'salto' evolutivo que indica que nuestra rama se comprometió definitivamente con la vida terrestre, dependiendo por completo del suelo para buscar alimento y abriendo la puerta a los desplazamientos de larguísima distancia por toda Eurasia. Caminar más para pensar mejor Según el estudio, lo más intrigante de esta 'bajada' definitiva de los árboles es que coincide exactamente en el tiempo con otro de los grandes hitos de la evolución humana: el aumento del tamaño del cerebro que dio lugar a lo que somos hoy.

¿Están ambos fenómenos conectados? Durante años, la ciencia ha propuesto que la creación de herramientas, la aparición del lenguaje o los cambios en la búsqueda de recursos impulsaron este portentoso crecimiento cerebral. Ahora, Carlson y su equipo introducen otra variable: recorrer grandes distancias sobre dos piernas impuso exigencias biológicas y cognitivas absolutamente inéditas hasta entonces en nuestro linaje.

«No estamos diciendo que un cambio causó el otro -concluye el investigador, no sin cierta cautela-. Pero el momento es intrigante. Especulamos que el cambio hacia caminar más pudo haber impuesto nuevas demandas al cuerpo y al cerebro, lo que podría ayudar a explicar por qué estos cambios ocurrieron más o menos al mismo tiempo».

Es posible, por lo tanto, que la mente humana, literalmente, echara a andar el mismo día en que decidimos soltarnos de las ramas. Temas ciencia Evolución humana comentarios Reportar un error Paleontólogo Juan Luis Arsuaga: «Después de toda una vida buscando, la gran respuesta aún se me resiste» José Manuel Nieves La caja de herramientas de Cecotec con 380 piezas que querrás tener en casa Teresa Rodríguez García Juan y Medio, 63 años: «Hago todos los días 15 kilómetros, monto un ratito en bici por la mañana y siempre estoy alrededor de los animales y en el campo»

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Publicado por Redacción · jueves, 17 de septiembre de 2026

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