Sevilla sobrevive en el Catunambú
Hay un lugar que resiste inmutable, como un ancla en el tiempo de la casi extinta sevillanía que agoniza, paradójicamente, en la calle más sevillana. La vieja ciudad se mantiene en diez metros cuadrad
Sevilla sobrevive en el Catunambú Sevilla en forma de masa de pan frito. Esa rotundidad de oro antiguo, canastilla de miga azucarada y crujido telúrico que es el picatoste Regala esta noticia Añádenos en Google Javier Macías 01/08/2026 a las 20:49h. Hay un lugar que resiste inmutable, como un ancla en el tiempo de la casi extinta sevillanía que agoniza, paradójicamente, en la calle más sevillana.
La vieja ciudad se mantiene en diez metros cuadrados como un reducto de permanencia mientras todo va cambiando alrededor en ... una innegable y cada vez más acelerada pérdida de identidad. Desapareció el suelo donde los niños que hoy son abuelos pisaban con banderas rojas y negras, y también el que los herederos de esa generación utilizábamos como una rayuela para saltar entre geometrías multicolor. Hoy todo es uniforme, como un pregón que anticipaba con el estreno del milenio lo que debía venir en forma de franquicias de naranjas, jamones, carcasas, camisetas y jabones.
En el número diez de aquella calle a la que le quieren quitar hasta las cofradías sigue en pie el Catunambú. Continúa imperturbable a la metamorfosis, entre el «te pongo lo de siempre» y el «takeaway» que pide el guiri. Ahí está el secreto de su supervivencia: que el sevillano siga yendo porque lo considera suyo aunque en los cuatro veladores estén sentados, como en el chiste, un americano, un francés y un chino.
Ante la irrefrenable invasión turística, Sevilla en forma de masa de pan frito. Esa rotundidad de oro antiguo, canastilla de miga azucarada y crujido telúrico que es el picatoste. Ahí está la frontera moral que se levanta ante la gentrificación.
Es una trinchera contra la despersonalización, la reivindicación de la pausa y el rito en esta capital que tiene demasiada prisa por ser más europea que autóctona. En el picatoste y los calentitos de papa, que no de rueda. Porque aquí también son fieles desde que se decantaron en la apuesta por las dualidades de Sevilla.
El Catunambú fue también visionario: que nadie se engañe cuando vea el cartel entre los veladores con las fotos de los dos productos estrella, que ellos fueron los primeros en ponerlo. Este reclamo no vende sangría ni paella, vende Sevilla con su aroma de siempre. Temas Sevilla comentarios Reportar un error Sevilla sobrevive en el Catunambú Sevilla en forma de masa de pan frito.
Esa rotundidad de oro antiguo, canastilla de miga azucarada y crujido telúrico que es el picatoste Regala esta noticia Añádenos en Google Javier Macías 01/08/2026 a las 20:49h. Hay un lugar que resiste inmutable, como un ancla en el tiempo de la casi extinta sevillanía que agoniza, paradójicamente, en la calle más sevillana. La vieja ciudad se mantiene en diez metros cuadrados como un reducto de permanencia mientras todo va cambiando alrededor en ... una innegable y cada vez más acelerada pérdida de identidad.
Desapareció el suelo donde los niños que hoy son abuelos pisaban con banderas rojas y negras, y también el que los herederos de esa generación utilizábamos como una rayuela para saltar entre geometrías multicolor. Hoy todo es uniforme, como un pregón que anticipaba con el estreno del milenio lo que debía venir en forma de franquicias de naranjas, jamones, carcasas, camisetas y jabones. En el número diez de aquella calle a la que le quieren quitar hasta las cofradías sigue en pie el Catunambú.
Continúa imperturbable a la metamorfosis, entre el «te pongo lo de siempre» y el «takeaway» que pide el guiri. Ahí está el secreto de su supervivencia: que el sevillano siga yendo porque lo considera suyo aunque en los cuatro veladores estén sentados, como en el chiste, un americano, un francés y un chino. Ante la irrefrenable invasión turística, Sevilla en forma de masa de pan frito.
Esa rotundidad de oro antiguo, canastilla de miga azucarada y crujido telúrico que es el picatoste. Ahí está la frontera moral que se levanta ante la gentrificación. Es una trinchera contra la despersonalización, la reivindicación de la pausa y el rito en esta capital que tiene demasiada prisa por ser más europea que autóctona.
En el picatoste y los calentitos de papa, que no de rueda. Porque aquí también son fieles desde que se decantaron en la apuesta por las dualidades de Sevilla. El Catunambú fue también visionario: que nadie se engañe cuando vea el cartel entre los veladores con las fotos de los dos productos estrella, que ellos fueron los primeros en ponerlo.
Este reclamo no vende sangría ni paella, vende Sevilla con su aroma de siempre. Temas Sevilla comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola»
Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor» Borja Sánchez