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Internacional
martes, 28 de julio de 2026

'Voy a hablar de la esperanza', de Elisa Martín Ortega: la novela sinestésica

Durante el primer tercio del siglo anterior, por parte de escritores pertenecientes a una hipotética generación novecentista, del 14, estuvo en boga la novela lírica, marbete equívoco, en cuanto exced

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

ARTES & LETRAS / LIBROS 'Voy a hablar de la esperanza', de Elisa Martín Ortega: la novela sinestésica La autora vallisoletana constituye una narración peculiar e inclasificable, impregnada de poesía de principio a fin Regala esta noticia Añádenos en Google Elisa Martín Ortega con un ejemplar de su libro 'Voy a hablar de la esperanza'. (Rubén Ortega) Fermín Herrero Valladolid 28/07/2026 a las 16:26h. Durante el primer tercio del siglo anterior, por parte de escritores pertenecientes a una hipotética generación novecentista, del 14, estuvo en boga la novela lírica, marbete equívoco, en cuanto excedía el concepto, de natural precario, de prosa poética, ya que iba del preciso preciosismo, campestre ... y hortelano, terso, de Gabriel Miró a los ejercicios simbolistas y nada espirituales de Ramón Pérez de Ayala, pasando por las ideaciones intelectuales de Benjamín Jarnés o las piruetas libérrimas, sin red, un punto disparatadas, de Gómez de la Serna, dentro de su particular ramonismo. Pues bien, el debut narrativo de Elisa Martín Ortega (1980), fogueada en el verso y en lides ensayísticas, con varios libros en ambos campos, con Voy a hablar de la esperanza, título tomado del de un poema en prosa de César Vallejo, una especie de novela que calificaremos, a falta de mejor adjetivo, de sensorial, a mayores sinestésica por su mixtura de sentidos corporales, me ha traído a la memoria aquel tipo de novelística tan fecunda y enriquecedora, que proponía un ensanchamiento de los límites de lo épico y la ruptura con los corsés realistas, pero que desgraciadamente fue truncada, como todo, por la guerra incivil.

Al principio de su lectura, al tratarse de una incursión en el proceloso dominio de los trastornos mentales, me han venido a la cabeza, así mismo, las obras perturbadoras e inquietantes, no sé, de Fleur Jaeggy, Unica Zurn, Alda Merini o Sylvia Plath, máxime cuando el libro está dedicado a Esther Tusquets, que también ajustó cuentas con sus neurosis, sin llegar a divisar el solar revuelto de la locura, en el cuento «Las sutiles leyes de la simetría» o en la novela 'Para no volver'. Pero la verdad es que estas expectativas no se cumplen en absoluto después, ni en fondo ni en forma puede establecerse, en lo que conozco, parentesco alguno de las autoras aludidas con esta narración tan peculiar e inclasificable, permeada por la poesía desde su primera página hasta la última, cinceladas ambas a golpe de metáfora. Capacidad expresiva Tal y como me ocurrió con sus libros de poemas y monografías, nunca deja de sorprenderme, por lo inusitado, la capacidad expresiva de Martín Ortega para inmiscuirse y moverse en el terreno pantanoso, resbaladizo, de los sentimientos complejos, intrincados, su destreza para iluminar, y mostrar a flor de piel, esas zonas oscuras, en las que penetra («El sentimiento que aflora y se escabulle nos conduce por senderos recónditos»), regateando en todo momento la sensiblería.

La novelista nos revela y muestra esas sensaciones intensas y confusas, las esenciales, con una «emoción desnuda», sin «espejito etrusco» en que mirarnos, las de esa vida interior solapada de cuya actividad crucial para nuestra existencia sólo nos llegan, si acaso, ecos apagados, en medio de la batahola rutinaria del subsistir pragmático en sociedad, hacia el aturdimiento propio y el deber para con los otros. Escarba sin piedad, con la suma paciencia y la delicadeza de un arqueólogo en su yacimiento, los recovecos y abismos de la psique, bucea, sondea en sus profundidades abisales: «sentir es una labor arqueológica», advierte en el prefacio más bien explicativo. La autora escarba sin piedad los recovecos y abismos de la psique, sondea en sus profundidades abisales El resto de la historia, tras el prólogo aclaratorio, se devana, en 'flashbacks' sucesivos, pero ya con decurso lineal, en cinco epígrafes correspondientes a los sentidos clásicos que dependen de órganos concretos, con una coda conclusiva, «La última sesión».

El argumento, bien simple, es el desarrollo y análisis externo de sus citas psicoanalíticas con un innominado psiquiatra, en el que se vuelca y al que se dirige, como si de una novela fingidamente epistolar modelo 'Lazarillo de Tormes' se tratase, con el respetuoso apelativo «usted», lo que me ha recordado, en otro orden de cosas, al libro de poemas de título homónimo, renombrado en su día, de Almudena Guzmán. El sorprendente cañamazo narrativo de rememoración de las sesiones, al hilo de la transferencia, lo apuntalan diversos recursos y acarreos: digresiones literarias, a cuenta de la muerte de Canetti, sobre alguno de sus feraces aguijones, o de Freud, claro, y lo siniestro; reminiscencias, con frecuencia traumáticas, de su niñez o de agudas salidas y ocurrencias de su hijo; varios apuntes diarísticos durante el encierro domiciliario por el coronavirus, con certeras reflexiones pandémicas; sueños, curiosamente, en este contexto, sin voluntad de interpretarlos; la etimología; hasta una carta a un desconocido. Aquí y allá, jalonan por añadidura las meditaciones referencias sueltas a Emily Dickinson, Deleuze, Hölderlin, Benjamin, Kafka, Dante, Schopenhauer, Mayorga, Nieva, Schiller, Bécquer, Aristóteles, Breton, Primo Levi…, ahí es nada.

La autora afirma con rotundidad, al comienzo del texto, que «pese al fracaso de las palabras, la ilusión nos pertenece: vive en la intimidad, en el pudor, en el llanto». Y aunque, a fin de cuentas, este sea el triste sino de la literatura, zozobrar en el vano intento de decir con precisión y verdad, no es el caso, la escritora vallisoletana consigue, guiada por una sensibilidad hiperestésica, exacerbada, vertida en la corporalidad, «pues el psicoanálisis no es un camino intelectual: empieza y concluye en el cuerpo», vete a saber cómo, de manera inaudita, sin confesarse en absoluto, sin narcisismos ni ombliguismos, elaborando con paciencia literaria y halo lírico su experiencia propia, descubrirnos y transmitirnos el bullir tempestuoso de sus adentros, que en el fondo son los nuestros, los de todos. Voy a hablar de la esperanza Autora: Elisa Martín Ortega Temas Libros Poesía Novela Castilla y León comentarios Reportar un error ARTES & LETRAS / LIBROS 'Voy a hablar de la esperanza', de Elisa Martín Ortega: la novela sinestésica La autora vallisoletana constituye una narración peculiar e inclasificable, impregnada de poesía de principio a fin Regala esta noticia Añádenos en Google Elisa Martín Ortega con un ejemplar de su libro 'Voy a hablar de la esperanza'. (Rubén Ortega) Fermín Herrero Valladolid 28/07/2026 a las 16:26h.

Durante el primer tercio del siglo anterior, por parte de escritores pertenecientes a una hipotética generación novecentista, del 14, estuvo en boga la novela lírica, marbete equívoco, en cuanto excedía el concepto, de natural precario, de prosa poética, ya que iba del preciso preciosismo, campestre ... y hortelano, terso, de Gabriel Miró a los ejercicios simbolistas y nada espirituales de Ramón Pérez de Ayala, pasando por las ideaciones intelectuales de Benjamín Jarnés o las piruetas libérrimas, sin red, un punto disparatadas, de Gómez de la Serna, dentro de su particular ramonismo. Pues bien, el debut narrativo de Elisa Martín Ortega (1980), fogueada en el verso y en lides ensayísticas, con varios libros en ambos campos, con Voy a hablar de la esperanza, título tomado del de un poema en prosa de César Vallejo, una especie de novela que calificaremos, a falta de mejor adjetivo, de sensorial, a mayores sinestésica por su mixtura de sentidos corporales, me ha traído a la memoria aquel tipo de novelística tan fecunda y enriquecedora, que proponía un ensanchamiento de los límites de lo épico y la ruptura con los corsés realistas, pero que desgraciadamente fue truncada, como todo, por la guerra incivil. Al principio de su lectura, al tratarse de una incursión en el proceloso dominio de los trastornos mentales, me han venido a la cabeza, así mismo, las obras perturbadoras e inquietantes, no sé, de Fleur Jaeggy, Unica Zurn, Alda Merini o Sylvia Plath, máxime cuando el libro está dedicado a Esther Tusquets, que también ajustó cuentas con sus neurosis, sin llegar a divisar el solar revuelto de la locura, en el cuento «Las sutiles leyes de la simetría» o en la novela 'Para no volver'.

Pero la verdad es que estas expectativas no se cumplen en absoluto después, ni en fondo ni en forma puede establecerse, en lo que conozco, parentesco alguno de las autoras aludidas con esta narración tan peculiar e inclasificable, permeada por la poesía desde su primera página hasta la última, cinceladas ambas a golpe de metáfora. Capacidad expresiva Tal y como me ocurrió con sus libros de poemas y monografías, nunca deja de sorprenderme, por lo inusitado, la capacidad expresiva de Martín Ortega para inmiscuirse y moverse en el terreno pantanoso, resbaladizo, de los sentimientos complejos, intrincados, su destreza para iluminar, y mostrar a flor de piel, esas zonas oscuras, en las que penetra («El sentimiento que aflora y se escabulle nos conduce por senderos recónditos»), regateando en todo momento la sensiblería. La novelista nos revela y muestra esas sensaciones intensas y confusas, las esenciales, con una «emoción desnuda», sin «espejito etrusco» en que mirarnos, las de esa vida interior solapada de cuya actividad crucial para nuestra existencia sólo nos llegan, si acaso, ecos apagados, en medio de la batahola rutinaria del subsistir pragmático en sociedad, hacia el aturdimiento propio y el deber para con los otros.

Escarba sin piedad, con la suma paciencia y la delicadeza de un arqueólogo en su yacimiento, los recovecos y abismos de la psique, bucea, sondea en sus profundidades abisales: «sentir es una labor arqueológica», advierte en el prefacio más bien explicativo. La autora escarba sin piedad los recovecos y abismos de la psique, sondea en sus profundidades abisales El resto de la historia, tras el prólogo aclaratorio, se devana, en 'flashbacks' sucesivos, pero ya con decurso lineal, en cinco epígrafes correspondientes a los sentidos clásicos que dependen de órganos concretos, con una coda conclusiva, «La última sesión». El argumento, bien simple, es el desarrollo y análisis externo de sus citas psicoanalíticas con un innominado psiquiatra, en el que se vuelca y al que se dirige, como si de una novela fingidamente epistolar modelo 'Lazarillo de Tormes' se tratase, con el respetuoso apelativo «usted», lo que me ha recordado, en otro orden de cosas, al libro de poemas de título homónimo, renombrado en su día, de Almudena Guzmán.

El sorprendente cañamazo narrativo de rememoración de las sesiones, al hilo de la transferencia, lo apuntalan diversos recursos y acarreos: digresiones literarias, a cuenta de la muerte de Canetti, sobre alguno de sus feraces aguijones, o de Freud, claro, y lo siniestro; reminiscencias, con frecuencia traumáticas, de su niñez o de agudas salidas y ocurrencias de su hijo; varios apuntes diarísticos durante el encierro domiciliario por el coronavirus, con certeras reflexiones pandémicas; sueños, curiosamente, en este contexto, sin voluntad de interpretarlos; la etimología; hasta una carta a un desconocido. Aquí y allá, jalonan por añadidura las meditaciones referencias sueltas a Emily Dickinson, Deleuze, Hölderlin, Benjamin, Kafka, Dante, Schopenhauer, Mayorga, Nieva, Schiller, Bécquer, Aristóteles, Breton, Primo Levi…, ahí es nada. La autora afirma con rotundidad, al comienzo del texto, que «pese al fracaso de las palabras, la ilusión nos pertenece: vive en la intimidad, en el pudor, en el llanto».

Y aunque, a fin de cuentas, este sea el triste sino de la literatura, zozobrar en el vano intento de decir con precisión y verdad, no es el caso, la escritora vallisoletana consigue, guiada por una sensibilidad hiperestésica, exacerbada, vertida en la corporalidad, «pues el psicoanálisis no es un camino intelectual: empieza y concluye en el cuerpo», vete a saber cómo, de manera inaudita, sin confesarse en absoluto, sin narcisismos ni ombliguismos, elaborando con paciencia literaria y halo lírico su experiencia propia, descubrirnos y transmitirnos el bullir tempestuoso de sus adentros, que en el fondo son los nuestros, los de todos. Voy a hablar de la esperanza Autora: Elisa Martín Ortega Temas Libros Poesía Novela Castilla y León comentarios Reportar un error Con GPS y asistente de voz para hablar sin móvil: el Huawei Watch GT6 aguanta 21 días sin cargar Alejandra Santisteban Guiu Héctor Latorre: «Para las mujeres, el atractivo físico no es imprescindible» Almudena Martín Jesús Calleja, sobre su hijo adoptivo: «Le encontré rodeado de ratas»

Borja Sánchez

Publicado por Redacción · martes, 28 de julio de 2026

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