He roto el pacto entre generaciones
Hace unos días, en uno de los capítulos de la estupenda 'Ted Lasso' —debo admitir que me he enganchado a ese optimista empedernido, imagino que por compensar—, escuché una frase que, a pesar de su apa
He roto el pacto entre generaciones Hemos mejorado el mundo en muchas cosas, pero ya no podemos garantizar a nuestros hijos que vivirán mejor que nosotros Regala esta noticia Añádenos en Google Eduardo Barba 18/08/2026 a las 20:23h. Hace unos días, en uno de los capítulos de la estupenda 'Ted Lasso' —debo admitir que me he enganchado a ese optimista empedernido, imagino que por compensar—, escuché una frase que, a pesar de su aparente simpleza, me clavó un dardo porque, creo, esconde una ... gran verdad que solapamos demasiado. «Los padres son como los ruedines de las bicicletas».
Pues sí. Y esa relevancia del papel de progenitor me dio que pensar. Aunque no desde mi posición de hijo sino hacia mis hijos.
Los míos y los de mis coetáneos. Y me preocupé. Y me angustié.
Y hasta me sentí culpable por lo que, en términos globales, vamos a entregarles como legado, como envenenada herencia social. Sin nostalgia ni derrotismo, fríamente, repasé aquello que entendemos como 'progreso' y pensé en el camino que va a quedarle a mi descendencia cuando ya transiten solo a dos ruedas y manteniendo el equilibrio sin la ayuda extra lateral. Heredan más opciones, sí, pero menos posibilidades.
Pueden viajar, estudiar, trabajar y comunicarse como ninguna generación anterior. Pero muchas de las decisiones esenciales —casa, hijos, estabilidad laboral— resultan más difíciles. Tendrán que dedicar una parte desproporcionada de su vida a poder comprar una vivienda, por ejemplo.
Heredan más tecnología, sí, y menos autonomía, porque la primera ejecuta más cosas por ellos y, a la vez, ellos tienen cada vez más dificultades para ejecutar cosas sin ella. Heredan más información, sí, pero menos conocimiento. Nunca fue tan fácil saber y nunca fue tan difícil distinguir qué merece ser sabido.
Heredan más derechos, sí, y menos certezas. Hay avances indiscutibles en libertades, pero se han deteriorado algunas certidumbres materiales que parecían formar parte del contrato entre generaciones. Heredan relaciones políticas cada vez más polarizadas y populistas.
Heredan un mundo más cómodo... y una vida más difícil. Esta quizá sea la paradoja central. Nunca hubo tanta comodidad material, pero muchas de las conquistas vitales se han vuelto más complejas.
En definitiva, terminé planteándome que nuestros padres nos dejaron un mundo peor en muchas cosas, pero con la expectativa de que nuestros hijos vivirían mejor. Nosotros quizá vayamos a dejar a nuestros hijos un mundo tecnológicamente mejor, pero con la sospecha de que vivirán peor. Parece que estamos rompiendo una de las expectativas históricas más arraigadas: la de que cada generación podía aspirar razonablemente a vivir mejor que la anterior.
¿Qué recibió nuestra generación de sus padres que podía mejorar y qué recibirán nuestros hijos en peores condiciones? La pregunta no admite una respuesta cómoda, porque yo también formo parte de quienes tienen que responderla. Y ahí llega la inquietud, hasta la zozobra.
Entregaremos a quienes nos relevan un mundo con más tecnología, más información y más posibilidades que el que recibimos. De acuerdo. Pero quizá no podamos dejarles algo que nuestros padres sí nos donaron: la certeza de que vivirán mejor que nosotros. comentarios Reportar un error He roto el pacto entre generaciones Hemos mejorado el mundo en muchas cosas, pero ya no podemos garantizar a nuestros hijos que vivirán mejor que nosotros Regala esta noticia Añádenos en Google Eduardo Barba 18/08/2026 a las 20:23h.
Hace unos días, en uno de los capítulos de la estupenda 'Ted Lasso' —debo admitir que me he enganchado a ese optimista empedernido, imagino que por compensar—, escuché una frase que, a pesar de su aparente simpleza, me clavó un dardo porque, creo, esconde una ... gran verdad que solapamos demasiado. «Los padres son como los ruedines de las bicicletas». Pues sí.
Y esa relevancia del papel de progenitor me dio que pensar. Aunque no desde mi posición de hijo sino hacia mis hijos. Los míos y los de mis coetáneos.
Y me preocupé. Y me angustié. Y hasta me sentí culpable por lo que, en términos globales, vamos a entregarles como legado, como envenenada herencia social.
Sin nostalgia ni derrotismo, fríamente, repasé aquello que entendemos como 'progreso' y pensé en el camino que va a quedarle a mi descendencia cuando ya transiten solo a dos ruedas y manteniendo el equilibrio sin la ayuda extra lateral. Heredan más opciones, sí, pero menos posibilidades. Pueden viajar, estudiar, trabajar y comunicarse como ninguna generación anterior.
Pero muchas de las decisiones esenciales —casa, hijos, estabilidad laboral— resultan más difíciles. Tendrán que dedicar una parte desproporcionada de su vida a poder comprar una vivienda, por ejemplo. Heredan más tecnología, sí, y menos autonomía, porque la primera ejecuta más cosas por ellos y, a la vez, ellos tienen cada vez más dificultades para ejecutar cosas sin ella.
Heredan más información, sí, pero menos conocimiento. Nunca fue tan fácil saber y nunca fue tan difícil distinguir qué merece ser sabido. Heredan más derechos, sí, y menos certezas.
Hay avances indiscutibles en libertades, pero se han deteriorado algunas certidumbres materiales que parecían formar parte del contrato entre generaciones. Heredan relaciones políticas cada vez más polarizadas y populistas. Heredan un mundo más cómodo... y una vida más difícil.
Esta quizá sea la paradoja central. Nunca hubo tanta comodidad material, pero muchas de las conquistas vitales se han vuelto más complejas. En definitiva, terminé planteándome que nuestros padres nos dejaron un mundo peor en muchas cosas, pero con la expectativa de que nuestros hijos vivirían mejor.
Nosotros quizá vayamos a dejar a nuestros hijos un mundo tecnológicamente mejor, pero con la sospecha de que vivirán peor. Parece que estamos rompiendo una de las expectativas históricas más arraigadas: la de que cada generación podía aspirar razonablemente a vivir mejor que la anterior. ¿Qué recibió nuestra generación de sus padres que podía mejorar y qué recibirán nuestros hijos en peores condiciones?
La pregunta no admite una respuesta cómoda, porque yo también formo parte de quienes tienen que responderla. Y ahí llega la inquietud, hasta la zozobra. Entregaremos a quienes nos relevan un mundo con más tecnología, más información y más posibilidades que el que recibimos.
De acuerdo. Pero quizá no podamos dejarles algo que nuestros padres sí nos donaron: la certeza de que vivirán mejor que nosotros. comentarios Reportar un error Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Elsa Pataky: «Ceno a las 18.30 y ayuno hasta las 10. Acostarse con el estómago lleno no es beneficioso»
María Albert Jesulín de Ubrique, sobre su infancia: «No fue la de un niño normal porque tenía una responsabilidad muy grande. Con 13 años tenía que dar de comer a toda mi familia» Marina Ortiz