Petróleo en bañador
Juro que en los siete años que viví —y disfruté— en Mallorca me crucé con no pocos políticos corruptos, pero jamás encontré petróleo . Y, sin embargo, la isla flotaba sobre él. Tampoco visité una fábr
Petróleo en bañador Qué cómodo resulta señalar al alemán de las sandalias mientras se ocultan décadas de mala planificación, burocracia paralizante y gobiernos incapaces de prever el éxito que ellos mismos celebraban Regala esta noticia Añádenos en Google Turistas disfrutan del sol en la playa de Calvià, Mallorca. (EFE) Agustín Pery 06/08/2026 a las 18:56h. Juro que en los siete años que viví —y disfruté— en Mallorca me crucé con no pocos políticos corruptos, pero jamás encontré petróleo. Y, sin embargo, la isla flotaba sobre él.
Tampoco visité una fábrica de automóviles, nadie me habló de minas de wolframio ... o de coltán y, aunque bajo sus aguas descansan pecios fenicios, ánforas romanas y algún cañón olvidado, nunca vi una perla natural. No. El verdadero tesoro de las islas más hermosas del Mediterráneo era otro.
Y sigue siéndolo. Precisamente aquello que hacía fruncir el ceño al viejo Juan March, que despreciaba el turismo como «esa industria de camareros» y vaticinaba la ruina de quienes cambiaran los olivos por las sombrillas. El contrabandista convertido en banquero, que casi nunca se equivocó haciendo dinero, erró precisamente ahí.
Como también lo hicieron tantas familias de apellido con pedigrí que concentraron su herencia en las posesiones del interior mientras miraban con desdén aquellas tierras costeras, difíciles de labrar y castigadas por la sal. El hijo pequeño, el que recibió las peores fincas, acabó levantando un hotel donde antes solo había roca, pinos y mar. La fortuna cambió de manos el día en que Europa descubrió que existía un lugar con aguas transparentes, inviernos suaves y veranos interminables.
Mallorca prosperó gracias al turismo, no a pesar de él. Me lo recordó hace unos días Tomeu Bestard en un magnífico artículo publicado en 'Gaceta Náutica'. Si les gusta el mar, la navegación o simplemente el periodismo bien hecho, búsquenla.
Esa revista, alumbrada en Mallorca por dos auténticos titanes del oficio, es un refugio en tiempos de prisas, clics y titulares de usar y tirar. Un lugar donde todavía se escribe con memoria, rigor y amor por aquello que se cuenta. Conviene repetirlo ahora que algunos parecen empeñados en reescribir la historia.
Baleares le debe al turismo buena parte de su prosperidad. Gracias a él nacieron empresas familiares que conquistaron medio mundo, se creó empleo, se frenó la emigración, florecieron industrias auxiliares y miles de mallorquines encontraron una oportunidad sin abandonar la Roca. No fue un milagro.
Fue trabajo. Muchísimo. Claro que el éxito tiene peaje.
Hay atascos en la Vía de Cintura, calles abarrotadas, playas saturadas y demasiados horteras convencidos de que pasear sin camiseta por Palma constituye una aportación a la civilización. Hay excesos que corregir y un modelo que ordenar. Lo que cuesta aceptar es esta nueva moda de convertir al turista en el culpable universal.
Si la vivienda es inaccesible, la culpa es del turista. Si vivir cuesta más, la culpa es del turista. Si falta agua, si sobran coches, otra vez el turista.
Qué cómodo resulta señalar al alemán de las sandalias mientras se ocultan décadas de mala planificación, burocracia paralizante y gobiernos incapaces de prever el éxito que ellos mismos celebraban. Mallorca no necesita avergonzarse de su principal riqueza. Necesita gestionarla mejor.
Temas Petróleo Gobiernos Turismo Palma de Mallorca comentarios Reportar un error Petróleo en bañador Qué cómodo resulta señalar al alemán de las sandalias mientras se ocultan décadas de mala planificación, burocracia paralizante y gobiernos incapaces de prever el éxito que ellos mismos celebraban Regala esta noticia Añádenos en Google Turistas disfrutan del sol en la playa de Calvià, Mallorca. (EFE) Agustín Pery 06/08/2026 a las 18:56h. Juro que en los siete años que viví —y disfruté— en Mallorca me crucé con no pocos políticos corruptos, pero jamás encontré petróleo. Y, sin embargo, la isla flotaba sobre él.
Tampoco visité una fábrica de automóviles, nadie me habló de minas de wolframio ... o de coltán y, aunque bajo sus aguas descansan pecios fenicios, ánforas romanas y algún cañón olvidado, nunca vi una perla natural. No. El verdadero tesoro de las islas más hermosas del Mediterráneo era otro.
Y sigue siéndolo. Precisamente aquello que hacía fruncir el ceño al viejo Juan March, que despreciaba el turismo como «esa industria de camareros» y vaticinaba la ruina de quienes cambiaran los olivos por las sombrillas. El contrabandista convertido en banquero, que casi nunca se equivocó haciendo dinero, erró precisamente ahí.
Como también lo hicieron tantas familias de apellido con pedigrí que concentraron su herencia en las posesiones del interior mientras miraban con desdén aquellas tierras costeras, difíciles de labrar y castigadas por la sal. El hijo pequeño, el que recibió las peores fincas, acabó levantando un hotel donde antes solo había roca, pinos y mar. La fortuna cambió de manos el día en que Europa descubrió que existía un lugar con aguas transparentes, inviernos suaves y veranos interminables.
Mallorca prosperó gracias al turismo, no a pesar de él. Me lo recordó hace unos días Tomeu Bestard en un magnífico artículo publicado en 'Gaceta Náutica'. Si les gusta el mar, la navegación o simplemente el periodismo bien hecho, búsquenla.
Esa revista, alumbrada en Mallorca por dos auténticos titanes del oficio, es un refugio en tiempos de prisas, clics y titulares de usar y tirar. Un lugar donde todavía se escribe con memoria, rigor y amor por aquello que se cuenta. Conviene repetirlo ahora que algunos parecen empeñados en reescribir la historia.
Baleares le debe al turismo buena parte de su prosperidad. Gracias a él nacieron empresas familiares que conquistaron medio mundo, se creó empleo, se frenó la emigración, florecieron industrias auxiliares y miles de mallorquines encontraron una oportunidad sin abandonar la Roca. No fue un milagro.
Fue trabajo. Muchísimo. Claro que el éxito tiene peaje.
Hay atascos en la Vía de Cintura, calles abarrotadas, playas saturadas y demasiados horteras convencidos de que pasear sin camiseta por Palma constituye una aportación a la civilización. Hay excesos que corregir y un modelo que ordenar. Lo que cuesta aceptar es esta nueva moda de convertir al turista en el culpable universal.
Si la vivienda es inaccesible, la culpa es del turista. Si vivir cuesta más, la culpa es del turista. Si falta agua, si sobran coches, otra vez el turista.
Qué cómodo resulta señalar al alemán de las sandalias mientras se ocultan décadas de mala planificación, burocracia paralizante y gobiernos incapaces de prever el éxito que ellos mismos celebraban. Mallorca no necesita avergonzarse de su principal riqueza. Necesita gestionarla mejor.
Temas Petróleo Gobiernos Turismo Palma de Mallorca comentarios Reportar un error Los expertos eligen: las 7 cuentas remuneradas sin comisiones con mejor TIN de agosto Javier López Pando José Manuel Soto, 65 años, sobre su infancia: «Estuve en un colegio interno con los jesuitas. Mi padre era agricultor y mi madre, hija de militares, era muy disciplinada» Francisco J.
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