El astigitano
Tan en serio se tomaba la magia Juan Tamariz, que nos hizo creer durante toda su vida que era astigitano cuando, en realidad, nació en Madrid de una algecireña y de Julio, oficial de artillería que, é
El astigitano Para Juan Tamariz sólo había tres palabas mágicas: libertad, humor y amor, que son más poderosas que cualquiera abracadabra Regala esta noticia Añádenos en Google Lucas Haurie 19/08/2026 a las 20:53h. Tan en serio se tomaba la magia Juan Tamariz, que nos hizo creer durante toda su vida que era astigitano cuando, en realidad, nació en Madrid de una algecireña y de Julio, oficial de artillería que, él sí, era ecijano de cuna. Por eso, tal ... vez, Andalucía fue su patria chica y fijó su residencia en San Fernando, otra importante plaza militar de la región.
Eligió bien el escenario de la impostura, porque Écija, que ya nombró a la partida más famosa del bandolerismo romántico –ni eran siete ni eran niños ni eran de Écija–, no pide papeles a una buena leyenda, y quizá por eso lo nombró hijo adoptivo, la única fe de bautismo que estuvo dispuesto a aceptar. Tan en serio se tomaba la magia Juan Tamariz, digo, que jamás toleró que a lo suyo se le llamara «trucos» –eran «juegos»–, y cuando el Reino tuvo que ponerle profesión por escrito –el BOE que en 2011 le colgó la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes–, lo zanjó con sequedad: «Juan Tamariz-Martel Negrón, ilusionista». Pero ayer lo despidieron como «mago» todos los titulares, me temo, enmendándole la plana al finado el día en que más tocaba afinar.
Él era un juguetón convencido de que las únicas palabras de verdad mágicas son «libertad», «humor» y «amor», tres conceptos más poderosos que cualquier abracadabra. Se pasó la vida al revés, durmiendo de día y viviendo de noche, y al que le afeaba el horario le contestaba que no lo eligió él, que «es un gen familiar» –su madre, su hija Ana, su nieto Daniel: cuatro generaciones en vela, como otras casas heredan la miopía o un cortijo–, y que lo primero que veía al levantarse por la tarde era el sol. Con semejante régimen siguió trabajando pasados los ochenta –a los 79 dejó los grandes teatros para epatar a un puñado de espectadores a un palmo– y se ha muerto, cuentan los suyos, sonriendo y sin sufrir.
¿Y eso qué es, magia o una pedorreta de ocho decenios a los talibanes de la «vida saludable»? Pocas cosas serán más beneficiosas para la salud que vivir con libertad, con humor y con amor. Ahí te quiero ver, ciencia, a ver si superas esas tres palabras mágicas.
Cuando Sevilla pasa lista a su talento, pretérito o actual, jamás cuenta a Juan Tamariz entre sus hijos 'number one': un Velázquez con chistera o un Bécquer que baraja o un Morante prestidigitando o un Sergio Ramos con ases en la manga. Y eso que, en la denominada «magia de cerca», este sevillano de pega fue justo eso, el número uno del orbe, la leyenda con papeles desde que en 1973 se trajo de París el primer premio mundial de cartomagia. El luto, en cambio, nos lo dejó resuelto, porque aquel violín invisible que encajaba bajo la barbilla no tocaba ninguna canción: era un tarareo inventado sobre la marcha (nianianianá), cada función el suyo, sin partitura que legar, y por eso es el único instrumento que toda España sabe tocar sin haber pisado el conservatorio.
Cójanlo hoy donde nadie los vea y toquen lo que salga. Por arte de magia, no pesa nada. comentarios Reportar un error El astigitano Para Juan Tamariz sólo había tres palabas mágicas: libertad, humor y amor, que son más poderosas que cualquiera abracadabra Regala esta noticia Añádenos en Google Lucas Haurie 19/08/2026 a las 20:53h. Tan en serio se tomaba la magia Juan Tamariz, que nos hizo creer durante toda su vida que era astigitano cuando, en realidad, nació en Madrid de una algecireña y de Julio, oficial de artillería que, él sí, era ecijano de cuna.
Por eso, tal ... vez, Andalucía fue su patria chica y fijó su residencia en San Fernando, otra importante plaza militar de la región. Eligió bien el escenario de la impostura, porque Écija, que ya nombró a la partida más famosa del bandolerismo romántico –ni eran siete ni eran niños ni eran de Écija–, no pide papeles a una buena leyenda, y quizá por eso lo nombró hijo adoptivo, la única fe de bautismo que estuvo dispuesto a aceptar. Tan en serio se tomaba la magia Juan Tamariz, digo, que jamás toleró que a lo suyo se le llamara «trucos» –eran «juegos»–, y cuando el Reino tuvo que ponerle profesión por escrito –el BOE que en 2011 le colgó la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes–, lo zanjó con sequedad: «Juan Tamariz-Martel Negrón, ilusionista».
Pero ayer lo despidieron como «mago» todos los titulares, me temo, enmendándole la plana al finado el día en que más tocaba afinar. Él era un juguetón convencido de que las únicas palabras de verdad mágicas son «libertad», «humor» y «amor», tres conceptos más poderosos que cualquier abracadabra. Se pasó la vida al revés, durmiendo de día y viviendo de noche, y al que le afeaba el horario le contestaba que no lo eligió él, que «es un gen familiar» –su madre, su hija Ana, su nieto Daniel: cuatro generaciones en vela, como otras casas heredan la miopía o un cortijo–, y que lo primero que veía al levantarse por la tarde era el sol.
Con semejante régimen siguió trabajando pasados los ochenta –a los 79 dejó los grandes teatros para epatar a un puñado de espectadores a un palmo– y se ha muerto, cuentan los suyos, sonriendo y sin sufrir. ¿Y eso qué es, magia o una pedorreta de ocho decenios a los talibanes de la «vida saludable»? Pocas cosas serán más beneficiosas para la salud que vivir con libertad, con humor y con amor.
Ahí te quiero ver, ciencia, a ver si superas esas tres palabras mágicas. Cuando Sevilla pasa lista a su talento, pretérito o actual, jamás cuenta a Juan Tamariz entre sus hijos 'number one': un Velázquez con chistera o un Bécquer que baraja o un Morante prestidigitando o un Sergio Ramos con ases en la manga. Y eso que, en la denominada «magia de cerca», este sevillano de pega fue justo eso, el número uno del orbe, la leyenda con papeles desde que en 1973 se trajo de París el primer premio mundial de cartomagia.
El luto, en cambio, nos lo dejó resuelto, porque aquel violín invisible que encajaba bajo la barbilla no tocaba ninguna canción: era un tarareo inventado sobre la marcha (nianianianá), cada función el suyo, sin partitura que legar, y por eso es el único instrumento que toda España sabe tocar sin haber pisado el conservatorio. Cójanlo hoy donde nadie los vea y toquen lo que salga. Por arte de magia, no pesa nada. comentarios Reportar un error La cancelación de ruido no es de auriculares de 200 euros: 5 modelos por menos que un tope de gama Alejandra Santisteban Guiu Javier Bardem: «Sé que tipo de padre quiero ser.
No quiero estar encima de ellos diciéndoles qué hacer y cómo hacerlo» Almudena Martín Jorge Rey alerta sobre lo va a pasar con el tiempo en España y es lo que mucha gente espera: «Las máximas pueden bajar de 20 grados en estas zonas» ABC