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Internacional
lunes, 17 de agosto de 2026

Ceuta y las fronteras de ultramar

Las fronteras han sido una de las causas principales de guerras entre pueblos. Ampliar fronteras siempre fue motivo de orgullo para los habitantes de una nación, mientras que su retroceso es sinónimo

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA Ceuta y las fronteras de ultramar La geografía no determina la soberanía: cinco siglos de historia española desmienten el relato colonial y hablan de una frontera europea, pero la presión migratoria plantea un nuevo desafío Regala esta noticia Añádenos en Google Jóvenes magrebíes se enfrentan a la Policía marroquí junto a la frontera con Ceuta. (AFP) Julio Crespo-Maclennan 17/08/2026 a las 19:29h. Las fronteras han sido una de las causas principales de guerras entre pueblos. Ampliar fronteras siempre fue motivo de orgullo para los habitantes de una nación, mientras que su retroceso es sinónimo de decadencia.

«Las fronteras son, en efecto, el filo de la navaja sobre el que penden las grandes cuestiones de la guerra o la paz, de la vida o la muerte de las naciones», escribió el estadista británico Lord Curzon. Las fronteras adquieren un significado muy especial cuando se sitúan en un punto geográfico de gran importancia o marcan la separación entre continentes o civilizaciones. Este es el caso de Ceuta.

La ciudad que se asoma al estrecho de Gibraltar desde la costa africana fue fundada por los fenicios. Los romanos la incorporaron a su provincia africana de Mauretania aunque más tarde iba a ser administrada desde Hispania, dando comienzo a su vinculación con la península ibérica. Tras varios siglos bajo dominio musulmán Ceuta fue tomada por el reino de Portugal en 1415.

La otra plaza española norteafricana, Melilla, fue conquistada por Castilla en 1497. Bajo el reinado de Felipe II, la Unión Ibérica de 1580 integró Portugal y sus territorios en la Monarquía Hispánica. Cuando Portugal recuperó su independencia en 1640, los habitantes de Ceuta optaron por permanecer bajo la soberanía de la Corona española.

Con su incorporación, la Monarquía española consolidó prácticamente las mismas fronteras que conserva en la actualidad. Conviene destacar el tiempo transcurrido: Ceuta forma parte de España desde más de un siglo antes de la independencia de los Estados Unidos, dos siglos antes de la unificación de Alemania e Italia y más de tres siglos antes de la independencia de Marruecos en 1956. La situación de Ceuta como territorio español de ultramar no es excepcional en la historia del Mediterráneo.

Desde la antigüedad, Grecia, Roma y Bizancio extendieron su dominio por ambas orillas del Mediterráneo. Estambul, donde se entrecruzan Occidente y Oriente, constituye un ejemplo de ciudad europea que terminó proyectándose sobre Asia. Tampoco es una anomalía en la historia moderna en la que varias naciones han propagado sus fronteras hasta tener territorios ultramarinos incluso en otros continentes.

En el caso de Francia, Martinica y la Guayana francesa en el Caribe no son colonias sino regiones de ultramar y sus habitantes son ciudadanos franceses con plenos derechos. Estados Unidos amplió su territorio más allá de sus primeras fronteras, adquiriendo Alaska, separada del resto del país y pocos años después Hawái, en pleno Pacífico. Alaska comparte frontera con Canadá sin que esta nación haya pretendido su anexión por estar más próxima a ella que a Estados Unidos.

Más revelador es el caso de Kaliningrado, separado del resto de Rusia por Lituania y Polonia. Pese a ello ni estos países ni ningún otro de la Unión Europea ha disputado su soberanía a Rusia por esta circunstancia geográfica. Puede concluirse, por tanto, que lo verdaderamente excepcional de Ceuta no es su condición de territorio europeo en África, sino que sea reivindicada por un Estado que jamás ejerció soberanía sobre ella.

Ceuta tuvo una importancia capital en el papel de España como potencia mediterránea. Sirvió de fortaleza frente a la expansión otomana y también frente a los ataques de corsarios berberiscos. Resistió el gran asedio del sultán de Marruecos, antepasado del rey Mohamed VI, desde 1694 a 1727, uno de los más largos de la historia.

Durante generaciones los ceutíes tuvieron que defenderla, y contribuyeron a mantener durante siglos una de las fronteras europeas de ultramar más antiguas. La ciudad que fue a la vez fortaleza militar y puerto de intercambio entre Europa y África iba a convertirse también en un ejemplo de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. Cuando comenzó el reparto colonial de África entre las grandes potencias a finales del siglo XIX, España era la única nación de Europa con varios siglos de presencia en el norte de África.

Tener dos ciudades norteafricanas contribuyó a que España pudiera ejercer de anfitriona en la conferencia internacional de Algeciras, en 1906. Esta conferencia sentó las bases del establecimiento del protectorado español de Marruecos, mientras que Francia ocuparía el resto del país. Durante el proceso de descolonización de África, Marruecos comenzó a reivindicar la soberanía sobre Ceuta y Melilla, y en 1975 mientras preparaba la Marcha Verde sobre el Sahara, el rey Hasan II lo hizo oficialmente ante la ONU.

Era fácil por aquel entonces, como lo sigue siendo ahora, crear un relato mediante el cual toda presencia europea en el continente africano era considerada ilegítima, y varias potencias iban a respaldar la idea de que los europeos no deberían tener ningún territorio en África. Pero la realidad se iba a imponer y el hecho de que estas dos ciudades, al igual que Canarias formaran parte íntegra de la nación española, y que sus ciudadanos fueran españoles como los demás, desmontó el intento de vincularlas a aspiraciones coloniales, y finalmente la ONU no incluyó estas ciudades entre los territorios pendientes de descolonización. Sin embargo, Ceuta y Melilla se enfrentan ahora a un desafío sin precedentes: el de la era de los flujos migratorios masivos.

Todas las ciudades fronterizas de la Unión Europea al sur y al este tienen que hacer frente a la llegada masiva de emigrantes que aspiran a asentarse en Europa por cualquier medio. Pero ninguna frontera europea presenta un grado de vulnerabilidad como el de las dos plazas españolas del norte de África, expuestas a movimientos migratorios de toda África. Marruecos tiene ahora la posibilidad de recurrir a la guerra híbrida mediante la instrumentalización de flujos migratorios, dirigiendo o dejando pasar deliberadamente a emigrantes en gran número hasta superar con creces el de los habitantes de estas ciudades.

España no está sola ante este desafío pues esta frontera de Ceuta y Melilla es también de la Unión Europea. Pero para asegurarse de que las fronteras de España sigan siendo las mismas va a ser necesaria una estrategia política y diplomática mucho más firme. «Los principales fundamentos de todos los Estados son las buenas leyes y las buenas armas», dice Maquiavelo en 'El príncipe'.

A ello convendría añadir el fundamento de gobernantes buenos y dignos. Julio Crespo-Maclennan es historiador, escritor y profesor en la IE Universidad comentarios Reportar un error LA TERCERA Ceuta y las fronteras de ultramar La geografía no determina la soberanía: cinco siglos de historia española desmienten el relato colonial y hablan de una frontera europea, pero la presión migratoria plantea un nuevo desafío Regala esta noticia Añádenos en Google Jóvenes magrebíes se enfrentan a la Policía marroquí junto a la frontera con Ceuta. (AFP) Julio Crespo-Maclennan 17/08/2026 a las 19:29h. Las fronteras han sido una de las causas principales de guerras entre pueblos.

Ampliar fronteras siempre fue motivo de orgullo para los habitantes de una nación, mientras que su retroceso es sinónimo de decadencia. «Las fronteras son, en efecto, el filo de la navaja sobre el que penden las grandes cuestiones de la guerra o la paz, de la vida o la muerte de las naciones», escribió el estadista británico Lord Curzon. Las fronteras adquieren un significado muy especial cuando se sitúan en un punto geográfico de gran importancia o marcan la separación entre continentes o civilizaciones.

Este es el caso de Ceuta. La ciudad que se asoma al estrecho de Gibraltar desde la costa africana fue fundada por los fenicios. Los romanos la incorporaron a su provincia africana de Mauretania aunque más tarde iba a ser administrada desde Hispania, dando comienzo a su vinculación con la península ibérica.

Tras varios siglos bajo dominio musulmán Ceuta fue tomada por el reino de Portugal en 1415. La otra plaza española norteafricana, Melilla, fue conquistada por Castilla en 1497. Bajo el reinado de Felipe II, la Unión Ibérica de 1580 integró Portugal y sus territorios en la Monarquía Hispánica.

Cuando Portugal recuperó su independencia en 1640, los habitantes de Ceuta optaron por permanecer bajo la soberanía de la Corona española. Con su incorporación, la Monarquía española consolidó prácticamente las mismas fronteras que conserva en la actualidad. Conviene destacar el tiempo transcurrido: Ceuta forma parte de España desde más de un siglo antes de la independencia de los Estados Unidos, dos siglos antes de la unificación de Alemania e Italia y más de tres siglos antes de la independencia de Marruecos en 1956.

La situación de Ceuta como territorio español de ultramar no es excepcional en la historia del Mediterráneo. Desde la antigüedad, Grecia, Roma y Bizancio extendieron su dominio por ambas orillas del Mediterráneo. Estambul, donde se entrecruzan Occidente y Oriente, constituye un ejemplo de ciudad europea que terminó proyectándose sobre Asia.

Tampoco es una anomalía en la historia moderna en la que varias naciones han propagado sus fronteras hasta tener territorios ultramarinos incluso en otros continentes. En el caso de Francia, Martinica y la Guayana francesa en el Caribe no son colonias sino regiones de ultramar y sus habitantes son ciudadanos franceses con plenos derechos. Estados Unidos amplió su territorio más allá de sus primeras fronteras, adquiriendo Alaska, separada del resto del país y pocos años después Hawái, en pleno Pacífico.

Alaska comparte frontera con Canadá sin que esta nación haya pretendido su anexión por estar más próxima a ella que a Estados Unidos. Más revelador es el caso de Kaliningrado, separado del resto de Rusia por Lituania y Polonia. Pese a ello ni estos países ni ningún otro de la Unión Europea ha disputado su soberanía a Rusia por esta circunstancia geográfica.

Puede concluirse, por tanto, que lo verdaderamente excepcional de Ceuta no es su condición de territorio europeo en África, sino que sea reivindicada por un Estado que jamás ejerció soberanía sobre ella. Ceuta tuvo una importancia capital en el papel de España como potencia mediterránea. Sirvió de fortaleza frente a la expansión otomana y también frente a los ataques de corsarios berberiscos.

Resistió el gran asedio del sultán de Marruecos, antepasado del rey Mohamed VI, desde 1694 a 1727, uno de los más largos de la historia. Durante generaciones los ceutíes tuvieron que defenderla, y contribuyeron a mantener durante siglos una de las fronteras europeas de ultramar más antiguas. La ciudad que fue a la vez fortaleza militar y puerto de intercambio entre Europa y África iba a convertirse también en un ejemplo de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos.

Cuando comenzó el reparto colonial de África entre las grandes potencias a finales del siglo XIX, España era la única nación de Europa con varios siglos de presencia en el norte de África. Tener dos ciudades norteafricanas contribuyó a que España pudiera ejercer de anfitriona en la conferencia internacional de Algeciras, en 1906. Esta conferencia sentó las bases del establecimiento del protectorado español de Marruecos, mientras que Francia ocuparía el resto del país.

Durante el proceso de descolonización de África, Marruecos comenzó a reivindicar la soberanía sobre Ceuta y Melilla, y en 1975 mientras preparaba la Marcha Verde sobre el Sahara, el rey Hasan II lo hizo oficialmente ante la ONU. Era fácil por aquel entonces, como lo sigue siendo ahora, crear un relato mediante el cual toda presencia europea en el continente africano era considerada ilegítima, y varias potencias iban a respaldar la idea de que los europeos no deberían tener ningún territorio en África. Pero la realidad se iba a imponer y el hecho de que estas dos ciudades, al igual que Canarias formaran parte íntegra de la nación española, y que sus ciudadanos fueran españoles como los demás, desmontó el intento de vincularlas a aspiraciones coloniales, y finalmente la ONU no incluyó estas ciudades entre los territorios pendientes de descolonización.

Sin embargo, Ceuta y Melilla se enfrentan ahora a un desafío sin precedentes: el de la era de los flujos migratorios masivos. Todas las ciudades fronterizas de la Unión Europea al sur y al este tienen que hacer frente a la llegada masiva de emigrantes que aspiran a asentarse en Europa por cualquier medio. Pero ninguna frontera europea presenta un grado de vulnerabilidad como el de las dos plazas españolas del norte de África, expuestas a movimientos migratorios de toda África.

Marruecos tiene ahora la posibilidad de recurrir a la guerra híbrida mediante la instrumentalización de flujos migratorios, dirigiendo o dejando pasar deliberadamente a emigrantes en gran número hasta superar con creces el de los habitantes de estas ciudades. España no está sola ante este desafío pues esta frontera de Ceuta y Melilla es también de la Unión Europea. Pero para asegurarse de que las fronteras de España sigan siendo las mismas va a ser necesaria una estrategia política y diplomática mucho más firme.

«Los principales fundamentos de todos los Estados son las buenas leyes y las buenas armas», dice Maquiavelo en 'El príncipe'. A ello convendría añadir el fundamento de gobernantes buenos y dignos. Julio Crespo-Maclennan es historiador, escritor y profesor en la IE Universidad comentarios Reportar un error Navegación, música y manos libres del móvil en la misma pantalla para modernizar el coche Alejandra Santisteban Guiu Eugenia Martínez de Irujo: «El desayuno más sabroso es el que tomo en mi casa, tostada integral con aceite de oliva y un café con hielo»

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Publicado por Redacción · lunes, 17 de agosto de 2026

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