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Internacional
miércoles, 5 de agosto de 2026

­Sexo y pudor indestructible

Una de las paradojas más llamativas de nuestro tiempo es el contraste entre el discurso dominante sobre la sexualidad y la conducta real de la mayoría. Vivimos en una era de liberación sexual en la qu

Redacción⏱️ 5 min💬 0 comentarios

LA TERCERA ­Sexo y pudor indestructible Aunque en el imaginario de los años setenta y ochenta el topless parecía simbolizar la liberación femenina, pocas muchas mujeres lo practican Regala esta noticia Añádenos en Google Playa nudista de Lepe (Huelva). (EFE) Aniceto Masferrer 05/08/2026 a las 19:02h. Una de las paradojas más llamativas de nuestro tiempo es el contraste entre el discurso dominante sobre la sexualidad y la conducta real de la mayoría. Vivimos en una era de liberación sexual en la que el consentimiento parece haberse convertido en el único criterio válido: si hay acuerdo, todo vale.

Sin embargo, cuando se observan las prácticas cotidianas, reaparece con fuerza una inclinación universal y persistente: el pudor. Esa tendencia a salvaguardar la intimidad física y emocional, lejos de haberse extinguido bajo la ola de permisivismo y erotización social, sigue presente como un impulso profundamente arraigado en lo que somos. Basta un paseo veraniego por la playa para comprobarlo.

Aunque en el imaginario de los años setenta y ochenta el topless parecía simbolizar la liberación femenina, pocas muchas mujeres lo practican, y menos aún en playas familiares. Pero el ejemplo más revelador está en un gesto casi invisible: la forma en que las personas se cambian el bañador. Hombres y mujeres procuran cubrirse con una toalla, una camiseta o cualquier biombo improvisado para evitar quedar expuestos durante unos segundos.

Desde una perspectiva materialista, en la que el cuerpo se reduce a un objeto biológico, cuesta explicar esa conducta, especialmente tras décadas de discursos que presentan la desnudez como algo que no debería provocar incomodidad. Y, sin embargo, la necesidad de proteger la intimidad persiste. Lo mismo sucede en otros ámbitos.

Quien se acerca en el mar a una pareja que buscaba cierta soledad para abrazarse o besarse con mayor intimidad comprueba cómo interrumpe de inmediato esos gestos. Incluso las manifestaciones afectivas más suaves se resguardan ante la mirada ajena. Algo semejante ocurre con el aborto: pocas mujeres estarían dispuestas a afrontarlo si su embarazo y su decisión fueran públicos, y casi nadie presume de ello en las redes sociales.

La pornografía, pese a su enorme difusión, se consume en secreto, protegida por el anonimato digital. Tampoco los infieles suelen exhibir sus engaños: los ocultan antes, durante y después. La pregunta es inevitable: ¿por qué ese empeño en la discreción?

Si todo ello es legítimo por el mero hecho de ser consentido, ¿qué necesidad habría de esconderlo? ¿No será que el verdadero constructo cultural es la idea de que la sexualidad puede reducirse al consentimiento, y no el pudor? Resulta llamativo que, después de casi seis décadas de revolución sexual y de una concepción crecientemente individualista y materialista de la vida, la conducta real de la mayoría continúe guiándose por esa actitud que tantos pensadores modernos calificaron de tabú o artificio represivo.

Foucault interpretó el pudor y la regulación de la sexualidad como instrumentos de poder social. Sin embargo, la experiencia cotidiana parece resistirse a esa explicación. El pudor sobrevive incluso en un contexto de erotización extrema, lo que sugiere que no es un mero condicionamiento cultural, sino un rasgo estable de la condición humana.

C. S. Lewis sostuvo en 'La abolición del hombre' que los impulsos fundamentales no pueden comprenderse como simples construcciones pasajeras.

La idea apunta a una verdad antropológica: hay inclinaciones humanas que permanecen a través de culturas y épocas. No es casual que ya en las pinturas rupestres se perciba la tendencia a cubrir o señalar determinadas partes del cuerpo, ni que todas las culturas conocidas establezcan algún código en torno a la desnudez y la intimidad. El pudor, lejos de ser un accidente histórico, parece una constante antropológica.

¿Por qué? A mi juicio, porque el ser humano no es una máquina biológica a la que se añade después una mente o una conciencia, sino una unidad indivisible de cuerpo y espíritu. El dualismo cartesiano, al separar la res cogitans de la res extensa, abrió la puerta a una visión reductiva que ha marcado profundamente la modernidad.

Según esa lógica, el cuerpo sería un instrumento que tenemos, un objeto que podemos usar o exhibir al margen de nuestra vida interior. Pero la experiencia del pudor muestra lo contrario: el cuerpo no es solo algo que tenemos; es también algo que somos. Como subraya Gabriel Marcel, nuestra existencia corporal no es una posesión externa, sino el modo mismo en que estamos presentes en el mundo.

Por eso la desnudez física nunca es solo desnudez física: implica la exposición de la intimidad personal. Uno no protege únicamente su piel, sino el misterio de su persona. El pudor manifiesta, así, la unidad profunda entre cuerpo e interioridad.

No es represión, sino cuidado del valor propio y ajeno. También constituye una condición para que la sexualidad pueda desplegarse en toda su riqueza humana, porque allí donde el pudor desaparece la sexualidad corre el riesgo de trivializarse y convertirse en consumo. Eso es precisamente lo que ocurre en una sociedad cada vez más pornificada, donde cuerpos y deseos se transforman en productos que se usan, intercambian y desechan.

Charles Taylor ha mostrado cómo una cultura que instrumentaliza el cuerpo termina debilitando la comprensión de la dignidad personal. La resistencia del pudor indica que esa cosificación nunca logra borrar del todo una verdad más profunda: el cuerpo humano no es un simple objeto, porque es siempre expresión de una persona. La paradoja es que esta verdad se hace más visible en sociedades erotizadas como la nuestra.

Si el pudor fuera una construcción cultural destinada a desaparecer, hoy debería haber quedado reducido a una rareza. Pero pervive. Y su permanencia sugiere que es inherente a la condición humana.

El cuerpo es lenguaje: comunica, revela, expresa. La calidad de nuestras relaciones depende en gran medida de cómo cuidamos y valoramos ese lenguaje corporal. En última instancia, el pudor recuerda que la libertad sexual no consiste en hacer cualquier cosa mientras exista consentimiento, sino en reconocer la dignidad de lo que somos.

Frente a una modernidad que reduce el cuerpo a objeto de consumo, el pudor reivindica la unidad de la persona y la grandeza de la sexualidad como expresión de amor e intimidad. Ortega y Gasset subrayó que la intimidad es lo más radicalmente propio del individuo y, por ello, lo más delicado de exponer. Esa delicadeza late en cada gesto de pudor y nos recuerda que el cuerpo humano, lejos de ser un mero objeto, es siempre un misterio que merece respeto.

Tal vez esta afirmación resulte incómoda para la mentalidad dominante. Pero el pudor permanece como un rasgo difícilmente reducible a moda, convención o imposición social. Ahí reside su fuerza: por más que se intente arrinconarlo, vuelve una y otra vez para recordarnos quiénes somos.

Esa voz discreta, que protege lo más íntimo y valioso de cada persona, demuestra que el pudor no es un vestigio del pasado, sino una expresión permanente de la dignidad humana. Aniceto Masferrer es Catedrático de Historia del Derecho (Univ. Valencia) Temas Intimidad Charles Taylor Sexualidad La Tercera de ABC comentarios Reportar un error LA TERCERA ­Sexo y pudor indestructible Aunque en el imaginario de los años setenta y ochenta el topless parecía simbolizar la liberación femenina, pocas muchas mujeres lo practican Regala esta noticia Añádenos en Google Playa nudista de Lepe (Huelva). (EFE) Aniceto Masferrer 05/08/2026 a las 19:02h.

Una de las paradojas más llamativas de nuestro tiempo es el contraste entre el discurso dominante sobre la sexualidad y la conducta real de la mayoría. Vivimos en una era de liberación sexual en la que el consentimiento parece haberse convertido en el único criterio válido: si hay acuerdo, todo vale. Sin embargo, cuando se observan las prácticas cotidianas, reaparece con fuerza una inclinación universal y persistente: el pudor.

Esa tendencia a salvaguardar la intimidad física y emocional, lejos de haberse extinguido bajo la ola de permisivismo y erotización social, sigue presente como un impulso profundamente arraigado en lo que somos. Basta un paseo veraniego por la playa para comprobarlo. Aunque en el imaginario de los años setenta y ochenta el topless parecía simbolizar la liberación femenina, pocas muchas mujeres lo practican, y menos aún en playas familiares.

Pero el ejemplo más revelador está en un gesto casi invisible: la forma en que las personas se cambian el bañador. Hombres y mujeres procuran cubrirse con una toalla, una camiseta o cualquier biombo improvisado para evitar quedar expuestos durante unos segundos. Desde una perspectiva materialista, en la que el cuerpo se reduce a un objeto biológico, cuesta explicar esa conducta, especialmente tras décadas de discursos que presentan la desnudez como algo que no debería provocar incomodidad.

Y, sin embargo, la necesidad de proteger la intimidad persiste. Lo mismo sucede en otros ámbitos. Quien se acerca en el mar a una pareja que buscaba cierta soledad para abrazarse o besarse con mayor intimidad comprueba cómo interrumpe de inmediato esos gestos.

Incluso las manifestaciones afectivas más suaves se resguardan ante la mirada ajena. Algo semejante ocurre con el aborto: pocas mujeres estarían dispuestas a afrontarlo si su embarazo y su decisión fueran públicos, y casi nadie presume de ello en las redes sociales. La pornografía, pese a su enorme difusión, se consume en secreto, protegida por el anonimato digital.

Tampoco los infieles suelen exhibir sus engaños: los ocultan antes, durante y después. La pregunta es inevitable: ¿por qué ese empeño en la discreción? Si todo ello es legítimo por el mero hecho de ser consentido, ¿qué necesidad habría de esconderlo?

¿No será que el verdadero constructo cultural es la idea de que la sexualidad puede reducirse al consentimiento, y no el pudor? Resulta llamativo que, después de casi seis décadas de revolución sexual y de una concepción crecientemente individualista y materialista de la vida, la conducta real de la mayoría continúe guiándose por esa actitud que tantos pensadores modernos calificaron de tabú o artificio represivo. Foucault interpretó el pudor y la regulación de la sexualidad como instrumentos de poder social.

Sin embargo, la experiencia cotidiana parece resistirse a esa explicación. El pudor sobrevive incluso en un contexto de erotización extrema, lo que sugiere que no es un mero condicionamiento cultural, sino un rasgo estable de la condición humana. C.

S. Lewis sostuvo en 'La abolición del hombre' que los impulsos fundamentales no pueden comprenderse como simples construcciones pasajeras. La idea apunta a una verdad antropológica: hay inclinaciones humanas que permanecen a través de culturas y épocas.

No es casual que ya en las pinturas rupestres se perciba la tendencia a cubrir o señalar determinadas partes del cuerpo, ni que todas las culturas conocidas establezcan algún código en torno a la desnudez y la intimidad. El pudor, lejos de ser un accidente histórico, parece una constante antropológica. ¿Por qué?

A mi juicio, porque el ser humano no es una máquina biológica a la que se añade después una mente o una conciencia, sino una unidad indivisible de cuerpo y espíritu. El dualismo cartesiano, al separar la res cogitans de la res extensa, abrió la puerta a una visión reductiva que ha marcado profundamente la modernidad. Según esa lógica, el cuerpo sería un instrumento que tenemos, un objeto que podemos usar o exhibir al margen de nuestra vida interior.

Pero la experiencia del pudor muestra lo contrario: el cuerpo no es solo algo que tenemos; es también algo que somos. Como subraya Gabriel Marcel, nuestra existencia corporal no es una posesión externa, sino el modo mismo en que estamos presentes en el mundo. Por eso la desnudez física nunca es solo desnudez física: implica la exposición de la intimidad personal.

Uno no protege únicamente su piel, sino el misterio de su persona. El pudor manifiesta, así, la unidad profunda entre cuerpo e interioridad. No es represión, sino cuidado del valor propio y ajeno.

También constituye una condición para que la sexualidad pueda desplegarse en toda su riqueza humana, porque allí donde el pudor desaparece la sexualidad corre el riesgo de trivializarse y convertirse en consumo. Eso es precisamente lo que ocurre en una sociedad cada vez más pornificada, donde cuerpos y deseos se transforman en productos que se usan, intercambian y desechan. Charles Taylor ha mostrado cómo una cultura que instrumentaliza el cuerpo termina debilitando la comprensión de la dignidad personal.

La resistencia del pudor indica que esa cosificación nunca logra borrar del todo una verdad más profunda: el cuerpo humano no es un simple objeto, porque es siempre expresión de una persona. La paradoja es que esta verdad se hace más visible en sociedades erotizadas como la nuestra. Si el pudor fuera una construcción cultural destinada a desaparecer, hoy debería haber quedado reducido a una rareza.

Pero pervive. Y su permanencia sugiere que es inherente a la condición humana. El cuerpo es lenguaje: comunica, revela, expresa.

La calidad de nuestras relaciones depende en gran medida de cómo cuidamos y valoramos ese lenguaje corporal. En última instancia, el pudor recuerda que la libertad sexual no consiste en hacer cualquier cosa mientras exista consentimiento, sino en reconocer la dignidad de lo que somos. Frente a una modernidad que reduce el cuerpo a objeto de consumo, el pudor reivindica la unidad de la persona y la grandeza de la sexualidad como expresión de amor e intimidad.

Ortega y Gasset subrayó que la intimidad es lo más radicalmente propio del individuo y, por ello, lo más delicado de exponer. Esa delicadeza late en cada gesto de pudor y nos recuerda que el cuerpo humano, lejos de ser un mero objeto, es siempre un misterio que merece respeto. Tal vez esta afirmación resulte incómoda para la mentalidad dominante.

Pero el pudor permanece como un rasgo difícilmente reducible a moda, convención o imposición social. Ahí reside su fuerza: por más que se intente arrinconarlo, vuelve una y otra vez para recordarnos quiénes somos. Esa voz discreta, que protege lo más íntimo y valioso de cada persona, demuestra que el pudor no es un vestigio del pasado, sino una expresión permanente de la dignidad humana.

Aniceto Masferrer es Catedrático de Historia del Derecho (Univ. Valencia) Temas Intimidad Charles Taylor Sexualidad La Tercera de ABC comentarios Reportar un error 4 almohadas cervicales que mantienen la forma después de un año y evitan el dolor de cuello Teresa Rodríguez García David Bustamante: «No teníamos para vacaciones, pero nunca faltaba el plato combinado de la churrería» Borja Sánchez Pedro Ruiz ve que Sánchez se marcha de vacaciones en plena crisis migratoria: «No es muy presentable»

Borja Sánchez

Publicado por Redacción · miércoles, 5 de agosto de 2026

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