Tregua de verano
No olvidemos la importancia de indignarnos por las injusticias del mundo, por cuanto acontece y nos resulta inaceptable, pero tampoco permitamos que esa expresión indignada se convierta en la imagen d
Tregua de verano No olvidemos la importancia de indignarnos por las injusticias del mundo, por cuanto acontece y nos resulta inaceptable, pero tampoco permitamos que esa expresión indignada se convierta en la imagen de todo lo que somos Una mujer haciendo un crucigrama Peter Dazeley 2 de agosto de 2026 23:18 h Actualizado el 03/08/2026 05:30 h 0 Forma parte de la cultura popular, como minúsculo elemento importado, la idea de la tregua de Navidad: un alto el fuego milagroso acordado espontáneamente durante la Primera Guerra Mundial. Partidos de fútbol entre soldados de ambos bandos; afecto compartido entre hombres que, si hubiera marcado otra cosa el calendario, se habrían asesinado sin piedad. En Belén, en diciembre de 2025, hubo algo parecido a una tregua: retomó las festividades tras dos años sin ellas, bajo el amparo de un alto el fuego frágil.
Ochenta kilómetros más allá, en la Franja de Gaza, los ataques del Ejército israelí no se detuvieron ni siquiera esa noche, como en 1914 continuaba la masacre en las trincheras vecinas. En vez de ser maestra de la vida, la historia aparece como maestra del horror. A otra escala, mucho más pequeña, tampoco en el verano tendemos a darnos tregua.
Si encendemos la televisión, oiremos poco menos que las trompetas del apocalipsis, el relato frenético y descarnado de cómo todo suceso, y más en verano, es, quizá, probablemente, lo más grave que ha pasado, jamás, nunca, en la historia de la humanidad. Vivimos enganchados a una actualidad imposible, al síndrome constante de la última hora, y tienden a tener más éxito las estrategias comunicativas que más nos soliviantan, las más capaces de acelerar nuestras pulsaciones. Cuanto más apocalíptico el reportaje, cuanto más nos lleve cualquier cosa al borde del infarto, mejor.
Incluso cuando se dan de verdad las tragedias, como sucede estos días en Ceuta, triunfa la forma más sensacionalista de abordarlas. No conviene tampoco autoengañarse: quien informa sobre Ceuta avivando el fuego del odio podría hacer exactamente lo mismo con cualquier anécdota trivial de la semana. Tregua de verano No olvidemos la importancia de indignarnos por las injusticias del mundo, por cuanto acontece y nos resulta inaceptable, pero tampoco permitamos que esa expresión indignada se convierta en la imagen de todo lo que somos Una mujer haciendo un crucigrama Peter Dazeley 2 de agosto de 2026 23:18 h Actualizado el 03/08/2026 05:30 h 0 Forma parte de la cultura popular, como minúsculo elemento importado, la idea de la tregua de Navidad: un alto el fuego milagroso acordado espontáneamente durante la Primera Guerra Mundial.
Partidos de fútbol entre soldados de ambos bandos; afecto compartido entre hombres que, si hubiera marcado otra cosa el calendario, se habrían asesinado sin piedad. En Belén, en diciembre de 2025, hubo algo parecido a una tregua: retomó las festividades tras dos años sin ellas, bajo el amparo de un alto el fuego frágil. Ochenta kilómetros más allá, en la Franja de Gaza, los ataques del Ejército israelí no se detuvieron ni siquiera esa noche, como en 1914 continuaba la masacre en las trincheras vecinas.
En vez de ser maestra de la vida, la historia aparece como maestra del horror. A otra escala, mucho más pequeña, tampoco en el verano tendemos a darnos tregua. Si encendemos la televisión, oiremos poco menos que las trompetas del apocalipsis, el relato frenético y descarnado de cómo todo suceso, y más en verano, es, quizá, probablemente, lo más grave que ha pasado, jamás, nunca, en la historia de la humanidad.
Vivimos enganchados a una actualidad imposible, al síndrome constante de la última hora, y tienden a tener más éxito las estrategias comunicativas que más nos soliviantan, las más capaces de acelerar nuestras pulsaciones. Cuanto más apocalíptico el reportaje, cuanto más nos lleve cualquier cosa al borde del infarto, mejor. Incluso cuando se dan de verdad las tragedias, como sucede estos días en Ceuta, triunfa la forma más sensacionalista de abordarlas.
No conviene tampoco autoengañarse: quien informa sobre Ceuta avivando el fuego del odio podría hacer exactamente lo mismo con cualquier anécdota trivial de la semana.