La tiranía de la complicidad
En agosto de 1971, en el sótano de la Universidad de Stanford, el joven psicólogo Philip Zimbardo construyó una cárcel. No metafóricamente: había celdas con barrotes, uniformes humillantes, números en
LA TERCERA La tiranía de la complicidad Philip Zimbardo necesitó a Christina Maslach para romper el hechizo de su propio engaño. El PSOE necesita hoy esa misma voz para empezar su reconstrucción moral, pero se niega a escucharla Regala esta noticia Añádenos en Google Pedro Sánchez y sus ministros en el año 2021. (EFE) Gilberto Carrasquero Naranjo 02/08/2026 a las 20:31h. En agosto de 1971, en el sótano de la Universidad de Stanford, el joven psicólogo Philip Zimbardo construyó una cárcel.
No metafóricamente: había celdas con barrotes, uniformes humillantes, números en lugar de nombres, cadenas en los tobillos. Veinticuatro estudiantes, seleccionados por su normalidad psicológica, fueron divididos al azar en dos grupos: carceleros y prisioneros. El experimento debía durar dos semanas.
Zimbardo puso a prueba la pregunta más antigua de la psicología social: ¿el mal está en nuestra naturaleza o lo fabrican las circunstancias? En inglés: 'Nature or nurture?' Ahí residía su genialidad: repartidos los papeles al azar entre muchachos idénticos, ninguna crueldad podría atribuirse al carácter. Solo quedaría un culpable: el entorno, el sistema, el uniforme.
Ganó la circunstancia en días: flexiones sobre las espaldas de otros, encierros en un armario oscuro; llanto, rabia, obediencia rota. El mal no necesita monstruos: le bastan personas ordinarias dentro de un entorno perverso. Pero el hallazgo más inquietante fue lo que le ocurrió al genio.
Zimbardo se había asignado el papel de superintendente, y el papel lo devoró. Hoy sabemos, por los archivos que exhumó Thibault Le Texier, que aquella crueldad fue en parte alentada por los propios investigadores. El matiz no absuelve al entorno: lo agrava, y vuelve el experimento advertencia sobre quienes diseñan los sistemas, no ley de laboratorio.
Porque el primer capturado fue el director: cuando corrieron rumores de una fuga, no pensó como científico sino como carcelero mayor –¿cómo proteger mi prisión?–. La arrogancia del investigador es la más peligrosa de todas, porque se disfraza de rigor. Más de cincuenta personas pasaron por el sótano: colegas, padres, un capellán, abogados.
Todos miraron; ninguno objetó. El marco –«es un experimento de Stanford»– les daba permiso para no ver lo que veían. La visitante cincuenta y uno fue Christina Maslach, novia de Zimbardo.
Vio a los prisioneros encadenados, con bolsas en la cabeza. Donde el genio veía datos, ella vio muchachos sufriendo. Esa noche le dijo: «Es terrible lo que les estás haciendo a esos chicos.
Como investigador eres un genio; pero como persona, ya no sé quién eres». Zimbardo despertó. Al día siguiente lo canceló: seis días de catorce.
Un año después se casaron; siguieron juntos hasta su muerte, en 2024. Zimbardo pudo enterrar el episodio; hizo lo contrario: lo convirtió en el eje de la obra que lo sitúa, quizás, como el más grande psicólogo social de la historia. Destiló la lección en 'El efecto Lucifer' y coronó su legado con 'The Banality of Heroism': si el mal es banal, como enseñó Hannah Arendt, el heroísmo también lo es.
El héroe no es la figura mítica de los Gandhi, los Mandela o los Luther King: es la persona común que hace lo que las otras no hacen. El liderazgo no es un carisma ni un cargo: es un acto de habla –alguien nombra la verdad en una habitación organizada alrededor de una mentira, y el hechizo se rompe. Aquella escena es un espejo implacable de la política española.
Llamémoslo por su nombre: la tiranía de la complicidad. No es la del déspota: es una tiranía distribuida. Nadie ordena mentir; basta con que decir la verdad tenga un precio y acallarla proporcione pertenencia.
Cada miembro del cortejo es a la vez prisionero y carcelero; cada silencio compra el siguiente. El PSOE no es un partido cualquiera. Es la casa de Pablo Iglesias Posse; la fuerza que, con Felipe González, europeizó España y construyó su Estado social.
Sin un socialismo democrático fuerte y decente, la democracia española queda coja. Por eso hay que decirlo sin anestesia: Pedro Sánchez ha ido destruyendo ese patrimonio. Con la mentira elevada a método de gobierno.
Con los escándalos de corrupción que cercan su entorno más íntimo: causas que resolverán los tribunales, pero cuya acumulación ya no admite el cuento del accidente aislado. Los accidentes forman un paisaje, y el paisaje tiene un jardinero. La pregunta es qué cultura ha florecido bajo su liderazgo y qué precio ha pagado un partido centenario para sostener a un hombre.
Y está la asquerosa conexión con Venezuela. José Luis Rodríguez Zapatero recibió lo más alto que una democracia puede conferir –la Presidencia del Gobierno y la dignidad vitalicia de estadista–. Ha prostituido esa dignidad.
Convirtió el título de expresidente en salvoconducto de una tiranía; se hizo el rostro amable de un régimen señalado por Naciones Unidas por crímenes de lesa humanidad y penetrado por el narcotráfico. Afronta una investigación judicial que niega; pero el juicio evidente no necesita sentencia: el hombre que pudo ser la voz de los presos políticos eligió ser el huésped de honor de sus carceleros. Y el PSOE de Sánchez lo ha amparado: una traición al ADN antifranquista del socialismo español.
Sé por qué muchos socialistas callan: creen que exponer la degradación propia facilitaría el camino a la extrema derecha. Es la trampa perfecta: cuando un partido convierte al adversario en justificación permanente de sus faltas, termina dependiendo de él para no examinarse jamás. El miedo a la derecha no puede otorgar impunidad a la izquierda.
Solo contará quien esté dispuesto a perder algo. España no espera al primero que vea la desnudez del emperador: la ven todos. Espera al primero que abandone el cortejo.
Por eso el relevo que necesita el PSOE no es generacional –un rostro joven puede heredar la gramática de la obediencia–: es moral. Surgirá cuando un dirigente socialista diga, desde dentro y por amor a su casa –como Maslach habló por amor–, que la conservación del poder no puede ser el bien supremo del partido; que la complicidad con la corrupción propia y con la tiranía ajena traiciona la mejor historia del socialismo español. Quien lo diga pagará el precio: deslealtad, aislamiento, quizá el poder mismo.
Pero habrá adquirido lo único que ningún aparato puede fabricar: la autoridad del que dijo la verdad cuando callar era gratis y hablar costaba todo. Zimbardo necesitó que una mujer enamorada lo devolviera a la realidad. Los partidos también pueden despertar.
Pero necesitan su Christina Maslach: alguien que baje al sótano, mire la escena que todos elogian, y pronuncie la frase que funda a los líderes verdaderos: es terrible lo que estamos haciendo. En ese instante, y no antes, habrá comenzado el relevo. Y con el relevo, la reconstrucción moral que España tanto necesita y tanto merece.
Gilberto Carrasquero Naranjo es ensayista y analista político Temas España José Luis Rodríguez Zapatero La Tercera de ABC Partido Socialista Obrero Español (PSOE) comentarios Reportar un error LA TERCERA La tiranía de la complicidad Philip Zimbardo necesitó a Christina Maslach para romper el hechizo de su propio engaño. El PSOE necesita hoy esa misma voz para empezar su reconstrucción moral, pero se niega a escucharla Regala esta noticia Añádenos en Google Pedro Sánchez y sus ministros en el año 2021. (EFE) Gilberto Carrasquero Naranjo 02/08/2026 a las 20:31h. En agosto de 1971, en el sótano de la Universidad de Stanford, el joven psicólogo Philip Zimbardo construyó una cárcel.
No metafóricamente: había celdas con barrotes, uniformes humillantes, números en lugar de nombres, cadenas en los tobillos. Veinticuatro estudiantes, seleccionados por su normalidad psicológica, fueron divididos al azar en dos grupos: carceleros y prisioneros. El experimento debía durar dos semanas.
Zimbardo puso a prueba la pregunta más antigua de la psicología social: ¿el mal está en nuestra naturaleza o lo fabrican las circunstancias? En inglés: 'Nature or nurture?' Ahí residía su genialidad: repartidos los papeles al azar entre muchachos idénticos, ninguna crueldad podría atribuirse al carácter. Solo quedaría un culpable: el entorno, el sistema, el uniforme.
Ganó la circunstancia en días: flexiones sobre las espaldas de otros, encierros en un armario oscuro; llanto, rabia, obediencia rota. El mal no necesita monstruos: le bastan personas ordinarias dentro de un entorno perverso. Pero el hallazgo más inquietante fue lo que le ocurrió al genio.
Zimbardo se había asignado el papel de superintendente, y el papel lo devoró. Hoy sabemos, por los archivos que exhumó Thibault Le Texier, que aquella crueldad fue en parte alentada por los propios investigadores. El matiz no absuelve al entorno: lo agrava, y vuelve el experimento advertencia sobre quienes diseñan los sistemas, no ley de laboratorio.
Porque el primer capturado fue el director: cuando corrieron rumores de una fuga, no pensó como científico sino como carcelero mayor –¿cómo proteger mi prisión?–. La arrogancia del investigador es la más peligrosa de todas, porque se disfraza de rigor. Más de cincuenta personas pasaron por el sótano: colegas, padres, un capellán, abogados.
Todos miraron; ninguno objetó. El marco –«es un experimento de Stanford»– les daba permiso para no ver lo que veían. La visitante cincuenta y uno fue Christina Maslach, novia de Zimbardo.
Vio a los prisioneros encadenados, con bolsas en la cabeza. Donde el genio veía datos, ella vio muchachos sufriendo. Esa noche le dijo: «Es terrible lo que les estás haciendo a esos chicos.
Como investigador eres un genio; pero como persona, ya no sé quién eres». Zimbardo despertó. Al día siguiente lo canceló: seis días de catorce.
Un año después se casaron; siguieron juntos hasta su muerte, en 2024. Zimbardo pudo enterrar el episodio; hizo lo contrario: lo convirtió en el eje de la obra que lo sitúa, quizás, como el más grande psicólogo social de la historia. Destiló la lección en 'El efecto Lucifer' y coronó su legado con 'The Banality of Heroism': si el mal es banal, como enseñó Hannah Arendt, el heroísmo también lo es.
El héroe no es la figura mítica de los Gandhi, los Mandela o los Luther King: es la persona común que hace lo que las otras no hacen. El liderazgo no es un carisma ni un cargo: es un acto de habla –alguien nombra la verdad en una habitación organizada alrededor de una mentira, y el hechizo se rompe. Aquella escena es un espejo implacable de la política española.
Llamémoslo por su nombre: la tiranía de la complicidad. No es la del déspota: es una tiranía distribuida. Nadie ordena mentir; basta con que decir la verdad tenga un precio y acallarla proporcione pertenencia.
Cada miembro del cortejo es a la vez prisionero y carcelero; cada silencio compra el siguiente. El PSOE no es un partido cualquiera. Es la casa de Pablo Iglesias Posse; la fuerza que, con Felipe González, europeizó España y construyó su Estado social.
Sin un socialismo democrático fuerte y decente, la democracia española queda coja. Por eso hay que decirlo sin anestesia: Pedro Sánchez ha ido destruyendo ese patrimonio. Con la mentira elevada a método de gobierno.
Con los escándalos de corrupción que cercan su entorno más íntimo: causas que resolverán los tribunales, pero cuya acumulación ya no admite el cuento del accidente aislado. Los accidentes forman un paisaje, y el paisaje tiene un jardinero. La pregunta es qué cultura ha florecido bajo su liderazgo y qué precio ha pagado un partido centenario para sostener a un hombre.
Y está la asquerosa conexión con Venezuela. José Luis Rodríguez Zapatero recibió lo más alto que una democracia puede conferir –la Presidencia del Gobierno y la dignidad vitalicia de estadista–. Ha prostituido esa dignidad.
Convirtió el título de expresidente en salvoconducto de una tiranía; se hizo el rostro amable de un régimen señalado por Naciones Unidas por crímenes de lesa humanidad y penetrado por el narcotráfico. Afronta una investigación judicial que niega; pero el juicio evidente no necesita sentencia: el hombre que pudo ser la voz de los presos políticos eligió ser el huésped de honor de sus carceleros. Y el PSOE de Sánchez lo ha amparado: una traición al ADN antifranquista del socialismo español.
Sé por qué muchos socialistas callan: creen que exponer la degradación propia facilitaría el camino a la extrema derecha. Es la trampa perfecta: cuando un partido convierte al adversario en justificación permanente de sus faltas, termina dependiendo de él para no examinarse jamás. El miedo a la derecha no puede otorgar impunidad a la izquierda.
Solo contará quien esté dispuesto a perder algo. España no espera al primero que vea la desnudez del emperador: la ven todos. Espera al primero que abandone el cortejo.
Por eso el relevo que necesita el PSOE no es generacional –un rostro joven puede heredar la gramática de la obediencia–: es moral. Surgirá cuando un dirigente socialista diga, desde dentro y por amor a su casa –como Maslach habló por amor–, que la conservación del poder no puede ser el bien supremo del partido; que la complicidad con la corrupción propia y con la tiranía ajena traiciona la mejor historia del socialismo español. Quien lo diga pagará el precio: deslealtad, aislamiento, quizá el poder mismo.
Pero habrá adquirido lo único que ningún aparato puede fabricar: la autoridad del que dijo la verdad cuando callar era gratis y hablar costaba todo. Zimbardo necesitó que una mujer enamorada lo devolviera a la realidad. Los partidos también pueden despertar.
Pero necesitan su Christina Maslach: alguien que baje al sótano, mire la escena que todos elogian, y pronuncie la frase que funda a los líderes verdaderos: es terrible lo que estamos haciendo. En ese instante, y no antes, habrá comenzado el relevo. Y con el relevo, la reconstrucción moral que España tanto necesita y tanto merece.
Gilberto Carrasquero Naranjo es ensayista y analista político Temas España José Luis Rodríguez Zapatero La Tercera de ABC Partido Socialista Obrero Español (PSOE) comentarios Reportar un error Este reloj parece antiguo y no depende de pilas: el Pagani automático ideal para muñecas finas Teresa Rodríguez García Chenoa: «Vengo de una familia muy justa de dinero. Los niños iban al comedor y yo, con ocho años, comía en las escaleras sola» Inés Romero Jorge Rey se adelanta a la Aemet y alerta del tiempo que hará en agosto según las Cabañuelas: «Otra ola de calor»
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