Un milagro más de Josep Pons
A finales del siglo XVIII, Novalis escribía sus 'Himnos a la noche' y 'La cristiandad o Europa', que hoy considerados la vanguardia de lo que iba a ser el Romanticismo alemán . En aquellos textos semi
Un milagro más de Josep Pons El maestro se despide de la titularidad del Liceu con una Octava de Mahler ambiciosa, desigual en las voces y penalizada por la acústica del teatro Regala esta noticia Añádenos en Google Pons, dirigiendo la Octava de Mahler en el Liceo. (Toni Bofill) Pep Gorgori Barcelona 27/07/2026 a las 17:31h. A finales del siglo XVIII, Novalis escribía sus 'Himnos a la noche' y 'La cristiandad o Europa', que hoy considerados la vanguardia de lo que iba a ser el Romanticismo alemán. En aquellos textos seminales, el escritor establecía un vínculo entre el cristianismo (el ... catolicismo, para ser precisos) y la mística, y entre la expresión personal y la aspiración a lo absoluto.
La redención a través del amor y una idea del arte entendida como vía de conocimiento y de trascendencia completaban el fresco de aquella estética entonces embrionaria. Un siglo más tarde, Mahler cierra el círculo con una sinfonía, su monumental Octava, que toma como bases el himno gregoriano 'Veni Creator Spiritus' y la última escena del 'Fausto' de Goethe, cumbre del Romanticismo literario alemán. Una excelente elección, de Josep Pons, para su despedida como director titular de la Orquesta del Gran Teatro del Liceo.
También la dirigió al despedirse de la Orquesta Nacional de España: viene a ser su marca de la casa. Sinfónica Octava de Mahler Música: Mahler Intérpretes: E. Teige, J.
Wagner, E. Villalón, B. Taylor, M.
Fujimura, M. Spyres, N. Brownlee, A.
Dohmen. Orquesta y Coro del Gran Teatro del Liceo, Coro Nacional de España, Polifónica de Puig-reig y Cor Vivaldi. J.
Pons, director. Fecha: 24 de julio. Lugar: Gran Teatro del Liceo, Barcelona.
La obra exige una acumulación de medios extraordinaria, y formalmente funde sinfonía, oratorio, drama y liturgia en un todo que rehúye cualquier intento de análisis desde los parámetros de su propia época. Cerca de trescientas personas ocuparon el escenario del Liceu, que no escatimó recursos para la ocasión. Para alojar una masa semejante, el escenario adquirió una profundidad cercana a los veinte metros.
Los coros quedaban muy alejados de la boca y su sonido perdía presencia y definición antes de llegar a la sala, donde la acústica del Liceo acabó imponiendo sus límites. También la orquesta aparecía fragmentada: cuerda, metales y percusión se percibían a veces como planos separados, sin acabar de integrarse en una única masa sonora, en buena parte porque la cuerda estaba en la boca del escenario, a la práctica dentro de la platea, y el resto de instrumentos, no. Es una lástima que en Barcelona todavía hoy no se pueda escuchar una Octava de Mahler en condiciones más o menos idóneas.
El Palau de la Música Catalana se queda pequeño para contener una plantilla semejante. El Liceu y el Auditori disponen de mayor espacio, pero la acústica del primero, es limitada, y ninguno de los dos equipamientos tiene un órgano de tubos, de los de verdad, de los que al vibrar generan harmónicos y transmiten esa vibración por el suelo y las paredes de manera que la escucha se percibe también a través de la piel. El sucedáneo electrónico puede salvar la papeleta —mejor así que renunciar a escuchar jamás la Octava en directo—, pero el resultado siempre deja a medias.
El reparto vocal prometía más de lo que finalmente ofreció. Michael Spyres, Beth Taylor, Jacquelyn Wagner y Elena Villalón estuvieron entre lo mejor de la velada. Elisabeth Teige no terminó de encontrar su lugar y pareció incómoda en buena parte de sus intervenciones, al punto que se le llegó a romper un el agudo en su última intervención.
Nicholas Brownlee se mostró igualmente forzado, a pesar de su reconocida solvencia. Los veteranos Mihoko Fujimura y Albert Dohmen aportaron musicalidad, autoridad y experiencia, además de su vinculación artística con Pons. Se echó de menos algún nombre español entre los solistas: ahora ya tenemos cantantes capaces de defender este repertorio, y habría sido un bello gesto reconocerlo en un evento de este calado.
El Coro Nacional de España, la Polifónica de Puig-reig y el Cor Vivaldi aportaron buena calidad general pero difícil empaste dadas las condiciones del escenario y acústicas ya mencionadas. Josep Pons se despedía tras catorce años al frente de la Orquesta del Liceu. Se ha ganado fama de reparador de orquestas, una reputación merecida e injusta a partes iguales.
Merecida, porque en efecto ha logrado una renovación profunda y difícilmente discutible. Injusta, porque ese logro puede acabar ocultando al músico de pleno derecho, al director exquisito que volvió a aparecer en Mahler pese a las dificultades de la sala y a las irregularidades vocales. Hace quince años no podríamos haber soñado una velada así: ni el teatro podía pagarla ni la orquesta llegar a ese nivel.
En su concierto de despedida como titular, Pons ha obrado un milagro más. Newsletter El acto fue precedido de un homenaje en forma de un breve parlamento a cargo del presidente del Patronato del Liceo, Salvador Alemany, y de un vídeo de seis minutos de duración que vino a explicar que Pons es un director solvente que ha impulsado cambios en la orquesta. Se agradece el recordatorio, pero seguramente no era el lugar.
Y ya no por cuestiones de protocolo ni de gustos personales. Si quince segundos antes de empezar a escuchar una orquesta en vivo se reproduce un vídeo cuya banda sonora incluye el Bolero de Ravel y oberturas de óperas de Mozart que se oyen a todo volumen por megafonía, la audiencia percibe el acorde inicial como bastante más apagado de lo que lo hubiera percibido tras veinte o treinta segundos de respetuoso silencio. Lo que explicaba el audiovisual no era más importante que el impacto que podría haber causado ese 'Veni Creator Spiritus' que tanto nos admira.
El hasta ahora titular deja a Jonathan Nott una formación en plena forma. El futuro deberá traer también nuevos directores invitados. Entre ellos, sería deseable ver pronto a Pablo Heras-Casado, uno de los grandes maestros españoles de la actualidad y reconocido wagneriano, que todavía no ha dirigido, inexplicablemente, la principal orquesta de ópera de Barcelona.
Esperemos que entre todos sean capaces de recoger el testigo de Pons y hacer que la formación siga trabajando al nivel al que nos tiene ya acostumbrados. Temas Críticas de Música Música Clásica Orquesta Nacional de España Gran Teatro del Liceo comentarios Reportar un error Un milagro más de Josep Pons El maestro se despide de la titularidad del Liceu con una Octava de Mahler ambiciosa, desigual en las voces y penalizada por la acústica del teatro Regala esta noticia Añádenos en Google Pons, dirigiendo la Octava de Mahler en el Liceo. (Toni Bofill) Pep Gorgori Barcelona 27/07/2026 a las 17:31h. A finales del siglo XVIII, Novalis escribía sus 'Himnos a la noche' y 'La cristiandad o Europa', que hoy considerados la vanguardia de lo que iba a ser el Romanticismo alemán.
En aquellos textos seminales, el escritor establecía un vínculo entre el cristianismo (el ... catolicismo, para ser precisos) y la mística, y entre la expresión personal y la aspiración a lo absoluto. La redención a través del amor y una idea del arte entendida como vía de conocimiento y de trascendencia completaban el fresco de aquella estética entonces embrionaria. Un siglo más tarde, Mahler cierra el círculo con una sinfonía, su monumental Octava, que toma como bases el himno gregoriano 'Veni Creator Spiritus' y la última escena del 'Fausto' de Goethe, cumbre del Romanticismo literario alemán.
Una excelente elección, de Josep Pons, para su despedida como director titular de la Orquesta del Gran Teatro del Liceo. También la dirigió al despedirse de la Orquesta Nacional de España: viene a ser su marca de la casa. Sinfónica Octava de Mahler Música: Mahler Intérpretes: E.
Teige, J. Wagner, E. Villalón, B.
Taylor, M. Fujimura, M. Spyres, N.
Brownlee, A. Dohmen. Orquesta y Coro del Gran Teatro del Liceo, Coro Nacional de España, Polifónica de Puig-reig y Cor Vivaldi.
J. Pons, director. Fecha: 24 de julio.
Lugar: Gran Teatro del Liceo, Barcelona. La obra exige una acumulación de medios extraordinaria, y formalmente funde sinfonía, oratorio, drama y liturgia en un todo que rehúye cualquier intento de análisis desde los parámetros de su propia época. Cerca de trescientas personas ocuparon el escenario del Liceu, que no escatimó recursos para la ocasión.
Para alojar una masa semejante, el escenario adquirió una profundidad cercana a los veinte metros. Los coros quedaban muy alejados de la boca y su sonido perdía presencia y definición antes de llegar a la sala, donde la acústica del Liceo acabó imponiendo sus límites. También la orquesta aparecía fragmentada: cuerda, metales y percusión se percibían a veces como planos separados, sin acabar de integrarse en una única masa sonora, en buena parte porque la cuerda estaba en la boca del escenario, a la práctica dentro de la platea, y el resto de instrumentos, no.
Es una lástima que en Barcelona todavía hoy no se pueda escuchar una Octava de Mahler en condiciones más o menos idóneas. El Palau de la Música Catalana se queda pequeño para contener una plantilla semejante. El Liceu y el Auditori disponen de mayor espacio, pero la acústica del primero, es limitada, y ninguno de los dos equipamientos tiene un órgano de tubos, de los de verdad, de los que al vibrar generan harmónicos y transmiten esa vibración por el suelo y las paredes de manera que la escucha se percibe también a través de la piel.
El sucedáneo electrónico puede salvar la papeleta —mejor así que renunciar a escuchar jamás la Octava en directo—, pero el resultado siempre deja a medias. El reparto vocal prometía más de lo que finalmente ofreció. Michael Spyres, Beth Taylor, Jacquelyn Wagner y Elena Villalón estuvieron entre lo mejor de la velada.
Elisabeth Teige no terminó de encontrar su lugar y pareció incómoda en buena parte de sus intervenciones, al punto que se le llegó a romper un el agudo en su última intervención. Nicholas Brownlee se mostró igualmente forzado, a pesar de su reconocida solvencia. Los veteranos Mihoko Fujimura y Albert Dohmen aportaron musicalidad, autoridad y experiencia, además de su vinculación artística con Pons.
Se echó de menos algún nombre español entre los solistas: ahora ya tenemos cantantes capaces de defender este repertorio, y habría sido un bello gesto reconocerlo en un evento de este calado. El Coro Nacional de España, la Polifónica de Puig-reig y el Cor Vivaldi aportaron buena calidad general pero difícil empaste dadas las condiciones del escenario y acústicas ya mencionadas. Josep Pons se despedía tras catorce años al frente de la Orquesta del Liceu.
Se ha ganado fama de reparador de orquestas, una reputación merecida e injusta a partes iguales. Merecida, porque en efecto ha logrado una renovación profunda y difícilmente discutible. Injusta, porque ese logro puede acabar ocultando al músico de pleno derecho, al director exquisito que volvió a aparecer en Mahler pese a las dificultades de la sala y a las irregularidades vocales.
Hace quince años no podríamos haber soñado una velada así: ni el teatro podía pagarla ni la orquesta llegar a ese nivel. En su concierto de despedida como titular, Pons ha obrado un milagro más. Newsletter El acto fue precedido de un homenaje en forma de un breve parlamento a cargo del presidente del Patronato del Liceo, Salvador Alemany, y de un vídeo de seis minutos de duración que vino a explicar que Pons es un director solvente que ha impulsado cambios en la orquesta.
Se agradece el recordatorio, pero seguramente no era el lugar. Y ya no por cuestiones de protocolo ni de gustos personales. Si quince segundos antes de empezar a escuchar una orquesta en vivo se reproduce un vídeo cuya banda sonora incluye el Bolero de Ravel y oberturas de óperas de Mozart que se oyen a todo volumen por megafonía, la audiencia percibe el acorde inicial como bastante más apagado de lo que lo hubiera percibido tras veinte o treinta segundos de respetuoso silencio.
Lo que explicaba el audiovisual no era más importante que el impacto que podría haber causado ese 'Veni Creator Spiritus' que tanto nos admira. El hasta ahora titular deja a Jonathan Nott una formación en plena forma. El futuro deberá traer también nuevos directores invitados.
Entre ellos, sería deseable ver pronto a Pablo Heras-Casado, uno de los grandes maestros españoles de la actualidad y reconocido wagneriano, que todavía no ha dirigido, inexplicablemente, la principal orquesta de ópera de Barcelona. Esperemos que entre todos sean capaces de recoger el testigo de Pons y hacer que la formación siga trabajando al nivel al que nos tiene ya acostumbrados. Temas Críticas de Música Música Clásica Orquesta Nacional de España Gran Teatro del Liceo comentarios Reportar un error Qué reloj Garmin comprar según el deporte que haces: MediaMarkt rebaja toda la gama en verano Alejandra Santisteban Guiu Prueban las tortillas de patatas de Mercadona, Lidl, Alcampo y otros supermercados e indican cuál es la mejor de todas Francisco J.
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