Ahora escribirás para mí
En quinto suspendí natación porque le había pedido a mi pediatra que me hiciera una carta conforme tenía sinusitis crónica, y mis padres, hablando con la directora a final de curso, descubrieron que e
PRIMERAS INTENCIONES Ahora escribirás para mí «Mis padres no estaban enfadados, pero dijeron que tenía que aprender a vivir asumiendo las consecuencias de mis actos» Regala esta noticia Añádenos en Google Hotel Boix, en Martinet (Lérida) a mediados de la década de los 1970. Salvador Sostres 06/08/2026 a las 02:34h.
En quinto suspendí natación porque le había pedido a mi pediatra que me hiciera una carta conforme tenía sinusitis crónica, y mis padres, hablando con la directora a final de curso, descubrieron que era mentira. El castigo fue escribir 100 páginas a máquina copiando definiciones ... de la enciclopedia. Ahora este castigo no tendría ningún sentido pero en 1986 todavía se creía que la mecanografía sería importante y, además, la directora sabía que me gustaba escribir y no quiso darme este placer.
Mis padres no estaban enfadados, pero dijeron que tenía que aprender a vivir asumiendo las consecuencias de mis actos. Al día siguiente, en la cena de la verbena de San Juan, le pedí a mi abuela si me podía dejar una máquina de escribir de la empresa. Y cuando le tuve que explicar por qué la necesitaba no pudo aguantar la risa y me contestó: «Te dejaré algo mejor que una máquina, te dejaré a mi secretaria».
Y Ana María en dos días liquidó las 100 páginas. Noticia relacionada PRIMERAS INTENCIONES Nuestra princesa Cristina Salvador Sostres Mi abuela, ella misma, me las entregó metidas en un dosier de plástico. Le agradecí y la abracé, y le dije que no sabía el regalo que para mí era poder pasar un verano más sin otra preocupación que la de bañarme en la piscina y jugar a no hacer nada. –De no hacer nada, ni hablar, Salvador.
Ahora escribirás para mí. Y lo que hizo fue dejarme más o menos libre por la mañana, aunque tampoco mucho, porque me hacía tomar el té con ella sobre las 11, y me explicaba entonces la historia del restaurante al que iríamos a almorzar. Eran historias importantes: divertidas, a veces, truculentas, otras, como por desgracia sucede casi siempre con todo lo relacionado con la gastronomía cuando lo ves por dentro.
Pero todas eran historias fascinantes y que despertaron en mí el primer entusiasmo por los restaurantes. Newsletter A mediodía, el chófer nos avisaba que ya tenía el coche refrescado con el aire acondicionado y había días que íbamos a la otra punta de Cataluña y el viaje duraba dos o tres horas, como cuando me llevó a Casa Irene en Arties, o al Hotel Boix de Martinet. Continuaba la conversación sobre restaurantes, pero en el coche se sentía más libre que en la casa y hablaba también de la familia, con su increíble capacidad para ser cruel con mi madre.
No es que no tuviera razón, pero no había ninguna necesidad de ser tan hiriente. Mi trabajo empezaba por la tarde, de regreso a casa, cuando tenía que escribir tres folios sobre lo que habíamos vivido. Un folio describiendo uno de los platos, un folio y medio explicando el servicio, y lo que mi abuela decía «el ambiente, que es lo más importante del restaurante».
Y un párrafo al final diciendo si me había gustado y por qué. Durante la cena, ella leía en voz alta lo que había escrito, delante de mis padres, mi hermana, y otros familiares o invitados. Yo hacía dos años que había descubierto la escritura, pero en aquellas cenas fue la primera vez que sentí el miedo y el orgullo de escribir, la exigencia de los lectores, que me discutían las observaciones, y a menudo tenían razón y me daba mucha rabia no haberlo sabido ver antes.
De regreso en mi habitación, de madrugada, reescribía los textos, y a la mañana siguiente se los mostraba a mi abuela antes de tomar el té. Y con ella y sin ella, éste ha sido el resumen de mi vida. Al final del verano. mi abuela estaba muy orgullosa de la lección que me había dado y en una cena mi madre le dijo: «Sí, pero yo habría preferido que no te metieras, y que Salvador hubiera aprendido a asumir las consecuencias de sus actos».
Y mi abuela le respondió: «Montse, eres una perdedora. Lo que mi nieto tiene que aprender son las consecuencias de su talento. Y para los accidentes, en casa, tenemos a las secretarias».
Temas Verano Cataluña comentarios Reportar un error PRIMERAS INTENCIONES Ahora escribirás para mí «Mis padres no estaban enfadados, pero dijeron que tenía que aprender a vivir asumiendo las consecuencias de mis actos» Regala esta noticia Añádenos en Google Hotel Boix, en Martinet (Lérida) a mediados de la década de los 1970. Salvador Sostres 06/08/2026 a las 02:34h.
En quinto suspendí natación porque le había pedido a mi pediatra que me hiciera una carta conforme tenía sinusitis crónica, y mis padres, hablando con la directora a final de curso, descubrieron que era mentira. El castigo fue escribir 100 páginas a máquina copiando definiciones ... de la enciclopedia. Ahora este castigo no tendría ningún sentido pero en 1986 todavía se creía que la mecanografía sería importante y, además, la directora sabía que me gustaba escribir y no quiso darme este placer.
Mis padres no estaban enfadados, pero dijeron que tenía que aprender a vivir asumiendo las consecuencias de mis actos. Al día siguiente, en la cena de la verbena de San Juan, le pedí a mi abuela si me podía dejar una máquina de escribir de la empresa. Y cuando le tuve que explicar por qué la necesitaba no pudo aguantar la risa y me contestó: «Te dejaré algo mejor que una máquina, te dejaré a mi secretaria».
Y Ana María en dos días liquidó las 100 páginas. Noticia relacionada PRIMERAS INTENCIONES Nuestra princesa Cristina Salvador Sostres Mi abuela, ella misma, me las entregó metidas en un dosier de plástico. Le agradecí y la abracé, y le dije que no sabía el regalo que para mí era poder pasar un verano más sin otra preocupación que la de bañarme en la piscina y jugar a no hacer nada. –De no hacer nada, ni hablar, Salvador.
Ahora escribirás para mí. Y lo que hizo fue dejarme más o menos libre por la mañana, aunque tampoco mucho, porque me hacía tomar el té con ella sobre las 11, y me explicaba entonces la historia del restaurante al que iríamos a almorzar. Eran historias importantes: divertidas, a veces, truculentas, otras, como por desgracia sucede casi siempre con todo lo relacionado con la gastronomía cuando lo ves por dentro.
Pero todas eran historias fascinantes y que despertaron en mí el primer entusiasmo por los restaurantes. Newsletter A mediodía, el chófer nos avisaba que ya tenía el coche refrescado con el aire acondicionado y había días que íbamos a la otra punta de Cataluña y el viaje duraba dos o tres horas, como cuando me llevó a Casa Irene en Arties, o al Hotel Boix de Martinet. Continuaba la conversación sobre restaurantes, pero en el coche se sentía más libre que en la casa y hablaba también de la familia, con su increíble capacidad para ser cruel con mi madre.
No es que no tuviera razón, pero no había ninguna necesidad de ser tan hiriente. Mi trabajo empezaba por la tarde, de regreso a casa, cuando tenía que escribir tres folios sobre lo que habíamos vivido. Un folio describiendo uno de los platos, un folio y medio explicando el servicio, y lo que mi abuela decía «el ambiente, que es lo más importante del restaurante».
Y un párrafo al final diciendo si me había gustado y por qué. Durante la cena, ella leía en voz alta lo que había escrito, delante de mis padres, mi hermana, y otros familiares o invitados. Yo hacía dos años que había descubierto la escritura, pero en aquellas cenas fue la primera vez que sentí el miedo y el orgullo de escribir, la exigencia de los lectores, que me discutían las observaciones, y a menudo tenían razón y me daba mucha rabia no haberlo sabido ver antes.
De regreso en mi habitación, de madrugada, reescribía los textos, y a la mañana siguiente se los mostraba a mi abuela antes de tomar el té. Y con ella y sin ella, éste ha sido el resumen de mi vida. Al final del verano. mi abuela estaba muy orgullosa de la lección que me había dado y en una cena mi madre le dijo: «Sí, pero yo habría preferido que no te metieras, y que Salvador hubiera aprendido a asumir las consecuencias de sus actos».
Y mi abuela le respondió: «Montse, eres una perdedora. Lo que mi nieto tiene que aprender son las consecuencias de su talento. Y para los accidentes, en casa, tenemos a las secretarias».
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